El nuevo viaje a las estrellas de Stanislaw Lem

  • Polaco que fue Borges, Carroll y Rabelais de la astronáutica
  • Del barroco islámico en las finanzas

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“El profesor Bruckee, del observatorio, hace poco se quejaba conmigo sobre el debilitamiento de la luz que emanan las dos estrellas de Centauro. ¡¿Y cómo su luz no ha de atenuarse si toda la zona está repleta de basura?! Alrededor del pesado planeta Sirio, atracción de ese sistema, se creó un anillo similar a los de Saturno, pero hecho de botellas de cerveza o de limonada. Cualquier cosmonauta que tome este rumbo deberá rebasar no sólo las nubes de meteoritos, sino también latas, cáscaras de huevo y periódicos viejos. Inclusive hay en el camino varias zonas en las cuales resulta imposible ver las estrellas. Los astrofísicos, desde hace años, se rompen la cabeza por descubrir la causa del aumento del polvo cósmico en diferentes galaxias; pienso que el motivo es muy simple: mientras mayor grado de civilización habite la galaxia, mayor grado de basura habrá. De ahí todo ese polvo y desechos. El problema no concierne tanto a los astrofísicos, sino a los barrenderos.”

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Interrumpo la transmisión dominical de la serie Damas del tiempo y tomo el párrafo anterior de La Jornada Semanal del 12 de diciembre de 2001 -año emblemático de la ciencia ficción y de tantas otras cosas-, parte del texto Salvemos el espacio, de Stanislaw Lem, polaco genial que el martes pasado, en su advocación de Ijon Tichy, emprendió un nuevo viaje a las estrellas, más duradero, me temo, que sus travesías anteriores. Jonathan Swift cósmico, Borges en el cinturón de asteroides, Voltaire del siglo XX, Rulfo de la relatividad, Rabelais en Baikonur, Lewis Carroll posmoderno, hermano insólito de Arreola (si es que esas expresiones no son pleonásticas). Lem nos marcó a muchos, en distintas épocas, con la invención de mundos amargos, paradójicos y divertidos, con sus observaciones agudísimas, con su crítica feroz de lo existente. No quiero detenerme en su biografía. El mejor homenaje es convivir con él: tomar, una vez más, sus libros del anaquel, contemplar sus dibujos delirantes, encontrar en la Red algunos de sus momentos. Este, por ejemplo, en el que abordó las paradojas espacio-temporales:

“Después de comer vino a verme el suegro de Ambrosio, Amfotérico, y me confesó que se convirtió en su propio padre, porque su tiempo se enredó en forma de bucle. Me fijé que las barbillas y frentes de algunos hombres y mujeres retroceden. ¿Efecto de una recesión giroscópica, acortamiento de Lorentz-Ritzgeral, o resultado de perder dientes y darse frecuentes golpes en la frente contra los dinteles cuando suena la campana llamando a la mesa? Nos estamos acercando a la velocidad de la luz. Multitud de fenómenos desconocidos.
Apareció un nuevo tipo de partículas elementales: los chicharrones. No muy grandes, un poco quemados. A mi cabeza le pasa algo raro. Recuerdo que mi padre se llamaba Bernabé, pero tenía también otro, con el nombre de nombre Batalón. ¿O tal vez era un lago de Hungría? A lo mejor me llamo Jeremías. Hemos dejado muy atrás el principio de Pauli, según el cual una persona puede ser habitada por una individualidad a la vez.”

O cuando se refirió a las consecuencias de la manipulación genética:

    “Me encontraba en el borde de un campo, al parecer cultivado, pero lo que en él crecía no tenía nada que ver ni con coles ni con girasoles: no eran plantas, sino mesitas de noche. Al cabo de un rato de pensar, llegué a la conclusión de que eran productos de la civilización biótica. Ya me había encontrado antes con algo por el estilo (…) Así, pues, no fue el campo de vitrinas y mesitas de noche en sí lo que me causó extrañeza, sino el hecho de que todos esos muebles mostraban una degeneración completa. La mesita más cercana, mientras intentaba abrirla, casi me seccionó la mano con un cajón erizado de dientes; otra, al lado, se mecía en la suave brisa como si estuviera hecha de jalea, y un taburete, a cuyo lado pasaba, me puso una zancadilla tirándome al suelo cuan largo era. No cabe duda de que los muebles no deben comportarse así; algo iba mal en aquel cultivo.”

