Una nostalgia tecnológica

  • 33 y 1/3 revoluciones por minuto
  • La tornamesa de Copilco

El fonógrafo (78 revoluciones por minuto) no me tocó, pero de niño escuché a Cri-Cri y a Javier Solís en unos aparatos que se llamaban tocadiscos (33 1/3 rpm) y que venían en distintas presentaciones: empotrados en muebles de madera con las bocinas integradas (como para los abuelitos), portátiles y contenidos en carcasas de plástico de colores chillones (como para los chavos), integrados, en los famosos “estéreos”, con un radio AM/FM y un reproductor de casettes, o bien aislados, sofisticados e imponentes, en cuyo caso se denominaban tornamesas. Estas eran sensuales y elegantes y su movimiento suave e hipnótico armonizaba con el ritmo de la música, independientemente de que interpretaran cumbias o sinfonías o jazz o rock o cantantes horrendos. Contaban con un brazo de presión regulable, sistema de amortiguación, ajuste de velocidad por medio de una luz ajuste de velocidad por medio de una luz estroboscópica y no sé cuántos más controles. Sus propietarios decían que la experiencia era prácticamente la misma que tener a Rostropovich en casa y hace un cuarto de siglo eran el máximo símbolo de distinción y status entre quienes no alcanzaban a comprarse un automóvil, e incluso entre quienes sí.

El golpe de nostalgia es porque hace unos días descubrí una caja de cartón repleta de discos analógicos, se me dio por recuperar algo de los sonidos que hay en ellos y pasarlos a digital, y recordé que el camión de la basura se llevó mi tornamesa hace más de una década. En los sitios de subastas y compraventas entre particulares asoman con frecuencia reliquias venerables: Pioneer, Marantz, Technics, Garrard, Thorens. Entiendo que es un mercado de añorantes o de museógrafos, y que los reproductores de discos de vinilo que aún se fabrican son juguetes especializados y caros para las manos de los disk jockeys o diyeis o pinchadiscos. Una página graciosa de bricolage electrónico afirma que, en caso de absoluta desesperación y síndrome de abstinencia, es posible fabricar un tocadiscos a partir de una unidad de diskettes de esas que ya tampoco se usan, pero que todavía abundan. Y otra receta extraña permite hacer una réplica pirata de un disco de vinilo.


La verborrea marxistoide desapareció de la lista de las cosas que eran bien vistas en sociedad más o menos en la misma época que las tornamesas. En los años setenta era imposible lograr la aceptación de ciertos sectores estudiantiles, académicos o intelectuales -ya no digamos de ligar– si no conseguías hilvanar un par de frases sobre la plusvalía o si no exhibías un tomo de Marta Harnecker convenientemente subrayado.

Sobre esa confluencia de modas escribí un relato no del todo falso que, como los viejos elepés, se quedó guardado muchos años. Ahora que lo exhumé resultó ser, literalmente, una crónica del siglo pasado, un cuadro de costumbres, una antigualla inédita. La última vez que tuve noticia del protagonista de la anécdota fue cuando lo nombraron coordinador de asesores de un subsecretario. O sea que ya no corre ningún peligro de reconocerse a sí mismo en la narración y no veo, por tanto, inconveniente en publicarla. Se llama La tornamesa de Copilco, y dice así:

Esta es la historia de un todavía joven profesor de epistemología que una noche de juerga acabó girando sobre sí mismo a la velocidad precisa, regulada por cuarzo, de 33 y media revoluciones por minuto, empalado en el postecillo central de un tornamesa Pioneer –aparatazo, hombre, qué bárbaro– que de esa forma llegó al fin de su existencia.

