Cataclismo de Apofis

  • Las piedras del Cielo
  • Mensaje anticipado de cumpleaños

Olvídense del calentamiento global y dejen de preocuparse por las hipotecas a muy largo plazo: una piedrota de 300 metros de diámetro, masa de 46 millones de toneladas y nombre de deidad egipcia, que se aproxima a la Tierra a tantos mil kilómetros por hora, aterrizará en nuestra coronilla el viernes 13 de abril de 2029 a las cinco de la tarde con 17 minutos. He aquí una buena posibilidad de librarnos para siempre, y sin mover un dedo, de cosas tan molestas como la invasión de baratijas chinas, las heces de la programación televisiva y las señoritas y los caballeros de la mercadotecnia telefónica. Desde días antes del choque, las cadenas restauranteras organizarán desayunos al aire libre regados con abundante cerveza, los hoteles de paso ofrecerán descuentos matutinos -dos horas al precio de una por Fin del Mundo- y los comerciantes, desesperados por deshacerse de sus inventarios antes de comparecer ante el Señor, generarán la primera y última baja generalizada y definitiva de precios en la historia de la especie. Oh, ilusos: como si sus comandas, sus depósitos bancarios y sus activos tangibles pudieran sobrevivir a la furia del asteroide Apofis, a los tremores del impacto en la gelatina planetaria, a las nubes de polvo y gases que cubrirán durante décadas la faz de la Tierra como si fueran una burka islámica y a una energía equivalente a la de 20 mil bombas atómicas. No: de 20 millones de bombas. Quise decir: de 20 mil millones de bombas. Y si no es dentro de 22 años será dentro de 29, el 8 de junio de 2036, por ejemplo, o en posteriores acercamientos de ciclo septenal y márgenes imprevisibles. Ah, no, perdón, no va así: en realidad el pedrusco pasará a 30 mil kilómetros de distancia de nosotros (una nada, en términos astronómicos) y hay una probabilidad en cuatro de que nos atropelle. O bien: en 2029 el riesgo es de 1/40, pero en 2036, cuando la gravedad de nuestro planeta haya alterado la órbita del asteroide, Dios nos coja confesados.



Cualquiera de esas cosas puede concluirse si uno mastica sin precaución la ensalada de despachos cablegráficos o si presta oídos a un ruido mediático que llega hasta el Cinturón de Asteroides. El 23 de febrero El País de Madrid encabezaba en su página web: “El acercamiento a la Tierra en 2029 de un asteroide activa la defensa espacial / Apofis pasará a menor distancia que los satélites geoestacionarios y puede chocar en 2036”. Y en su sitio de Internet El Universal de México titulaba: “Temen astrónomos que meteoro Apofis impacte con la Tierra / El cuerpo celeste mide 140 metros de diámetro y se acerca al planeta cada siete años”. Hace no mucho, el portal del Círculo Astronómico de Chile atribuía al Jet Propulsion Laboratory y a la NASA la autoría de un despacho según el cual Apofis había sido clasificado en rango dos en la Escala de Turín, que cataloga, del 0 al 10, la peligrosidad de los objetos celestes descubiertos. Pero si uno va al sitio de la agencia espacial estadunidense descubre que la piedrota no se ha movido nunca del rango 0. El lunes 8 de enero, en un programa insufrible del canal español Cuatro, un quinteto de trepanados apareció a cuadro, rubricado por un texto ominoso (“En 2029 un asteroide puede provocar un cataclismo”), para decir muchas tonterías y subrayar la amenaza del guijarro espacial asociándolo con Nostradamus, estelas mayas y profecías de los indios hopi.

Con todo, la NASA y la Agencia Espacial Europea (ESA) han tomado sus precauciones. La primera, en asociación con la organización B612, estudia técnicas para alterar la trayectoria de Apofis o de cualquier otra roca que pudiera causarnos un disgusto en el futuro. La segunda diseñó desde 2005 una misión espacial llamada “Don Quijote”, orientada a validar los recursos de la tecnología actual para la desviación de objetos celestes en curso de colisión. (Y con todo respeto a Cervantes: ¿a quién se le ocurrió ponerle ese nombre a la misión? Digo, porque si el dispositivo de la ESA va a tener tanto éxito contra el asteroide como el que tuvo su tocayo ante los molinos de viento, estamos perdidos.)


El que sí sabe de estas cosas es Hollywood, y en 1998 produjo dos cintas muy semejantes entre sí en las que sendas misiones astronáuticas se encargaban de ir al Cielo a meterle unos balazos atómicos a unos cometas bravucones que andaban buscando pleito: Armaggedon, con Bruce Willis, e Impacto profundo (Deep Impact), con Robert Duvall, Vanessa Redgrave, Morgan Freeman y otros.

No dejaré pasar la oportunidad de darle gusto al lector soloverdad (salna10@hotmail.com), quien me fue derivado con desconcertada amabilidad por Gabriela Fonseca y quien pide que se informe: “La Tierra atravesará por cataclismos físicos en el futuro cercano. Esto está relacionado con el milenio, pero no es precisamente lo que está prediciendo la Biblia, Nostradamus o los muchos videntes que existen. De hecho, sí existe verdad en los rumores de lo que se llama el doceavo Planeta, un cometa gigante.” Si quieren más detalles, pídanselos a él.

Servido, y concluyo. Asteroides de dimensiones potencialmente peligrosas pasan cerca de nuestro planeta cada mil 300 años, en promedio. Eso quiere decir que desde los dinosaurios a la fecha ha habido más de 30 mil ocasiones en los que un pedrusco estelar ha estado cerca de rompernos la crisma. Los humanos tenemos apenas 500 años de observación astronómica con instrumentos, y ese medio milenio es una cagada de mosca en las escalas geológica y cósmica. Tal vez nuestros nietos o los tataranietos de nuestros tataranietos se vean en la necesidad de marcarle el alto a una roca peligrosa, pero todo indica que nuestra generación no tendrá la oportunidad de someterse a esa prueba. O sea, pinche Apofis, que eres el engendro de una alharaca sensacionalista y que no me vas a caer en la cabeza aunque te mueras de ganas. El cataclismo no tendrá lugar: el 13 de abril de 2029 brindaré por el cumpleaños 31 de Clara y por la lejanía de un punto brillante, visible a simple vista en el cielo nocturno. A ver si para entonces nos acordamos de estas líneas y nos reímos un poco al releerlas.

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