Mineros del mundo

  • Potosí, Coahuila, Almadén…

Desde siempre, la mano de obra en la mina es uno de los oficios más peligrosos del mundo, y uno de los peor pagados. Hoy, entre los trabajadores pringosos que se revientan el lomo a cien metros bajo tierra y los encorbatados que especulan en las lonjas de metales, se establece uno de los ejes más perversos de la globalidad, y uno de los más antiguos: dice la historia que no hay trabajador minero bien remunerado y que, en cambio, abundan los casos de propietarios de yacimientos que se hacen fabulosamente ricos. Ejemplo proverbial fue Antenor Patiño. Dice la escritora dominicana Chiqui Vicioso: “Nunca olvido una foto de Antenor Patiño, indio boliviano chiquito y jipato, bailando con su señora, blanca, rubia y alta, con cara de evidente fastidio, en París. Nunca olvido otra foto de una de sus hijas, casándose con un arruinado vizconde francés (…), ella en busca de abolengo y él, de los millones que justificaran su ejercicio de clase. (…) Patiño construyó su fortuna con las minas de plata y estaño de Bolivia, donde millares de sus compatriotas murieron con los pulmones reventados. Por eso se decía que a cada libra de esos metales había que añadirle lo mismo en equivalencia a los litros de sangre que escupían los mineros. Y por eso, un grupo de hijos y familiares de esos hombres idos a destiempo se dio a la tarea de averiguar cuando Antenor iba a misa los domingos a comulgar, para tirarle al salir bolsas de sangre que arruinaran sus costosísimos trajes y su amarillenta (casi verde) piel de vampiro”.

Las Hadas, Manzanillo. Desde 470 hasta 1194 dólares la noche (temporada baja).

Es aleccionador: parte de las ganancias de Patiño acabó invertida en los desarrollos turísticos de Las Hadas y Las Alamandas, en la costa occidental mexicana. Las tarifas vigentes en 2003 para el segundo de esos establecimientos, hoy propiedad de una nieta del magnate, iban de 320 a 2 mil dólares por noche, sin incluir alimentos, más 15 por ciento de IVA, dependiendo de que se tomara una junior suite o una villa entera. Para disponer de todas las comidas al día había que agregar 200 dólares por persona. O sea que para costearse un día en Las Alamandas con todo y alimentos, un minero como los que desaparecieron hace una semana en las profundidades de Pasta de Conchos tendría que trabajar unos cien días en el fondo de los socavones y ahorrar la totalidad de su salario.

El “snobissimo” Nicolás Sánchez Osorio rememoraba no hace mucho: “en los 70 tuve el privilegio de organizarle (a Antenor Patiño) el ‘baile todo en blanco’ para celebrar la inauguración de Las Hadas, su hotel en Manzanillo. ¡Qué tiempos! Y… ¡qué señorío! Acuareleados quedaron la vizcondesa Jacqueline de Ribes, la duquesa de Cadaval, madame Pierre Schlumberger, el barón Arnaud de Rosnay (…), madame Denise Hale, casada en esos años con el cineasta Vincent Minelli; el barón Gerald de Waldner, Serge Lifar, Aileen Mehle (…), Salvador Dalí, Valerian Rybar, quien se había ocupado de la decoración de Las Hadas al lado de Jean François Daigre, los López-Wilshaw y más…”

Sería injusto reducir los saldos de la minería a funerales de obreros miserables y banquetes suntuosos para ricachones de mierda. La actividad mundial genera, además, miles de millones de dólares en materias primas que sirven para producir coches, joyas, bisturís, baratijas chinas, bombas atómicas, bacinicas, instrumentos de precisión, cables submarinos, ollas de peltre y todo lo imaginable. Gracias al sector las economías se inflan o se desinflan dos puntos porcentuales, de acuerdo con las contracciones planetarias del comercio, lo que a su vez provoca vértigos de optimismo, epidemias de suicidios y más o menos (casi siempre, más) miseria y sufrimiento en muchas partes. Algo así como el narco, pero legal. Ya hablaré de eso.

Niños mineros en Potosí, Bolivia.
Foto: Pascal Moret

Ahora, cuando pienso en los trabajadores atrapados en el socavón carbonero de Pasta de Conchos, Coahuila, recuerdo que, además de hierro, carbón y otros minerales, los mineros han dado a la humanidad numerosas historias de heroísmo, resistencia, organización y rebeldía. Pienso en los extractores de carbón de la cuenca de Asturias, en los excavadores chilenos del cobre, en los topos humanos que sacan diamantes de la tierra africana, en los estañeros de Bolivia, en los obreros mártires de Cananea, precursores de la Revolución Mexicana. Ay, hermanitos.

Se me viene a la cabeza también la historia de los esclavos gitanos enviados a desaguar las minas de mercurio de Almadén, como pago por unos adeudos que Felipe II tenía contratados con los Fúcares. Obligado a escuchar el clamor por las condiciones infernales en las que la explotación vil estaba matando a los forzados, el soberano envió al sitio, en calidad de juez visitador, al payo Mateo Alemán, quien concluyó en su informe al rey: “…Si habéis de matar a los gitanos, señor, hacedlo, cuando menos, de manera cristiana, porque a nadie se debe dar el tormento de tales minas”. Los sobrevivientes lo contaron a su manera en una taranta:

“De las galeras del puerto
a las minas nos trasladan
un vaso de Almadén
revuelto en sangre gitana.
Señor don Mateo Alemán
cuente usted lo que nos hacen:
sacar las ollas del horno
que arde con el fuego y nos cruje la carne.
No nos permiten dormir.
La noche se nos pasaba
amarraditos a los hornos
y trescientos saques de agua.
Señor don Mateo Alemán
cuando despuntaba el día,
a sacar las ollas del horno
y los pellejitos nos crujían.
Con el palo y con los mimbres
insultaban nuestras vidas.
Antes de que nos muramos todos,
señor don Mateo Alemán, por Dios, date prisa.”

Don Mateo Alemán.

Cuatro siglos más tarde, Juan Peña, El Lebrijano, unió el reporte del payo y el romance gitano en uno de los discos más tristes del cante jondo: Persecución (1976). El nudo en la garganta amarra el recuerdo de los gitanos con la impresión inmediata de los mineros coahuilenses y con la información reciente de los presos poblanos exprimidos por el distinguido Hanna Juanito Naked Bayed.

El Lebrijano.

Alemán tiene cosas en común con su contemporáneo Cervantes: nacieron, Miguel y Mateo, en el año de 1547, uno en Alcalá de Henares, el otro en Sevilla; novelistas ambos, vivieron angustias económicas indecibles; las segundas partes de sus obras más importantes fueron falsificadas y los dos solicitaron a la Corona, en algún momento de sus vidas, el traslado a América. Al Manco no se le cumplió, pero al autor de El Guzmán de Alfarache, sí: en 1608 consiguió permiso para venir a México, y aquí entró a servir al arzobispo fray García Guerra. En 1609 publicó una Ortografía castellana. En 1613 escribió Sucesos de don fray García Guerra. Y después de eso, su rastro se perdió para siempre.

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