Pedro Mir y Las Mariposas

El poeta
  • El más odioso crimen de Trujillo
  • Adiós, querido René Poitevin

No es aniversario de nacimiento o muerte, ni nada: simplemente es domingo y quise recordar a Pedro Mir, enormidad poética del Caribe que cubrió con su vida (1913-2000) la mayor parte del Siglo XX y cuya obra germinó de manera discreta pero irremediable en mentes, corazones y plumas del continente. Cuando lo conocí en los primeros años setenta, en México, me cagoteó por hablar de cosas de las que no tenía la menor idea y me impresionó la capacidad de aquel hombre menudo y antiquísimo para dormir la siesta con corbata y sin perder las rayas de un perfecto planchado en el pantalón. “Es que en Dominicana nadie sale a la calle con una arruga en la ropa”, me ilustró hace poco Héctor Díaz-Polanco cuando le platiqué la anécdota.

Las Antillas son una mezcla de matriz y de licuadora en la que se fusionan los destinos. Mir nació en san Pedro de Macorís, región cañera: Un hijo del Caribe, / precisamente antillano. / Producto primitivo de una ingenua / criatura borinqueña / y un obrero cubano. En 1941 se doctoró en Derecho en la Universidad de Santo Domingo, trabajó como contador e hizo activismo contra la dictadura casi eterna (1930-1961) de Rafael Leónidas Trujillo, por lo que tuvo que abandonar el país. Como en muchos otros casos, el exilio resultó benéfico para su producción literaria. En La Habana publicó su primer poemario, Hay un país en el mundo (1949) y luego anduvo por México y por la Guatemala de Jacobo Árbenz, en donde dio a la imprenta el Contracanto a Walt Whitman (1952). Volvió a la Dominicana en 1963, tuvo que salir de nuevo dos años después y regresó ya de manera definitiva en 1968. Fue profesor de Derecho, de Contabilidad, de Historia y de Estética. En 1969 publicó la que, a juicio de este navegante –quien en materia de literatura se declara simple grumete– es su poema más elevado: Amén de mariposas.

El texto es un vértigo interior en torno al asesinato de las célebres hermanas Patria, Minerva y María Teresa Mirabal, tres jóvenes y hermosas mujeres de la burguesía dominicana conocidas como Las Mariposas. Trujillo se empeñó en hacer su amante a Minerva, y el rechazo de ésta generó una feroz persecución contra toda la familia. En vez de amilanarse, las Mirabal iniciaron una tenaz labor de oposición al tirano, quien las encarceló y torturó, junto con sus maridos, pero a los pocos meses el clamor internacional obligó a la dictadura a liberarlas, no así a sus esposos. El 25 de noviembre de 1960 viajaron de Salcedo a Puerto Plata para visitarlos en la cárcel. De regreso, ya de noche, el jeep en que viajaban fue interceptado en la carretera por esbirros del dictador, quienes las asesinaron a garrotazos, junto con el chofer del vehículo, Rufino de la Cruz, y arrojaron sus cuerpos en un barranco.

Cuando supe que habían caído las tres hermanas Mirabal
me dije:
la sociedad establecida ha muerto.

(Lapislázuli a cuento de todo emblema ruidoso
mentís en A referido a un imperio en agonía
y cuanto ha sido conocido desde entonces
me dije
y cuanto ha sido comprendido desde entonces
me dije
es que la sociedad establecida ha muerto)

Comprendí
que muchas unidades navales alrededor del mundo
inician su naufragio
en medio de la espuma
pensadora
y que grandes ejércitos reconocidos en el planeta
comienzan a derramarse
en el regazo de la duda
pesarosa

Es que
hay columnas de mármol impetuoso no rendidas al tiempo
y pirámides absolutas erigidas sobre las civilizaciones
que no pueden resistir la muerte de ciertas mariposas.

Así fue. El crimen generó una ola de furia nacional que culminó, en mayo de 1961, con el ajusticiamiento de Trujillo por un comando popular. Años más tarde, en memoria de las hermanas Mirabal, la ONU declaró el 25 de noviembre Día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra la Mujer. En 1995 Julia Alvarez publicó la novela histórica El tiempo de las Mariposas, y en la película homónima (MGM, 2001) Salma Hayek interpretó a Minerva y, con su actuación horrible, asesinó a garrotazos la paciencia de los espectadores.

Las Mariposas

Pedro Mir es el poeta nacional de su país y una voz fundamental en la poesía continental, pero en el resto de América Latina sigue siendo mal conocido. En 1971 Siglo XXI publicó en México, con prólogo de Jaime Labastida, un recuento de su poesía: Viaje a la muchedumbre, pero el pequeño volumen no ha vuelto a reeditarse. Por fortuna, hay varios sitios en la red en los que puede leerse –y hasta escucharse, en voz del autor– algunas de sus cosas. La poesía de contenido social (que es la principal en la obra del dominicano) está muy desprestigiada, y con motivos. Pero tal vez el desconocimiento no sea ajeno al juicio agudo del propio poeta sobre una forma particularmente vergonzosa de discriminación entre latinoamericanos:

“Ser antillano no es igual que ser parisiense. Hay matices, un argentino tiene un lugar que nunca puede aspirar a ocupar un dominicano […] Las pequeñas Islas del Caribe son islas de esclavos que han sido siempre de más baja categoría de los nutrientes de los grandes imperios, no pueden de ninguna manera entrar en el mercado de la gran literatura, ni del gran arte […] Yo no estoy llorando por la herida, porque […] he sido afortunado, he escrito un par de poemas que no mueren, que resisten a morir.”

Y sí. Su entrada al mundo de la poesía comenzó de esta forma:

Hay
un país en el mundo
colocado
en el mismo trayecto del sol.
Oriundo de la noche,
colocado
en un inverosímil archipiélago
de azúcar y de alcohol.
Sencillamente liviano,
como un ala de murciélago
apoyado en la brisa.
Sencillamente claro,
como el rastro del beso en las solteras
antiguas o el día en los tejados.
Sencillamente frutal. Fluvial. Y material.
Y sin embargo,
sencillamente tórrido y pateado
como una adolescente en las caderas.
Sencillamente triste y oprimido.
Sencillamente agreste y despoblado.


Nota muy triste: René Poitevin se nos murió el miércoles 9 en su natal Guatemala. Científico social, académico, articulista, promotor de programas de desarrollo y hombre bondadoso y recto, René va a hacernos muchísima falta.

René Poitevin

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