Las verrugas de Venus (III)

Octubre 31, 2007

Ahora sí, entramos de lleno a la quevediana imitación:

A UNA DAMA EXTREMADAMENTE PÁLIDA

Ilustración: Rafael Barajas, El Fisgón


Si el blanco es el color de la pureza,
químicamente pura te declaro.
Parece tu pellejo, de tan claro,
anuncio comercial de mayonesa.
Un hecho es tu belleza,
un hecho de pigmentos muy avaro.

Si algún hombre insolente
observa fijamente
tu formidable piel alabastrina,
sufre desprendimiento de retina.
Juego de sol y nieve, tu conquista
ha de emprenderse a riesgo de la vista.

Víctimas del error, ciertos señores,
dicen que no te inmutas tú con nada
y algunos piensan que eres descarada
pues jamás se te suben los colores.
Tiene la culpa Dios —¡el muy travieso!—
que en ti no puso barro, sino yeso.

Hace tu piel indiscreciones serias
y tu composición no disimula
pues es muy evidente que circula
no sangre, sino leche, en tus arterias.
El Cupido divino
que me flechó, seguro que era albino.

Divina transparencia:
yo te querré hasta el fin, y no me importa
que, de colores corta,
a mis ojos lastime tu presencia.
Y si agoto las rimas y me estanco,
te seguiré cantando en verso blanco.



Almejas

Octubre 30, 2007


Los españoles recibieron ayer por la mañana un regalo precioso: en una década la esperanza de vida se les incrementó más de dos años, para situarse en 80.23. Eso dijo el Instituto Nacional de Estadística, que concedió existencias promedio de 83.48 a las mujeres, y de 77 años menos 15 días a los hombres. Tal vez la desaparición de ETA, el fin de las misiones militares a países como Afganistán y la prohibición de las pamplonadas contribuirían, así fuera por disminución de los ataques cardiacos, a sumar unos días a estos indicadores espléndidos. No está nada mal, si se considera que un español nacido en 1900 tenía derecho a permanecer en este mundo, en promedio, 35 años. Gonzalo Queipo de Llano, José Sanjurjo, Emilio Mola y Francisco Franco, incidieron, y mucho, en esa insoportable brevedad del ser, pues la guerra que emprendieron en 1936 provocó, en el trienio siguiente, que uno de cada 50 españoles (medio millón) ingresara a la estadística de manera precoz. Pero eso ya pasó y de algo tenía que servir la democracia, la integración a la Unión Europea y la proliferación de transnacionales bancarias y energéticas con sus negocios más jugosos aquí que allá.

No es ironía ni envidia: según datos de nuestro INEGI, la longevidad de los mexicanos (o su capacidad de sobrevivir a la economía) ha tenido un incremento tan espectacular, o más, que la española: de 1930 a la fecha, la esperanza media de vida pasa, en este lado del Atlántico, de 33 y 34.7 (hombres y mujeres), a 72.6 y 77.4, respectivamente, en el año 2006. Aquí la guadaña no era operada por alzados fascistas, sino por enfermedades contagiosas y materno-infantiles. Es significativa la diferencia entre Baja California y el Distrito Federal, con existencias promedio de 75.5 años, y Chiapas, Veracruz y Guerrero, en donde la vida dura 24 meses menos. Hay que tomar estos números con alguna cautela porque la institución que los emite fue convertida –y quién sabe si haya intenciones de devolverla a su función original— en el principal centro de producción alquímica de Foxilandia: recientemente, Julio Boltvinik y Araceli Damián hicieron ver que si los números del INEGI sobre reducción de pobreza fueran ciertos, los campesinos mexicanos vivirían como los suizos.

El panorama global no deja, por cierto, mucho margen al optimismo: el paso de un suazilandés por este planeta globalizado dura menos de la mitad (33 años) que el de un japonés (82), y el abismo sigue creciendo. O Dios se desempeña con una indolencia inaudita o la economía mundial es extremadamente canalla.

Como sea. Por primera vez en la historia, los españoles han sobrepasado el umbral de longevidad de los loros y los elefantes; si no hay un exceso de silicón en los datos, los mexicanos se aproximan a esas marcas.

En junio, en el zoológico de Australia, falleció Harriet, una tortuga gigante de las islas Galápagos que perteneció a Charles Darwin y que tenía unos 175 años. Poco antes, en Calcuta, exhaló su último suspiro Adwaita, otro quelonio monumental que fue obsequiado al general inglés Robert Clive en 1775; hagan cuentas. Pero la fugacidad de la vida humana –a pesar de la democracia y la penicilina— se pondera con más claridad frente a una almeja descubierta hace unos días en las costas de Islandia por científicos galeses. La vida de este bicho puede datarse con precisión porque ostenta en su concha anillos anuales de crecimiento, tan precisos y confiables como los que se ven en el corte transversal de un árbol: 410 años. Durante su existencia el molusco pudo abarcar sucesos tan distantes entre sí como los montajes originales de Shakespeare y la ejecución de Saddam Hussein. Pero, para bien o para mal, a las almejas no les interesan las noticias, ni el teatro, ni ingresar a la Unión Europea, ni falsificar cifras sobre pobreza, y nadie les ha comunicado el angustioso peligro que los platos de paella representan para su especie. Pensándolo bien, tal vez esa falta de obligaciones y de tensiones explique, al menos en parte, su longevidad: padecen mucho menos estrés que el que sufren los mosquitos, los venados y los ministros del Interior, y su ocupación básica en este mundo es aspirar y expulsar agua salada a través de las valvas. El problema es que en el bando humano son muy pocos los que se interesarían por vivir cuatro siglos de una manera tan aburrida.


