“Usted disculpe…”

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La Vanguardia de Barcelona registró en una edición de febrero de 2002 la presencia de un ciudadano español originario de Ceuta entre los prisioneros que ya para entonces se encontraban en jaulas para ganado en los campos de concentración de Guantánamo. Decía el resumen de la nota: “El descubrimiento de que entre los combatientes de Al Qaeda apresados por Estados Unidos en Afganistán hay un español ha alertado a las fuerzas de seguridad, que investigan las conexiones de integristas ceutíes con grupos de Marruecos”. Eran tiempos difíciles para la Península. La Moncloa era habitada por ese mismo burro sangriento que hace unos días propuso que la OTAN bombardeara Líbano, y tal vez por eso la autoridad no se preocupó gran cosa por preservar la integridad de un ciudadano y puso todo el empeño en investigar a los malos. Madrid envió una manada de detectives a ese enclave en el norte de Africa para que pusiera al descubierto la supuesta telaraña de complicidades entre Al Qaeda, el talibán, los terroristas paquistaníes y el integrismo del movimiento tablí que florece en la localidad marroquí de Ksar Kebir. Mientras tanto, los vecinos del barrio del Príncipe Alfonso, en Ceuta, iniciaban una campaña para pedir la repatriación del secuestrado y demandaban al gobierno que informara algo a la familia.

Hamed Abderrahamán Ahmed tenía entonces 27 años. No lo sabía, pero le esperaban otros cuatro con cinco meses -una bonita condena-, la mitad de ese tiempo en Guantánamo y el resto en su propio país, antes de que el Tribunal Supremo de España lo exculpara por falta de pruebas, cosa que ocurrió este martes. En ese tiempo vivió los horrores del campo de concentración en el Caribe y Baltasar Garzón lo procesó por su supuesta pertenencia a Al Qaeda. El año pasado, Hamed, conocido también como Hmido, fue sentenciado a seis años de cárcel por la Audiencia Nacional por el delito de haber pretendido hacer la guerra santa “en cualquier punto del orbe mediante utilización de ataques contra las personas, patrimonio o intereses económicos que, generando una auténtica situación de terror colectivo, desestabilizan el orden mundial establecido”. El Supremo anuló el fallo al considerar que había en él un “total vacío probatorio del cargo” y porque en el juicio “existió una vulneración del derecho a la presunción de inocencia del recurrente”. Usted disculpe, señor Abderrahamán. Que tenga un lindo día.

(Hoy, en La Jornada)

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