Baseotto contra el aborto

marzo 29, 2007
Monumento de los Caballeros de Colón a los abortados

  • El infierno de Ratzinger
  • Vuelos de la muerte en el nombre de Dios
Antier, Día de la Anunciación, Joseph Ratzinger recordó que el Infierno sí existe y que no es agradable. Bien ha de saberlo él, que amaba a Hitler antes de hacer carrera en el amor a Dios, y que estuvo vinculado en sus años mozos al peor infierno terrenal del Siglo XX. Quienes no admiten la culpa y la promesa de no volver a pecar se arriesgan a una condena eterna. Roma no deja los rituales al azar y Benedicto XIV escogió, para reavivar la amenaza de la quemazón perenne, la fecha que representa “el sí de María que ha abierto los cielos y así Dios se convirtió en uno de nosotros”. O sea: di no al aborto, porque es pecado y te ganas a pulso la chamusquina. Es un buen refuerzo a eso que andan repitiendo Urbi et Orbi los ensotanados de que la interrupción voluntaria de un embarazo es causa de excomunión automática. Y con la excomunión no se juega.

Que lo digan, si no, Miguel Hidalgo y José María Morelos, excomulgados por su iglesia y luego entregados al brazo secular para que los asesinara: “El proceso degradatorio de Hidalgo se llevó a cabo el 29 de julio de 1811 en una de las salas del Hospital Real de Chihuahua y consistió en rasparle la piel de la cabeza, que había sido consagrada, como cristiano y sacerdote, con el santo crisma. También le arrancaron la yema de los pulgares e índices de las manos que habían sido consagradas el día de la ordenación. Después lo entregaron al gobierno español para que lo fusilaran, sin ninguna de las prerrogativas y beneficios eclesiásticos, en que antes se amparaba cualquier reo.” Un tribunal eclesiástico declaró a Morelos “hereje formal, fautor de herejes, perseguidor y perturbador de jerarquías eclesiásticas, profanador de los santos sacramentos, lascivo, hipócrita, enemigo irreconciliable del cristianismo, traidor a Dios, al Rey y al Papa”, quien es infalible. Los obispos, también, ha de pensarse, habida cuenta de que hasta ahora nadie ha perdido perdón en nombre de Roma por aquellas atrocidades.

Madres temerosas en el hospital de Añatuya

Los jerarcas eclesiásticos contemporáneos se han vuelto más flexibles: hay que mantener el aborto en el rango de los pecados –lo que es, a fin de cuentas, muy su atribución y muy su monopolio– y también en el de los delitos penales, pero a cambio hay alternativas como la de Antonio Baseotto, ex obispo de Añatuya, quien organizó un próspero negocio de compra, venta, suplantación y robo de recién nacidos en la provincia argentina de Santiago del Estero. El grupo del religioso se encargaba de buscar mujeres embarazadas para que entregaran a sus neonatos a cambio de “una minúscula casita de ladrillos o sumas de hasta 50 pesos (menos de 17 dólares)”. Los intermediarios ganaban entre cinco mil pesos (1.67 dólares) y 20 mil euros, dependiendo de si la pareja receptora era argentina o europea, señaló la no gubernamental Fundación Adoptar. A decir de la Liga Argentina por los Derechos del Hombre, “a las embarazadas las llevaban a un lugar que tiene el obispado en Añatuya; cuando nacía el bebé traían a la pareja compradora, que en muchos casos venía de Alemania, y hacían acuerdos a través del obispado”.

O peor: El 29 de septiembre de 2005 Alejandra Ibarra, de 29 años, embarazada de siete meses y pobre de solemnidad, fue inducida a dar a luz por cesárea por una abogada que le prometió pagar los gastos de una clínica privada a cambio de nada. En el quirófano vio a su bebé por primera y última vez, porque el niño fue a parar a manos de una pareja que vive en un complejo residencial de lujo.

Alejandra, madre despojada

En mayo del año pasado el albañil Silvio Sosa denunció a Baseotto ante el juez penal de Añatuya porque sostiene que en 1983, en el hospital local, a su mujer parturienta le cambiaron un recién nacido vivo por un cadáver. “‘Tu hijo está bien y está lindo, negrito como vos’, me dice mi cuñada. Pero al rato voy a ver a mi mujer y la veo llorando. Que la monjita le ha dicho que ha muerto. Fue la misma monjita que después me lo ha entregado. Era así de chiquito. A mi mujer le habían hecho cinco puntos, pero el bebé era así de chiquito. Yo lo he envuelto en una sábana y lo he llevado a velar. Pero la monjita insistía con que ‘para qué lo va a llevar si es un angelito recién nacido. Entiérrelo acá en el hospital’.”