Las verrugas de Venus (II)

Octubre 29, 2007

Exhumado en 2007, este texto de 1988 adquiere una significación entonces insospechada: hace dos décadas no se había puesto de moda el fenómeno delictivo de la pedofilia, acaso porque la pornografía infantil era inexistente o marginal. Es probable que ya existiera la explotación sexual de menores asociada a los servicios turísticos, pero de eso se sabía poco. Sin embargo, el abuso y la violación de niñas y niños era ya, como lo es ahora y como lo ha sido siempre, una práctica frecuente y estaba –igual que hoy en día– mayoritariamente a cargo de padres, tíos, hermanos, profesores y confesores. Es un tanto irresponsable la alharaca que arman las autoridades con respecto a los gravísimos peligros que acechan a los niños en Internet, habida cuenta que son mucho mayores las probabilidades de que sufran una agresión sexual (o muchas) en el hogar, en los grupos de catecismo, en la escuela y en los pasillos del edificio. Pero eso es otra historia.

QUÉJASE DE LO CONTRARIO QUE EN EL ANTERIOR

Ilustración: Rafael Barajas, El Fisgón

Infeliz robacunas: ¿qué señales

de amor habrate dado ese mocoso
que intercambias de modo tan morboso
mis pantalones, ay, por sus pañales?
Adúltera: con falta de criterio
cometes infanterio, no adulterio.

Suerte que no medraste en el pasado:
Herodes pudo haberte vuelto viuda
o al Niño Dios, perversa testaruda
en su pesebre habrías fornicado
(con lo cual de pasada, y de seguro,
a Roma le jodías el futuro).

Sé que detestas el imperialismo
porque a los Niños Héroes dio muerte.
Niño perdido” es mucha mala suerte
y en “niño envuelto” ves canibalismo.
Un inocuo manual de pediatría
en tus estantes es pornografía.

Confundes con libido y con pasiones
los primarios instintos maternales;
resultado: las partes genitales
cual pila bautismal te las supones
y así, cuando consumas la conquista
de un infante, te crees Juan Bautista.

Tal vez supongas tú que estoy ardido
pero aventajo a mi rival, señora,
en biografía y más que en una hora:
a diferencia de él, yo ya he nacido
y si en duelo apostamos nuestra vida
por arma escojo el espermaticida.

Si tu amado babea
no me vengas con que es por tus encantos.
No por amor a ti le vienen llantos.
¿Sueña contigo? No: la cama mea.
Es un juego, el amor, de toma y daca
y en él te toca ahora limpiar caca.

Mas por cobrar tu amor, perversa mía,
soy capaz de comprarme una sonaja
o de hacerme soldado en la más baja
graduación del sector de infantería.
Y más aun: de ahora en adelante
mis requiebros serán da-gú de infante
y voy a referirte mis amores
usando nada más versos menores.


Las verrugas de Venus (I)

Octubre 29, 2007

Los que en 1988 enfrentaban una usurpación, hoy, ante una nueva presidencia espuria, en vez de hacerle frente le dan el trasero. Cómo han cambiado los tiempos a ciertas personas, pero eso no viene al caso. En diciembre de aquel año, El Fisgón, Miguel Luna y el que postea, publicaron un humilde regalo navideño titulado Las verrugas de Venus, que pretendía ser, además, un modesto homenaje a Quevedo con motivo de nada en particular.

Uno de esos textos –el primero, en el orden del librito– apareció el año pasado aquí y en el papel. Ya no tiene caso que se presenten en esa secuencia; además, alguna mano hay que meterles y acaso algún fragmento habrá que agregarles.

Visto a la distancia, tal vez lo que sigue resulte algo más Bataille que Quevedo. Aunque me horroriza un poquito, a lo hecho, pecho, y ya ni modo. Se titulaba “Sobre un rival en edad provecta”, pero hoy es pecado de lesa corrección política burlarse de los rivales de amores por su edad avanzada, y además el nuevo título se corresponde mejor con el contenido.

QUÉJASE DE SER TRAICIONADO

 

CON UNO QUE PRONTO SERÁ CADÁVER

Ilustración: Rafael Barajas, El Fisgón

Entiendo que mi vida es, por contraste
con la del nuevo amor que tienes, breve:
él, siglos sobre el mundo lleva nueve;
amor buscabas, prehistoria hallaste.
Comprendo que te hartaran mis defectos
pero los vivos somos imperfectos.

El “hasta que la muerte los separe”
en ustedes es cosa consumada.
Reza, para sentirte penetrada,
que pronto el rigor mortis se la pare.
A tu sicoanalista me anticipo:
lo tuyo es necrofilia más que Edipo.

Me tienes por cobarde
pues, desplazado, no lo reto a duelo.
Es que es muy cruel matar al bisabuelo
y además, ya es muy tarde:
ya lo mató la Muerte, mentacata.
Tendría yo que usar bala de plata.

Los gusanos en él aposentados
Pueden mudarse a ti, mujer traidora,
y como prueba firme que te adora,
zopilotes tendrás por entenados.
Tú, la que se horroriza de ladillas,
vas a ser infestada de polillas.

Con él te echaste un polvo, me presumes,
y eres muy literal, pues ha concluido
su vida, y hoy en polvo convertido,
bien consumatum est, te lo consumes.
Cuidado, presuntuosa:
como el sida, la muerte es contagiosa.

Creyendo que el asunto te prestigia,
vas de luna de miel por el Estigia.

¡Habrase visto cosa más impura

que la ensalada que haces con tu amigo!
Tú con él me traicionas, y él, contigo,
le pone cuernos a su sepultura.


Geografías exageradas

Octubre 25, 2007
Arriba: Timbu; abajo: Shangri-Lá
  • De Timbu a Timbuctú
  • ¿Cómo llego a la Cochinchina?

