La traición según San Nageo

  • Iscariotemanía para legos y el Evangelio de National Geographic

La Semana Santa pasada, qué escándalo, el mundo asistió a la reivindicación de Judas. Ahora resulta que el poseído por Satanás, el ambicioso irrefrenable, el infiltrado, el más grande traidor de la historia, fue en realidad vehículo de los designios divinos, elegido de Dios y mártir supremo de sus obras. La revelación, si es tal, cimbrará los cimientos de la cristiandad, los del catolicismo y hasta uno que otro de la civilización humana; la Pasión según National Geographic (Nageo) habrá de incorporarse a los evangelios, la eutanasia (o el suicidio asistido) se volverá un sacramento adicional y habrá que extender a ocho las virtudes teologales e incluir en ellas a una que todavía no tiene nombre: la disposición a dar besitos asesinos.

Giotto

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El mismo beso, arriba según El Giotto, abajo según Helnwein

Las reacciones fueron de la total incredulidad al entusiasmo por lo que fue considerado un acto de reparación histórica. Algunas voces de alta jerarquía dentro del catolicismo mexicano, Norberto y Sandoval Iñiguez, but of course, así como el teólogo chileno Antonio Bentué, se lanzaron a descalificar el hallazgo: obra de gnósticos heréticos, tema taquillero, corriente publicitaria, obra de los enemigos de la Iglesia. “Ni es Evangelio ni es de Judas”, resumió el arzobispo primado de México.

Al parecer, los señores arriba mencionados no están muy al tanto de las tendencias de la moda actual en El Vaticano, y no me refiero precisamente a los diseños de casullas para esta primavera: por ejemplo, Walter Brandmuller, jefe del Comité Pontificio para la Ciencia Histórica, sostiene que la traición de Judas en el Huerto de los Olivos no fue deliberada; simplemente “cumplía con su parte en el plan de Dios”. Por su parte, Vittorio Messori, investigador católico cercano a Benedicto XVI, sostiene que la rehabilitación del personaje “resolvería el problema de la aparente falta de misericordia de Jesús hacia uno de sus discípulos”. A su vez, Donald Senior, presidente de la Unión de Teólogos Católicos y miembro de la Comisión Bíblica Pontifical por nombramiento de Juan Pablo II, señaló que el manuscrito recién publicitado puede ser punto de partida para un nuevo debate teológico sobre la figura iscariótica; “sólo Dios sabe lo que dirán los sacerdotes este fin de semana en la iglesias”, dijo, y concluyó: “Si me equivoco, que Judas me perdone”. Que viva Judas.

Tal vez algunos cristianos no católicos se sientan tentados a pensar que, a fin de cuentas, este viraje tiene cierta coherencia en la medida en que Roma representa más la tradición de Judas que la de Pedro, y que lleva muchos siglos recolectando monedas a cambio de traicionar las enseñanzas de Jesús, por más que, hasta donde sé, en estos dos milenios ningún Papa se ha colgado de la rama de un árbol. Es una mera especulación de mi parte y el debate al respecto, si lo hubiera, no me tendrá entre sus participantes. Además, nos desviaría del asunto principal, que es la negación del Iscariote como delator de su gurú.

Aparte de la Pasión según Nageo, los especialistas William Klossen y Hyam Maccoby dicen que Judas no fue un ladrón ni un mentiroso, como lo quiere el Evangelio de Juan, sino un idealista con un sólido sentido de la justicia que se sintió muy desilusionado con las injusticias de su época. En algo esos estudiosos canadienses parecen coincidir con el chileno Bentué, quien asegura que monsieur Iscariote pertenecía al movimiento nacionalista zelote, el cual perseguía una Judea independiente del Imperio Romano mediante la lucha armada. “Andaba buscando un líder que pudiera aglutinar al pueblo judío contra la presión de Roma, pero encontró a Jesús, que no andaba en eso y entonces se fue decepcionando y, sintiéndolo mucho, porque lo quería, lo traicionó”. El sacerdote argentino Armando Levoratti, miembro emérito de la comisión bíblica del Vaticano, comenta que “la acción de mister Iscariote es quizá el hecho más desconcertante que narran los evangelios” y recuerda que el verbo griego empleado en los evangelios para denotar la acción de Judas con respecto a Jesús es paradidomi, que significa entregar, y que encierra una velada alusión al designio de Dios y no a una traición: “el Hijo del hombre es ‘entregado’ a la muerte, conforme al plan de Dios para la salvación del mundo”.

