El Pendón Morado / II

  • Borbón y el Tejerazo del 23 de febrero
  • De república agredida a monarquía agresora

El Artículo 25 de la Constitución española de 1931 dice: “No podrán ser fundamentos de privilegio jurídico la naturaleza, la filiación, el sexo, la clase social, la riqueza, las ideas políticas ni las creencias religiosas. El Estado no reconoce distinciones y títulos nobiliarios”. El 40 afirma: “Todos los españoles, sin distinción de sexo, son admisibles a los empleos y cargos públicos según su mérito y capacidad, salvo las incompatibilidades que las leyes señalen”.

Los pasajes equivalentes en la Constitución monárquica de 1978 indican que “los españoles son iguales ante la ley, sin que pueda prevalecer discriminación alguna por razón de nacimiento, raza, sexo, religión, opinión o cualquier otra condición o circunstancia personal o social” (artículo 14), pero luego adversa: “El Rey es el Jefe del Estado (…) Su título es el de Rey de España y podrá utilizar los demás que correspondan a la Corona. La persona del Rey de España es inviolable y no está sujeta a responsabilidad” (artículo 56). El precepto siguiente reza: “La Corona de España es hereditaria en los sucesores de S. M. Don Juan Carlos I de Borbón, legítimo heredero de la dinastía histórica. La sucesión en el trono seguirá el orden regular de primogenitura y representación, siendo preferida siempre la línea anterior a las posteriores; en la misma línea, el grado más próximo al más remoto; en el mismo grado, el varón a la mujer, y en el mismo sexo, la persona de más edad a la de menos”. A esos renglones siguen varias páginas con más pendejadas medievales sobre líneas de sucesión, matrimonios, príncipes herederos y tutores reales.

Hay la generalizada opinión de que la disyuntiva entre monarquía y república es falsa, y que lo importante, en el caso de España, es que este rey salió bueno: dice la versión oficial que ha sido muy democrático y respetuoso, que su presencia fue determinante para permitir una transición tersa y tranquila y que los españoles deben estarle eternamente agradecidos por su actitud firme y honorable el 23 de febrero de 1981, cuando un grupo de militarotes trató de violentar el orden democrático. “Según consenso unánime, el factor determinante en la transformación de España ha sido el rey Juan Carlos”, sostiene, en forma previsible, Mario Vargas Llosa. Y pareciera no faltarle razón: “según una encuesta de Demoscopia, 88 por ciento de los españoles opinó recientemente que el rey ha sabido ganarse la simpatía incluso de aquellos que no ven la monarquía con buenos ojos, y 85 por ciento aseguraba que el soberano había hecho un buen trabajo.”

teje

“¡… Se sienten, coño!”: Tejero a los diputados.

Sobre el Tejerazo: Paul Preston en su biografía de Borbón (Juan Carlos, el Rey de un pueblo) afirma que éste no tuvo nada que ver con el Tejerazo: “Guillermo Quintana Lacaci, capitán general de Madrid, dijo: ‘soy franquista, adoro la memoria del general Franco, he sido ocho años coronel de su regimiento de guardia, hice la Guerra Civil, por tanto ya te puedes figurar cómo pienso. Pero el Caudillo me dio orden de obedecer a su sucesor y el Rey me ordenó parar el golpe del 23-F y lo paré; si me hubiera ordenado asaltar las Cortes, las asalto’.” Sin embargo, fuentes tan diversas que van desde alguno de los participantes en la intentona hasta grupos de izquierda radical insisten en desmentir la determinación democrática de Borbón en aquellos momentos o señalan al menos que el jefe del Estado dejó pasar demasiado tiempo antes de tomar partido. Reproduzco algunas:

Amadeo Martínez, diplomado del Estado Mayor en aquel entonces, dijo a La Jornada que existen sospechas de que el rey no fue el ‘restaurador de la democracia’, como sostiene la versión oficial. En su libro 23-F, el golpe que nunca existió, Martínez sostiene que el supuesto golpe fue una operación en beneficio de la corona española. ‘[Jaime] Milans del Bosch me dijo: el batallón que ocupó Valencia salió prácticamente desarmado. No iba a combatir contra nadie. Llevaba órdenes rigurosas de respetar el entorno urbano para evitar accidentes entre la población. Aquello no era un golpe militar. Sólo se trataba de escenificar una situación política especial, limitada en el tiempo, en provecho de España y la Corona'”.

