El otro desastre

mayo 31, 2007

  • Afganistán, seis años después
  • Violencia, narco, mujeres vendidas y bajas civiles

La de Afganistán es una de esas guerras que Washington ya había ganado, o por lo menos eso decía, y el extraño y desolado país del Asia central se dirigía con rumbo firme hacia la democracia, la paz y la modernidad. ¿Qué, no hubo santificadas elecciones en octubre de 2004? ¿Qué, no fue abolida la odiosa y misógina tiranía de los talibán? ¿Qué, no anduvo por ahí el normalizador de la Casa Blanca, el pashtún Zalmay Khalilzad, ahora embajador de su país adoptivo ante la ONU? ¿Qué, no sirvieron de nada los cuatro mil 500 millones de dólares de fondos internacionales para el desarrollo que se gastaron entre 2004 y 2007? Pues no a todo: Afganistán sigue tan hecho pedazos como siempre, o peor; sus habitantes se debaten entre la miseria y la violencia, el gobierno de Hamid Karzai es un nido de putrefacción y la guerra sigue su curso, pero ahora con más bajas de civiles y de occidentales.

De la situación de las mujeres: “Cerca de la mitad de los matrimonios en Afganistán se celebran con niñas menores de 16 años y en algunas zonas rurales incluso con menores de seis, obligadas por sus familias a casarse, indica el Fondo para la Población de la ONU. Es también habitual la venta de niñas para resolver conflictos entre tribus, lo que las convierte en ‘propiedad de la familia o individuo que las recibe’.” Más: en Kandahar, niñas de 9 y 10 años son vendidas a productores de opio por agricultores arruinados. Más: en Afganistán la tasa de muertes maternas es de mil 276 por cada 100 mil partos, tasa 300 por ciento superior a la de Bolivia (390) y 319 veces mayor que la de Canadá (4).

Desde mediados del año pasado la posición de los cruzados occidentales ha ido deteriorándose en forma sostenida. Un reporte de la BBC señalaba que “el movimiento insurgente se desplaza abiertamente en grandes números y aparece de noche en pueblos y aldeas haciendo reclamos por medio de amenazas u ofreciendo dinero para lograr colaboración en los ataques contra la coalición. En algunos distritos remotos el Talibán ha retomado el control, estableciendo bloqueo de vías y la ley islámica.” Ante la reactivación de los grupos de la resistencia y su uso de tácticas “iraquíes” (atentados explosivos suicidas contra posiciones de los ocupantes y de su gobierno pelele, y emboscadas a vehículos militares con minas enterradas), los aviones de Washington replicaron con un incremento en el número y la bestialidad de sus ataques “accidentales” contra objetivos civiles. En septiembre Washington pidió ayuda a sus aliados para incrementar el número de tropas en el país ocupado. En junio la inefable Condoleezza viajó a Kabul y dijo allí que su gobierno no permitiría una victoria del talibán. Para noviembre el número de efectivos extranjeros había pasado de 20 mil a 32 mil; actualmente suman 37 mil.


Ah, y el narcotráfico: en agosto del año pasado el máximo mando de la OTAN en Europa, James Jones, pidió ayuda a la comunidad internacional para reducir el alarmante comercio de opio y heroína procedente de Afganistán que, según el militar ayudando a financiar al Talibán. Curiosamente, el régimen fundamentalista fue, en su momento, el más efectivo del mundo en materia de reducción de los estupefacientes: consiguió, en menos de año y medio, disminuir en 65 por ciento los sembradíos de amapola y la consiguiente producción y venta de opiáceos. En abril de este año Michel Chossudovsky, de Global Research, denunció: “Las fuerzas de ocupación en Afganistán apoyan el narcotráfico, que produce entre 120 mil y 194 mil millones de dólares en ingresos para el crimen organizado, las agencias de inteligencia e instituciones financieras occidentales”.

