Una de dos

En su discurso inaugural de la V Conferencia Episcopal de América Latina y el Caribe (Celam), Benedicto XVI dijo que “el anuncio de Jesús y de su Evangelio no supuso, en ningún momento, una alienación de las culturas precolombinas, ni fue una imposición de una cultura extraña”; por el contrario, “las auténticas culturas no están cerradas en sí mismas ni petrificadas en un determinado punto de la historia, sino que están abiertas, más aún, buscan el encuentro con otras culturas, esperan alcanzar la universalidad en el encuentro y el diálogo con otras formas de vida y con los elementos que puedan llevar a una nueva síntesis en la que se respete siempre la diversidad de las expresiones y de su realización cultural concreta”. Más aún: la catequización de los antiguos habitantes de América les “ha significado conocer y acoger a Cristo, el Dios desconocido que sus antepasados, sin saberlo, buscaban en sus ricas tradiciones religiosas”. Lo que son las cosas: nadie antes de esto habría sospechado la influencia hermenéutica de Walt Disney en el pensamiento de Joseph Ratzinger.

Sería necio ignorar los aportes positivos de curas y laicos españoles a la conformación de las actuales naciones y culturas latinoamericanas, o empeñarse en las visiones idílicas y bobaliconas de las sociedades precolombinas como sitios de paz, amor y armonía con el Cosmos y Natura. No: cuando los europeos aparecieron en el Caribe y las costas orientales de México, Mesoamérica era en muchos sentidos un mundo violento, oscuro y espantoso, más horrible incluso que la España medieval.

Pero la evangelización no puede desligarse de la conquista sanguinaria e impositiva. Bartolomé de las Casas, Bernardino de Sahagún y otros defensores luminosos de la humanidad de los indios son la otra cara de la moneda en la sistemática destrucción de las culturas nativas. “Para hacer las iglesias comenzaron a echar mano de sus tecoallis para sacar de ellos piedra y madera, y de esta manera quedaron desollados y derribados; y los ídolos de piedra, de los cuales había infinitos, no sólo escaparon quebrados y hechos pedazos, pero vinieron a servir de cimiento para las iglesias” (Motolinía, III, 3, 64). Y es que lo que el Papa llama ahora “ricas tradiciones religiosas” era visto por la mayor parte de los evangelizadores como hechicería y cultos diabólicos que era necesario extirpar.

“Golpear a los naturales por parte de frailes no era cosa rara” (Mariano Monterrosa) y los golpes eran lo de menos: fray Martín de Valencia achicharró, por idólatras, a cuatro príncipes tlaxcaltecas; en 1530 Nuño de Guzmán acusó de lo mismo al cacique tarasco Caltzontzin y lo asesinó; en 1562 el animal de Diego de Landa realizó en Maní un auto de fe en el que quemó a más de 150 mayas y 43 códices; 13 años más tarde Juan de Zumárraga repitió en Texcoco la chamusquina: varios caciques que se resistían a aceptar el catolicismo murieron en la hoguera, la cual fue aderezada con una montaña de documentos mexicas; los agustinos esclavizaban a los naturales para obligarlos a construir sus conventos y el piadoso Pedro de Gante revelaba, en una carta a Felipe II, su método catequizador: “…se juntaron luego, pocos más o menos, mil muchachos, los cuales teníamos encerrados en nuestra casa de día y de noche, y no les permitíamos ninguna conversación”. Y cómo olvidar el célebre informe Contra Idolorum Cultores (1639), redactado por Pedro Sánchez de Aguilar, para reivindicar el derecho de los obispos a encarcelar y azotar indios reacios a adoptar la fe de sus conquistadores. Son sólo algunos ejemplos del “encuentro de culturas”.

La imposición de la nueva fe se realizaba en una forma tan bárbara que en dos ocasiones (1540 y 1570) se le ordenó desde Madrid a la Inquisición de Nueva España que se abstuviera de perseguir a los conquistados “por ser ellos muy nuevos en el cristianismo” y de concentrarse en perseguir herejías de procedencia occidental. De otra forma, el virreinato habría echado al fuego a la mayor parte de su mano de obra.

Ahora sale este pontífice con que todo era “respeto a la diversidad de las expresiones” y “enriquecimiento cultural”. Una de dos: o Joseph Ratzinger es ignorante o es mentiroso, y en cualquier caso su presencia en el trono de Pedro es una gran tragedia para la Iglesia Católica.

2 respuestas a Una de dos

  1. marichuy dice:

    “Una de dos: o Joseph Ratzinger es ignorante o es mentiroso”

    Pedro, otra opción, como la metira es “pecado”, me inclino a pensar que Joseph Ratzinger es un perverso.

    Saludos

  2. Pedro Miguel dice:

    Ay, Marichuy, es las tres cosas: ignorante, mentiroso y perverso. Con un Papa como éste, muchos católicos pensarán que la excomunión es un honor.

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