La madre del 10 de mayo

  • Bajo el signo de Medea
  • “De la mamila al mouse”
  • Desconcierto de Salif Keita en la Nezahualcóyotl

Medea, por Bernard Safran, 1964

Que lo hayan pasado muy felices ayer, una de esas fechas espantosas de las que prefiero hablar a posteriori, como las navidades. Perdón, Edipos; perdón, cabecitas blancas o blanqueadas; el riesgo de celebrar procesos fisiológicos como parir o fecundar un huevo es que van incluidas las aberraciones. La condición de madre o la de padre no garantiza que las sujetas y los sujetos (digo, para seguir la moda) en cuestión vayan a comportarse con decencia mínima, no se diga con dulzura, desvelo y no sé cuánta melcocha más, ante el mazacote de células que viene al mundo sin otras habilidades, Quevedo dixit, que las de tragar, cagar y chillar: ayer la sociedad festejó también -riesgos del espíritu incluyente- a Medea, asesina de sus críos, así como el tercer domingo de junio festejará a Cronos, devorador de sus vástagos. En la fiesta cupieron los ovarios de la mamá de Mahatma Gandhi y la matriz de Barbara Bush, criadero de gente despiadada y pinche. Volteen a su alrededor, echen una mirada con honestidad y díganme si no: las buenas mamás y los buenos papás no son lo que se dice abundantes, y no faltan las émulas de la sacerdotisa de Hécate ni los seguidores del castrador de Urano. Ya escribiré de este hijófago y parricida, y de la paternidad en general, el mes entrante.

La mayoría de las mujeres, como ocurre entre las hembras de los mamíferos superiores, sienten ternura y deseo de proteger a sus recién nacidos inermes. Es una meritoria pulsión genética orientada a preservar la especie. Pero el instinto básico no evita, por sí mismo, la tentación de zarandear al pequeño cuando llora mucho, de comprar su silencio con azúcar o tequila, de asegurar, con mimos y tolerancias desmesuradas, su dependencia a la madre, o de lograr la sumisión mediante el terror y la violencia. Para eludir esas conductas no es suficiente el impulso natural, sino que se requiere, además, de cantidades ingentes de voluntad civilizatoria: para ser madre basta con un organismo que sobreviva a un parto, pero para ser buena madre es necesario un gran esfuerzo personal de raciocinio, contención y honestidad, algo de lo que hoy se llama inteligencia emocional y un mínimo de madurez. ¿Están seguros que son esos atributos los que se festejan el 10 de mayo?

Medea, Eugène Delacroix, 1838

Los griegos celebraban a Rea, quien salvó de los apetitos de su marido (y hermano) al pequeño Zeus; los romanos fijaron la celebración el 15 de marzo y los primeros cristianos trasvasaron en las celebraciones a la Diosa Madre el culto a la Virgen María. Ya en el siglo XVII, en Inglaterra, se festejaba el Domingo de las Madres, día en el que los infantes hacían regalos a sus progenitoras. Reglamento actual: soportar la chabacanería imperante, sudar para comprar el regalito, atascarse en el tránsito, convivir con parientes abominables en un restaurante infestado de humanos y de cosas peores (pollos fritos, por ejemplo), homenajear al parejo a madres responsables, a manipuladoras irredentas y hasta a una que otra oficiala nazi parapetada tras unas glándulas mamarias inimputables, sentirse culpable por haber nacido e indigno del amor materno y acabar el día con una intoxicación de brandy y de Guillermo Aguirre y Fierro (“Brindo por la mujer, mas no por ésa…”)

La pesadilla del festejo moderno tuvo su origen, al igual que la silla eléctrica, la comedia musical y el Agente Naranja, en Estados Unidos. En la segunda mitad del siglo antepasado Julia Ward Howe, Ana Reeves Jarvis y su hija, Ana Jarvis, hicieron activismo para implantar el día materno, y en 1914, en tiempos de Woodrow Wilson, el Congreso lo declaró fiesta nacional. Ya desde entonces la fecha había adquirido un carácter tan desaforadamente mercantilista que la propia Jarvis presentó una demanda para que se eliminara del calendario de festividades oficiales e incluso fue arrestada por sus protestas públicas. Pero fue inútil: el monstruo había sido echado a andar y ya nadie pudo pararlo. La madre del 10 de Mayo murió profundamente arrepentida de haber promovido una idea tan nefasta.

