Costa de antropófagos

  • Buena noticia para Armin
  • La civilización ante los sucesos de Roteburgo

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De izquierda a derecha: el plato fuerte y el comensal

Últimamente Armin Meiwes ha pasado por una mala racha, pero esta semana recibió una noticia buena: un tribunal de Francfort prohibió el estreno en Alemania de la cinta Butterfly (Mariposa), por considerar que viola los derechos de Armin, un técnico informático de 44 años que en 2001 se comió, acompañándolos con vino chileno, unos 20 kilos del cuerpo del infortunado Bernd Jürgen Brandes. El juez concluyó que los derechos del célebre antropófago deben prevalecer sobre la libertad de expresión. “Aunque su acción sin precedentes haya generado una gran atención mediática, eso no justifica que se le convierta en tema de una película de terror”, dijo el magistrado.

Desde enero se desarrolla un nuevo juicio contra Meiwes, previamente condenado a ocho años y medio de prisión, porque se consideró que tal sentencia era demasiado leve para un caso tan escalofriante. Sin embargo, a la fiscalía no le será fácil incrementar los años de jaula para el llamado “caníbal de Roteburgo”: hay testamento y constancia en video de que la víctima estuvo de acuerdo en ser asesinada, lo que dejaría el crimen en algo apenas mayor que una eutanasia; “homicidio por deseo”, se llama en las leyes alemanas, y se castiga con penas de siete años o menos; además, el acusado carece de antecedentes penales y no está, a decir de los especialistas siquiátricos, propiamente loco, por lo que no podría guardársele durante muchos años en algún sitio para sicóticos de alto riesgo; luego, en Alemania el canibalismo no es delito. En todo caso Meiwes podría ser hallado culpable de matar para satisfacer sus apetitos sexuales y de “perturbar el descanso de los muertos”, declarado culpable de asesinato y condenado a cadena perpetua, lo que equivaldría, en la práctica, a 15 años de prisión.

El productor de Butterfly, Marco Weber, argumentó que su trabajo no estaba “basado” sino “inspirado” en el caso Meiwes-Bernd, pero la única diferencia entre una cosa y otra es que en la cinta se cambió los nombres reales de los protagonistas. Hace un par de años, el cineasta Rosa von Praunheim, mucho más talentoso e interesante que Weber, anunció su propósito de filmar una película sobre el episodio, pero hasta donde sé no concretó el proyecto.

Recordemos la historia: en diciembre de 2002 la policía alemana recibió una llamada de un joven internauta que se alarmó al descubrir en un portal de anuncios una solicitud de “hombres jóvenes y robustos, de entre 18 y 30 años, para ser devorados”. El solicitante resultó ser un ex militar y técnico informático que vivía solo en una casona de 47 habitaciones construida en el siglo XVIII en la localidad de Roteburgo del Fulda. Tras obtener una orden de cateo, los agentes hallaron en el refrigerador de la vivienda cuatro bolsas de plástico que contenían restos humanos; en el jardín descubrieron un cráneo y varios huesos enterrados; encontraron, además, 16 computadoras personales, 221 discos duros y 307 cintas de video cuyo contenido se relacionaba, de una u otra manera, con actos de canibalismo. Meiwes se entregó y contó su historia. Esto es lo que dijo.

Si interés en el canibalismo surgió cuando tenía entre ocho y 12 años. Por esa época vivía con su madre, se sentía abandonado y le obsesionaba la carencia de un hermano menor, “alguien que fuera parte de mí”. Empezó a fantasear con almorzarse a sus compañeros de colegio; se excitaba con la idea de descuartizar un cuerpo humano y se aficionó a ver películas de zombis y de masacres. Su madre lo dejó solo en este mundo en el verano de 1999. Un año después puso un primer anuncio en Internet. Recibió 430 respuestas iniciales, y cuando precisó, a vuelta de correo, la verdadera dimensión de su deseo, ya sólo cinco le contestaron. Tres de ellos querían únicamente participar en un juego de rol. Otro quería ser decapitado, pero a Meiwes le pareció demasiado gordo y antipático. El quinto desistió después de que el autor del aviso le advirtió que, si visitaba su casa, “sería la primera y la última vez”.

Otros datos indican que Meiwes logró contactar en Internet a unas 280 personas para platicar de canibalismo, que unas 200 se ofrecieron voluntarias para el banquete, 30 se mostraron dispuestas a matar a otros, y entre 10 y 15 pidieron observar una cena de prójimo. “Hay cientos, miles” de personas que quieren satisfacer el deseo de comer carne humana o de ser comidos, dijo Meiwes en sus declaraciones a la policía. Cierto o no, a fin de cuentas, en la lista de candidatos quedó únicamente el nombre de Bernd Jürgen Brandes, un ingeniero berlinés que no tenía ni 18 ni 30, sino 43, y quien, de acuerdo con testimonios de sus conocidos, preparó meticulosamente su viaje de Berlín a Roteburgo (compró un boleto sin regreso), dejó sus cosas en orden -testamento y exculpación incluidos- y se dirigió al encuentro con su verdugo.