En los meses recientes los ataques contra civiles cometidos por las fuerzas estadunidenses y de los rebeldes han sido tan sangrientos y escandalosos que Human Rights Watch (HRW) condenó a los talibán y al grupo Hezb-e Islami por sus atentados con bomba, en tanto que los gobiernos de Alemania y España -que integran la Fuerza Internacional de Asistencia a la Seguridad de Afganistán (ISAF), que opera bajo el control de la OTAN–, exigieron a Washington, en términos enérgicos, que ponga fin a las masacres de inocentes. Pero los medios occidentales -por ejemplo, las tres principales cadenas de televisión abierta de Estados Unidos, ABC, NBC y CBS-se abstienen de informar sobre las bajas civiles en el país asiático y “ni siquiera ofrecen conteos aproximados”. De cuando en cuando se dignan a publicar despachos sobre un misil que se desvió y acabó con 20, o con 30, o con 90 civiles. Un reporte de noviembre del año pasado del organismo civil Campaña por las Víctimas Inocentes en Conflictos, CIVIC por sus siglas en inglés, afirmaba: “En los últimos cinco meses la Fuerza Aérea de estados Unidos ha dejado caer en Afganistán más bombas que las empleadas durante los tres años anteriores contra los Talibán”.

En fecha tan lejana como octubre de 2001 John Dimitri Negroponte, por entonces representante de Bush ante la ONU, se había comprometido a “minimizar las bajas civiles” en Afganistán. Casi seis años después, Bush ofreció lo mismo, reducir las “bajas colaterales” y, de paso, echó la culpa a las fuerzas insurgentes: “Al Talibán le gusta rodearse de gentes civiles”, dijo el Presidente; “no le importa usar escudos humanos porque no valora la vida”. En esa ocasión, Jaap de Hoop Scheffer, secretario general de la OTAN, aseguró que las fuerzas de ese pacto se encuentran en una “categoría moral diferente” a las de los rebeldes (“decapitan personas y cometen ataques suicidas”) y afirmó lo siguiente: “Aún tenemos muchos de los corazones y mentes del pueblo afgano”. No sé a ustedes, pero a mí ese “aún” me suena a situación desesperada.


Infalible

mayo 29, 2007

En 1870 el Papado había perdido todos sus poderes terrenales (los llamados Estados Pontificios) y Pío IX convocó al Concilio Vaticano I para controlar los daños. El documento más polémico del encuentro fue la Constitución Dogmática sobre la Iglesia de Cristo, Pastor Æternus, aprobado el 18 de julio de aquel año –y ratificada en el siglo siguiente por el Concilio Vaticano II–, en el que se definió la infalibilidad pontificia. Contra lo que pudiera pensarse, el precepto no transforma automáticamente en verdades sacrosantas las imprecisiones, mentiras y tonterías proferidas por los sucesores de Pedro; les otorga a éstos, en cambio, la potestad de recibir asistencia especialísima del Espíritu Santo para que, en ciertas ocasiones, emitan de manera solemne determinaciones últimas e incontrovertibles sobre materias de fe y de moral.

El planteamiento mismo de la infalibilidad generó reacciones adversas de diversos ámbitos del catolicismo. El insigne teólogo alemán Ignaz von Döllinger dijo en el encuentro de 1870: “Usted ha presentado la curiosa petición en la que se ruega al Papa que se digne dar los pasos necesarios para definir su propia infalibilidad como dogma de fe. 180 millones de seres humanos –esto es lo que exigen los obispos que han firmado tal petición– deberán ser obligados bajo pena de expulsión de la Iglesia, de privación de los sacramentos y de condenación eterna, a creer y confesar lo que la Iglesia hasta ahora no ha creído ni enseñado […] Hasta ahora el católico decía: Creo en tal o cual doctrina por el testimonio de la entera Iglesia de todos los tiempos, porque ella tiene la promesa de que permanecerá siempre en la continua posesión de la verdad. En el futuro en cambio debería decir el católico: Creo, porque el Papa, declarado infalible, ordena enseñar o creer tal cosa. Que él sea infalible lo creo porque él lo afirma de sí mismo. Porque 400 o 600 obispos reunidos en Roma en el año 1870, han decidido que el Papa fuera infalible. […] En ultima instancia, todo se reduce a un autotestimonio del Papa, lo cual es desde luego muy sencillo. Sólo que respecto a esto debería recordarse lo que hace 1840 años dijo alguien inconmensurablemente más alto: ‘Si yo testifico en mi favor, entonces ese testimonio no es válido’ (Juan, 5:31).”

Unos meses después de pronunciar estas palabras, Döllinger fue excomulgado y se dedicó a la conformación de grupos disidentes genéricamente conocidos como Iglesia Católica Antigua o Veterocatólica, los cuales reconocen el ministerio del Papa como obispo de Roma pero no le reconocen la infalibilidad. A pesar de su nombre, esta organización es, en diversos temas, mucho más avanzada que El Vaticano: en varias de sus parroquias europeas se acepta la ordenación de mujeres, se admite las uniones matrimoniales entre personas del mismo sexo y se asume que el uso de métodos anticonceptivos es un asunto que debe ser decidido de manera individual por cada creyente.