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    O cuando irnonizó sobre la competencia tecnológica despiadada:

      “Creo que fue NuddLegg el primero en introducir en el mercado unas lavadoras tan automatizadas que separaban solas la ropa blanca de la de color; lavaban, escurrían, planchaban, zurcían, hacían dobladillos, marcaban con las iniciales del propietario primorosamente bordadas y adornaban las toallas con frases didácticas y edificantes, del estilo de ésta: ‘Vamos a la cama sin patalear, para que el robot pueda descansar’, etcétera. Snodgrass reaccionó, saturando el comercio con lavadoras que componían cuartetos para bordar, adaptados al nivel cultural y exigencias estéticas del cliente. El modelo sucesivo de NuddLegg bordaba ya sonetos: Snodgrass replicó con las lavadoras que animaban la conversación en el seno de la familia durante los intervalos del programa televisivo.”

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      Ahora que Stanislaw ha emprendido su nueva travesía, me siento un poco solo en el universo, y abrumado por las mezquindades de los europanos, la intolerancia de los centaurinos, la belicosidad de los arienses, la frivolidad de los ramanes y ese utilitarismo miope de los habitantes de Tau de Aldebarrán. A ver si vuelve. Por lo pronto, colocaré en el estante que guarda sus libros una frase casi anónima (la firma el cibernauta Mithdriel) que hallé de chiripa: “Espero que, estés donde estés, puedas ver todo aquello que imagino”.

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      Cuando alguien muere, su esencia se impregna en el entorno; tal vez se trate de un efecto óptico: ahora siento que el mundo es un sitio eminentemente lemiano. Miren si no: en los mercados financieros mundiales proliferan ahora instrumentos denominados sukuk, que permiten a los inversionistas islámicos rentabilizar su riqueza sin violar la prohibición coránica de considerar el dinero como un bien en sí mismo, cuando es -dice el Profeta- sólo un medio para el intercambio de bienes. La obtención de intereses es pecado, y la única forma lícita de multiplicar el capital es mediante el intercambio de mercancías. “Los sukuk se pueden englobar en dos grandes categorías: instrumentos intercambiables, que básicamente consisten en participaciones en compañías o negocios (certificados “Mudarabah” y “Musharakah”), e instrumentos no intercambiables o bonos cero-cupones.

        “Lo que caracteriza a los primeros es que, a diferencia de las clásicas acciones en sociedades anónimas occidentales, representan la propiedad de una parte proporcional pero indivisa (sin dividir) del activo o compañía, que les da derecho a unos retornos fijos y periódicos aportados por esa empresa o actividad (en el caso de los sukuk Al Ijara, los más frecuentes). Los segundos son prácticamente lo contrario que un bono normal. En términos muy simples, en vez de comprar una deuda y obtener un interés por ella, el cliente compra un bono que se emite a descuento, y al vencimiento obtiene una suma de capital acumulado, fijada de antemano. El principal problema de estos instrumentos, su falta de liquidez, se soluciona mediante el establecimiento de mercados secundarios, que en ningún caso pueden incluir productos clásicos como opciones, derivados, etcétera. En cambio, poseen varias ventajas, como el hecho de que estas inversiones permiten obtener rentabilidades periódicas, y se pueden revalorizar.”

        Una respuesta a El nuevo viaje a las estrellas de Stanislaw Lem

        1. Ijon Tichy dice:

          ya lo dijo el maestro lem “Sólo el hombre puede ser un canalla”

          salu2 pietro

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