Los nombres de la furia

  • Huracán, Poseidón, Yemayá
  • Jugar a Dios en tiempo de desastres

Ya estamos en temporada de huracanes y hay regiones de México, Centroamérica y el Caribe que se encuentran como la carne lesionada a la espera de un nuevo golpe. Según el Banco Mundial, siete países de Centro y Sudamérica aparecen entre los 15 más expuestos a inundaciones, terremotos y ciclones: Costa Rica, Guatemala, Ecuador, Chile, El Salvador, Panamá y Nicaragua. Dicen los expertos que este año cuando menos un meteoro de gran intensidad afectará al istmo. La Universidad de Colorado prevé la formación de 17 tormentas tropicales con nombre, tres más de la media; de ellas, nueve se convertirían en huracanes. La Universidad de Londres estima que serán 15 tormentas tropicales con nombre, de las cuales ocho podrían volverse huracanes. En México se esperan 17 ciclones tropicales con nombre, de ellos nueve huracanes y ocho tormentas tropicales, en el Atlántico, y 11 sistemas tropicales con nombre, de los cuales seis alcanzarían la calidad de huracanes intensos, y cinco tormentas tropicales, en el Pacífico.

Corazón del Cielo

Riégala Madre Academia cuando atribuye origen taíno (grupo lingüístico arahuaco, originario de las Antillas) al vocablo huracán, que es maya: “Se manifestó la creación de los árboles y de la vida y de todo lo demás que se creó por el Corazón del Cielo, llamado Huracán. La primera manifestación de Huracán se llamaba Caculhá Huracán, El Rayo de Una Pierna. La segunda manifestación se llamaba Chipí Caculhá, El Más Pequeño de los Rayos. Y la tercera manifestación se llamaba Raxá Caculhá, Rayo Muy Hermoso. Y así son tres el Corazón del Cielo”, dice el Popol Vuh en uno de sus primeros pasajes, y el nombre del Dios se repite tanto en la versión de Adrián Recinos (FCE, Colección Popular, 1947) como en la de Albertina Saravia (Porrúa, Sepan cuántos…, 1965), la más fantasiosa y divertida y la que, en consecuencia, reproduzco. “Dios del viento, tormenta y fuego, uno de los trece dioses creadores que ayudaron a construir la humanidad durante el tercer intento; provocó la Gran Inundación después de que los primeros hombres enfurecieron a los dioses; supuestamente vivió en las neblinas sobre las aguas torrenciales y repitió ‘tierra’ hasta que la tierra emergió de los océanos; nombres alternativos: Hurakan, Huracán, Tohil, Bolon Tzacab y Kauil”, dice Wikipedia, mucho más atinada que El Buscón de la RAE cuando se trata de buscar la ficha policial de este dios colérico, tan semejante en eso a su colega europeo Poseidón o Neptuno, hermano bilioso de Zeus y padre de fenómenos como Pegaso y Polifemo.

El iracundo, por Bernini

Mayas y mediterráneos atribuyeron identidad masculina a las furias meteorológicas, pero según la santería corresponden más bien al triángulo amoroso que Yemayá, la Reina de los Mares, establece con Agayú y Changó, señores de los ríos y los rayos, respectivamente. “En el año 2001, también bajo el signo de Yemayá, el huracán Michelle causó grandes daños a Cuba, calculados oficialmente en mil 866 millones de dólares”, recordaba al año siguiente una nota de Afp más bien teñida de temor y reverencia. Otra versión asocia el huracán con los amores de Yemayá y “Oyá, la del rostro escondido / la que le evita a esta mata su furia. / El huracán es su diatriba y su abrazo con Yemayá”. Oyá es “dulce y pura, amable y bondadosa”, pero “cuando está enfadada, como tiene los atributos de Oggún y de Changó, es tan falsa y mala como el huracán y el tornado”. De Yemayá: su nombre no debe ser pronunciado por quien no la tenga asentada, sin antes tocar el suelo con la yema de los dedos y besar en ellos las huellas del polvo. Su fiesta es el 7 de septiembre y se le nombra Siete sayas, Baluanda, Lunanueva, Madre Agua, Cuatro vientos, Una cinta, Nkita Kimiasa, Nkita Kuna Mamba, Sibi Cunambanza, Mpungo Kasimba, Mamá Luemba, Mamá Kalunga, Embona y Bucátora.

El altar azul de Yemayá

Con el nombre de Albert, esta troika de Huracán, Poseidón y Yemayá se encuentra jugueteando en la Florida, y en los meses próximos puede hacer su aparición, con efectos más o menos devastadores, llamándose Beryl, Chris, Debby, Ernesto, Florence, Gordon, Helene, Isaac, Joyce, Kirk, Leslie, Michael, Nadine, Oscar, Patty, Rafael, Sandy, Tony, Valerie y William. Por decisión de un Comité de la Organización Mundial de Meteorología, no habrá nunca más un huracán que se llame Gilberto, o Mitch, o Dennis, o Katrina, o Rita, o Stan, o Wilma.

Eso de ponerles nombre de mujer a las tormentas tropicales fue un invento gringo de mediados del siglo pasado. En 1979 las protestas feministas consiguieron que el comité alternara un nombre femenino con uno masculino. Pero hasta antes de 1953, en el Caribe hispanohablante se bautizaba a los huracanes de acuerdo con el santoral de la fecha en que hubieran tomado tierra. Fueron célebres los dos ciclones de San Felipe, que golpearon el 13 de septiembre de 1876 y de 1928, así como el Ciclón de San Zenón, que llegó a la Dominicana en 1930, en 3 de septiembre, y que mató a 8 mil personas.

La estatura de la devastación se mide con una regla propia: la escala Saffir-Simpson, que clasifica los huracanes según la intensidad del viento y los efectos del oleaje y las inundaciones. Pero la escala no toma en cuenta la cantidad de precipitación ni la geografía humana, y por ello un huracán de categoría 3 que caiga sobre un centro urbano puede ser mucho más dañino que uno de categoría 5 que transite por zonas despobladas.

Las entrañas de la furia empiezan a ser escudriñables. Hay sitios que explican las causas del enojo de las deidades marinas y eólicas, hay enlaces a cámaras que permiten a cualquiera observar en tiempo real las zonas de peligro y el Centro Nacional de Huracanes de Estados Unidos tiene incluso una página para jugar a Dios -crea tu propio huracán, cambia la fuerza del viento, la latitud, la humedad y la temperatura del mar- sin correr riesgos mayores.

Ya estamos en plena temporada de huracanes. Se puede rezar a la deidad favorita, se pueden realizar preparativos y establecer y ensayar procedimientos de emergencia. Pero seguirá habiendo montones de muertos en tanto no se erradique la pobreza y la marginación, como lo saben los sobrevivientes de Katrina, de Stan, de Wilma y de otras catástrofes, cuyos nombres no van a repetirse nunca.

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