Otra pieza clave de la resistencia intelectual a la infalibilidad es el famoso discurso apócrifo del obispo croata Josip Strosmajer, documento que, a pesar de su falsedad circunstancial, refutó de manera docta y estructurada la hipótesis de la consultoría divina al jefe de la Iglesia Católica.

La condición establecida por la Pastor Æternus y por el Catecismo para que el Papa ejerza su infalibilidad es que hable “ex cathedra, esto es, cuando, ejerciendo su cargo de Pastor y Doctor de todos los cristianos, en virtud de su Suprema Autoridad Apostólica, define una doctrina de Fe o Costumbres y enseña que debe ser sostenida por toda la Iglesia”. Corresponde, pues, al propio pontífice, decidir y decir en qué momento está conectado con el Espíritu Santo y cuándo se da a sí mismo el margen para irse de la lengua. Estos términos plantean el oscuro problema teológico de quién, y en qué momento, ocupa la tribuna: ¿Las obstinaciones homofóbicas, misóginas y antiaborto, son posturas privadas del ciudadano alemán Joseph Ratzinger, o bien designios de Dios? ¿Y qué hay de las burradas que el primero fue a decir a Brasil sobre la conquista y la evangelización de América, tan insostenibles que hubo de rectificarlas días más tarde en la Plaza de San Pedro? ¿Fueron una muestra de su personal ineptitud pastoral o es que el Espíritu Santo ha decidido meterse en problemas?

Primeros expulsados

mayo 27, 2007


El primero de junio dos de estos cuatro ya no estarán en el concurso.
Sabinazo, Lorena Sanmillán, Xquenda Juchitán Perro de Agua :

¿Quiénes saldrán de Caza de Letras?


El gran manouche

mayo 26, 2007

  • Huérfanos de Django Reinhardt
  • La música de Hänsche Weiss

Se fue de este mundo cuando tenía 43 años, varios antes de que yo desembarcara en él, pero al morir me dejó en la orfandad musical. Los huérfanos de Django Reinhardt conformamos entre todos una cofradía informal y no muy grande que se extiende por el mundo. No necesariamente somos músicos, y ni siquiera somos obligadamente melómanos. A veces es sólo que una cuerda de su guitarra se nos quedó enredada en las tripas y que éstas nos duelen, o nos hacen cosquillas, o experimentan un placer inmenso cuando el oído les lleva los acordes que se saben de memoria. Nos reconocemos entre nosotros por gestos y signos sutiles que no voy a revelar aquí, porque uno no rinde las claves de su conjura, por inocente que ésta sea, y en nuestras filas (es un decir, porque nunca nos formamos en filas) hay de todo: hombres y mujeres de todas las condiciones, vestuarios y preferencias políticas, gastronómicas y sexuales, habitantes de Europa y de Asia, negros y rojos y amarillos y blancos, y hasta uno que otro azul que puede resultarnos detestable en cualquier circunstancia, menos en la del encuentro en la música del manouche. En Fontainebleau, donde lo sorprendió la muerte prematura en 1953, se celebra cada año un festival en tributo a su corazón sonoro.

Django, Stéphane Grappelli y los otros

Su nombre de pila era Jean-Baptiste, nació en la pequeña localidad valona de Liberchies (comuna de Pont-à-Celles, provincia de Henao), y creció en un campamento de nómadas instalado en las afueras de París. A los doce años, aún analfabeto, obtuvo su primer instrumento musical, un banjo que le regaló un vecino y que él aprendió a tocar observando la digitación de los músicos que tenía a su alrededor. A los 13 ya se presentaba en público, junto con el acordeonista Guerino, en un salón de baile de la Rue Monge.

La mujer de Django se dedicaba a vender flores de plástico y ambos, como buenos romaníes, vivían en un carromato. La madrugada del 2 de noviembre de 1928 el músico regresó a su hogar después de haber tocado en el club La Java. Creyó escuchar a un ratón, encendió una vela, un poco de cera ardiente cayó sobre el celuloide de las flores y la casa ambulante se incendió de inmediato. La pareja salió del accidente con graves quemaduras. El gran manouche estuvo 18 meses en cama, logró evitar la amputación de una pierna y se quedó con dos dedos de la mano izquierda inutilizados porque el calor del incendio le había contraído los tendones. En los años siguientes inventó un sistema de digitación para aliviar la discapacidad y, con sólo los dedos índice y medio en una mano, se volvió, despedácenme, el más grande guitarrista en la historia del jazz. Dos hijos suyos, Lousson y Babik, fueron también excelentes rascadores de cuerdas.

