Damas del tiempo II

“La bella ha llegado” quiere decir su nombre. Por ahora su busto habita en Berlín, entre el Altar de Pérgamo y la Puerta de Ishtar, en el Altes Museum. La representación de la Reina, realizada en yeso y piedra caliza, fue descubierta en 1912 en Tell-El-Amarna por el arqueólogo alemán Ludwig Borchardt. “Tenía una belleza de proporciones exactas y el científico no pudo más que enamorarse de ella; la falta del ojo izquierdo no le restaba hermosura, sino que aumentaba el halo de misterio que siempre la rodeó”, escribió Anxela Iglesias en La Razón. “El busto fue ‘exportado’ desde su país de origen con un convenio legal aceptado por ambas partes“, dijo Dietrich Wildung, director del museo alemán, quien acepta, sin embargo, que hacia 1939 hubo el proyecto de devolver la escultura a Egipto pero que Hitler se encargó de impedirlo. La verdad es que fue sacada del país cubierta de yeso para engañar a las autoridades egipcias y que, cuando la reclamaron, el Führer declaró que jamás la devolvería porque tenía inconfundibles rasgos arios.

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Escultura viva

En 2003 la arqueóloga inglesa Joan Fletcher causó revuelo cuando anunció que había descubierto, en una tumba del Valle de los Reyes, en Luxor, un cadáver que podía ser el de la Hermosa. Adujo que la momia tenía un cuello alargado, al igual que la Reina, así como dos perforaciones en el lóbulo de una oreja, y que presentaba el brazo derecho doblado hacia arriba y un cetro real entre los dedos. El asunto despertó el interés de la productora Atlantic Productions, la cual, en asociación con Discovery Channel, organizó una expedición a la tumba KV35 y se montó un show sobre las tres momias que yacen allí. El secretario general del Consejo Supremo de Antigüedades (SCA, por sus siglas en inglés) de Egipto, Zahi Hawass, retiró a Fletcher su autorización para trabajar en el país árabe porque la especialista británica violó una prohibición legal -cuyo propósito es verificar la autenticidad de los hallazgos- de hacer público un descubrimiento sin permiso expreso de ese organismo.

En realidad, el cuerpo atribuido por Fletcher a Nefertiti fue descubierto en 1898 en la tumba KV35 por el francés Victor Loret y descrito en 1907 por Grafton Elliot Smith, quien informó que a la momia le faltaba el brazo derecho. Pero el arqueólogo halló cerca del cadáver un antebrazo, y como los otros dos cuerpos encontrados en la cámara mortuoria tenían los miembros completos, le pareció sensato adjudicárselo al que según Fletcher perteneció a Nefertiti. Zahi Hawass, por su parte, sostiene que el cuerpo no es el de la Hermosa, que murió pasados los 30 años, sino el de un muchacho de 16. Abeer Helmy El Adamy, curadora del Museo de El Cairo, asegura que la polémica entre Hawass y Fletcher “no es un problema personal”, pero sospecho que hay muchas pasiones de ese tipo metidas en el debate. Se me ocurren las siguientes hipótesis: a) Fletcher está en lo cierto; Hawass es un árabe macho y le molestó que el descubrimiento de una mujer (extranjera, para colmo) pusiera patas arriba la egiptología con un descubrimiento trascendente; b) Hawass tiene razón; Fletcher, cuyo físico no es muy agraciado, se sintió celosa de la belleza inmortal de la Reina y decidió socavarle su atractivo, identificándola para ello con un cadáver polvoriento y desfigurado; c) ambos aciertan: en realidad, Akhenatón tomó por esposa a un joven travesti que se hizo llamar Nefertiti. Si se les ocurre otra, no dejen de avisarme.

En lo que a mí respecta, el presunto hallazgo de la doctora Fletcher no cambia en nada mis sentimientos para con la Reina, quien no es un cuerpo muerto sino una escultura viva y quien, a la edad venerable de 3 mil 500 años, sigue siendo, con su cuello de cisne y sus labios carnosos, hermosa entre hermosas, serena y deslumbrante, cachonda desde el fondo de la muerte. Recordada seas, piel de los siglos, bella que llegas, dama del tiempo.

