Las monjas abusadas

“Locuela, exclamó el fraile”. Eusebio Planas, en Misterios de la Inquisición de España, Barcelona, Juan Pons, s.f.

  • Aborto: que hablen las religiosas
  • Se convoca a Virtuality literario

Para terminar con el tema: si algún mérito tiene el divertido bodrio de El código Da Vinci es el de poner en las pantallas de los cines (y en las de las televisiones domésticas) el tema de la misoginia fundacional de la Iglesia católica. Para quitarse de encima el señalamiento, los jefes católicos afirman que quieren mucho a María, que la madre de Jesús es una figura central en su culto, nada menos que theotokós (Madre de Dios) y Regina Coeli (Reina del Cielo), y se ponen de rodillas para rezar el Magnificat, el Angelus, el Ave y otros cantos en los que no importa la mujer sino la madre. Pero a nadie se le ocurrió averiguar qué había sido de María tras la ascensión del Hijo. Trescientos años después del suceso, Epifanio de Salamis reconoció que “si murió o fue enterrada, no lo sabemos”, y otros tres siglos más tarde el gran Isidoro de Sevilla decía: “Nada se ha escrito sobre su muerte, aunque dicen algunos que su sepulcro se halla tal vez en el valle de Josafat”. Algunos evangelios que fueron declarados apócrifos en el Concilio de Nicea, como el de Santiago y el Transitus Mariæ, sugieren que la madre de Jesús tuvo un destino similar al del hijo y que había subido, incorrupta, al Cielo, creencia que se popularizó y se hizo oficiosa en el milenio siguiente y que fue convertida en dogma por el Vaticano en 1950. Ahora, a los responsables de la doctrina, “la Virgen no les crea problemas; hicieron de ella una caricatura de mujer sometida y fuera del mundo, y no la mujer fuerte y batalladora que probablemente fue”.

Más acá de la teología, hay el dato incontestable de la exclusión histórica de las mujeres de los ritos, la administración y el gobierno de la Iglesia, y ésta se ha empeñado, durante la mayor parte de sus 2 mil años de existencia, en reducirlas a la maternidad, a la estufa y a la escoba (utensilio que ha de ser usado para barrer y no para subirse en él, so pena de aterrizar en una hoguera). Durante siglos, las mujeres en Occidente (y en otros lados) se enfrentaron a la disyuntiva de someterse a un marido o a una orden religiosa y, por supuesto, la prohibición del placer sexual siempre fue mucho más estricta para las monjas que para las seglares y para las monjas que para los curas. La monja encinta es un arquetipo de la picaresca y de la pulla liberal y popular que deriva de una idea generalmente falsa: el ejercicio secreto de una vida erótica regular, festiva y hasta desenfrenada, en órdenes, conventos y sacristías. Por supuesto, el sexo y las relaciones sexuales existen en las filas de la Iglesia entre curas, monjas y feligreses, y en todas las combinaciones posibles: cura con cura, cura con monja, monja con monja, monja consigo misma (¿o no?) como Santa Teresa de Jesús, quien escribía muy quitada de la pena:

… no era grande, sino pequeño, hermoso mucho, el rostro tan encendido que parecía de los ángeles muy subidos que parecen todos se abrasan (…) Veíale en las manos un dardo de oro largo, y al fin del hierro me parecía tener un poco de fuego. Este me parecía meter por el corazón algunas veces y que me llegaba a las entrañas. Al sacarle, me parecía las llevaba consigo, y me dejaba toda abrasada en amor grande de Dios. Era tan grande el dolor, que me hacía dar aquellos quejidos, y tan excesiva la suavidad que me pone este grandísimo dolor, que no hay desear que se quite, ni se contenta el alma con menos que Dios. (Libro de la Vida, XXIX, 13)

Pero los cachondísimos soliloquios de la fundadora de las Carmelitas han de ser una hermosa excepción. Por su carácter furtivo y por el entorno marcadamente jerárquico en el que ocurren, los encuentros sexuales en las filas de la Iglesia distan casi siempre de ser manifestaciones de placer con consentimiento. Por el contrario, suelen estar teñidos por la imposición, ejercicios de poder y engaño contra uno o varios de los participantes. En 2001 trascendieron al público los informes redactados unos años antes por María O’Donohue y Maura McDonald sobre los abusos sexuales perpetrados por sacerdotes contra centenares de monjas en 23 países. Algunas, embarazadas, fueron presionadas por sus superiores para que abortaran. Otras, que pretendieron denunciar los hechos, fueron expulsadas de sus órdenes. Algunas resultaron infectadas de VIH por sus victimarios. No pocas de ellas, excluidas de la Iglesia, “tienen que cuidar al niño como madre soltera, a menudo estigmatizadas y en circunstancias socioeconómicas de suma pobreza” en las que tal vez no queda más salida qe la prostitución.

El patrón de abusos no se circunscribe al Africa remota, como alegaron algunos defensores oficiosos del Vaticano. Existen testimonios documentados de agresiones sexuales a monjas mexicanas ocurridas hace una década en Campeche y el Distrito Federal. Uno de los protagonistas de los abusos era Girolamo Prigione, aquel célebre nuncio papal, quien -acaso en los tiempos libres en los que no estaba reunido con el Presidente ni impartiendo sacramentos a capos del narcotráfico- hizo su concubina forzada a una de las Hijas de la Pureza de la Virgen María que se encargaban de cocinar, limpiar y cuidar las mascotas en la Nunciatura, sita en la calle Juan Pablo II 118, colonia Guadalupe Inn, delegación Alvaro Obregón, C.P. 01020, México, D. F.

Como una compensación mínima por su indolencia o su complicidad ante los sufrimientos y agravios padecidos por quién sabe cuántas hijas de María, los machos todopoderosos que ahora se rasgan las sotanas para protestar por la despenalización del aborto bien podrían, al menos, ceder el micrófono eclesial -y vaya que tiene puesto el volumen al máximo- a las monjas, especialmente a las que han pasado por las experiencias de embarazos no deseados y abusos sexuales en el seno de la Iglesia, y permitir que sean ellas, que viven en primera persona y literalmente en carne propia el conflicto entre el dogma y la necesidad, quienes fijen la postura de la institución ante el tema.

Y a otra cosa. La UNAM convoca a escritores de entre 20 y 35 años, mexicanos o extranjeros residentes en México, al concurso literario en línea Caza de Letras, que se realizará del 11 de mayo al 6 de julio de 2007, en un formato similar a los reality shows televisivos. Se seleccionará a 12 participantes, quienes mantendrán una convivencia virtual y habrán de desafiar retos literarios en distintos géneros. Los concursantes irán siendo eliminados por mecanismos semejantes a los de los realities televisivos, y al final quien gane se lleva cincuenta mil pesos. Chavas y chavos: en vez de ingresar a noviciados, mejor éntrenle acá, donde nadie los someterá a abusos sexuales.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: