Palabras contra el muro

  • Mending Wall, de Robert Frost
  • Equívocos en torno a un poema

Le robo el título de esta columna a un trabajo espléndido del madrileño El Mundo, que en 2003 tuvo la idea de reunir a algunas de las voces más representativas de España para protestar por ese gallinero infame y fortificado que Israel construye alrededor de los despojos de Palestina. En México y en el mundo se han dicho cosas muy buenas sobre la cerca fronteriza que el Senado de Estados Unidos ordenó erigir en su frontera sur. Pero las mejores palabras contra ése y contra todos los muros de la vida y de la historia fueron escritas por un gringo y publicadas, hace 92 años, en el poemario North of Boston:

Something there is that doesn’t love a wall,
That sends the frozen-ground-swell under it,
And spills the upper boulders in the sun;
And makes gaps even two can pass abreast.
The work of hunters is another thing:
I have come after them and made repair
Where they have left not one stone on a stone,
But they would have the rabbit out of hiding,
To please the yelping dogs. The gaps I mean,
No one has seen them made or heard them made,
But at spring mending-time we find them there.
I let my neighbor know beyond the hill;
And on a day we meet to walk the line
And set the wall between us once again.
We keep the wall between us as we go.
To each the boulders that have fallen to each.
And some are loaves and some so nearly balls
We have to use a spell to make them balance:
‘Stay where you are until our backs are turned!’
We wear our fingers rough with handling them.
Oh, just another kind of outdoor game,
One on a side. It comes to little more:
There where it is we do not need the wall:
He is all pine and I am apple orchard.
My apple trees will never get across
And eat the cones under his pines, I tell him.
He only says, ‘Good fences make good neighbors.’
Spring is the mischief in me, and I wonder
If I could put a notion in his head:
‘Why do they make good neighbors? Isn’t it
Where there are cows? But here there are no cows.
Before I built a wall I’d ask to know
What I was walling in or walling out,
And to whom I was like to give offense.
Something there is that doesn’t love a wall,
That wants it down.’ I could say ‘Elves’ to him,
But it’s not elves exactly, and I’d rather
He said it for himself. I see him there
Bringing a stone grasped firmly by the top
In each hand, like an old-stone savage armed.
He moves in darkness as it seems to me,
Not of woods only and the shade of trees.
He will not go behind his father’s saying,
And he likes having thought of it so well
He says again, ‘Good fences make good neighbors.’

No dirán que no hice el intento:

La pared no es querida por un algo
que inflama el suelo helado abajo de ella
y desparrama al sol sus piedras altas
y por las oquedades resultantes
pueden pasar hasta de a dos en fondo.
Y luego, la labor de cazadores:
he reparado el muro tras su paso
pues no dejaron piedra sobre piedra
hurgando el escondrijo de la liebre
para saciar el ansia de sus perros.
Los huecos aparecen sin testigos,
están allí cuando hay que repararlos.
Convoco a mi vecino tras el cerro
y caminamos juntos por la linde
y una vez más los dos la reparamos.
Mantenemos el muro entre nosotros.
Cada quien alza piedras de su lado,
unas oblongas, otras casi esféricas,
a conjuros logramos su equilibrio:
“¡Quédate quieta mientras nos volteamos!”
Nos raspamos los dedos al tocarlas.
Oh, sólo es otro juego al aire libre,
uno de cada lado. Y algo más:
donde está, la pared no es necesaria:
yo tengo un manzanar, él tiene pinos.
Le digo que mis árboles no cruzan
a comerse los conos de sus pinos.
Y él sólo me contesta: “buenas bardas
hacen buenos vecinos”.
Primaveral, travieso, inquiero cómo
meter una noción en su cabeza:
“¿Por qué habrían de hacer buenos vecinos?”
Si hubiera vacas, sí, pero no hay vacas.
He de saber, antes de hacer un muro,
lo que emparedo y lo que dejo afuera
y a quién puedo con ello hacer agravio.
La pared no es querida por un algo
que quiere demolerla. “Elfos”, diría,
pero no es eso exactamente. Y quiero
oírlo de sus labios. Lo contemplo
transportar una piedra en cada mano,
salvaje armado con antiguas piedras.
En lo oscuro se mueve, y me parece
que la sombra no es sólo la del bosque.
No será infiel al dicho de su padre,
le da gusto encontrarlo convincente
y me dice de nuevo: “Buenas bardas
hacen buenos vecinos”.

Perdón por el engendro, pero no hallé en la red una traducción menos mala que la que les ofrezco. Si alguien la encuentra, no deje de avisar.
Sobre el poema: Dice no sé quién que Robert Frost concibió Mending Wall en su época de granjero, en las ocasiones en que se encontraba con su vecino Napoleon Guay para reparar la pared de piedra que dividía las propiedades de ambos. Tal vez esa circunstancia no haya ocurrido nunca y el narrador del poema sea una mera alegoría intelectual del poeta, quien expone así su extrañeza ante el impulso de las personas, tan ancestral como absurdo, a erigir paredes entre ellas. El texto es enigmático y hermoso, cargado de guiños, sutilezas y giros intraducibles, y me atrevo a afirmar que es uno de los poemas más citados, más reproducidos y menos comprendidos de la literatura estadunidense: hoy en día, “buenas paredes hacen buenos vecinos” se ha convertido en un refrán positivo y hasta “proactivo“, como dirían los muy proactivos destructores del español (“dinámico y con visión de futuro“, interpreta alguien por ahí), lo que desvirtúa su sentido como la expresión de un señor conservador, tradicionalista, pobre de espíritu y terco como una mula: un senador republicano, por ejemplo. “Una ironía adicional en el poema -apunta Wikipedia– es que el único momento en que el narrador se encuentra con su vecino es cuando ambos se ponen a reparar la cerca que los divide”.
Creo que el dicho es anterior al poema y tiene, como todo refrán, una carga moral y preceptiva. La composición de Frost es, además de una deconstrucción del sentido del proverbio, un desmentido rotundo a su aparente sentido común; si hubiera que resumir el poema en seis palabras, yo lo haría así: ¿Para qué carajo sirve un muro? Sin embargo, algunos, como el senador republicano Jeff Sessions, halló que la iniciativa de construir una cerca de 500 kilómetros en la frontera entre México y Estados Unidos era una aplicación lógica del refrán. También el “presidente” de esa cosa llamada “República Turca del Norte de Chipre”, Rauf Denktash, se permitió usar la frase para justificar la atrocidad con púas implantada manu militari por Ankara para dividir a la isla mediterránea. Incluso espíritus más refinados que ese par de “brutos armados de la edad de piedra”, como el humanista israelí Amos Oz, o el economista italiano Tito Boeri, se equivocan al ver el poema de Frost como un alegato a favor de las líneas divisorias, cuando es todo lo contrario.
A mi modo de ver, y al margen del sentido que cada quien quiera hallarle al poema, los promotores de la erección de muros fronterizos son la encarnación de ese “old-stone savage armed”, del salvaje armado con antiguas piedras, del gen depositado en nuestra especie que nos vuelve bestias de impulsos territoriales.

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