Continuidad

Combatiente palestino muerto en el sur de Líbano

Hace casi 60 años que el mundo civilizado se empeña en exterminar a los palestinos y aún no lo ha conseguido del todo. Se les expulsó de sus tierras, se les dispersó por el mundo, se le cambió de nombre a sus pueblos, sus casas fueron demolidas y se les negó la existencia misma como grupo nacional. Los perseguidos ganaron en cultura pero también en barbarie: algunos remontaron las duras condiciones del exilio, fueron a las universidades de Europa y de Estados Unidos, se hicieron médicos, filósofos, ingenieros; muchos se volcaron a la organización de instituciones, liderazgos políticos, escuelas y redes sociales para hacer menos infernal la vida en los territorios múltiples de su desgracia; otros, menos afortunados, descubrieron el poder de los explosivos y se afanaron en la empresa sin destino de enfrentar con ellos a un enemigo muy poderoso y que, visto sin hipocresía, no se limita al Estado de Israel sino que se extiende a los gobiernos de Europa occidental y Estados Unidos.

De acuerdo con los manuales de urbanidad de los verdugos, los derrotados habrían debido resignarse a su derrota nacional, renunciar a toda identidad social, contentarse con una suma de identidades individuales exitosas o miserables, integrarse en los países a los que habían sido arrojados y disolverse sin pena ni gloria en la desmemoria del mundo. A fin de cuentas, muchos pueblos han sido liquidados como tales sin posibilidad de segunda resistencia: los armenios de Anatolia, y antes que ellos, los yaquis de Sonora, y antes que ellos, los ranqueles y mapuches de la Patagonia, y así, hasta llegar a los mexicas, los albigenses, los cartagineses, los troyanos. Muchos gobernantes europeos (desde los Reyes Católicos hasta Hitler) trataron de limpiar de judíos al Viejo Continente.

Tras su expulsión de España, los hebreos toledanos guardaron las llaves de sus casas y el recuerdo del Sefarad: Abarbanel, Farías o Pinedo, / arrojados de España por impía / persecución, conservan todavía / la llave de una casa de Toledo, evocaba Borges. La imagen tiene plena vigencia entre los palestinos expulsados de sus hogares situados en lo que es actualmente territorio de Israel o tierras ocupadas. Pero ellos hicieron algo más que conservar las llaves (o las fotos, o el recuerdo) de sus casas y pueblos: incurrieron en la grosería de resistir. Después de ver a sus familiares asesinados o torturados, sus campos, arrasados, sus escuelas, demolidas y sus iglesias, secuestradas, muchos palestinos perdieron los buenos modales prescritos por Occidente para estos casos y recurrieron al terrorismo, y en eso siguen. Ahora los proyectiles artesanales caen de nuevo sobre el sur y sobre el norte de Israel y matan, hieren o asustan a civiles que no tienen ninguna responsabilidad en el exterminio de los palestinos.

Tras la caída de un cohete palestino en la localidad israelí de Sderot

La labor de liquidación, por su parte, ha tenido pocos descansos y muchas regresiones. Las autoridades de Israel reactivan los bombardeos sobre Gaza y en los campamentos palestinos de Líbano huele de nuevo a masacre. Hay una exasperante continuidad en esta guerra ineficiente que lleva casi 60 años y que no ha logrado cumplir con su cometido. Tal vez sería tiempo de cambiar de idea y resolver el problema por otros medios: por ejemplo, renunciar a la desaparición de los palestinos como nación (es decir, como un trinomio de población, identidad y territorio) y ensayar otra cosa; por ejemplo, un Estado palestino con soberanía plena en la totalidad de Gaza y Cisjordania, con capital en la porción oriental de Jerusalén, que se llama Al Qods, y el retorno o la indemnización de los árabes desplazados y expulsados por la fundación de Israel. Pensándolo bien, sería una solución más novedosa y prometedora que los bombardeos, y de seguro costaría menos vidas y menos dinero que toda esta brutalidad sexagenaria.

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