El aliado de Bush

  • Saddam: tonto pero no tanto
  • De Bagdad a Barrientos

A tres años del comienzo de la guerra contra Irak es bueno recordar la red internacional de complicidades que la Casa Blanca tejió en forma apresurada para dar a su agresión bélica la apariencia de una acción concertada de la comunidad internacional. Se montó el Triángulo las Azores, con Tony Blair y José María Aznar, ya fallecido en términos políticos y alma en pena recurrente de las derechas mundiales; se coercionó a gobiernos de Europa oriental para que enviaran tropas, se recaudaron limosnas militares de Holanda, Australia y otras naciones, y se reclutó a algunos presidentitos de Asia, América Central y el Caribe, a fin de que mandaran al país árabe unos cuantos matones desempleados. Pero por norma general se omite en esos recuentos el nombre de uno de los aliados principales con los que contó George W. Bush para hacer la guerra contra Irak: Saddam Hussein al Tikriti. Es cierto que este último ha desempeñado un papel bastante aceptable en su actual condición y que en ella se ha comportado con decoro y dignidad frente a los ocupantes de su país y las marionetas encargadas de juzgarlo en un proceso ilegal de principio a fin. Pero eso no es excusa para perder de vista que Saddam no es un dirigente de la resistencia ni un artífice de la liberación iraquí, sino un tirano y un opresor que contribuyó enormemente a la destrucción de su país por las tropas extranjeras y que, en cambio, no ha colaborado en nada a la derrota que esas mismas tropas experimentan actualmente en la nación ocupada.

Un informe redactado por el mando de los invasores, del que da cuenta una nota de Michael R. Gordon publicada en The New York Times (NYT), narra la infinita estupidez empeñada por el derrocado gobernante en los preparativos para la defensa de Irak, en marzo de 2003: “A pesar de la desproporcionada derrota que sufrieron sus fuerzas en 1991, Hussein no veía a Estados Unidos como su principal adversario. Su mayor temor era un levantamiento chiíta, como el que sacudió a su gobierno tras la guerra de 1991. Su preocupación por las amenazas internas entorpeció sus esfuerzos por defenderse de un enemigo externo”. Algunos mandos militares propusieron al dictador “una estrategia de defensa de la patria basada en armar a las tribus locales; Hussein rechazó la recomendación: era demasiado arriesgado para un gobierno que vivía con el temor de un levantamiento popular”, se afirma en la versión de El País de la nota del NYT

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Poderoso

Pero, pensándolo bien, y a la luz de acontecimientos ulteriores, tal vez Saddam no haya sido tan tonto en su decisión de no facilitar armas y capacitación militar a potenciales insubordinados: hoy en día hay consternación en los mandos castrenses de Washington por el dato de que muchos efectivos iraquíes entrenados y armados por Estados Unidos acaban pasándose a las filas insurgentes.

Un punto dificilmente discutible de la memez sadámica es la ambigüedad deliberada con la que el entonces hombre fuerte de Bagdad se condujo en materia de armas de destrucción masiva. Según Gordon, ideó una estrategia de “disuasión basada en la duda”: al tiempo que barría todo residuo de los viejos programas de armas químicas y biológicas y permitía las inspecciones de sus arsenales por la ONU, jugaba a levantar sospechas sobre la sinceridad de sus intenciones y postergaba el momento de negar categórica e inequívocamente la posesión de tales armas. El especialista dice que Washington “interpretó los esfuerzos de Saddam por eliminar cualquier vestigio de los antiguos programas de armamento no convencional como un intento de ocultar sus arsenales”. Lo dudo. Bush y Blair, con sus formidables equipos de espionaje, sabían, más allá de toda duda, que las armas de destrucción masiva no existían, pero los dobles mensajes del gobernante iraquí les resultaron inapreciables para crear un clima de opinión favorable a la guerra.

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Desafiante

El actual procesado debería ser sometido a un juicio justo y legal -no como el que se desarrolla en la capital de Irak, remedo de justicia a cargo de títeres resentidos y apoyados en fusiles extranjeros- por actos derivados de su brutalidad represiva, su autoritarismo y su indolencia criminal. Si tal proceso pudiera tener lugar, habría que agregarle a Saddam un cargo gravísimo: el de haber traicionado a su patria en momentos críticos, cuando, en vez de ocuparse de fortalecer la unidad de los iraquíes, se empeñó en preservar sus instrumentos de opresión contra los chiítas.