En una película de 1952

Y desde 1953 hay en el mundo un grupo (no muy grande) de huérfanos. Nos reconocemos entre nosotros mediante señales sutiles y discretas y nos alegramos enormemente cada vez que algo germina sobre la tumba del manouche. De Django hay en la red algo mejor que archivos de música: fragmentos de video en los que puede vérsele en plena ejecución, y en los que se demuestra que los ángeles podrán tener sexo, o no, pero que en todo caso se las arreglan muy bien sin un par de dedos.

El gran manouche y su Minor Swing

Una de esas floraciones sobre la lápida de Django es un viejo LP grabado en Alemania en 1977 por la firma Intercord que tiene diez rolas invaluables del Häns’che Weiss Quintet, que viene a ser algo así como el Quinteto de Juanito Blanco, o Juanito el que Sabe. El grupo estaba compuesto por Titi Winterstein en el violín, Hojok Merstein en el bajo, Ziroli Winterstein, el propio Häns’che y Lulu Reinhardt (emparentado con el manouche, yo supondría) en las guitarras. Creo que los propios autores se lo regalaron a Jorge Jufresa, quien a su vez me lo prestó hará cosa de tres lustros, y desde entonces no he tenido la oportunidad de devolvérselo (Jufre: si lees estas líneas, recuerda que tengo tu disco y pasas por él cuando quieras). Ahora lo exhumé, lo digitalicé a como Dios me dio a entender y decidí piratearlo (perdóname, Juanito) con la buena intención de difundirlo aquí (no piquen en los títulos de las canciones, porque hay en ellos un link a un sitio que no viene al caso y que no pude quitarle al player; usen más bien el botón de “Play”):

Juanito Blanco

Paso otro mensaje

mayo 25, 2007


Paso el mensaje

mayo 25, 2007


Armenios de Anatolia

mayo 24, 2007

  • Una cultura muy antigua
  • Bautismo de sangre del siglo XX

En tiempos de Tigranes el Grande, un siglo antes del nacimiento de Jesús de Nazaret, Armenia tenía costas en tres mares: iba del Mediterráneo al Negro y al Caspio, y se extendía por tierra desde Sarmatia hasta Mesopotamia, de Capadocia y Cilicia hasta Judea, englobaba a Siria y se extendía hacia el oriente hasta Albania. Según la leyenda, su fundador, Haik, era nieto de Noé, y había participado en la construcción de la torre de Babel. Cierto o no, en la región habitada por la tribu de los armens, conocida como Armani por los persas y como Armenoi por los griegos, se hunden las raíces más viejas de la civilización europea y asiática. Los artefactos de cobre, bronce y hierro se producían en la zona desde hace seis mil años y allí dejaron su huella como vencedoras, como vencidas o como vecinas, las culturas hitita, asiria, sumeria, babilonia, hurrita, seleucida, helénica, romana, bizantina, mongola, persa, árabe, otomana y rusa.
La capital de la Armenia contemporánea, Ereván, fue fundada en 782 antes de nuestra era y doscientos años más tarde se constituyó el Reino de Armenia. En su caminar obsesivo hacia Oriente, Alejandro Magno dejó en aquellas tierras un par de estados helenísticos; en 301 d.n.e., gracias a los desvelos de San Gregorio, el país fue el primero en el mundo (24 años antes del Concilio de Nicea) en adoptar el cristianismo como religión de Estado y en 405 Mesrop Mashtots, erudito y políglota, codificó el alfabeto armenio. Hace cosa de un milenio los principados armenios (el Bagrátido, el de Vaspurakan, el de Artsruni) fueron sometidos por Bizancio, en tanto que las zonas meridionales caían en manos de los kurdos. Poco después los conquistadores fueron vencidos por los turcos de Seljuk. Entre 1200 y 1400 los mongoles se impusieron en la totalidad del territorio. Hacia 1500 se lo repartieron persas y otomanos, y el imperio Ruso entró al reparto a principios del siglo XIX, quedándose con las porciones orientales de Ereván y Karabaj. Las zonas occidentales permanecieron bajo soberanía otomana y hoy ya no existen: han sido integradas en la Anatolia turca y sus habitantes fueron exterminados entre 1894 y 1917 en masacres sucesivas.