* * *

Una noche, en Palenque,
un grupo de arqueólogos empezó a jalar un hilo
de esa trama celeste que es el mundo maya.
En la urdimbre de los sueños,
mientras una extraña luz,
aún al alba, vigilaba,
la tapa del sarcófago se fue deslizando
hasta dejar ver el manto de cinabrio que cubría el esqueleto,
las piedras talladas,
las descomunales orejeras,
la diadema de jades en la frente devastada,
las conchas horadadas
sobre los ojos de una máscara
desvanecida por el tiempo
y la sangre coagulada del cinabrio.

¡Oh el cinabrio!
¡Salve tú, Reina!
¡Gran profanada!

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Misterio y cinabrio

Así registró Carlos Payán sus emociones ante el descubrimiento de la Reina Roja, del que fue testigo hace casi doce años -el 1 de junio se cumplen-, en el Templo XIII de Palenque. Fanny López Jiménez, quien por entonces era pasante de arqueóloga, y corresponsable del descubrimiento junto con Arnoldo Martínez Cruz, director del proyecto arqueológico de Palenque, escribió en su diario:
“Guardamos un minuto de silencio para pedir permiso, decirle a quien pudiera estar ahí que no estábamos profanando, que nuestro trabajo tenía un objetivo. Y empieza Marín Caballero a hacer el orificio. Arnoldo va por una lámpara y que me subo al bote donde él estaba parado, pero era tan oscuro que él no veía nada. Entonces Arnoldo alumbra con la lámpara y me grita: ‘¡Es una tumba, Fanny, es una tumba!’ Y yo: ‘No, Arnoldo, no es sólo una tumba, es un sarcófago.'” Adriana Malvido: “En medio del griterío Fanny tiene un golpe de intuición y dice en voz alta: ‘Es una mujer, es una mujer.'”

Eran días terribles. El alzamiento zapatista de enero del 94 estaba reciente, aunque menos que el asesinato de Colosio, perpetrado en la otra punta del país, y muy próximas las elecciones presidenciales. Pero cuando la luz rebotó sobre el rojo cinabrio que cubría a la antigua noble maya nadie tomó el suceso como un presagio sangriento. Por el contrario, la salida de la tumba de la Señora fue un remanso en el que el país se maravilló, se conmovió y se olvidó por unos momentos de la crisis finisexenal que estaba viviendo.

Los huesos cuentan que la mujer murió entre su quinta y su sexta décadas, que vivió bien alimentada y que padeció osteoporosis y sinusitis. Pero ni los restos óseos ni el decorado del sarcófago indican el nombre de esta noble maya, pese a que falleció y fue enterrada en una época (el periodo clásico tardío) en el que en Palenque florecía la escritura. Una de las primeras hipótesis fue que el esqueleto pertenecía a la soberana Yohl Ik Nal, pero el carbono 14 desechó la posibilidad. Luego se pensó en Sak k’uk, madre del Señor de Pakal, y en Kanal Ikal, su abuela. El año pasado la antropóloga Vera Tiesler concluyó, tras realizar exámenes de ADN, que “la Reina Roja no tiene parentesco directo con Pakal”.

Tras una década de análisis y estudios quedan dos identidades posibles. Hace poco Fanny López apuntó a Hun K’Anleum, esposa del gobernante derrocado Kan Xul (casi un siglo posterior a Pakal) y conocida como Señora Telaraña; Adriana Malvido, quien fue también testigo del resurgimiento de la Reina, piensa que Tza´ Bu Ahaw, esposa de Pakal, la “Señora de la Sucesión”, “podría, en poco tiempo, darle un nombre a la identidad verdadera de la Reina Roja.” Tengo entendido, por cierto, que el martes 28 se presentará el libro de Adriana “La Reina Roja. El secreto de los mayas de Palenque“. Estén pendientes.

Te liberaron de tu sarcófago de piedra y despejaron el manto de cinabrio que te cubría, Señora Roja, pero sigues protegida por el misterio. Vuelta a nacer, ahora cumplirás doce años de estar entre nosotros, y sigues sin decirnos tu nombre. Recordada seas, abuela soberana, remotísima, reina de la cuenta larga de los katunes, Dama del Tiempo.

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