Hiperbórea es, en la mitología grecorromana, la residencia invernal de Apolo. Esas tierras en las que el sol no se oculta nunca, podrían evocar las andanzas de algún extraviado por las regiones árticas, aunque en éstas es el verano, y no el invierno, el que se caracteriza por los días larguísimos. Ha de ser difícil conciliar el sueño bajo esa luz terca y constante. Si la muerte y el sueño se parecen un poco, algo en común tendrán los insomnes y los inmortales. Tal vez por eso los antiguos griegos dieron en considerar que los hiperbóreos gozaban de vida eterna, aunque esa condición no los hiciera particularmente civilizados. Contaba el borracho Sileno que fueron los primeros en ser visitados por habitantes de un continente ignoto situado al otro lado del mar y que los extranjeros se asustaron tanto por el primitivismo de los hiperbóreos que regresaron a su lugar de origen y no regresaron jamás.

Hiperbórea no existe y lo más probable es que Sileno, para pesar de los briagos, tampoco haya existido nunca, aunque algunos afirman que el filósofo Sócrates se parecía tanto a las representaciones de ese personaje mitológico que habría podido ser su reencarnación. En cambio, en su novela Horizontes perdidos (1933), el muy corpóreo James Hilton, habitante de tumba conocida, se basó en el pequeño reino budista de Bután, situado en la cordillera del Himalaya entre India y China, para situar allí la mítica Sambhala de las tradiciones hinduístas. Muy exagerada por la fantasía de Hilton, la capital butanesa, Timbu, se convirtió en Shangri-La, donde el tiempo se detiene entre la paz y la frescura. En Bután no existen semáforos, está prohibido fumar cualquier sustancia, incluido el tabaco, su ciudad principal no llega a los 75 mil habitantes y de ello se infiere que en esa nación el estrés debe ser más bien escaso. El nombre de Shangri-La se ha popularizado tanto que hoy miles de balnearios tercermundistas de medio pelo se llaman de ese modo.

Sileno y Sócrates


Por ahora dejaré fuera de esta geografía exagerada a La Atlántida, a Macondo y a Comala; omitiré El Dorado, Cibola, Quivira, nombres de ciudades inexistentes en cuya búsqueda perecieron, ahogados o flechados por indios, innumerables exploradores. El más embustero de ellos fue un fray Marcos de Niza, quien fue a contarle al virrey Antonio de Mendoza que en el territorio de Nuevo México había descubierto una ciudad más grande que Tenochtitlan, en la que la gente comía en vajillas de oro y decoraba sus casas con turquesas, perlas gigantes y esmeraldas.

En cambio, cuando a uno lo mandan a la Cochinchina, en realidad lo están enviando a una región vietnamita que se ubica entre Camboya, el mar de China y el golfo de Tailandia. En ella se ubican el célebre delta del Mekong y Ciudad Ho Chi Minh, antes Saigón (púdrete, Nixon), y fue bautizada Cochinchine por los franceses en 1787. Su población más antigua es de origen malayo-polinesio, fue habitada por hindúes, se la disputaron khmers y vietnamitas, fue gobernada por chinos y en 1858, tras el asesinato de unos misioneros europeos, España y Francia organizaron una expedición de castigo que culminó con la ocupación, por parte de las fuerzas francesas, de las ciudades de Saigón y Da Nang.

Timbuctú es otro de los sitios que, de tan lejanos, se vuelven casi imaginarios en el habla española aunque, pensándolo bien, no está tan lejos: queda en las costas occidentales de África, en Malí concretamente, aguas arriba del Níger con respecto a la capital del país, Bamako. Entre otros contrastados fragmentos sobre esa ciudad prohibida, Laetitia recoge este viejo proverbio malinés: “El oro viene del sur; la sal, del norte, y el dinero, del país del hombre blanco; pero los cuentos maravillosos y la palabra de Dios sólo se encuentran en Timbuctú”. Las construcciones viejas de la ciudad son de madera y pisón, que es lodo cimbrado con argamasa, y durante siglos estuvieron prohibidas a la vista de los no mahometanos. A los primeros europeos que conocieron la urbe no les fue nada bien: el explorador escocés Alexander Gordon Laing, llego a la ciudad en 1826, fue expulsado de ella y murió asesinado en el desierto próximo. Luego el marinero francés Paul Jubert sobrevivió a un naufragio en las costas de Senegal, fue hecho prisionero, conducido a Timbuctú y vendido allí en calidad de esclavo; falleció un tiempo después en Marruecos.

El lugar era la puerta de entrada al Sahara y allí, en el aire seco, los camelleros tuaregs, fundadores de la ciudad en tiempos de la dinastía Mandinga, se reunían para organizar las caravanas. La ciudad data del siglo X de esta era y alcanzó su máximo esplendor entre el XIV y el XV, cuando llegó a contar con cien mil habitantes de todas las procedencias: beréberes, árabes, bambas, mauritanos y tuaregs, organizada cada etnia en un barrio propio. Lo más célebre de Timbuctú es la Mezquita Sankore, posteriormente convertida en universidad islámica. Recientemente Paul Auster dio el nombre de la ciudad a una novela que narra, vista con los ojos de un perro (Mister Bones), la agonía del vagabundo Willy G. Christmas, quien se prepara a partir a un Paraíso que se llama igual que la vieja población tuareg, la cual fue declarada por la UNESCO Patrimonio de la Humanidad (1988).

