Es el cohetero

Apareció, sin exaltación ni timidez, de entre el gentío, con un bastón de hierro en una mano y un manojo de cohetes de vara en la otra, y se abrió paso hasta el pedazo de verde que está al poniente de Catedral. “Voy a pasar a la jardinera para tirar unos cohetes”, explicó, y la gente se hizo para donde pudo para dejar pasar su anatomía gorda, chaparra, prieta, barbada, greñuda, canosa, vieja y bamboleante. Cuando empezó a caminar entre las plantas quienes estaban a su alrededor lo increparon: “¡Respeto, compañero!”, decían los cuarentones; “está arruinando las plantas, señor”, le rogaban las mujeres maduras vestidas de amarillo. Otros se espantaban a la vista de los objetos pirotécnicos y se desesperaban porque no había para dónde hacerse. Pero el hombre calmó a todos con un gesto de la mano y sorteó los arbustos con la misma parsimonia con la que había llegado hasta ese punto. El sol calaba y El Peje no llegaba (apunte para una consigna posible), persistía la inundación humana del Zócalo, y el viejo decidió probar una de sus saetas arrimándole a la mecha la brasa de un cigarrillo encendido. El cohetón de vara salió disparado con la velocidad y la rectitud de un misil antiaéreo y el artificiero, satisfecho, decidió esperar al inicio de los discursos. De espaldas al templete, parecía más atento a sus bártulos que al mitin. A leguas se veía, por su forma inexperta de sacudir la ceniza de los cigarrillos, que este hombre no fuma. Pero siempre tuvo a alguien dispuesto a pasarle un tabaco encendido. Parecía distraído, parecía que en cualquier momento iba a darle un soponcio de sol y que caería sobre las plantas de la jardinera. Pero cuando Monsi lanzó por primera vez la consigna “voto por voto, casilla por casilla”, y aunque el sonido estaba para llorar en esa zona de la plaza, el viejo lanzó su segunda flecha. Ya en plena alocución de Andrés Manuel, cada vez que éste hacía una pausa para permitir las consignas, las trompetas y las mentadas de madre –según fuera el caso–, el hombre de los cohetones contrapunteaba a la muchedumbre con un disparo seco. No perdió el ritmo ni la concentración y realizó un trabajo perfecto. Sabrá Dios de dónde vino. Quién sabe si alguna vez leyó Los sentimientos de la Nación, si está al tanto de los movimientos de resistencia que recorren desde abajo la historia de México. Tal vez en su juventud animó concentraciones pueblerinas del PRI con sus cohetones de vara. Quién sabe si era apolítico hasta hace unos días, o unos meses, o unos años, o si ha sido militante de toda la vida. El parecía indiferente al millón de personas que se conmovían a sus alrededor y se limitaba a poner signos de puntuación precisos y certeros en el diálogo entre el dirigente y la masa que se mareaba a sí misma al imaginar sus dimensiones. Conforme avanzaba su trabajo, los que estaban cerca de él lo perdonaron, olvidaron la profanación del pequeño espacio verde y hasta le aplaudieron uno que otro disparo. Fue un signo –uno entre miles— de la tolerancia, la diversidad y la pluralidad de esta concentración, inverosímil hasta en sus objetos: celular, cámara de video, altavoz, palm, mojiganga, pancarta personal como género de expresión, paraguas, instrumento musical, cohete de vara. Cuando el Himno Nacional terminó de ser cantado, el viejo cohetero se retiró como había llegado: solo y su alma. Había lanzado al cielo todas sus flechas sonoras y ni una estuvo fuera de lugar. Tal vez en la próxima concentración se deje escuchar nuevamente su tambor monocorde.

3 respuestas a Es el cohetero

  1. Oscar dice:

    Jajajaja … tenía dias que no me reía tanto (sobre todo estos últimos), gracias.

  2. Pedro Miguel dice:

    Gracias por las gracias, pero en todo caso le tocan al cohetero.

  3. Pedro Miguel dice:

    Bienvenida, Edurné, a este círculo de sentimentales y ridículos. Y qué bueno que el texto del cohetero te haya encontrado a ti. Me alegro por él.

    Un abrazo.

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