Apocalipsis y estupidez

  • Juan, Blasco, Fowles…
  • Piratas en el siglo XXI

Blasco Ibáñez

A quienes no se cansan de repetir la presencia en el mundo contemporáneo del caballo blanco, el caballo rojo, el caballo negro y el caballo amarillo, montados respectivamente por la peste, la guerra, el hambre y la muerte, se les olvida mencionar otra montura: el caballo gris, cabalgado por el lugar común, que tal vez sea el que causa mayores estragos en la cultura de nuestros tiempos. De alguna manera el quinto sintetiza a los otros cuatro, y temo que parte de la culpa por ese agregado a los ecuestres de Juan la haya tenido el valenciano Blasco Ibáñez, quien en 1916 (sí: en plena Primera Guerra Mundial) publicó la novela Los cuatro jinetes del Apocalipsis, un texto escrito por encargo del presidente francés, Raymond Poincaré. Pronto el volumen se volvió bestseller, especialmente en sus traducciones al inglés. En 1921 The Illustrated London News lo consideró el libro más leído del mundo aparte de la Biblia, aunque sospecho que los redactores de ese rotativo creían que el mundo estaba compuesto por Inglaterra y Estados Unidos. Ibáñez se hizo rico y en los años veinte su más célebre novela fue llevada al cine por el director Rex Ingram, con nada menos que Rodolfo Valentino a la cabeza del reparto. Cuarenta años después (1961-1962) Vincente Minnelli hizo una segunda versión con Glenn Ford. Para entonces, Blasco Ibáñez había muerto y el daño ya estaba hecho. A estas alturas no es de extrañar que exista también un juego de video (versiones para GameCube, PC y Xbox) y un grupo de rock que piden prestado el nombre a la novela: “Los Cuatro Jinetes del Apocalipsis pondrán al usuario en la piel de Abaddon, quien deberá encontrar y proteger a los tres Elegidos para hacer frente en igualdad de condiciones a los ángeles caídos”; “los cuatro jinetes del Apocalipsis, como se hacen llamar, y el gran Mikko (baterista) se dejaron ver entre humo y luces azules (…) e iniciaron el éxtasis auditivo más impactante.” Qué catástrofe: los versículos misteriosos, complejos e indescifrables del alucinado de Patmos han sido convertidos en una referencia simplona y hueca a cualquier cosa, y El Quinto Jinete se ha anotado una gran victoria.

El estupidólogo Carlo Cipolla

No me malinterpreten: la máxima vulgaridad no reside en el lenguaje ni corresponde, desde luego, a escritores y cineastas, sino a los gobernantes que por acción u omisión hacen posibles las guerras, las hambrunas y el avance de las epidemias. El inconmensurable poder de la estupidez desemboca en la estupidez del poder, como lo observó sagazmente Carlo Cipolla (1922-2000), un autor a quien valdría la pena dedicarle una travesía completa, o más bien varias, junto a sus predecesores Charles Richet y Walter Pitkin, así fuera sólo por este hallazgo: “El estúpido no sabe que es estúpido y esto contribuye en gran medida a dar mayor fuerza, incidencia y eficacia a su poder devastador.”

El hecho es que existe Bush, existe la indolencia mundial ante las hambres agudas o crónicas de miles de millones de personas y existe una clara ineptitud planetaria e individual para acotar los embates del sida, el ébola, el cólera, la fiebre del Nilo o –último grito de la moda viral– la gripe aviar. (Desfloradores de gallinas: usen condón, por el amor de Dios; Leda: exígele prácticas de sexo seguro a tu divino amante.)