Muchedumbres en Katmandú

Otra ciudad que evoca aventuras espirituales o carnales es Katmandú, la abrumada capital nepalesa| de quien el viajero Enric Cardona dice que “provoca odio o amor a primera vista; caótica por sí misma, es imposible controlarla con el mapa, la brújula o la guía; las calles carecen de nombres y en ellas se despliegan una infinidad de casas newaris de ladrillo rojo y ventanas finamente talladas en madera”. Coincide con él Natalia Benosilio, quien cuenta así su experiencia: “La llegada a Katmandú fue caótica como lo es toda esta fascinante ciudad asiática. Al atravesar el portal de salida del aeropuerto, una lluvia de ansiosos, bulliciosos e insistentes nepaleses, nos atacaron ofreciéndonos toda clase de servicios, desde hoteles, transportes, etc. Primero, nos pareció graciosa la situación (…) luego, nuestras caras se fueron transformando y la ira comenzó a invadirnos, ya que estas personas parecían no comprender la palabra ‘no’. Finalmente, intervino la policía y con métodos poco didácticos, como son los macanazos, logró alejarlos de nosotros”. Cardona dice: “Parece como si aquí no hubiera pasado el tiempo y la gente siguiera viviendo al estilo de la Edad Media”. Se equivoca, porque según el doctor Joshi, director del Centro de Investigación de Zoonosis e Higiene de Alimentos de Nepal, “hay un alto grado de contaminación del agua en los cinco ríos del valle de Katmandú y también del aire, a causa de los vehículos automotores y las industrias”. Algo de esa contaminación se le deberá al auge turístico de la ciudad, detonado por los orientalismos hippies de los años sesenta del siglo pasado.

Algo extraño ha de pasar con las toponimias agudas terminadas en u: acabemos el periplo en Xanadú, extinta capital veraniega del imperio de Kublai Kan, descrita por Marco Polo y convertida en sinónimo de localidad opulenta gracias, en buena medida, al poema en el que S. T. Coleridge (me quedo mil veces con Wordsworth) habla de cúpulas señeras, millas y millas de tierras feraces, abundosos árboles de incienso y no sé qué más. Esa imagen fastuosa fue reforzada por Orson Welles, quien bautizó Xanadú el palacio del Ciudadano Kane, y por Lee Falk y Phil Davis, autores del comic Mandrake el Mago, quien se suponía originario de esa ciudad difunta.

Dejo a Timbuctú en grado de me gustaría, aunque no iré nunca a Timbu ni a Katmandú ni a la Cochinchina. Encuentro que dentro de las paredes de una habitación es dable realizar viajes portentosos y que se puede vivir las más emocionantes aventuras en un corazón próximo. Pero allá cada quien.

Timbuctú: vida cotidiana

Beck y otras cosas

Octubre 24, 2007
El locutor

Glenn Beck no necesita de mayores presentaciones. Este cristiano renacido se manifiesta a favor de la tortura moderada, cree necesario incrementar el número de tropas de su país en Irak, considera que el calentamiento global es un embuste digno de Goebbels y piensa que la Casa Blanca es blandengue en la persecución de mexicanos indocumentados. Beck es un típico producto del dolor y el resentimiento: hijo y hermano de suicidas (su madre se quitó la vida cuando él tenía 13 años), con un pasado rebosante de alcohol y drogas, y padre de una adolescente con severas discapacidades, se entiende que haya terminado refugiándose, como el propio George W., en un patrioterismo racista y de gatillo fácil y en un integrismo cristiano que le otorga un servicio de banda ancha para comunicarse con el Señor. Lo más alarmante no es que existan mentalidades como la de Glenn, sino que su programa radial sea transmitido por 267 estaciones y ocupe el tercer sitio en las preferencias de la audiencia, y que al locutor se le defina con el suave eufemismo de “neoconservador”. La ultraderecha republicana ha causado estragos en la conciencia estadunidense.

De los asuntos situados al sur del Río Bravo: Beck suele decir al aire que la canción Tequila (The Champs, 1958) es el verdadero himno nacional de México, se regocija con chistes sobre una refinería que produce “mexanol”, un combustible fabricado con cuerpos de trabajadores migrantes, y se toma el trabajo de explicarle a Felipe Calderón, mapa en mano, que Estados Unidos y México son dos países distintos y que el panista no tiene, en consecuencia, ningún derecho para reclamarle nada a la nación vecina por los maltratos que sufren los extranjeros ilegales en territorio estadunidense. De esto último no hay por qué escandalizarse: es sólo un canalla mediático que se insolenta ante un gobernante impuesto y débil que de cuando en cuando, y para cubrir algunas apariencias, emite reclamos carentes de credibilidad y de autoridad moral a sus socios estadunidenses, quienes, por lo demás, no lo toman muy en serio que digamos.

En un artículo reciente publicado por la revista Sinpermiso, George Lakoff y Sam Ferguson proponen abordar el flujo migratorio de México hacia Estados Unidos como un asunto salarial, como un problema de derechos civiles y como una crisis humanitaria. “Los inmigrantes indocumentados permiten a los empleadores pagar bajos salarios, lo que a su vez permite la oferta de bienes de consumo baratos que encontramos en WalMart y McDonalds; son parte del movimiento hacia el estilo de vida barato, donde los empleadores y consumidores pueden ahorrarse dólares fácilmente, a pesar del costo humano”. Adicionalmente, “los millones de personas que viven aquí y que han entrado ilegalmente son estadunidenses a todos los efectos; trabajan aquí; pagan impuestos aquí; sus hijos van aquí a la escuela; la mayoría de ellos está asimilada dentro del sistema estadunidense, pero son forzados a vivir en las sombras y en la clandestinidad por su estatus legal. Se les niegan derechos civiles básicos.”

Y lo más esclarecedor: “Tal vez el problema puede ser mejor entendido como una crisis humanitaria. ¿Pueden las migraciones y desplazamientos masivos de personas desde sus hogares, a una tasa de 800 mil personas al año, ser considerada como otra cosa? Una cantidad desconocida de personas han muerto atravesando las condiciones extremas del desierto de Arizona y Nuevo México; los pueblos han sido despoblados y se han perdido formas de vida tradicionales en las zonas rurales de México; muchos padres se sienten forzados a dejar a sus familias en su intento por mantener a sus hijos. Como una crisis humanitaria, la solución debe incluir a la ONU o la OEA.”