Hasta fines del siglo antepasado, en el Imperio Otomano, unos tres millones de armenios cristianos convivían, discriminados pero resignados al sojuzgamiento, en relativa paz con los turcos musulmanes, pese a que entre 1862 y 1865 tuvieron lugar intentonas separatistas en Zeitún y Charsandjak. Estambul reprimía de manera sistemática a los griegos y a los eslavos de su territorio, pero los armenios eran llamados Millet-i Sadika (“Nación leal”). La rivalidad entre los imperios Otomano y Ruso, así como la conformación del movimiento “Joven Turquía”, encabezado por unos tipos de ideas muy raras, entre progresistas y ultranacionalistas, dieron al traste con el delicado equilibrio. En 1891 Abdul Hamid II, en respuesta a los reclamos armenios de derecho al voto y el fin de la discriminación, estableció escuadrones de la muerte, formados en su mayoría por kurdos, que en los años siguientes perpetraron en Anatolia las llamadas masacres hamídicas, en honor al soberano. La más característica tuvo lugar en la catedral de Urfa, en la que tres mil armenios habían buscado refugio. A las huestes de Abdul les dio pereza tirar la puerta y quemaron el templo con todos sus ocupantes dentro.

Las medidas de ese tipo generaron acciones desesperadas por parte de los perseguidos. El 26 de agosto de 1896 un comando armenio tomó la sede del Banco Otomano, en Estambul, mató a los guardias y retuvo como rehenes a los empleados de la institución, en un intento por llamar la atención internacional sobre la situación que padecía su pueblo. En respuesta, decenas de miles de armenios fueron masacrados. En 1897, con 300 mil asesinados, disueltas todas las organizaciones del pueblo sometido, y sus líderes, muertos o en el exilio, el sultán declaró que el asunto armenio había concluido.

Pero lo peor estaba por llegar. En 1908 “Joven Turquía”, respaldado por los armenios, tomó el poder por medio de un triunvirato (Enver, Jemal y Talat), depuso al sultán y quiso emprender una modernización profunda del país, pero el nuevo régimen se vio entrampado en las inercias milenarias del vetusto imperio. Los armenios presionaron por la concreción de las reformas y a los triunviros no se les ocurrió otra cosa, en respuesta, que la completa eliminación de la etnia. La circunstancia propicia para ello fue el estallido de la Primera Guerra Mundial, en el que la nación turca se vio envuelta al lado de las potencias del Eje. En ese contexto, el 24 de abril de 1915 cientos de dirigentes e intelectuales armenios fueron convocados por las autoridades en Estambul y asesinados a traición. En los meses siguientes, en las poblaciones armenias de Anatolia, el gobierno repitió una y otra vez la misma receta: instaba a los varones adultos a armarse para estar listos en la defensa de la patria, les vendía las armas incluso, luego los capturaba y exhibía el armamento como prueba de que preparaban una sublevación. En seguida los asesinaba en el sitio o los reclutaba, supuestamente para contribuir en el esfuerzo de guerra, pero en realidad para destinarlos a campos de trabajos forzados en los que morían en cuestión de semanas. A continuación, las tropas caían sobre los pueblos y desalojaban a las mujeres, los niños y los ancianos. Hacia sitios más seguros, les decían. Los formaban en caravanas, rumbo al desierto sirio, pero muy pocos llegaban, porque en el camino sufrían violaciones, golpizas, hambre y asesinatos. Cálculos modernos colocan el total de muertes en un millón y medio.

El Tratado de Sèvres (agosto de 1920) estipulaba la conformación de un Estado que reuniera a la República Democrática de Armenia (RDA, 1918-1922) con las doce provincias armenias de Anatolia. El presidente Woodrow Wilson dibujó sus contornos en un mapa y estampo su firma al calce. Se consideró incluso la posibilidad de establecer allí un protectorado estadunidense. Pero el documento fue rechazado por el nuevo gobierno de Mustafa Kemal Atatürk, a Occidente se le olvidó el asunto y más de la mitad de la Armenia histórica desapareció para siempre.
En la Turquía contemporánea el holocausto de los armenios sigue siendo un tema prohibido.

Fotografías de Armin. T. Wagner