Derrotado

La semana pasada recibí un mensaje de un preso muy diferente: Daniel García Rodríguez, recluido en el penal de Barrientos, estado de México, que me recrimina por no haberme ocupado, en mi “ofensivo” artículo del 7 de marzo (Carta a los guantánamos), de los “cientos, quizá miles de presos políticos, de inocentes pagando culpas extrañas, de incapacitados y sobre todo de alelados que tuvieron la mala suerte de ser pobres”. Reproduzco lo que me parece el fragmento medular de su misiva:

“También aquí, como en la cárcel del Imperio, nos privan de las certidumbres de culpabilidad o de inocencia, aun cuando no por la inexistencia de agraviados y sí por la invención de éstos. Nosotros podemos sostener convicciones y no pasa nada: igualmente, para su sorpresa, habemos presos aquí, porque hay voluntades que lo desean, porque así conviene a sus intereses. Finalmente, el motivo principal de mi asombro, es que por fin comprendo la razón de la indiferencia colectiva hacia la injusticia nacional; usted, hombre de conceptos y análisis certero, refiere la no existencia de normas, leyes y garantías, suponiendo que hay algún sitio donde existen. Perdone si le doy malas nuevas, pero la procuración de justicia en este país no existe; los secuestradores, sicarios, asaltantes y roba autos, están formados con policías en activo, con la protección de comandantes y de toda la estructura que todos pagamos con nuestros impuestos. Aquí en prisión nadie conoce a las grandes bandas o los que se supone ejecutan los actos delincuenciales. Aquí son los viciosos, los imbéciles, los siquiatrones o locos, uno que otro que se robó la tienda o al taxista de la colonia y muy excepcionalmente los que venden carrujos o grapas, burreros tal vez. Por supuesto acusados y atacados con todo el peso de la ley, con toda la gama de tecnicismos que ministerios públicos, secretarios y jueces coleccionan, así como la fuerza de policías judiciales y madrinas que junto con los medios de comunicación que gustan del desprestigio y del denuesto, apachurran con todo el peso del Estado a los más débiles. Circunstancias que nos harían muy felices si se tratara de los delincuentes de verdad, que por supuesto están en la calle. Por todo lo anterior, suplico me permita hacer de algunos compañeros de celda y mía la carta dirigida a los Guantánamos y me autorice a tomar sus buenos deseos para poder sobrevivir a la nada en la que nos hundieron los que usted llama necrófilos; descerebrados, pero éstos, mexicanos, y en nuestro caso, Arturo Montiel y Alfonso Navarrete.”

Nunca he escrito que las cárceles del país sean un homenaje a su reclusión está directamente relacionada con una imputación de complicidad en el homicidio de María de los Angeles Taméz Pérez, regidora de Atizapán de Zaragoza, perpetrado el 5 de septiembre de 2001. El acusado principal es el ex presidente municipal Juan Antonio Domínguez Zambrano, de extracción panista, de quien García Rodríguez era secretario particular. Pero aquí no hay jueces, sino lectores, y cada quien es libre de formar sus propias apreciaciones.

Bienvenida seas a este mundo, Nina Calderón; que tengas una vida suave y fresca como el agua en que naciste bajo la luna llena del 13 de marzo. Un abrazo, Raúl Enríquez Habib; ya emprenderemos nuevos viajes en busca de otras damas del tiempo. Gracias a José Luis Morales por su hermético “Bestiario” y a Felipe Ledesma, por tomar cartas en el asunto de la navegación perdida. El enigma está resuelto: sabrá Dios por qué razón, la columna “Extrapolaciones y burros” está en la edición del miércoles 2 de febrero de 2005. Gracias también a Luis Guillermo Cota Preciado por sus comentarios sobre el Echelon y por compartir con nosotros un link a The Memory Hole, sitio en el que puede hallarse, entre otras cosas, documentación inapreciable sobre el contexto previo a la invasión de Irak. Y una felicitación a Patricia Damiano por la buena idea de poner en línea el Discurso sobre la dignidad del hombre.

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