Para terminar: hace ya una década, don Fernando Lázaro Carreter tronó, y con razón, contra el desafortunado oxímoron crisis o catástrofe “humanitaria”, que se puso de moda con la desastrosa situación que imperaba por esos años en Ruanda, y acusó a los “atropellados comunicadores mal avenidos con el idioma español” de “ignorar cuadrupedalmente que lo humanitario es lo que ‘mira o se refiere al bien del género humano’, y más esencialmente, lo que se siente o se hace por humanidad”. El extinto académico dijo entonces que lo que tenía lugar en el país africano era “una catástrofe humana. Pero la tentación de alargar los vocablos, distorsionando su significado, atrae a los malhablados como a las moscas un flan”.

El filólogo


El Capitán, en mi barrio

Octubre 24, 2007

Carlos Payán:
Periodismo y sociedad

Conferencia del director fundador de La Jornada

Miércoles 24 de octubre, 7 de la tarde,
en el local del Campo Xóchitl
(ex módulo de RTP, sobre Corregidora)
Círculo de Estudios Por la Restauración de la República


La muerte de Shakespeare

Octubre 21, 2007

A diferencia de la narración de unos posts más abajo, ésta no es cómica, sino trágica o, si así les parece, tragicómica. Hace unos años Payán leyó el manuscrito y me dio un par de ideas que me permitieron mejorarlo mucho. Luego Héctor Díaz-Polanco lo publicó en la revista Memoria y de allí lo tomo prestado.

Para casi toda la gente la mención del escritor inglés evoca verdades profundas del alma humana, intrigas sórdidas en la corte y urdimbres de amor sin salida. A mí me recuerda más bien un punto breve y trágico en el que se cruzaron la guerra fría, el totalitarismo, la fauna tropical guatemalteca y la insensatez humana. Disculpen la irreverencia; es que conocí a Shakespeare en vivo mucho antes de leer una obra de Shakespeare, y por eso el nombre no me trae a la mente al cisne de Avon sino al perico de mi papá. Era un ejemplar soberbio de los habladores de cabeza amarilla y lengua negra, vivía en una estaca, la estaca estaba clavada a un pilar del corredor, un largo corredor de plafones de madera machihembrada que empezaba en el zaguán, pasaba por tres patios interiores y recorría todo el largo de la casa, hasta llegar al huerto y al gallinero; la casa estaba en el centro de la ciudad, la ciudad era la capital de Guatemala y Guatemala era un país ínfimo –lo sigue siendo— en el que se enfrentaban una dictadura militar cruel y estúpida y una guerrilla de adolescentes. Mi padre simpatizaba con la segunda.

Estaba fresca la Revolución Cubana, la experiencia parecía repetible y la iconografía rebelde fascinaba a los intelectuales jóvenes de Centroamérica. Pero no se podía jugar con la ceguera represiva del gobierno: la posesión de un libro de Marx, una cita verbal de Lenin o una foto de Mao podían terminar en un arresto, en una sesión de tortura, en una desaparición forzada y/o en una ejecución extrajudicial. Y como en aquella atmósfera de desconfianza no se podía hablar con nadie ni se podía dar, sin correr graves riesgos, rienda suelta a las pasiones revolucionarias, mi padre dio en platicarle a Shakespeare sus sueños socialistas . Y no sólo eso: también le enseñó los acordes del himno cubano y las primeras estrofas de La Internacional. Shakespeare, como buen hablador de cabeza amarilla, aprendió rápido toda aquella retórica subversiva. De su pico robusto empezaron a brotar, con aire de jingle de comercial, “un fantasma recorre Europa”, “arriba, pobres de la Tierra”, “adelante, cubanos” y otras frases entonces memorables. Cuarenta años después, o tempora, o mores, muchos ambientalistas habrían considerado políticamente incorrecta, si no es que delictiva, la manipulación ideológica de individuos pertenecientes a especies en extinción. Pero en aquellos tiempos todo era más simple y la ética social de mi padre y sus amigos se reducía a unos cuantos puntos: ayudar al prójimo, ver que los endecasílabos estuvieran bien hechos, hacer la Revolución y hacer travesuras, siempre que el último de esos preceptos no contradijera demasiado a los anteriores.

El problema era que la transformación social no iba a lograrse recitando el Manifiesto Comunista y entonando cantos de lucha, sino a balazos, y resultó inevitable que los muchachos de la insurgencia empezaran a pedirnos pequeños favores. Más temprano que tarde, el hueco formado por la madera del plafón y la teja de dos aguas de mi casa se convirtió en una espléndida bodega clandestina de armas.

En su afán por aniquilar la estructura de los rebeldes en la ciudad, las patrullas del Ejército se ayudaban con delaciones, pero también daban palos de ciego: no era infrecuente que realizaran capturas callejeras al azar o que allanaran residencias seleccionadas con el método científico de Tin Marín; el exigirles que mostraran una orden judicial habría sido, en aquellas circunstancias, tan atinado como sugerirles que se pusieran desodorante.