En esa localidad una mujer fue perseguida y encarcelada por denunciar que una de sus hijas había sido adoptada de manera ilegal por una hermana de Baseotto. Luego, el chofer del religioso fue demandando por supresión de identidad por su propia hija, toda vez que ésta fue registrada como biológica y era adoptada. O comprada. O robada.

Decía José Blanco en su artículo del martes pasado que la Iglesia Católica se opone a la despenalización del aborto porque la capacidad creciente de los humanos para manipular la vida celular, vegetal o animal y la ampliación de los derechos individuales se traduce en una reducción del poder para la institución religiosa. Tal vez muchos sacerdotes y monjas del bajo clero se crean, además, el embuste de que un embrión de seis semanas es un ser humano completo, con todo y deditos, corazón y sentimientos. Pero en el caso de Baseotto, su oposición al aborto parece deberse más bien al afán de preservar un muy buen negocio: ¿Qué podría vender el pobre si las mujeres pobres de Santiago del Estero decidieran interrumpir sus embarazos?

Baseotto fue recientemente destituido como capellán de las Fuerzas Armadas por sus vitriólicas declaraciones contra la educación sexual, el uso del condón, la planificación familiar y la despenalización del aborto: a quienes proponen tales cosas “deberían atarles una piedra de molino al cuello y arrojarlos al mar”, dijo el religioso, acaso sin darse cuenta de que sus palabras evocaban los vuelos de la muerte realizados por la dictadura militar argentina para deshacerse de los opositores, operativos que, según afirmó el ex torturador Adolfo Scilingo, contaban con la aprobación del capellán naval Luis Manceñido, quien todavía ejerce. El matarife Juan Barrionuevo, Jeringa, participó en esos vuelos, debe el apodo a su tarea de inyectar pentotal a las víctimas, y relató que al momento de empujarlas por la escotilla “me sentía Dios, porque estaba en mi mano la vida o la muerte de las personas. Podía sentir la vibración de los cuerpos por los temblores causados por el miedo”.

Hasta ahora ninguna autoridad eclesiástica ha anunciado la excomunión de Baseotto, de Scilingo, de Manceñido o de Barrionuevo. Pero el aborto es un asesinato (si vieran los deditos de la criatura, ya tan bien formados) y quienes lo practican se merecen el Infierno.

“Si le vieran los deditos…”

Cataclismo de Apofis

marzo 26, 2007

  • Las piedras del Cielo
  • Mensaje anticipado de cumpleaños

Olvídense del calentamiento global y dejen de preocuparse por las hipotecas a muy largo plazo: una piedrota de 300 metros de diámetro, masa de 46 millones de toneladas y nombre de deidad egipcia, que se aproxima a la Tierra a tantos mil kilómetros por hora, aterrizará en nuestra coronilla el viernes 13 de abril de 2029 a las cinco de la tarde con 17 minutos. He aquí una buena posibilidad de librarnos para siempre, y sin mover un dedo, de cosas tan molestas como la invasión de baratijas chinas, las heces de la programación televisiva y las señoritas y los caballeros de la mercadotecnia telefónica. Desde días antes del choque, las cadenas restauranteras organizarán desayunos al aire libre regados con abundante cerveza, los hoteles de paso ofrecerán descuentos matutinos -dos horas al precio de una por Fin del Mundo- y los comerciantes, desesperados por deshacerse de sus inventarios antes de comparecer ante el Señor, generarán la primera y última baja generalizada y definitiva de precios en la historia de la especie. Oh, ilusos: como si sus comandas, sus depósitos bancarios y sus activos tangibles pudieran sobrevivir a la furia del asteroide Apofis, a los tremores del impacto en la gelatina planetaria, a las nubes de polvo y gases que cubrirán durante décadas la faz de la Tierra como si fueran una burka islámica y a una energía equivalente a la de 20 mil bombas atómicas. No: de 20 millones de bombas. Quise decir: de 20 mil millones de bombas. Y si no es dentro de 22 años será dentro de 29, el 8 de junio de 2036, por ejemplo, o en posteriores acercamientos de ciclo septenal y márgenes imprevisibles. Ah, no, perdón, no va así: en realidad el pedrusco pasará a 30 mil kilómetros de distancia de nosotros (una nada, en términos astronómicos) y hay una probabilidad en cuatro de que nos atropelle. O bien: en 2029 el riesgo es de 1/40, pero en 2036, cuando la gravedad de nuestro planeta haya alterado la órbita del asteroide, Dios nos coja confesados.