Por lo demás, los estadunidenses coinciden en que la construcción del personaje por la tradición católica está relacionada con el afán de los cristianos por desacreditar a los judíos y fomentar el antisemitismo. Bentué, por su parte, señala un hecho interesante: los intentos de reivindicar a Judas no aparecieron con el reportaje de Nageo, sino que datan de hace mucho tiempo. En 1853, en su clásico Judas Iscariot, el claridoso Thomas de Quincey buscaba reivindicar a quien ha sido considerado traidor por antonomasia. Años más tarde, el profético e imaginativo Borges se sacó de la manga a un teólogo vigesimónico, Nils Runeberg, y le hizo decir lo siguiente:

La traición de Judas no fue casual; fue un hecho prefijado que tiene su lugar misterioso en la economía de la redención. El Verbo, cuando fue hecho carne, pasó de la ubicuidad al espacio, de la eternidad a la historia, de la dicha sin límites a la mutación y a la carne; para corresponder a tal sacrificio, era necesario que un hombre, en representación de todos los hombres, hiciera un sacrificio condigno. Judas Iscariote fue ese hombre. Judas, único entre los apóstoles intuyó la secreta divinidad y el terrible propósito de Jesús. El Verbo se había rebajado a mortal; Judas, discípulo del Verbo, podía rebajarse a delator (el peor delito que la infamia soporta) y ser huésped del fuego que no se apaga. El orden inferior es un espejo del orden superior; las formas de la tierra corresponden a las formas del cielo; las manchas de la piel son un mapa de las incorruptibles constelaciones; Judas refleja de algún modo a Jesús.”

Hay otras versiones. Una nota de El Universal de México del pasado 6 de abril consigna la existencia de El Evangelio de Judas Iscariote (Ed. Terra Ignota, México, 1992), libro en el que el mexicano Raúl Rangel, fallecido en 2004, “narra cómo un amigo suyo, que estuvo ordenado en la religión católica y tuvo acceso a la Biblioteca Vaticana, le hizo llegar a fines de los años 70 una copia que tradujo del latín al español de lo que, le dijo, era un documento secreto que encontró en la Biblioteca de la Santa Sede y que se trataba de El Evangelio de Judas. Rangel estudió por 15 años el tema y se convirtió en un especialista. En el escrito, cuyo original habría sido redactado por el propio Judas Iscariote, describe cuáles son las impresiones personales que tenía de Jesús, cómo fue que el profeta decidió incluirlo entre sus discípulos y, entre otros aspectos, que antes de la Ultima Cena, el Mesías le confía que él va a tener que entregarlo.”

La nota omite la hipótesis más escandalosa del librito: Judas traicionó a Jesús por despecho de amante despreciado y corroído por los celos ante la relación que su maestro habría sostenido con Juan, el “discípulo amado”; la Pasión habría sido, entonces, una historia de gays. No tengo la menor idea de si el texto citado por el autor defeño existió fuera de su imaginación o si fue una invención a lo Borges. De lo que no me queda duda, porque tengo un ejemplar a la vista mientras escribo esto, es de la existencia del opúsculo del propio Rangel, que según El Universal “se agotó en 1994, (y) en ese año la Editorial Selector pagó los derechos de una edición de 20 mil ejemplares, los cuales imprimió pero no distribuyó”. A ver si alguien se lo topa por ahí en alguna librería de viejo.

El brote de iscariotemanía que apareció de pronto como una isla en medio de las aguas de iscareotefobia características de la Semana Santa, parece haber cedido. Tal vez haya sido por efecto del Sábado de Gloria, cuando en innumerables representaciones la figura del traidor acaba apaleada, escupida y achicharrada por multitudes exultantes. Que muera Judas.

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