A propósito de madres, padres, familias, hijos y demás: el otro día el Sistema Nacional para el Desarrollo Integral de la Familia (DIF) tuvo a bien enviarme un boletín de prensa sobre una conferencia de la titular del organismo, Ana Rosa Payán, en San José de Costa Rica. Allí, la funcionaria informó que México ocupa el quinto sitio en América Latina en número de niños y adolescentes que sufren explotación sexual, y se quejó de que el uso “de la Internet posibilita a los pedófilos incurrir en intermediaciones cibernéticas, solicitudes sexuales en línea, abusos físicos ‘en vivo’ y creación de redes para el desarrollo del turismo sexual”. Además de soltar ese dato alarmante, la directora del DIF no se aguantó las ganas de acuñar una frase memorable, y agregó: “Nuestros niños están muy expuestos al avance de la tecnología, porque ahora los infantes pasan, prácticamente, de la mamila al mouse”. Si la funcionaria estuviera al tanto de que lo políticamente correcto hoy en día es el pecho materno, habría tenido que decir “de la mama [teta, chichi, ubre u “órgano glanduloso y saliente que los mamíferos tienen en número par”, según Madre Academia, que no los tiene] al mouse”. Pero da igual, y de todos modos, qué alivio: quiere decir que los niños ultrajados al menos tienen mouse, ergo computadora, para comunicarse con sus victimarios.

Y dale con los afanes de apuntar torcido. Decir que Internet es un factor principal de la explotación sexual de menores es como echarle la culpa a las carreteras y los aeropuertos por la proliferación del narcotráfico, o como afirmar que la red telefónica incide en la multiplicación de los secuestros. El 80 por ciento de los pederastas denunciados abusan de los niños en sus entornos (la iglesia, la familia, la escuela, el trabajo), es decir, no requieren de chat, e-mail, messenger o webcam para encontrar a sus víctimas. Por lo demás, si se estudia el modo de operación de los paidófilos establecidos (¿y ya neutralizados? ¿Seguro?) en Puerto Vallarta (Thomas White), Cancún (Jean Succar Kuri), Valparaíso (Claudio Spiniak) y el Distrito Federal (Salvador Gámez Martínez), es inevitable concluir que la gran mayoría de los infantes sometidos a abuso sexual no tenía computadora en casa. El motor de la pornografía infantil es el afán desmedido de ganancias que alienta al modelo económico vigente, en el cual sólo unos cuantos menores pasan “de la mamila al mouse”; la mayoría transita de la ubre al hambre, al abandono, a la obligación laboral temprana o, simplemente, a la calle. Es en esas circunstancias que los explotadores levantan su cosecha.

Ciertamente, la llamada pornografía infantil se distribuye mayoritariamente por Internet, pero si la red no existiera llegaría de todos modos a sus consumidores por servicio de paquetería. ¿De la mamila al mouse? Bueno fuera.

Y a otra cosa. Con mucha esperanza, asistí al concierto de Salif Keita el domingo 7 de mayo en la Sala Nezahualcóyotl de la UNAM, y salí de allí con una profunda tristeza ante la estupidez humana, en particular la de unos técnicos de sonido que perpetraron, en la garganta más poderosa de Africa, algo así como una traqueotomía. Al leer la reseña correspondiente en la sección de espectáculos de La Jornada me da la impresión de que la cronista Tania Molina Ramírez y el que escribe fueron a dos actos diferentes. La comparación de ambas experiencias puede ser un ejercicio interesante, por lo que consigno la nota de Tania.

Yo percibí que en la mejor sala de conciertos del país el músico africano se escuchó como si en un reventón a diez casas de distancia, algún sonidero inepto y mal equipado hubiese puesto un disco de Salif Keita. Tal vez todo se debió al afán malsano de colocar bocinas y bocinas y más bocinas en un foro que no las necesita. En todo caso, cuando el sonido conseguía elevarse (por sí mismo, por la gracia de Dios, por la humedad del ambiente) de pésimo a muy malo, los solícitos técnicos corrían por el escenario para asegurarse que lo interpretado volviera a ser del todo inaudible. Entonces daban ganas de pedirles a los músicos que se callaran un rato para que nos dejaran oír al cantante.

Salif se dio cuenta de la trágica situación, claro, e intentó abrir un compás de espera. Sacó a todo mundo de la escena y se puso a cantar solo, acompañado de su guitarra, para ver si en ese tiempo alguien podía hacer algo. Pero fue inútil: cuando regresó el resto de la banda, la voz del gran albino volvió a escucharse como un balbuceo gutural, como la reverberación de un falso contacto en el micrófono. Para colmo, desde la fila K (la última) de la sala, el acto no presentaba ningún interés visual: el maliense será un genio de la música, pero la danza no es lo suyo. Vestido de blanco de pies a cabeza, parecía un enfermero bailando con la gracia de un contador jubilado de Arizona. Así las cosas, el (des)concierto se sostuvo únicamente en el entusiasmo de un público que quería mover el bote, sentirse en el Nirvana a toda costa y al que le habría bastado, para esos propósitos, con los ritmos de un mofle de microbús. Cosas veredes: Salif Keita suena mucho mejor en las bocinas de mi computadora, compradas en Pericoapa, que en la Nezahualcóyotl. A juzgar por sus discos, sigo pensando que es un gran músico.

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