Cualquiera de esas cosas puede concluirse si uno mastica sin precaución la ensalada de despachos cablegráficos o si presta oídos a un ruido mediático que llega hasta el Cinturón de Asteroides. El 23 de febrero El País de Madrid encabezaba en su página web: “El acercamiento a la Tierra en 2029 de un asteroide activa la defensa espacial / Apofis pasará a menor distancia que los satélites geoestacionarios y puede chocar en 2036”. Y en su sitio de Internet El Universal de México titulaba: “Temen astrónomos que meteoro Apofis impacte con la Tierra / El cuerpo celeste mide 140 metros de diámetro y se acerca al planeta cada siete años”. Hace no mucho, el portal del Círculo Astronómico de Chile atribuía al Jet Propulsion Laboratory y a la NASA la autoría de un despacho según el cual Apofis había sido clasificado en rango dos en la Escala de Turín, que cataloga, del 0 al 10, la peligrosidad de los objetos celestes descubiertos. Pero si uno va al sitio de la agencia espacial estadunidense descubre que la piedrota no se ha movido nunca del rango 0. El lunes 8 de enero, en un programa insufrible del canal español Cuatro, un quinteto de trepanados apareció a cuadro, rubricado por un texto ominoso (“En 2029 un asteroide puede provocar un cataclismo”), para decir muchas tonterías y subrayar la amenaza del guijarro espacial asociándolo con Nostradamus, estelas mayas y profecías de los indios hopi.

Con todo, la NASA y la Agencia Espacial Europea (ESA) han tomado sus precauciones. La primera, en asociación con la organización B612, estudia técnicas para alterar la trayectoria de Apofis o de cualquier otra roca que pudiera causarnos un disgusto en el futuro. La segunda diseñó desde 2005 una misión espacial llamada “Don Quijote”, orientada a validar los recursos de la tecnología actual para la desviación de objetos celestes en curso de colisión. (Y con todo respeto a Cervantes: ¿a quién se le ocurrió ponerle ese nombre a la misión? Digo, porque si el dispositivo de la ESA va a tener tanto éxito contra el asteroide como el que tuvo su tocayo ante los molinos de viento, estamos perdidos.)


El que sí sabe de estas cosas es Hollywood, y en 1998 produjo dos cintas muy semejantes entre sí en las que sendas misiones astronáuticas se encargaban de ir al Cielo a meterle unos balazos atómicos a unos cometas bravucones que andaban buscando pleito: Armaggedon, con Bruce Willis, e Impacto profundo (Deep Impact), con Robert Duvall, Vanessa Redgrave, Morgan Freeman y otros.

No dejaré pasar la oportunidad de darle gusto al lector soloverdad (salna10@hotmail.com), quien me fue derivado con desconcertada amabilidad por Gabriela Fonseca y quien pide que se informe: “La Tierra atravesará por cataclismos físicos en el futuro cercano. Esto está relacionado con el milenio, pero no es precisamente lo que está prediciendo la Biblia, Nostradamus o los muchos videntes que existen. De hecho, sí existe verdad en los rumores de lo que se llama el doceavo Planeta, un cometa gigante.” Si quieren más detalles, pídanselos a él.

Servido, y concluyo. Asteroides de dimensiones potencialmente peligrosas pasan cerca de nuestro planeta cada mil 300 años, en promedio. Eso quiere decir que desde los dinosaurios a la fecha ha habido más de 30 mil ocasiones en los que un pedrusco estelar ha estado cerca de rompernos la crisma. Los humanos tenemos apenas 500 años de observación astronómica con instrumentos, y ese medio milenio es una cagada de mosca en las escalas geológica y cósmica. Tal vez nuestros nietos o los tataranietos de nuestros tataranietos se vean en la necesidad de marcarle el alto a una roca peligrosa, pero todo indica que nuestra generación no tendrá la oportunidad de someterse a esa prueba. O sea, pinche Apofis, que eres el engendro de una alharaca sensacionalista y que no me vas a caer en la cabeza aunque te mueras de ganas. El cataclismo no tendrá lugar: el 13 de abril de 2029 brindaré por el cumpleaños 31 de Clara y por la lejanía de un punto brillante, visible a simple vista en el cielo nocturno. A ver si para entonces nos acordamos de estas líneas y nos reímos un poco al releerlas.


Va por la primavera

marzo 22, 2007
La jardinera encinta, Sean Dreilinger


  • Calendarios de poda y siembra
  • El bando de los antidesmochadores

Gloria al sembrador mesolítico que tuvo la paciencia de observar el crecimiento multiplicado de brotes y renuevos en plantas que habían sufrido la pérdida de algunas de sus ramas. Gracias a él tenemos la certeza que guía a la tijera, a la sierra y al machete en su trabajo fértil sobre árboles frutales y especies florecientes.