Quién iba a imaginarse que este siglo XXI habría de salirnos tan parecido en hambrunas, guerras y pestes, al medioevo; que la esclavitud sería, hoy, una institución vigente, y que, para colmo, los mares del Tercer Milenio iban a estar tan infestados de piratas como una novela de Emilio Salgari. Sí, leíste bien; piratas. Y no hablo de esos fabricantes y vendedores de imitaciones y copias ilegales, sino de individuos que asaltan embarcaciones, secuestran o matan a sus tripulantes y pasajeros, y escapan con el botín. El pasado 20 de octubre el Buró Marítimo Internacional reportó un incremento sin precedentes en los ataques sufridos frente a las costas de Somalia por buques de transporte y de pasajeros: 23 episodios desde el 15 de marzo. Los piratas modernos suelen viajar a bordo de lanchas rápidas y cuentan con armas automáticas y hasta granadas autopropulsadas para someter a las tripulaciones de las naves atacadas. Una vez que las abordan, los bandoleros de la mar las conducen a aguas territoriales somalíes, en donde no hay gobierno ni nada parecido, y exigen a las navieras el pago de un rescate para devolverles la embarcación. No es nada nuevo. En 1998, en el mar del sur de China, un grupo de piratas se hicieron con el control del petrolero Petro Ranger, obligaron a la tripulación a que les enseñara la operación de la nave, de cuya eslora borraron el nombre original, pintaron uno nuevo y reemplazaron la bandera de Singapur por una de Honduras. Llevaron el transporte a un punto desconocido, le extrajeron el crudo, y luego enfilaron a China, en donde las autoridades portuarias estuvieron a punto de expedirles un nuevo registro.

En junio pasado, un carguero que se dirigía a Somalia cargado de víveres enviados por el Fondo Mundial de Alimentos para los damnificados del Tsunami –que hasta allí llegó el golpe de mar— fue secuestrado, con todo y sus diez tripulantes, por hombres armados que exigieron medio millón de dólares de rescate. Y a principios del mes en curso el crucero de lujo Seabourn Spirit, repleto de estadunidenses y británicos, fue atacado por piratas que abrieron fuego contra la embarcación mientras ésta cubría la ruta Alejandría – Mombasa. Lo que habría podido ser tragedia acabó en caricatura: la tripulación activó un mecanismo acústico que simulaba disparos, los atacantes creyeron que el buque iba armado y optaron por dar vuelta y escapar. Sólo uno de los tripulantes del crucero resultó con heridas leves. Los 302 pasajeros, por su parte, vivieron una de las experiencias más intensas en su vida de turistas. Pero no todo es Disneylandia. En el transcurso del año pasado 30 marineros fueron asesinados en aguas internacionales –costas africanas oriental y occidental, Estrecho de Malaca, Mar de China, ruta de Indonesia a Malasia— y se registraron 325 ataques piratas.

A los 79 años de edad se fue el novelista británico John Fowles, autor de La amante del teniente francés, novela que, al igual que Los cuatro jinetes del Apocalipsis, debe buena parte de su fama al cine. Fowles fue un escritor de madurez. Militar y después profesor de lengua y literatura en Poitiers, Francia, Anargyrios, Grecia, y Londres, Inglaterra, y estudioso y admirador de Albert Camus y Jean-Paul Sartre, le tomó muchos años decidirse a escribir y a publicar lo escrito.
No fue sino a los 36 años que dio a la imprenta la novela The Collector (El coleccionista), que fue convertida en película en 1965. Ese mismo año publicó The Magus (El mago), también llevada a la pantalla grande, y arruinada en el proceso. La consagración definitiva –ese momento en que el nombre del autor empieza a aparecer en tipografía más grande que el título de la obra– tuvo lugar en 1981, con la ya celebérrima cinta dirigida por Karel Reisz, en la que actuaron Meryl Streep y Jeremy Irons, y cuya adaptación cinematográfica corrió a cargo de la pluma gloriosa de Harold Pinter, Premio Nobel de Literatura de este año.

John Fowles, pintado por Binny Mathews

Fowles y Pinter compartieron algo más: su aversión a la guerra. Un laurel no menor del primero es haberse opuesto a la incursión punitiva en Las Malvinas ordenada por Margaret Thatcher. También fue un enamorado del amor y se preocupó siempre por la preservación de los monumentos antiguos –Stonehengue, Wessex— y por proteger a las aves y a los peces de los efectos nocivos de la contaminación. Creo que fue un hombre bueno.

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