Las piedras del cielo

  • Meteoritos artificiales de Saddam
  • Gesta de Artigas
  • Poema de Neruda

Aunque no tenga nada que ver, robo el título al volumen de Neruda que empieza así: “De endurecer la tierra / se encargaron las piedras: / pronto / tuvieron alas:/ las piedras / que volaron: / las que sobrevivieron / subieron / el relámpago, / dieron un grito en la noche, / un signo de agua, / una espada violeta, / un meteoro.”

Era el otoño de 1993. Los Acuerdos de Oslo habían sido firmados y en Israel y en los territorios palestinos ocupados el deseo de paz estaba en la respiración de la gente. En un trayecto de Galilea al Golán hice buenas migas con un oficial al que me referiré como Ari. Le pregunté si era cierto que algunos de los misiles Scud lanzados dos años antes por Irak contra territorio israelí llevaban la cabeza explosiva llena de cemento. Así lo había afirmado en tiempos de la primera guerra del Golfo la agencia Ansa, en un despacho aislado fechado en Tel Aviv, luego nadie volvió a hablar del tema y yo me quedé con la curiosidad larvada. “En El Golán hay un teniente que, en tiempos de la guerra, examinó varios blancos de los Scud”, me esperanzó. “A ver si lo encontramos, y a ver qué te dice”.

Horas más tarde, ya en la meseta, Ari se me acercó, llevando del brazo a un joven rubio de no más de 25 años, vestido en traje de fatiga. Me lo presentó como el teniente X, evocó con la mano la parábola de un Scud en vuelo y se alejó. Sin preámbulos, le expuse a X mi interrogante. El se quedó un momento en silencio, tal vez sopesando si aquello era materia de secreto de guerra o una tontería sin importancia; al parecer optó por lo segundo, y tras un movimiento afirmativo de la cabeza, me dijo:

-Hubo varios casos de esos. En Tel Aviv cayeron tres o cuatro misiles con la punta llena de piedras y otro con la ojiva hueca; en el Néguev también cayó un Scud que en vez de explosivo llevaba cemento.

–¿Por qué?

–No lo sabemos. Suponemos que los artilleros iraquíes estaban haciendo pruebas o afinando la puntería -concluyó, con un gesto de perplejidad que me pareció genuino.

Así que era cierto: mientras duró el conflicto, Saddam estuvo tirando sobre Israel pedradas de tecnología balística, meteoritos artificiales, cascajo militar.

En los días de aquella guerra muchos nos sorprendimos por la poca eficacia destructiva de los Scud iraquíes lanzados sobre Arabia Saudita e Israel. Un año antes, el ahora derrocado dictador de Irak había anunciado que disponía de agente vx, gas mostaza y neurotóxicos en cantidades suficientes para “incendiar medio Israel”, y el misil que entregaría esos venenos a domicilio. Es evidente que en 2003 el régimen de Saddam no tenía armas químicas, pero sigue sin estar claro si en 1991 las poseía en cantidades relevantes. En todo caso, contaba con una razón de peso para no emplearlas: unos días antes del inicio de la primera guerra del Golfo, George Bush padre advirtió que la destrucción masiva se respondería con destrucción masiva; o sea, que si Saddam arrojaba sus humanicidas, Washington contestaría con bombas atómicas.

Pero el cemento era otra cosa. ¿Por qué?

En el camino de bajada del Golán hacia Galilea, ya de noche cerrada, Ari apuntó una explicación:

-Porque los militares iraquíes son estúpidos. La prueba es que se metieron en una guerra a sabiendas de que no podían ganarla.

Aquello me pareció una simplificación poco convincente, tan increíble como que los artilleros iraquíes se tomaran el trabajo de poner cemento en la punta de los Scuds sólo para “afinar la puntería”.