Desde Santiago de
Compostela Celalba dice que prefiere hacer la poda grande de los rosales a la salida del invierno, aunque “hay quien la hace en pleno enero y no pasa nada”. Esta internauta gallega recomienda cortar siempre en diagonal, unos cinco milímetros encima de una buena yema que apunte hacia afuera, y “en cuanto a las podas tras cada floración, tienen que hacerse muy leves, lo justo para eliminar la flor marchita y un trozo de su tallo, hasta llegar a la primera rama por debajo de ella. Tras la última floración del año, haces lo mismo y ya no vuelves a tocar el rosal hasta la salida del invierno”. El mismo consejo calendárico vale para la bugambilia, el plumbago y el solano, así como para hierbas aromáticas (hierba luisa, romero, menta, albahaca), siempre y cuando, claro, esas especies hayan sido plantadas en el hemisferio norte, así como para la bugambilia, arbusto poliortográfico oriundo de Brasil que lo mismo se escribe buganvilia que buganvilla y que tiene su época de floración principal entre mayo y julio. El ficus soporta bien una poda drástica antes de la primavera y sus nuevos brotes se cortan en el verano. La adelfa, en cambio, florece todo el verano y parte del otoño, puede plantarse en jardineras y se poda en cualquier momento.

Sabemos que la poda es útil y hasta indispensable en las especies vegetales y que, en cambio, en el reino animal esa práctica no funciona porque, salvo excepciones y rarezas, los miembros amputados de un organismo no vuelven a crecer. Tal vez un día, qué horror, un genetista enloquecido invente la manera de cruzar los cromosomas de un cerdo con la desoxirribosa de un naranjo y obtenga un animal al que sea posible cortarle las patas traseras al final del invierno para ahumar dos jamones que puedan irse comiendo mientras el bicho desarrolla un nuevo par de extremidades. Por ahora la única relación entre la poda y la carne es calendárica: en general, los tiempos de poda de frutales coinciden con las carnestolendas.

Tal vez por eso los vocablos vascos que designan el carnaval, Iñauteri y Aratuste, respondan también al sentido de recortar las plantas. Ojalá que por aquellos lares tenga lugar una poda de malas ideas, como la que parece haber emprendido Arnaldo Otegi cuando dijo que “sería un error construir un Estado independiente en el País Vasco desde la lucha armada”. Al españolismo cavernario, en cambio, no hay forma de que se le caigan las ramas podridas, y persiste en la ilegalización de Batasuna. Acaso tenga algo que ver con esto, o nada en lo absoluto, el que la pastoral de los jesuitas de Castilla recuerde la identificación del tiempo de poda con la cuaresma, es decir, con el periodo de austero recogimiento que sucede al desmadre pagano de febrero, y digan: “Al ir comenzando la cuaresma se nos plantea una ocasión privilegiada para mirar a la propia vida. Podemos pedirle a

Dios luz para despojarla de ramas secas”.

La Universidad Nacional Agraria La Molina, de Perú, recuerda que entre la primavera y el verano la fotosíntesis se produce con mayor intensidad, “generando alimento (en forma de azúcares) para la planta. Cuando el calor del verano empieza a apretar, los azúcares se trasladan gradualmente a las partes leñosas y a las raíces de la planta, donde quedan almacenados durante el periodo de dormición. Cuando llega la primavera, los azúcares almacenados se utilizan para propiciar el nuevo crecimiento”.

Pero no todo es tijeras. En la luna creciente de marzo se recomienda sembrar gladiolos, lirios, begonias y dalias. Pasando del ornato al sustento es adecuada la plantación de melones, pepinos y calabazas. Antes de llegar al mes próximo es bueno aportar abonos orgánicos (composta, mantillo, estiércol, guano, humus de lombriz…) a todas las especies. Los días que corren son, al igual que los de otoño, propicios para la siembra de árboles en general. Cuando se planta en primavera y en otoño, hay tiempo suficiente para que se adapten a su nuevo entorno antes de que lleguen las temperaturas extremas del invierno y del verano. El laurel, símbolo de la victoria y representativo de Aries, puede sembrarse todo el año, florece entre marzo y abril y su fruto madura a principios de otoño.

A últimas fechas ha circulado con profusión un texto titulado Por qué no desmochar: ocho buenas razones, en el cual se condena la “poda dura” (eliminación del 50 por ciento o más de la copa de un árbol), causante de “estrés” y de “shock” en los especímenes afectados y se echa mano de argumentos estéticos, botánicos, monetarios y hasta inmobiliarios para descalificar esa práctica, conocida también como descopado, descabezamiento y terciado. Tal documento fue integrado como parte de una denuncia presentada ante la Subprocuraduría de Protección Ambiental del Distrito Federal, México, por una ciudadana de Tlalpan en contra de un vecino que desmochó cuatro árboles que obstaculizaban la instalación de una valla metálica sobre el muro perimetral de su casa. Una solución intermedia podría ser la de aplicar pasta cicatrizante en los cortes de ramas de un diámetro mayor a cinco centímetros.

No importa. Los renuevos de primavera se nutren de las cenizas del sembrador mesiolítico y de alguna manera las alegran.


