Del parkour y sus alrededores

  • Nace una nueva disciplina
  • Algo sobre el lingala

Arte, deporte, actitud ante la vida o simple idiotez autodestructiva: escoja cada quien un casillero (puede ser uno de ésos, o cualquier otro) para meter al parkour, esa gana de brincar de muro a techo, de azotea a balcón, de edificio a explanada, de banca a basurero, de marquesina a techo de dos aguas, esa fiebre saltarina que recorre centros metropolitanos, inquieta a policías y seguramente ha sido responsable de algún joven hecho tortilla contra el pavimento, de varias películas de tema urbano y de innumerables taquicardias maternas y paternas: la juventud, más o menos desde siempre, ha hecho lo que le ha dado la gana, con y sin permiso. “Es como patinaje en tabla sin tabla”, describe el blog Maison Bisson; “consiste en encontrar nuevos y a veces peligrosos caminos a través del paisaje urbano: escalar muros, correr por tejados, saltar de edificio a edificio.”

No hay para qué emitir juicios. Un traceur, o practicante de esta nueva actividad, llamada también free walking (algo así como “caminata libre”) o street climbing (“trepado de calles”, podría ser), podría sostener, no sin fundamento, que el periodismo, la contabilidad o el bel canto son tanto o más generadores de desorden público que el parkour, y no menos lesivos para la salud de sus respectivos adeptos. Es bueno, en cambio, escuchar a los protagonistas. David Belle, generalmente reconocido como inventor del parkour, dice: “Este arte es una nueva manera de aprehender nuestro entorno sin más instrumentos que el cuerpo humano. Para ser capaz de enfrentar todos los obstáculos que se presentan, sea en el ambiente natural o en estructuras diversas, hay que poner todos los recursos en la búsqueda de un movimiento que combine estética y control. Es, por otra parte, el autoconocimiento, el desafío a nuestros propios miedos, porque los obstáculos no siempre son las cosas que imaginamos… El entrenamiento es físico, pero también refleja una moral con sus propios valores. Más que un deporte, es un arte, una filosofía cotidiana”.

El parkour ha desarrollado movimientos sofisticados y complejos a partir de sus llamadas técnicas de base, que son las siguientes: el salto de precisión (se realiza, con o sin impulso, sobre un muro pequeño o sobre una barra) es la esencia de lo que sigue y expresa la maestría del practicante; el salto de gato, que requiere de impulso, consiste en pasar las piernas entre los brazos extendidos y con las manos apoyadas sobre la superficie a librar; el salto de brazo, en el que el practicante se coloca sobre un obstáculo utilizando únicamente la fuerza de las extremidades superiores; el tic-tac, movimiento que demanda continuidad entre varias tomas de apoyo con los pies y que permite sobrepasar un obstáculo a lo alto o a lo largo; el “pasa muralla”, que es golpear con uno o con ambos pies una superficie perpendicular al suelo para ganar impulso vertical; el salto de fondo, que es básicamente un salto de longitud, y el “suelto” o “flojo” (lâché), que consiste en soltarse de un alero o saliente de muro para llegar al piso.

Hay que ir a París, tomar el Periférico, salir hacia la autopista A-6 (por Montrouge, si van de oeste a este, y por Le Kremlin-Bicêtre si viajan en el otro sentido) y viajar hacia el sur hasta cruzar la avenida Émile Aillaud. Ha de tomarse la salida a la derecha inmediatamente posterior, que desemboca en La Francilienne, dar vuelta en esta vía a la izquierda y seguir hacia el sur para tomar el Boulevard Robert Schuman. Sigan por esa avenida, den vuelta a la derecha en la tercera rotonda, en la Rue de Corbeil, conduzcan durante poco menos de un kilómetro hacia el suroeste y habrán llegado a Lisses dans L’Essonne, cuna del parkour. Allí, a fines de los años ochenta del siglo pasado, el joven David Belle, hijo de un bombero y soldado de infantería que había combatido en Indochina, y que le enseñó a su vástago el llamado método natural, disciplina usada en el ejército para superar obstáculos naturales, empezó a ensayar sus brincos, primero solo y después en compañía de Sebastien Foucan. El segundo se decantó poco después hacia la espectacularidad y el comercialismo y consiguió empleo en anuncios y videoclips. Los ortodoxos rechazan las evoluciones vistosas y el interés monetario (por más que el mismísimo Belle haya participado en un comercial de Coca-Cola), se apartan del vandalismo y la violencia y se concentran en la autosuperación por medio de la eliminación total de las barreras arquitectónicas.

Es posible que el cine haya tenido un papel importante en la gestación de la nueva actividad. En las viejas y en las nuevas cintas de Batman y del Hombre Araña, por ejemplo, son frecuentes los brincos por toda clase de superficies. En la venerable Blade Runner hay un salto impresionante de tejado a tejado. Pero el punto de viraje cinematográfico fue Yamakasi (2001), película de Ariel Zeitoun y Luc Besson en la que los pubertos de una pandilla multicultural escalan, saltan, corren, se deslizan y se balancean por todo París en un empeño ilegal, pero profundamente ético, de conseguir dinero para pagar el tratamiento médico de uno de los suyos. Yamakasi suena a japonés, pero es lingala, una mezcla de varias lenguas (bobangi, kikongo, swahili, francés…) que se habla a lo largo del río Zaire y que se ha convertido en lingua franca en la República Democrática del Congo y en Congo-Brazzaville. Quiere decir espíritu o cuerpo fuerte. Tres años más tarde, Besson rodó una cinta de aventura con el propio David Belle: Banlieue 13, en la cual un agente de policía infiltrado en las pandillas de los suburbios trata de desactivar una bomba de neutrones. También en 2004 el director Julien Seri recicló a los yamakasi en Les fils du vent (“Los hijos del viento”), en la que el parkour mezclado con artes marciales se convierte en un mazacote mercantilista más bien infame.

Los traceurs pululan ahora por las ciudades de Francia, Inglaterra, Alemania, España, Italia, Bélgica, Suiza, Austria, Polonia, Suecia, Finlandia, Eslovaquia, Canadá, Estados Unidos, Guatemala, Estonia, Croacia, Sudáfrica, Australia, Venezuela y otros países. Y de vez en cuando, dicho sea con todo respeto, se rompen la madre:

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