El sacrificio tuvo lugar el 10 de marzo de 2001, y una cámara de video grabó lo ocurrido en la buhardilla de la casona de Meiwes. Ambos hombres fumaron y charlaron, luego Brandes tomó 20 pastillas de somnífero, se bebió dos frascos de jarabe y media botella de aguardiente, y le pidió a su anfitrión que le cortara el pene y lo friera en una sartén. Cumplidas estas peticiones, los dos individuos trataron de comerse el glande, pero éste quedó demasiado correoso y lo pusieron a hervir. Como Brandes tenía en mente morirse, ni a él ni a Meiwes se les pasó por la cabeza detener la hemorragia producida por la amputación. Unas diez horas más tarde, el emasculado se desmayó por la pérdida de sangre. Entonces el caníbal lo degolló y lo descuartizó con cuchillos de cocina. “El momento de la muerte fue terrible”, rememoró el asesino meses después. “Durante el acto sentí odio, rabia y felicidad a la vez. Toda mi vida había deseado eso”. Y matizó: “Consideré la muerte como socorro, como ayuda al suicidio”. El homicida enterró en su jardín la cabeza y el esqueleto, y congeló unos 30 kilos de carne. En las semanas siguientes se comió las dos terceras partes de esa cantidad: “Recordaba [a Brandes] en cada pedazo de carne que me comía. Era como comulgar”.

El siquiatra argentino Hugo R. Marietan especula que Meiwes es sicópata y no sicótico: “Actuó con plena conciencia y a sabiendas (…) Comprendía lo que hacía y dirigió lúcidamente sus acciones destinadas a un fin premeditado (…) Y tomó prevenciones para el caso de que algo saliera mal: realizó un video, hizo dejar constancia de la voluntad del ingeniero para este hecho, publicó su aviso en Internet con la suficiente claridad como para que no haya dudas de sus intenciones. En ningún momento se mencionan alteraciones sensoperceptivas, ni ideas delirantes de influencia, mandato o misión (…) Luego del hecho no se atormentó con la culpa (autocastigo muy propio del neurótico); al contrario, disfrutó de ingerir la carne frisada, a la que preparó en distintas variantes de comida y acompañó con un buen vino. Al ingerirla lo hacía con tal bienestar que lo asemejaba a una comunión (cuando se “come” simbólicamente la carne de Jesús, y se bebe el vino, que simboliza su sangre); lo incorporaba a su cuerpo, y recordaba a Brandes con cierta afectividad”.

“Si hubiese ido hace un par de años al sicólogo, no hubiera llegado a tanto”, dijo por su parte el asesino a los investigadores.

Tal vez la película de Weber se estrene en breve fuera de Alemania, y acaso Rosa von Praunheim no haya renunciado a la idea de hacer la suya. Pero aunque Meiwes se quede fuera de la pantalla grande, va camino a ser un icono de la cultura. La banda posroquera Rammstein lanzó una canción llamada Mein Teil -lo que puede traducirse indistintamente como “mi parte” o “mi falo”-, basada en los sucesos de Roteburgo. Algunas fuentes internéticas especulan que de los tribunales alemanes habrían podido salir copias clandestinas de las cintas grabadas por Meiwes y que éstas podrían alcanzar precios de entre 50 mil y 60 mil euros en el mercado clandestino de cine snuff. “Los adictos a ese género esperan que el vídeo del caníbal termine en Internet“, dice un texto sin firma en El Rincón del Vago.

Encuentro que, de una manera oscura y espantosa, la historia del caníbal y su víctima ha cimbrado algunos cimientos de la civilización moderna: la noción misma de delito, los límites de la soberanía individual sobre el cuerpo y el destino propios, el principio del sacrificio cristiano, la validez, en circunstancias extremas, de los “actos realizados entre adultos con consentimiento”, la identificación automática de tu asesino como tu enemigo, la preservación casi refleja de la genitalia propia y, desde luego, la idea de que es malo comerse a un semejante.

Si alguien -salvo antropófagos asumidos- considera que le he echado a perder el desayuno dominical con estas líneas, ruego que así lo comunique al buzón de Navegaciones. De otro modo, proseguiré, durante unas jornadas más, la exploración de las costas de los caníbales.

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