Sucedió hace unos semestres en un departamento cercano a la UNAM. Esa mañana el docente fue a la tienda de C.U. para abastecerse de unos vinos y patés, nacionales, recorrió los estantes de licores acompañado de su carrito, y a la salida el peso de éste había experimentado el crecimiento exponencial que es preciso rescatar –desde una perspectiva crítica, por supuesto– como una aportación de Malthus. Por la noche haría un reventón en su condominio de recién separado, comprado a crédito con milagros, palancas y un préstamo del ISSSTE, una verdadera ganga, pues fíjate que unos argentinos que se fueron, y a un pasito de la Facultad, tercer piso, edificio 12.

N’hombre, si las rentas están carísimas, y es que, a propósito, acabo de encarrilarme en una investigación sobre el latifundio urbano y he encontrado cada cosa; ¿el marco teórico? No, pues… Castels, algunas cosas de Lefevbre, por supuesto, y una mención muuuy muuuy somera del capítulo XLV de El Capital, el rollo ese de que “sea P el precio individual de producción del terreno B, siendo P mayor que P1”, en fin, sólo que tomando en cuenta que aquí no estamos hablando de tierras agrícolas, sino…

Los insumos contenidos en las dos gordas bolsas de plástico fueron consumidos esa noche por un ex compañero de militancia, dos colegas de la Facultad, la ex esposa de un cuate suyo que acaba de divorciarse y ante cuya separación nadie quiere tomar partido, dos alumnas que se caen de buenas –especialmente una de ellas, la que trajo a ese pegote– y una pareja de comunicólogos muy buena onda.

Pero gris es toda teoría frente al árbol verde de la vida, o algo así, que decía el maestro Revueltas, y por más citas de éste y de otros destacados luchadores sociales, no había manera de romper el vínculo que ataba a las más guapa de las alumnas con el gañán pendejo y atlético a quien además nadie invitó, pero que está ahí, fajándole a la beldad que sacó MB en Metodología, y sin guardar la menor consideración para con un pobre soltero con maestría en Teoría del Estado.

Las botellas adquiridas a costa de un salario amenazado por la plusvalía relativa que se deriva de la reducción del tiempo de trabajo necesario habían empezado a experimentar drásticamente la caída tendencial de la tasa de contenido, y si bien las Condiciones Objetivas parecían presentes (música suave, dos parejas cachorreando en un sofá, además del imprescindible borracho que ya vomitó el pasillo), las subjetivas estaban siendo echadas a perder por aquel mamón que trajo esa alumnita de mis esfuerzos.

A las dos de la mañana el profesor perdió, con ayuda de media botella de mezcal ríspido, su programa político y pasó al ultraizquierdismo y al aislamiento de las masas. “Estás haciendo el oso”, le advirtieron los comunicólogos, ya de salida, pero él no hizo caso y fue del apoyo crítico a la injuria y al manoseo directo contra aquella pendejuela reformista. Entonces la chava y su galán demostraron que no eran marxistas ni científicos, sino vulgares nacos, y con una escandalizante falta de método, le pusieron al alcoholizado profesor unos chingadazos que le hicieron perder el equilibrio. El especialista trastabilló y fue a caer sentado sobre su tornamesa finísimo. El aparato estaba tan bien construido que su motor, antes de fallecer bajo el peso del teórico, logró girar unos segundos más.

El científico social dio algunas vueltas sobre su propio eje y alcanzó a preguntarse si aquella sensación de que el mundo giraba a su alrededor era causada por el golpe, por el mareo de la borrachera o por el derrumbamiento total y definitivo del Modo de Producción de nuestro tiempo.

2 respuestas a Una nostalgia tecnológica

  1. Alex dice:

    Oye en casa aún adquirimos acetatos de 33 rpm, magnífico fuera que otra vez se editaran discos en este formsto: mis preferidos son los de rock y música clásica, y en mi ciudad en los bazares dominicales siempre hay buenas sorpresas y muy económicas.
    Te saluda tu lector Alex.

  2. Pedro Miguel dice:

    Alex, pues pasa el dato de dónde se consiguen esas hostias negras y grandotas con las que tantos comulgamos.

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