Y manojo de llaves…

marzo 19, 2007

  • Héroes en terrenos execrables
  • Quevedo y los proctólogos

El otro día, en la radio, alguien entrevistó a unos trabajadores de mantenimiento del drenaje profundo de la ciudad de México, y la plática derivó en una lección de servicio y entrega para bien de los demás. Cuando uno deja correr las aguas y las materias contaminantes o simplemente inmundas, no suele pensar que allá abajo hay gente encargada de dragar los intestinos intoxicados de la metrópoli y que se pasa varias horas al día buceando en las miasmas colosales de miles de fábricas y de millones de individuos. Pero alguien tiene que evitar que la digestión de la ciudad se colapse. Si no fuera así, más temprano que tarde se trastocaría el orden cósmico, los desagües y albañales, en vez de seguir tragando nuestros desechos, empezarían a expulsarlos y las dos acepciones de la escatología -reflexión sobre el fin del mundo y discurso de las excrecencias corporales- se harían una sola en un apocalipsis hediondo y mucho más insalubre que el imaginado por Juan.

Al pasar de los desahogos urbanos a los personales, uno topa con otros héroes poco reconocidos pero igualmente merecedores de homenaje: los proctólogos. Hay que tener agallas para convertir a la región más vilipendiada y despreciada del organismo en materia de intervención, reflexión y estudio. Se requiere, supongo, de una gran entereza para sobreponerse al propio desagrado inicial frente al objeto de trabajo, a los prejuicios ajenos, a la incomprensión y a la perspectiva de una vida de burlas -abiertas o furtivas- para escoger la especialidad y decirse ante el espejo, comunicar a los papás, informar al ser amado, la ardua decisión: “Quiero ser proctólogo”.


La duda corroe a buen número de personas: ¿Qué motivaciones pueden conducir a un médico general a especializarse en una disciplina que a los profanos suele resultarles temible y despreciable hasta que empiezan a sentarse sobre un almohadón de hemorroides (o sobre algo aun más espantoso), y que a partir de ese momento se les aparece como salvífica? ¿Cómo son los logotipos de las agrupaciones profesionales de proctología?. Pues vean los de la mexicana, la brasileña, la francesa, la italiana, y la española.

Mascavidrio, un bloguero venezolano, dice sobre el profesionista y sobre el órgano al que se advoca: “Para mí, un humor. ¿Ustedes se imaginan a uno en una fiesta, contando chistes mientras se toma un güiskisito y comiendo pasapalos, contando cómo le sacó del culo un carrito de juguete a un tipo que ´se sentó accidentalmente´ en él? (…) La funcion más interesante del cuerpo la descubrió El Conde del Guacharo, proctólogo extraordinaire: ´´El culo es como el freno’e mano del cuerpo, porque cuando uno se va a caer por un barranco, ¿qué es lo primero que hace? -Apretar el culo´”.

Que tiene ojo de culo es evidente, / y manojo de llaves, tu sol rojo, / y que tiene por niña en aquel ojo / atezado mojón duro y caliente, escribió el gran Quevedo. Son cada vez más escasas las ocasiones en que la medicina y la literatura se juntan a tomar un café bien conversado, como dicen los colombianos. Algunos médicos se han vuelto escritores, pero no consigo imaginarme a un poeta o a un novelista realizando con éxito una operación de vesícula, y menos extirpando un tumor rectal. Quién sabe cómo ande el conocimiento de los productos del Siglo de Oro en los círculos proctológicos, pero cometo el atrevimiento de ofrecer a sus integrantes, a manera de homenaje preventivo, el pequeño tratado, muy conocido en otros rumbos del quehacer humano, Gracias y desgracias del ojo del culo, en el que el patizambo genial hace elogio de esa parte de la anatomía para tratar después, y condolerse de, algunos de los agravios posibles que se hacen en su contra. Ni los autores latinos, tan afectos a escribir sobre cochinadas, dejaron, que yo sepa, un texto comparable:

No se espantarán de que el culo sea tan desgraciado los que supieren que todas las cosas aventajadas en nobleza y virtud, corren esta fortuna de ser despreciadas de ella, y él en particular por tener más imperio y veneración que los demás miembros del cuerpo; mirado bien es el más perfecto y bien colocado dél, y más favorecido de la naturaleza, pues su forma es circular, como la esfera, y dividido en un diámetro o zodíaco como ella. Su sitio es en medio como el del sol; su tacto es blando: tiene un solo ojo, por lo cual algunos le han querido llamar tuerto, y si bien miramos, por esto debe ser alabado, pues se parece a los cíclopes, que tenían un solo ojo y descendían de los dioses del ver. (…) Bien mirado es más de ver que los ojos de la cara, que aunque no es tan claro tiene más hechura. Si no, miren los de la cara, sin una labor, tan llanos que no tienen primor alguno, como el ojo del culo, de pliegues lleno y de molduras, repulgo y dobladillos, y con una ceja que puede ser cola de algún matalote, o barba de letrado o médico. (…) Demás de que hablaremos que es más necesario el ojo del culo sólo que los de la cara; por cuanto uno sin ojos en ella puede vivir, pero sin ojo del culo ni pasar ni vivir.