Cuando aparecieron por nuestro barrio no fue seguramente consecuencia de un chivatazo, y menos de una investigación. Como quiera que haya sido, una mañana la cuadra de la casa amaneció bloqueada por dos transportes militares. El rumor de espanto procedente de la calle pasó del zaguán a la sala, de la sala al jardín de enfrente, de allí al comedor, luego a la cocina y al patio de lavado, y acabó rebotando en las macetas del huerto de mi abuela: “están cateando”. Florecieron entre mis padres, mis abuelos, mi nana y un tío que andaba de paso (ahora que lo pienso, es posible que aquel hombre, cuya pista se me perdió unos meses después del episodio, ni siquiera fuera pariente nuestro sino un militante clandestino refugiado en la casa), cálculos frenéticos y cuchicheos reconfortantes: tal vez los soldados no se fijaran en nuestra residencia, y en caso contrario las armas estaban muy bien escondidas, no había problema, sólo era cosa de aguantar los nervios y poner nuestras mejores caras de tontos mientras los uniformados revolvían un poco nuestras pertenencias. Pero cuando los ánimos empezaban a calmarse, a mi padre se le torció la cara y se puso pálido. “Shakespeare”, musitó. Los adultos se voltearon a ver unos a otros con gestos demudados y yo alcancé a entender que estábamos en problemas. Tras unos segundos de un silencio en el que casi podía escucharse el zumbido de las neuronas trabajando a todo vapor, mi abuelo levantó los hombros y se dirigió a mi nana con voz de entierro: “Llévate al perico a la parte de atrás y haz de cuenta que es una gallina”.

Ella apretó los labios, fijó la vista en el piso y asintió con la cabeza. De inmediato, aquella orden críptica me desencadenó la imagen de la tragedia. Mi nana era la encargada, cuando se requería, de matar a las aves de corral y el sacrificio se realizaba siempre en el huerto trasero. El sentido de la frase de mi abuelo me resultaba evidente, por más que en ese momento no comprendiera la relación entre el inminente cateo y la necesidad de ajusticiar a Shakespeare. De cualquier forma, la gravedad en las caras de los adultos no daba margen para inconformarse ante aquella sentencia de muerte.

En otras circunstancias, los miembros de mi familia se habrían preocupado por apartarme de la ejecución, pero en aquellos momentos no había tiempo para prevenir traumas infantiles y nadie se ocupó de mí. Acompañé en silencio a mi nana cuando se subió en una silla para alcanzar al loro, que nos veía desde su estaca sin entender nada, la seguí por el corredor y cuando llegamos al huerto me quedé unos pasos atrás de ella. La mujer acarició al perico y esperó unos momentos el milagro de que los soldados pasaran de largo por la puerta de nuestra casa, pero no tardaron en escucharse los golpes impacientes en la aldaba del portón. Mi nana tomó al loro por las alas con una mano, le puso la otra alrededor del pescuezo e hizo un movimiento rápido como si exprimiera un trapeador. Oí un “crac” casi imperceptible y luego, una voz rasposa que gritaba en la entrada de la casa: ¡Ésta es una operación de cateo, señores! ¡Concéntrense en el patio!

La inspección duró unos cuarenta minutos, y en ese lapso los rasos en tropel rompieron las macetas de mi abuela, destriparon los muebles de la sala y los colchones de los dormitorios, hurgaron un poco en las ollas de la cocina y golpearon las paredes con las culatas de sus rifles en busca de oquedades secretas. A ninguno de ellos se le ocurrió despanzurrar el plafón de madera machihembrada del corredor ni pedirle documentos de identidad a mi presunto tío. Tampoco repararon en el cadáver aún tibio de un hablador de cabeza amarilla que yacía, con la lengua afuera del pico, en un rincón del huerto. Al final de la diligencia el sargento que los comandaba cambió el tono de voz y le pidió a mi nana, en forma querendona y comedida, algo de beber para sus hombres, a quienes se les desató la sed con tanto polvo que levantaron. La mujer, sin poder aguantarse el llanto, les sirvió unos vasos de agua. El militar llamó aparte a mi padre para preguntarle el motivo de las lágrimas.

“No es nada –dijo mi progenitor, marinado en culpas—. Es que se nos acaba de morir un animalito que queríamos mucho”.

Los uniformados partieron en busca de nuevos sillones que despanzurrar y de candidatos más meritorios que nosotros para la desparición, el tormento y el rellenado de fosas clandestinas. Cuando se cerró la puerta a las espaldas del último soldado, los miembros de la familia nos congregamos en silencio en torno al cadáver de Shakespeare. Mi abuelo lo tomó en el hueco de sus manos y lo fue pasando, lentamente, frente a cada uno de nosotros. Mi padre se retiró en dirección a la cocina, volvió unos instantes después, empuñando un cucharón de servir sopa, se arrodilló en la tierra húmeda del huerto y empezó a cavar con el instrumento una pequeña tumba ovalada. A los demás se nos escurrieron de los ojos unos lagrimones espesos, lentos y siempre silenciosos. Mi abuelo depositó el pequeño bulto de plumas verdes y amarillas en su última morada y mi padre se puso a echarle encima cucharadas despaciosas de tierra fresca. No tuvimos que ponernos de acuerdo para murmurar, todos a un mismo ritmo fúnebre, los acordes de La Internacional.


De pelos

Octubre 18, 2007
  • Epocas greñudas y épocas afeitadas
  • El acomoclitismo está de moda


Con: Sueño de la mujer del pescador (circa 1820)
Katsushika Hokusai


Tuve la primera noticia de un afeitado de esos que ahora están de moda cuando una amiga me confió un episodio lamentable: tras un encuentro sexual inesperado con un desconocido, sintió el aleteo de las mariposas en el estómago y, dos días después, y un poco más abajo, el movimiento de las ladillas. Era una de las típicas travesuras infantiles de Cupido, y hasta da nostalgia recordarlas ahora que el flechador creció y se volvió un adulto aficionado a los deportes de alto riesgo. Hoy en día es muy recomendable enfundarse en un traje de buzo antes de sumergirse en busca del tesoro; esa precaución elemental te puede salvar la vida, pero de todos modos no te protegerá del contagio de Phthirus pubis. A la pobre le recomendaron que se rasurara, que se aplicara generosas raciones de hexacloruro de benceno y que desinfectara escrupulosamente su ropa, sus sábanas y sus toallas. Lo que más le dolió fue la primera parte del tratamiento: “Imagínate –me dijo—, va a parecer que estoy en la Primaria o que tengo una anomalía genética”. Esa preocupación por el qué dirán me hizo ver que estaba dispuesta a perseverar en las relaciones sexuales de circunstancia, cosa muy respetable ya en aquellos tiempos, y le aconsejé que se comprara de una vez una buena dotación de hexacloruro. No sé qué fue de ella y de sus aventuras, pero ahora que la eliminación parcial o total se ha puesto de moda, no tendría porqué sentirse incómoda al exhibir un pubis mondo.

