El escándalo de Ariel

El autor del escándalo

  • Sacrificios humanos aquí y allá
  • Censura por corrección política

    Sólo Dios y unos cuantos afortunados sabrán lo que verdaderamente escribió Ariel Toaff en su libro Pascua de sangre, el más citado por las agencias y el menos leído de los últimos tiempos: hace unos días, bajo la presión de múltiples acusaciones por antisemitismo, el autor decidió retirar el volumen de la circulación y donar a la Liga Antidifamación lo que hasta ahora había ganado con su publicación. Algunos despachos noticiosos aseguran que los pocos ejemplares que llegaron a manos del público se han convertido en piezas muy cotizadas que se ofertan en e-Bay en miles de dólares. Yo hice una búsqueda a conciencia en ese sitio de subastas y no encontré nada.

    Así que hay que hablar de oídas o, en este caso, de escribidas: al parecer, Toaff, profesor universitario en Roma y en Tel Aviv, e hijo de Elio, un hombre que fue gran rabino de la Ciudad Eterna, halló verosímiles ciertos documentos de juicios medievales y cotejó su contenido “con ciertas tradiciones judías sobre el poder salvífico de la sangre”. Toaff concluyó, apoyándose en la reiteración de coincidencias, que algunas comunidades judías askenazis pudieron cometer, entre los siglos XII y XV, alguno de los crímenes rituales de los que eran acusadas, y de utilizar sangre humana como base de preparados medicinales. Esos casos, pocos, se habrían amplificado hasta cuajar en paranoia social y en un antisemitismo extendido e invencible. La investigación estudia, entre otros, el expediente del niño de dos años Simón de Trento, asesinado en 1475, hecho que fue atribuido a los judíos de la localidad, quienes fueron pacientemente torturados hasta que “confesaron” que lo habían matado para hacer pan ácimo con su sangre. La Iglesia católica lo beatificó en 1588 y cuatro siglos después, ante las evidencias de la impostura, lo retiró del santoral. Al igual que la historia del Niño de La Guardia, del que hablábamos el domingo pasado, fue uno de los innumerables libelos de sangre que comienzan en Inglaterra en 1144, con el hallazgo del cadáver de Guillermo de Norwich, y que se extienden por el Viejo Continente hasta el siglo XX, dando lugar a sangrientos pogromos en los que fueron asesinados millares de judíos.

Tumbas de niños ¿sacrificados? en las ruinas de Cartago

No voy a sustituir la lectura por la especulación, y como el texto de Toaff -de raíces y pertenencia judías irreprochables- se ha vuelto inaccesible, me abstengo de opinar. Encuentro pertinentes, en todo caso, las dudas que plantea Enric González en El País: “¿Hay que poner límites a la libertad de investigación y de expresión cuando existe peligro de fomentar el antisemitismo? Entre censura y difusión de ideas aberrantes, ¿cuál de los dos males es menor? Lo ocurrido con Pascua de sangre contiene matices específicos, ya que se trataba de un ensayo académico dirigido a otros académicos y publicado por una editorial, Mulino, nada sospechosa de sensacionalismo. La tirada inicial fue de 3 mil ejemplares […] En la presentación de la obra, Ariel Toaff, hijo de un rabino italiano y profesor en la Universidad Bar Ilan, de Tel Aviv, reconoció que algunos pasajes eran delicados y potencialmente polémicos, y se declaró dispuesto a asumir cualquier crítica dentro del círculo al que se dirigía, el académico. Para entonces, una prepublicación en el Corriere della Sera había hecho estallar ya un escándalo que desbordaba los límites universitarios”.

La Torá prohíbe explícitamente la ingesta de sangre en general y humana en particular. Estirando mucho la imaginación, si hubiese sido cierto alguno de los asesinatos rituales atribuidos a los hebreos, habría que suponer que le sacaron la sangre a la víctima no para beberla, sino para obtener un producto kosher.

Con todo, no veo una connotación antisemita en la afirmación de que algunos judíos aislados (y delirantes, y desesperados) hayan recurrido en alguna ocasión al sacrificio humano. La existencia de esta práctica inveterada en diversas culturas sigue siendo fruto de discordia. Se debate hasta la fecha si era costumbre o no de los antiguos griegos, y hay más elementos para afirmar que la realizaron los primeros romanos, los cartagineses, los mongoles, los escitas, los etruscos, los egipcios, los vikingos, los chinos y los mesoamericanos de diversas denominaciones, entre otros pueblos. En fin, que cortarle el pescuezo al prójimo, niño o ya grandecito, para saciar la sed de sangre de los dioses (y hasta la propia), ha sido una manía nada excepcional en la historia de la especie, y la estupidez no es necesariamente monopolio de los gentiles. Es universalmente conocido el pasaje bíblico en el que Dios le dice a Abraham que no sea bruto, que no mate a su hijo Isaac y que mejor sacrifique un cordero (Génesis 22), pero algunos pasajes menos famosos (Jueces 11:30, 2 Reyes 3:27, Miqueas 6:7) sugieren que en algún momento a Jehová pudo haberle gustado la carne humana.

Sacrificio humano entre los aztecas, según Códice Durán

La discusión académica sobre la historicidad de algún episodio no significa una aprobación automática a la masa de mentiras acuñadas contra los judíos en Europa, por más que algunos grupúsculos del fundamentalismo católico intenten aprovecharse ahora de lo escrito por Toaff para darle un barniz de certeza a la leyenda del Niño de La Guardia.

Por cierto, la lógica de la calumnia de sangre fue posteriormente aplicada a los templarios, a los masones y a los bolcheviques: la propaganda anticomunista más lerda pretendía que los comunistas devoraban niños. Desde luego, no son los únicos en la historia que han sido caracterizados por la propaganda enemiga como la bruja del cuento de Hansel y Gretel.

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