Algunos intentos por mejorar la imagen de la profesión resultan contraproducentes, si no es que aterradores. Véase, si no, la semblanza del ilustre proctólogo peruano Wilfredo Febres Acosta, redactada por el doctor Hernán Espejo: “Lo recuerdo vívidamente curando heridas con mandil largo, a veces en mangas de camisa, sólo agarrando pinzas y tijeras, con una limpieza y elegancia propias del artífice. Su mejor anestésico era su comprensión y bondad; a veces me decía: Tú introduces tus tubos sin que lo sientan tus pacientes y yo debrido heridas sin causar mayor dolor´”.

La proctología moderna tiene por divisa la Oración de Harry E. Bacon (algo así como un juramento hipocrático acotado a su aplicación local en esfínter y recto, propone mi escandalosa ignorancia), pero es un documento que escapa a los alcances del profano. Por su parte, el texto de Quevedo no puede considerarse de manera alguna un tratado proctológico, pues se constriñe a abordar los daños accidentales o dolosos causados por el propietario de la abertura corporal (las 17 Desgracias), pero no menciona almorranas, fístulas pólipos, tumores malignos, ulceraciones ni otros padecimientos que ya existían en su tiempo, supongo, y que combaten, en el nuestro, los diligentes proctólogos. Con todo, tal vez les sería útil a éstos que tomaran una de esas frases quevedianas y la colocaran, en pergamino, acrílico o letras lapidarias, en un sitio destacado de sus consultorios, porque esas líneas memorables son, cuando menos, una vindicación formidable de la excelencia y dignidad del tracto al que dedican sus empeños.


El escándalo de Ariel

marzo 16, 2007
El autor del escándalo

  • Sacrificios humanos aquí y allá
  • Censura por corrección política

    Sólo Dios y unos cuantos afortunados sabrán lo que verdaderamente escribió Ariel Toaff en su libro Pascua de sangre, el más citado por las agencias y el menos leído de los últimos tiempos: hace unos días, bajo la presión de múltiples acusaciones por antisemitismo, el autor decidió retirar el volumen de la circulación y donar a la Liga Antidifamación lo que hasta ahora había ganado con su publicación. Algunos despachos noticiosos aseguran que los pocos ejemplares que llegaron a manos del público se han convertido en piezas muy cotizadas que se ofertan en e-Bay en miles de dólares. Yo hice una búsqueda a conciencia en ese sitio de subastas y no encontré nada.

    Así que hay que hablar de oídas o, en este caso, de escribidas: al parecer, Toaff, profesor universitario en Roma y en Tel Aviv, e hijo de Elio, un hombre que fue gran rabino de la Ciudad Eterna, halló verosímiles ciertos documentos de juicios medievales y cotejó su contenido “con ciertas tradiciones judías sobre el poder salvífico de la sangre”. Toaff concluyó, apoyándose en la reiteración de coincidencias, que algunas comunidades judías askenazis pudieron cometer, entre los siglos XII y XV, alguno de los crímenes rituales de los que eran acusadas, y de utilizar sangre humana como base de preparados medicinales. Esos casos, pocos, se habrían amplificado hasta cuajar en paranoia social y en un antisemitismo extendido e invencible. La investigación estudia, entre otros, el expediente del niño de dos años Simón de Trento, asesinado en 1475, hecho que fue atribuido a los judíos de la localidad, quienes fueron pacientemente torturados hasta que “confesaron” que lo habían matado para hacer pan ácimo con su sangre. La Iglesia católica lo beatificó en 1588 y cuatro siglos después, ante las evidencias de la impostura, lo retiró del santoral. Al igual que la historia del Niño de La Guardia, del que hablábamos el domingo pasado, fue uno de los innumerables libelos de sangre que comienzan en Inglaterra en 1144, con el hallazgo del cadáver de Guillermo de Norwich, y que se extienden por el Viejo Continente hasta el siglo XX, dando lugar a sangrientos pogromos en los que fueron asesinados millares de judíos.

Tumbas de niños ¿sacrificados? en las ruinas de Cartago

No voy a sustituir la lectura por la especulación, y como el texto de Toaff -de raíces y pertenencia judías irreprochables- se ha vuelto inaccesible, me abstengo de opinar. Encuentro pertinentes, en todo caso, las dudas que plantea Enric González en El País: “¿Hay que poner límites a la libertad de investigación y de expresión cuando existe peligro de fomentar el antisemitismo? Entre censura y difusión de ideas aberrantes, ¿cuál de los dos males es menor? Lo ocurrido con Pascua de sangre contiene matices específicos, ya que se trataba de un ensayo académico dirigido a otros académicos y publicado por una editorial, Mulino, nada sospechosa de sensacionalismo. La tirada inicial fue de 3 mil ejemplares […] En la presentación de la obra, Ariel Toaff, hijo de un rabino italiano y profesor en la Universidad Bar Ilan, de Tel Aviv, reconoció que algunos pasajes eran delicados y potencialmente polémicos, y se declaró dispuesto a asumir cualquier crítica dentro del círculo al que se dirigía, el académico. Para entonces, una prepublicación en el Corriere della Sera había hecho estallar ya un escándalo que desbordaba los límites universitarios”.