¿Sin?: La naissance de Vénus (1879)
Adolphe Bouguereau

Si nos atenemos a datos del Antiguo Egipto y al arte europeo del renacimiento al XIX (había que ser el David o La Maja Desnuda para exhibir unos cuantos pelos), el afeitado y la depilación (de la pelvis y de las otras áreas anatómicas) datan de la Edad de Piedra, cuando especímenes humanos de ambos sexos se hacían toda clase de atrocidades con fuego, piedra pómez o cal viva para hacer desaparecer las excrecencias pilosas del cuerpo. En Dinamarca aparecieron cuchillas de afeitar que datan de mil 500 años antes de Cristo; Alejandro Magno vivía obsesionado por eliminar los pelos de la cara (se dice que para evitar que el enemigo cogiera a sus soldados de las barbas) mas no los del pubis, según indica un relieve grabado en su tumba; desde antes de la era imperial, las mujeres romanas se rapaban la cabeza, se arrancaban las cejas y usaban cremas depiladoras a base de plantas venenosas; sus contemporáneas indias se depilaban las piernas y sus compañeros (o no tanto) se recortaban barba, pubis y pelo del pecho; hacia el año 300 a. de C. se abrieron en Roma las primeras barberías, y la Ciudad Eterna osciló entre épocas pelonas (la de Julio César, por ejemplo) y tiempos hirsutos (verbigracia, los de Adriano). Entre los siglos VI y XI de esta era, las mujeres de la Cristiandad tenían la obligación de afeitarse diariamente toda la superficie corporal, a fin de estar siempre listas para el momento de la muerte. Qué curioso: aunque la iconografía dibujaba al Señor con luengas barbas, la moral de la época no consideraba conveniente que se presentase ante Él un alma peluda.

 

Con: David (1504)

Miguel Angel

Según lo que investigué, el vello en axilas, pubis y otras partes del cuerpo no necesariamente es un vestigio de nuestros antepasados hirsutos; los humanos no lo somos menos que los monos, pues tenemos un número equivalente de folículos pilosos; si parecemos más pelones que ellos es porque las excrecencias de tales folículos son, en nuestro caso, mucho más finas y delgadas. La razón de Natura para rodear de pelo nuestras partes pudendas sería, en principio, reproductiva: la idea, si entendí bien, es que los vellos se impregnen con secreciones ricas en feromonas para así atraer mejor a ejemplares del sexo opuesto; si nos atuviéramos a esa lógica estrictamente natural, habría que concluir que las modas calvas corresponden a periodos históricos de baja libido y que las tendencias de capilaridad abundante reflejan, o propician, tiempos cachondos. Eso podría tener sentido si se compara a los melenudos hippies cogelones con los afeitados yuppies más bien pacatos, pero tal vez estemos llevando demasiado lejos una hipótesis meramente biológica. En todo caso, la dominancia pornográfica actual, con sus superhéroes (ínas) sexuales más pelones que una larva, diría que ambas cosas no necesariamente están relacionadas.

¿?: Nascita di Venere (circa 1484)
Sandro Botticelli

El mundo es plural, aunque aún no haya aprendido a ser tolerante. En las sociedades islámicas permanece la tradición de quitarse los pelos de la pelvis, contrario a lo que ocurre en Japón, donde son vistos como algo muy atractivo, hasta el punto de que algunas japonesas no sólo no se los quitan, sino que se los agregan mediante artificios diversos. (A propósito, un nipón medio chiflado asegura que la forma del vello púbico determina la personalidad sexual de las mujeres.) A mediados del siglo pasado, en Estados Unidos, las fotos con vello púbico eran ilegales. En los años sesenta y setenta el feminismo denunció la depilación y el rasurado como una concesión a patrones de belleza impuestos por los hombres, hizo de la integridad capilar femenina una bandera velluda y las manifestaciones se llenaron de sobacos poblados, exhibidos con orgullo por sus propietarias al momento de levantar el puño cerrrado.

Sin: La naissance de Vénus (1863)
Alexandre Cabanel

No sé si Karl (se) depilaba o no, pero éste es un buen momento para evocarlo. Un fantasma recorre Europa: el fantasma del acomoclitismo, que es la atracción por los genitales trasquilados. Será porque la industria de productos personales necesita abrir nuevos mercados, porque la Historia es pendular o porque las prendas interiores vienen cada vez más reducidas y las exteriores, cada día más rebajadas. Esto se ve en la publicidad, en la tele y en la calle: la censura, que hasta hace unas décadas poseía vastas extensiones del cuerpo humano, se ha reducido a tres pequeñas superficies insulares: dos pezones (sólo si son femeninos: los de hombre no son tabú) y un área genital (el ano casi siempre se guarece y esconde, él solito, entre las nalgas), y para considerar aceptable la parte inferior de un bikini basta con que tape labios mayores y perineo; eso sí: sin pelos a la vista.