JCI

El rey en la tele.

“Me resulta muy difícil creer que el Rey no tuviera ningún conocimiento previo de una operación cuya cabeza pensante era uno de sus colaboradores más cercanos (…) Los golpes militares de verdad no se dan a las seis de la tarde, con soldados que van dando vivas al jefe del Estado contra el que teóricamente actúan, con tanques desarmados que respetan los semáforos y las reglas de circulación, con oficiales golpistas que envían cámaras de televisión para que la primera magistratura del país pueda dirigirse cómodamente a los ciudadanos, con su máximo dirigente político deseando ir a palacio a los pocos minutos de comenzado el operativo para contarle al Rey cómo se están desarrollando las cosas, con su líder militar (un general monárquico del máximo prestigio dentro de las FAS) recibiendo órdenes por teléfono del propio monarca y a la vez jurándole fidelidad sin límites”.

Es imposible creer que los servicios de información españoles ignorasen la preparación del golpe, siendo igualmente inimaginable que el general Alfonso Armada -tras 15 años de colaboración con don Juan Carlos de Borbón- hubiera aceptado encabezar un proceso de intervención militar sin contar con la anuencia de Estados Unidos (…) Según la declaración que hizo en el juicio, a [Antonio] Tejero en aquel momento le dieron a entender que el nuevo gobierno sería sólo de militares, y que el verdadero jefe era el Rey, que lo apoyaba totalmente. Armada le explicó: ‘La monarquía necesita robustecerse, por ello Su Majestad me ha encargado esta operación’. También le revelaron que tanto el Vaticano como el gobierno estadunidense habían sido sondeados y que la administración Reagan les había prometido ayuda”.

Un informe confidencial publicado recientemente por El Mundo dice que en vísperas de la intentona Milans del Bosch reunió a sus generales y les dijo “que podía producirse en Madrid un hecho importante (…) al que había que estar atentos” y que “de este hecho S. M. el Rey estaba al corriente, lo aprobaba y lo apoyaba, como le había hecho saber a él el general Armada, de cuya fidelidad a la Corona no tenía ninguna duda”. “La mecánica sería la siguiente: producido el incidente, Armada se iría a La Zarzuela, y desde ahí daría instrucciones concretas, siempre en nombre de S. M.”

Una última opinión, la de José de Argüelles Ponte, quien dice haber sido comandante en la división Brunete, bajo el mando de Milán del Bosch, y haber participado en la Operación Galaxia, conspiración anterior al 23-F que se disolvió en la nada, asegura que “Su Majestad nos traicionó” y que “Tejero (…) tomó las cortes y desde allí telefoneó a S. M., dándole el parte. Este llamó a la Brunete para que socorra a Madrid de desmanes de los rojos que sacaban cabeza.” Posteriormente, prosigue este sujeto, Milán del Bosch recibió una llamada “del mismísimo Rey”, quien le habría dicho: “Encuéntrome en comprometida situación y os ruego replegaros a Valencia y entregaros a jurisdicción militar; ésas son mis órdenes o ateneos a las consecuencias”.

Algo más: en los términos de la Constitución de 1931 España no habría podido ser uncida a la agresión criminal de George Walker contra Irak, toda vez que su artículo 6°, breve y luminoso, dice: “España renuncia a la guerra como instrumento de política nacional”. El documento de 1978, en cambio, señala que “Al Rey corresponde, previa autorización de las Cortes Generales, declarar la guerra y hacer la paz (…) y el mando supremo de las Fuerzas Armadas”. Borbón fue, en consecuencia, cómplice de Bush, de Blair y de Aznar en la carnicería. Me queda claro que las formas de gobierno republicanas no son necesariamente sinónimas de democracia y pacifismo y que las monárquicas no pueden asociarse en automático con belicismo y dictadura. Pero España fue agredida (por Hitler, por Mussolini, por el propio Franco) para restablecer la Corona, y fue agresora, 67 años más tarde, bajo la monarquía restaurada. Así fuera sólo por eso, algunos en el mundo seguimos llevando en el corazón una España que es roja, amarilla y morada.

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