Guernica en el corazón

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  • Actualidad de los aéreos carniceros

“Bilbao, 27 de abril.- Guernica, la ciudad más antigua de los vascos y centro de sus tradiciones culturales, quedó completamente destruida en la tarde de ayer a consecuencia de ataques aéreos de los insurgentes. El bombardeo de esta ciudad desprovista de defensas, alejada de los frentes, duró tres horas y cuarto. Durante este tiempo, una poderosa flota de aeroplanos no dejó de descargar sobre la ciudad bombas que pesaban hasta mil libras y, según se ha calculado, más de tres mil proyectiles incendiarios de aluminio de dos libras. Los cazas, entre tanto, se lanzaban en picado sobre el centro de la ciudad para disparar, en vuelo rasante, sus ametralladoras contra aquellos civiles que habían buscado refugio en los campos.”

Así empieza la nota del sudafricano George Steer publicada en la edición de The Times del 28 de abril de 1937. El suceso fue confirmado por los sobrevivientes, por sacerdotes vascos que notificaron al Papa y, más tarde, por los historiadores. Pero José Vasconcelos prefirió hacerse eco de la versión miserablemente falsa propalada por el franquismo: “La verdad es que una bomba de los franquistas cayó por accidente en la ciudad produciendo algunos daños, pero provocando la salida de la guarnición republicana, y fueron los izquierdistas al salir de la población los que la incendiaron y causaron destrozos”. “Sin duda –disculpaba años más tarde el asturiano Indalecio Prieto al oaxaqueño Vasconcelos– ignoraba que en Nuremberg había confesado la verdad –la verdad verdadera, y perdónese el pleonasmo– el mariscal [Hermann] Goering. […] Las audaces afirmaciones del señor Vasconcelos me han causado pena porque atentan contra su crédito de historiador”. Ciertamente, la verdad histórica sobre Guernica fue sistemáticamente distorsionada por los círculos conservadores de Europa y del mundo durante muchos años, y hasta la fecha los franquistas se lavan las manos, atribuyen al régimen nazi la responsabilidad de la masacre y la minimizan, comparándola con las atrocidades aliadas perpetradas en Dresde, Hiroshima y Nagasaki.

El 29 de abril de 1937, cuatro días después del crimen, el entonces presidente del gobierno vasco, José Antonio Aguirre, clamaba: “Ante la inaudita desaprensión de los elementos rebeldes, afirmando somos nosotros quienes incendiamos nuestros pueblos, elevo ante el mundo la protesta más enérgica y encendida, apelando al testimonio de periodistas y representaciones consulares que, con terror, han contemplado hasta dónde llegan los instintos de destrucción de los mercenarios al servicio de los facciosos españoles. Ante Dios y ante la Historia, que a todos nos ha de juzgar, afirmo que durante tres horas y media los aviones alemanes bombardearon con saña desconocida la población civil e indefensa de la histórica villa de Guernica, reducida a cenizas, persiguiendo con fuego de ametralladoras mujeres y niños, que han perecido en gran número, huyendo los demás alocados por el terror. Pregunto al mundo civilizado si se puede permitir el exterminio de un pueblo.”

En los hechos, la respuesta del “mundo civilizado” a la pregunta de Aguirre fue un rotundo “sí”: sí se permitía el exterminio, y podía llevarse incluso a extremos industriales hasta entonces inconcebibles, como ocurrió en los años siguientes en Europa y en buena parte del resto del planeta. Interrogado en Nuremberg, Goering, que era comandante de la aviación militar alemana (Luftwaffe) cuando se perpetró el bombardeo, confesó que la localidad vasca había sido “una especie de banco de pruebas”. Y cuando sus captores le recordaron las muertes de mujeres y de niños, el nazi respondió: “es lamentable; pero en aquel tiempo estas experiencias no podían hacerse en otra parte”. Entonces, la hicieron en Guernica, con la demostrada complicidad de Franco, Mola y demás generalotes sublevados contra la República. Era lunes, día de mercado, y las calles del pueblo estaban repletas. “Cerca de las cuatro de la tarde los centinelas avistaron los aviones Heinkel 51, Heinkel 111 y Junker 52 que se acercaban cargados de muerte. Los aviones ligeros se dedicaron a lanzar bombas rompedoras, las que abrían los edificios, para que después fueran las pequeñas bombas incendiarias de fósforo las que ahogaran en llamas el pueblo. Pero no paró ahí el horror: les turnaron más aeroplanos que ametrallaban a quienes trataban de huir del infierno campo a través o hacia la ría. Los refugios no protegieron lo suficiente. Uno de ellos, situado en la calle Andra Mari, fue una trampa mortal para medio centenar de personas. Curiosamente, el puente de Errenteria, teórico objetivo de tanta destrucción, permaneció intacto. […] Lo que pocas horas antes era un pueblo de cinco mil habitantes, se había convertido en una pira.” El famoso roble, símbolo de la libertad de los vascos, se salvó de milagro de la destrucción y se mantuvo fiel al elogio que le prodigara, siglos antes, Tirso de Molina:

El árbol de Guernica ha conservado
la antigüedad que ilustra a sus mayores,
sin que tiranos le hayan deshojado
ni haga sombra a confesos ni a traidores.

Las lecciones extraídas por la Luftwaffe en Guernica siguen siendo útiles hoy en día para los estrategas estadunidenses que ordenan el bombardeo de civiles en Bagdad. Algunos revisionistas modernos como César Vidal, siguen empeñados en calificar de irrelevante lo ocurrido hace 70 años en la población vizcaína. Otros, carentes de la suficiente impudicia para negar la infamia, se conforman con sostener que el célebre cuadro de Picasso no tiene nada que ver con la destrucción del poblado homónimo, recordada no sólo por la pintura del malagueño sino también por los versos de Miguel Hernández:

Que vienen, vienen, vienen,
los lentos, lentos, lentos,
los ávidos, los fúnebres,
los aéreos carniceros.

Que asaltan las palomas,
sin hiel. Que van sedientos
de sangre, sangre, sangre,
de cuerpos, cuerpos, cuerpos.

Que vienen, vienen, vienen,
con sed de cementerio
dejando atrás un rastro
de muertos, muertos, muertos.

Que nadie, nadie, nadie
lo olvide ni un momento.
Que no es posible el crimen.
Que no es posible esto.

Que tierra nuestra quieran.
Que tierra les daremos
es un hoyo, a puñados
que queden satisfechos.

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