La Torá prohíbe explícitamente la ingesta de sangre en general y humana en particular. Estirando mucho la imaginación, si hubiese sido cierto alguno de los asesinatos rituales atribuidos a los hebreos, habría que suponer que le sacaron la sangre a la víctima no para beberla, sino para obtener un producto kosher.

Con todo, no veo una connotación antisemita en la afirmación de que algunos judíos aislados (y delirantes, y desesperados) hayan recurrido en alguna ocasión al sacrificio humano. La existencia de esta práctica inveterada en diversas culturas sigue siendo fruto de discordia. Se debate hasta la fecha si era costumbre o no de los antiguos griegos, y hay más elementos para afirmar que la realizaron los primeros romanos, los cartagineses, los mongoles, los escitas, los etruscos, los egipcios, los vikingos, los chinos y los mesoamericanos de diversas denominaciones, entre otros pueblos. En fin, que cortarle el pescuezo al prójimo, niño o ya grandecito, para saciar la sed de sangre de los dioses (y hasta la propia), ha sido una manía nada excepcional en la historia de la especie, y la estupidez no es necesariamente monopolio de los gentiles. Es universalmente conocido el pasaje bíblico en el que Dios le dice a Abraham que no sea bruto, que no mate a su hijo Isaac y que mejor sacrifique un cordero (Génesis 22), pero algunos pasajes menos famosos (Jueces 11:30, 2 Reyes 3:27, Miqueas 6:7) sugieren que en algún momento a Jehová pudo haberle gustado la carne humana.

Sacrificio humano entre los aztecas, según Códice Durán

La discusión académica sobre la historicidad de algún episodio no significa una aprobación automática a la masa de mentiras acuñadas contra los judíos en Europa, por más que algunos grupúsculos del fundamentalismo católico intenten aprovecharse ahora de lo escrito por Toaff para darle un barniz de certeza a la leyenda del Niño de La Guardia.

Por cierto, la lógica de la calumnia de sangre fue posteriormente aplicada a los templarios, a los masones y a los bolcheviques: la propaganda anticomunista más lerda pretendía que los comunistas devoraban niños. Desde luego, no son los únicos en la historia que han sido caracterizados por la propaganda enemiga como la bruja del cuento de Hansel y Gretel.


Libelo de sangre

marzo 11, 2007

  • El Santo Niño de La Guardia
  • Calumnia repetida de siglo en siglo

    En septiembre del año pasado, el ayuntamiento de la pequeña localidad toledana de La Guardia sacó en procesión por las calles del pueblo, como lo hace año tras año, una escultura religiosa singular: un infante vestido con una túnica morada, una corona de espinas, las manos lesionadas amarradas al frente y una expresión de serenidad trágica y resignada en el rostro. En los días siguientes tuvo lugar el novenario en honor al Santo Niño de La Guardia, con Miguel Angel Gutiérrez Ramírez, párroco de Cobeja, como predicador; posteriormente la imagen recibió el tradicional ofertorio en la Plaza Mayor, y dos días más tarde fue conducida de regreso hasta su ermita, en la que se realizó la misa de rigor. En la catedral de Toledo, alrededor de la puerta llamada Del Mollete, que comunica con el claustro, hay un fresco que representa, en forma mucho más gráfica, la historia terrible del personaje: el menor, sin más prendas que un taparrabo, se encuentra clavado a una cruz, con la mirada al cielo, mientras a su izquierda un hombre barbado y de mirada torva lo apuñala en el costado. Frente a él, un trío de canallas observa la escena con satisfacción manifiesta.

    En noviembre de 1491, en Avila la Inquisición quemó en la hoguera, junto a otras siete personas, al zapatero Yucé Franco, judío de Tembleque, de quien se había obtenido, mediante engaños y torturas, una confesión escalofriante:

    Con ánimo infiel y depravado fué juntamente con otros en crucificar un niño christiano en un día de viernes santo, quasi de la forma é con aquella enemiga é crueldad que los judíos sus antepasados crucificaron á nuestro Redentor ihesu christo, escarnesciéndole é escupiéndole é dándole muchas bofetadas é otras feridas por vituperar é burlar de nuestra santa fe católica é de la pasión de nuestro Salvador. (…) Item contrató é fizo contrato é monipodio, commo principal, juntamente con otros, para aver una ostia consagrada por la ultrajar ó escarnecer en vituperio é menosprecio de nuestra santa fe católica, é porque entre los otros judíos, consortes en el delicto é concierto susodicho, avía ciertos hechizeros, é en un dia de su pascua de pan cenceño avía de comulgar con la dicha ostia é con un coraçón de un niño christiano.

