Continuidad

mayo 23, 2007

Combatiente palestino muerto en el sur de Líbano

Hace casi 60 años que el mundo civilizado se empeña en exterminar a los palestinos y aún no lo ha conseguido del todo. Se les expulsó de sus tierras, se les dispersó por el mundo, se le cambió de nombre a sus pueblos, sus casas fueron demolidas y se les negó la existencia misma como grupo nacional. Los perseguidos ganaron en cultura pero también en barbarie: algunos remontaron las duras condiciones del exilio, fueron a las universidades de Europa y de Estados Unidos, se hicieron médicos, filósofos, ingenieros; muchos se volcaron a la organización de instituciones, liderazgos políticos, escuelas y redes sociales para hacer menos infernal la vida en los territorios múltiples de su desgracia; otros, menos afortunados, descubrieron el poder de los explosivos y se afanaron en la empresa sin destino de enfrentar con ellos a un enemigo muy poderoso y que, visto sin hipocresía, no se limita al Estado de Israel sino que se extiende a los gobiernos de Europa occidental y Estados Unidos.

De acuerdo con los manuales de urbanidad de los verdugos, los derrotados habrían debido resignarse a su derrota nacional, renunciar a toda identidad social, contentarse con una suma de identidades individuales exitosas o miserables, integrarse en los países a los que habían sido arrojados y disolverse sin pena ni gloria en la desmemoria del mundo. A fin de cuentas, muchos pueblos han sido liquidados como tales sin posibilidad de segunda resistencia: los armenios de Anatolia, y antes que ellos, los yaquis de Sonora, y antes que ellos, los ranqueles y mapuches de la Patagonia, y así, hasta llegar a los mexicas, los albigenses, los cartagineses, los troyanos. Muchos gobernantes europeos (desde los Reyes Católicos hasta Hitler) trataron de limpiar de judíos al Viejo Continente.

Tras su expulsión de España, los hebreos toledanos guardaron las llaves de sus casas y el recuerdo del Sefarad: Abarbanel, Farías o Pinedo, / arrojados de España por impía / persecución, conservan todavía / la llave de una casa de Toledo, evocaba Borges. La imagen tiene plena vigencia entre los palestinos expulsados de sus hogares situados en lo que es actualmente territorio de Israel o tierras ocupadas. Pero ellos hicieron algo más que conservar las llaves (o las fotos, o el recuerdo) de sus casas y pueblos: incurrieron en la grosería de resistir. Después de ver a sus familiares asesinados o torturados, sus campos, arrasados, sus escuelas, demolidas y sus iglesias, secuestradas, muchos palestinos perdieron los buenos modales prescritos por Occidente para estos casos y recurrieron al terrorismo, y en eso siguen. Ahora los proyectiles artesanales caen de nuevo sobre el sur y sobre el norte de Israel y matan, hieren o asustan a civiles que no tienen ninguna responsabilidad en el exterminio de los palestinos.

Tras la caída de un cohete palestino en la localidad israelí de Sderot

La labor de liquidación, por su parte, ha tenido pocos descansos y muchas regresiones. Las autoridades de Israel reactivan los bombardeos sobre Gaza y en los campamentos palestinos de Líbano huele de nuevo a masacre. Hay una exasperante continuidad en esta guerra ineficiente que lleva casi 60 años y que no ha logrado cumplir con su cometido. Tal vez sería tiempo de cambiar de idea y resolver el problema por otros medios: por ejemplo, renunciar a la desaparición de los palestinos como nación (es decir, como un trinomio de población, identidad y territorio) y ensayar otra cosa; por ejemplo, un Estado palestino con soberanía plena en la totalidad de Gaza y Cisjordania, con capital en la porción oriental de Jerusalén, que se llama Al Qods, y el retorno o la indemnización de los árabes desplazados y expulsados por la fundación de Israel. Pensándolo bien, sería una solución más novedosa y prometedora que los bombardeos, y de seguro costaría menos vidas y menos dinero que toda esta brutalidad sexagenaria.

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Patético

mayo 22, 2007

Un colaborador de El País que creía dominar el habla mexicana:

“Miren si no el caso del teniente Galo Pacheco, un oficial mejicano que se enroló en el ejército del mismísimo Emiliano Zapata allá por 1913, se fregó en batallas sangrientas, roleó corridos a la purita salud de su jefe mientras las balas le marcaban el compás, abrazado a una morra bien chingada y poniéndose de tequila hasta la madre.”


Una nostalgia tecnológica

mayo 20, 2007

  • 33 y 1/3 revoluciones por minuto
  • La tornamesa de Copilco

El fonógrafo (78 revoluciones por minuto) no me tocó, pero de niño escuché a Cri-Cri y a Javier Solís en unos aparatos que se llamaban tocadiscos (33 1/3 rpm) y que venían en distintas presentaciones: empotrados en muebles de madera con las bocinas integradas (como para los abuelitos), portátiles y contenidos en carcasas de plástico de colores chillones (como para los chavos), integrados, en los famosos “estéreos”, con un radio AM/FM y un reproductor de casettes, o bien aislados, sofisticados e imponentes, en cuyo caso se denominaban tornamesas. Estas eran sensuales y elegantes y su movimiento suave e hipnótico armonizaba con el ritmo de la música, independientemente de que interpretaran cumbias o sinfonías o jazz o rock o cantantes horrendos. Contaban con un brazo de presión regulable, sistema de amortiguación, ajuste de velocidad por medio de una luz ajuste de velocidad por medio de una luz estroboscópica y no sé cuántos más controles. Sus propietarios decían que la experiencia era prácticamente la misma que tener a Rostropovich en casa y hace un cuarto de siglo eran el máximo símbolo de distinción y status entre quienes no alcanzaban a comprarse un automóvil, e incluso entre quienes sí.