Una encuesta citada por Wikipedia dice que en 2005 el 11 por ciento de las mujeres occidentales se tusaban toda o casi toda la cabellera baja; a la mayoría de ellas les gustaría que los hombres se quitaran algo de vellosidad corporal, y es posible que la proporción vaya en aumento. Como no tengo cifras recientes ni la audacia para ir por ahí de encuestador preguntón, realicé un conteo empírico en las instantáneas de Spencer Tunick disponibles en la red y hallé que, en las fotografías tomadas en Estados Unidos y países europeos, 3.7 de cada diez mujeres optaron por la tijera, el láser, la cera, las pinzas o la crema depiladora, o bien por una combinación de varios métodos. El retiro parcial puede adoptar varias modalidades como barbeado, marcado del contorno, ingles brasileñas y formas varias, que si se combinan con los patrones naturales de crecimiento del pelo en el bajo vientre (horizontal, sagital, acuminado y disperso) dan lugar a variaciones innumerables, y existen numerosos instructivos para realizarlas. Le dimos vuelta a la lógica: ahora llega a considerarse correcto enseñar el sexo, siempre y cuando sus alrededores estén bien rasurados.

Las sociedades modernas se han dividido en bandos anti y pro pelos, y la industria hace de las suyas ofreciendo métodos de depilación y corte, pero también tintes para la vegetación del monte de Venus (los hay incluso en rosa solferino) y desfiles de modas con peinados púbicos. El bloguero Darren Barefoot pronostica que hacia 2010 se tolerará la exhibición de pelvis greñudas en lugares públicos. La Historia es pendular, y tal vez no ande muy errado.

¡Con!: L’origine du monde (1866)
Gustave Courbet

Foros de discusión sobre vello púbico:

http://foro.enfemenino.com/forum/pareja2/__f21630_pareja2-Prefieren-con-pelos-o-calvita.html

http://foros.revistaglamour.com/viewtopic.php?t=8946&postdays=0&postorder=asc&highlight=emla&start=0

http://www.angelfire.com/ma2/soloyo/vello01.html

http://soloyo.webcindario.com/velloindex.php

http://elmarinovio.blogspot.com/2005/12/mujeres-peludas.html

http://foro.enfemenino.com/forum/pareja3/__f3470_pareja3-Rasurar-vello-pubico.html

http://foro.enfemenino.com/forum/beaute1/__f13597_beaute1-Depilacion-vello-pubico.html

http://www.agregax.es/etiquetas/?o=f&q=vello


Nuestro caníbal

Octubre 16, 2007
José Luis Calva Zepeda, presunto asesino antropófago

Puede ser únicamente un episodio aislado de la nota roja: el señor que mata a sus novias, destaza los cadáveres y se los come. La colonia Guerrero del Distrito Federal se hermana con Milwaukee y con Rostov. ¿Qué motiva a individuos como Jeffrey Dahmer, Andrei Chikatilo o los hermanos Otis y Henry Lee Lucas Toole, al homicidio con propósito de ingesta? De seguro no es el hambre. Dicen los enterados que los mueve un desbordado afán de poder y control, de apropiación última de la víctima. Sus acciones conjuntan tres prácticas abominables: el asesinato, la profanación del cadáver y la deglución de carne humana, que es tabú hasta cuando se realiza por supervivencia. De ser cierta la narración policiaca, el caso del presunto serial de la Guerrero se agravaría por la forma más extrema del engaño y la traición amorosa.

Esta historia no le funciona a nadie como espejo. En lo individual, no hay forma de reconocerse en acciones tan desalmadas y abominables como seducir con engaños a una joven madre soltera, despojarla de su dinero, matarla, descuartizarla y devorarle pedazos. Pero tal vez la simbología no le sea tan ajena a la actual circunstancia nacional. Si se empieza por la contundente misoginia criminal del caso, el país no está muy lejos de parecerse al posible caníbal. Padecemos una epidemia –tres lustros ya— de feminicidios que no sólo se limitan a Ciudad Juárez y que tienen, entre sus víctimas mayoritarias, a jóvenes mujeres asalariadas y casi siempre desprotegidas; un índice vergonzoso de agresiones sexuales que tiene a las mujeres como blancos principales, que va desde el hostigamiento verbal o manual en las calles hasta la violación agravada, y que está presente en hogares, escuelas, oficinas, cuarteles, iglesias y seminarios, y una violencia de género estructural y omnipresente.

Por lo demás, la antropofagia literal viene a representar de manera precisa a una economía que fundamenta sus menguados atributos de productividad, rentabilidad y competitividad en la sobreexplotación inmisericorde de la carne humana: salarios de hambre, seguridad laboral inexistente o casi, servicios ínfimos de salud, educación y transporte. Ahí esta el caso reciente, y no es el único, de Pasta de Conchos, en donde una de las bocas de una empresa voraz se tragó de un golpe a 65 trabajadores. En las grandes plantaciones del noroeste las condiciones de semiesclavitud de los jornaleros agrícolas sirve de abono a los tomates que nos comemos y a los que exportamos, y la economía vomita a la población que de plano le sobra hacia el otro lado del Río Bravo.

Metáfora de la metáfora, el grupo burocrático y empresarial que gobierna canibaliza desde hace mucho los bienes nacionales; se tragó los ferrocarriles y ahora se brinda un banquete –buen provecho, secretario Carstens— con lo que queda de Pemex, con la CFE, con Aeroméxico. Los ayer candidatos y hoy funcionarios se encaraman al poder por medio de promesas amorosas al electorado (¿seguridad? ¿presidente del empleo?) no mucho menos falsas que las que pudo haber formulado a sus novias el presunto asesino de la Guerrero, y las instituciones cifran su subsistencia en la masticación de su propia credibilidad y de su propio prestigio: el IFE y el tribunal electoral no sobreviven si les arrancan otros filetes tan sustanciosos como los que perdieron en 2006.

No hay que apresurarse tanto en la abominación. Tal vez el posible caníbal de la colonia Guerrero represente el estado que guarda la República con una fidelidad mayor a la que estamos dispuestos a reconocer.