Al rebotar de siglo en siglo, aquel suceso improbable fue ganando coherencia y detalles. En 1583 se publicó una Historia de la muerte y glorioso martirio del santo inocente que llaman de Laguardia, escrita por fray Rodrigo de Yepes, y en ella se inspiró Lope de Vega para escribir El niño inocente de La Guardia. En 1720, en Madrid, salió de la imprenta la hagiografía Historia del Inocente trinitario el Santo Niño de la Guardia y en 1785 se publicó la Historia del martirio del Santo Niño de la Guardia. Ya en el siglo XIX, Gustavo Adolfo Bécquer, con su vulgaridad característica, se refirió también al asunto.

Uno de los posibles relatos es el que sintetiza Isidro Bango Torviso: “En 1490 ciertos conversos de La Guardia, Tembleque y Toledo, tras haber asistido a un auto de fe de la Inquisición, planearon una venganza mediante un conjuro para el cual era necesario el corazón de un niño inocente y una hostia consagrada. Juan Franco y Alonso Franco secuestraron al niño Juan de Pasamonte junto a la catedral de Toledo, lo trasladaron a La Guardia e imaginaron su martirio y muerte como si de un nuevo Jesús se tratara. De este modo el santo inocente Juan, hijo de Alonso de Pasamonte y de Juana la Guindera, fue sometido al juicio de un tribunal presidido por Hernando de Ribero, vecino de Tembleque y contador del prior de San Juan, ante el que fue acusado por Juan de Ocaña; fue condenado y azotado con mil seiscientos azotes; fue coronado de espinas, crucificado y, finalmente, herido como Jesús en el costado derecho, pero también en el izquierdo para extraerle el corazón, necesario en el conjuro. Tras ser enterrado junto a la ermita de Santa María de Pera (o del Sepulcro), los judíos lograron que el sacristán de La Guardia, también converso, robara una hostia consagrada, segundo componente del conjuro. Con ambos elementos partió Benito García de las Mesuras hacia Zamora, para que los rabinos de la aljama hicieran el conjuro, pero fue descubierto gracias a los resplandores que emitía la hostia oculta entre las páginas del libro de rezo. (…) La hostia pasó a formar parte de las reliquias del monasterio de Santo Tomás de Avila, pero el corazón del Santo Niño había desaparecido milagrosamente del equipaje de García de las Mesuras, como paso previo a la desaparición también de su cuerpo, que había sido enterrado junto a la ermita de Santa María de la Pera de La Guardia

He aquí un caso típico de libelo de sangre, subgénero del antisemitismo europeo tradicional. Gustavo Perednik lo define como “la acusación de que los judíos asesinan a no judíos (especialmente cristianos) a los efectos de utilizar su sangre en la Pascua u otros rituales. (…) Se hallaba un cadáver (usualmente el de un niño), los judíos eran acusados de haberlo asesinado para usar ritualmente su sangre. Los principales rabinos eran detenidos y se los torturaba hasta que confesaban su culpabilidad. El resultado era la expulsión de toda la comunidad de esa comarca, tormentos para una buena parte de sus miembros, o bien el exterminio expedito de todos ellos”. Según el imaginario popular de los gentiles del siglo XV, “los judíos necesitan sangre porque creen que la sangre del cristiano es un buen remedio para curar la herida de la circuncisión. Entre ellos tanto los hombres como las mujeres sufren de la menstruación”. El libelo de sangre ha vuelto a la actualidad por el polémico libro de Ariel Toaff, quien no descarta que algunos ashkenazis fundamentalistas hayan realizado rituales con sangre de niños. El jueves hablamos de eso.

Pero ahora regresemos a la localidad toledana, guiados por el internauta argentino tiocharly2002: “La Guardia se encuentra en la carretera nacional Madrid-Cádiz, no lejos de Ocaña. Cuando divisas el pueblo, un poco antes de llegar, a un lado de la carretera encuentras una carretera local que conduce a la ermita del Santo Niño, perfectamente anunciada y señalizada. Y al alcanzar el rellano donde se enclava la ermita, a la izquierda un rótulo ‘Respétalo es nuestro'”. Lamento no satisfacer la petición del letrero, pero pienso que el niñito no existió jamás, que los únicos mártires del episodio fueron los infelices achicharrados por la Inquisición y que fray Tomás de Torquemada organizó toda la impostura para dar un último empujón a la voluntad de Isabel de Castilla y consumar la expulsión de los judíos del Sefarad.