Modelo oficial

No he hallado en Internet ninguna referencia relevante sobre ese detalle de la guerra de 1991, pero en los 15 años transcurridos desde entonces me he ido formando una explicación: el Irak de la década pasada, con sus miles de millones de petrodólares y su vasto arsenal, era, a fin de cuentas, un país subdesarrollado. O sea que las estructuras logísticas no se daban abasto para llevar el explosivo hasta donde se encontraban las lanzaderas de misiles, o que los oficiales lo vendían al mejor postor, o que les faltaba el criterio y la preparación para evitar decisiones disparatadas (rellenar misiles con arena y cal, por ejemplo) o que las tomaban para mostrarse congruentes con la bravata de Saddam, quien meses antes había bautizado como “piedras” a sus misiles. Irak peleó en ese conflicto con una doctrina militar que recuerda la Primera Guerra Mundial y con tecnología de la Segunda, habida cuenta que el Scud es, básicamente, un perfeccionamiento de la bomba V2 alemana. El ingeniero aeronáutico español José Luis Torres Cuadra, quien asegura haber participado en el desarrollo de los Scud iraquíes, dice de ellos que “no eran fiables; era más peligroso ponerse detrás de un Scud en el lanzamiento que estar en el sitio donde iba a impactar, porque no tienen sistemas de guía sino que vuelan ciegos, con lo que el radio de error puede ser de kilómetros respecto al objetivo”

La relativa debilidad militar de Irak no habría sorprendido a nadie si los grandes medios de información no hubieran urdido el engaño planetario que presentó a ese país como la quinta potencia militar del mundo. En forma sorprendente, Washington y Bagdad establecieron un acuerdo tácito para sostener y apuntalar la mentira. Pero los misiles iraquíes eran, a fin de cuentas, un refrito local de artefactos soviéticos que a su vez no eran más que perfeccionamientos de las V2 alemanas de seis décadas atrás, y en la punta de los Scud viajaba la Edad de Piedra.

Ilustración hallada aquí.

Mucho más meritoria es la gesta conocida en la historia del Uruguay como La Batalla de Las Piedras, no por haberse librado a la manera de los paleolíticos sino porque así se llama el sitio en que tuvo lugar. Ocurrió el 18 de mayo de 1811 y fue la primera victoria de José Artigas sobre los españoles. Esa confrontación estuvo marcada también por la desigualdad en el armamento de ambos bandos. Los revolucionarios enfrentaron a los españoles con unos pocos fusiles, lanzas tacuaras, cuchillos enastados y dos cañones, pero el talento táctico y la convicción de libertad les permitieron un triunfo crucial, y dos días después pusieron sitio a la ciudad de Montevideo.

La Batalla de Las Piedras, por Manuel Rosé (1882 ­1961)

Citas de la blogósfera (por favor, autores, no las tomen como piratería ni como fusil, sino como homenaje): ayer, sábado 26 de agosto, tuvo lugar la BloggerFete 2006 en un bar del Centro Histórico de esta capital. Se aceptan reportajes y reseñas sobre cómo terminó ese asunto, en el que hubo -así se anunciaba- “alcohol, drogadicción, embarazos inesperados, freaks con palms, vasectomías gratis para los primeros cinco asistentes, transmisión de enfermedades venéreas, bolsitas de dulces genéricos, conversaciones incómodas, torneo de esgrima, rifa de una prostituta sesentona, dos cabras, un ornitorrinco y y dos monos aulladores: todos usando lencería francesa, papel de baño limitado, pleito(s), sexo anal, tampones para todas las presentes, payaso enano experto en globoflexia, galletas de animalitos, negros con abanicos, sacrificio de una virgen en honor a blogger.com, uso indiscriminado de la palabra ‘verga’, guardería, intentos de ligue fracasados, posterior masturbación en casa y mucho, mucho más”.

Sucedió mientras te esperaba a ti y pensaba cómo sería esperarlo a él, o a otro, a cualquier otro que no he conocido, con un escenario casi idéntico, porque yo, las bancas y las tardes, fuimos hechas para aguardar.”

2 respuestas a Las piedras del cielo

  1. O.B. dice:

    Esperé que esperando estaba
    una espera que yo esperé
    y en la espera desesperé
    desesperé esperando que no esperaba
    aunque al esperar sollozaba
    porque esperando quería
    que aquella espera que tenía
    fuera esperanza feliz
    la espera de mi país
    es una espera todavía.

  2. María de Lourdes Aguirre Beltrán dice:

    O.b.

    ¡¡¡Felicidades decimista!!!

    Lourdes

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