El golpe de nostalgia es porque hace unos días descubrí una caja de cartón repleta de discos analógicos, se me dio por recuperar algo de los sonidos que hay en ellos y pasarlos a digital, y recordé que el camión de la basura se llevó mi tornamesa hace más de una década. En los sitios de subastas y compraventas entre particulares asoman con frecuencia reliquias venerables: Pioneer, Marantz, Technics, Garrard, Thorens. Entiendo que es un mercado de añorantes o de museógrafos, y que los reproductores de discos de vinilo que aún se fabrican son juguetes especializados y caros para las manos de los disk jockeys o diyeis o pinchadiscos. Una página graciosa de bricolage electrónico afirma que, en caso de absoluta desesperación y síndrome de abstinencia, es posible fabricar un tocadiscos a partir de una unidad de diskettes de esas que ya tampoco se usan, pero que todavía abundan. Y otra receta extraña permite hacer una réplica pirata de un disco de vinilo.


La verborrea marxistoide desapareció de la lista de las cosas que eran bien vistas en sociedad más o menos en la misma época que las tornamesas. En los años setenta era imposible lograr la aceptación de ciertos sectores estudiantiles, académicos o intelectuales -ya no digamos de ligar– si no conseguías hilvanar un par de frases sobre la plusvalía o si no exhibías un tomo de Marta Harnecker convenientemente subrayado.

Sobre esa confluencia de modas escribí un relato no del todo falso que, como los viejos elepés, se quedó guardado muchos años. Ahora que lo exhumé resultó ser, literalmente, una crónica del siglo pasado, un cuadro de costumbres, una antigualla inédita. La última vez que tuve noticia del protagonista de la anécdota fue cuando lo nombraron coordinador de asesores de un subsecretario. O sea que ya no corre ningún peligro de reconocerse a sí mismo en la narración y no veo, por tanto, inconveniente en publicarla. Se llama La tornamesa de Copilco, y dice así:

Esta es la historia de un todavía joven profesor de epistemología que una noche de juerga acabó girando sobre sí mismo a la velocidad precisa, regulada por cuarzo, de 33 y media revoluciones por minuto, empalado en el postecillo central de un tornamesa Pioneer –aparatazo, hombre, qué bárbaro– que de esa forma llegó al fin de su existencia.

Sucedió hace unos semestres en un departamento cercano a la UNAM. Esa mañana el docente fue a la tienda de C.U. para abastecerse de unos vinos y patés, nacionales, recorrió los estantes de licores acompañado de su carrito, y a la salida el peso de éste había experimentado el crecimiento exponencial que es preciso rescatar –desde una perspectiva crítica, por supuesto– como una aportación de Malthus. Por la noche haría un reventón en su condominio de recién separado, comprado a crédito con milagros, palancas y un préstamo del ISSSTE, una verdadera ganga, pues fíjate que unos argentinos que se fueron, y a un pasito de la Facultad, tercer piso, edificio 12.

N’hombre, si las rentas están carísimas, y es que, a propósito, acabo de encarrilarme en una investigación sobre el latifundio urbano y he encontrado cada cosa; ¿el marco teórico? No, pues… Castels, algunas cosas de Lefevbre, por supuesto, y una mención muuuy muuuy somera del capítulo XLV de El Capital, el rollo ese de que “sea P el precio individual de producción del terreno B, siendo P mayor que P1”, en fin, sólo que tomando en cuenta que aquí no estamos hablando de tierras agrícolas, sino…

Los insumos contenidos en las dos gordas bolsas de plástico fueron consumidos esa noche por un ex compañero de militancia, dos colegas de la Facultad, la ex esposa de un cuate suyo que acaba de divorciarse y ante cuya separación nadie quiere tomar partido, dos alumnas que se caen de buenas –especialmente una de ellas, la que trajo a ese pegote– y una pareja de comunicólogos muy buena onda.

Pero gris es toda teoría frente al árbol verde de la vida, o algo así, que decía el maestro Revueltas, y por más citas de éste y de otros destacados luchadores sociales, no había manera de romper el vínculo que ataba a las más guapa de las alumnas con el gañán pendejo y atlético a quien además nadie invitó, pero que está ahí, fajándole a la beldad que sacó MB en Metodología, y sin guardar la menor consideración para con un pobre soltero con maestría en Teoría del Estado.

Las botellas adquiridas a costa de un salario amenazado por la plusvalía relativa que se deriva de la reducción del tiempo de trabajo necesario habían empezado a experimentar drásticamente la caída tendencial de la tasa de contenido, y si bien las Condiciones Objetivas parecían presentes (música suave, dos parejas cachorreando en un sofá, además del imprescindible borracho que ya vomitó el pasillo), las subjetivas estaban siendo echadas a perder por aquel mamón que trajo esa alumnita de mis esfuerzos.

A las dos de la mañana el profesor perdió, con ayuda de media botella de mezcal ríspido, su programa político y pasó al ultraizquierdismo y al aislamiento de las masas. “Estás haciendo el oso”, le advirtieron los comunicólogos, ya de salida, pero él no hizo caso y fue del apoyo crítico a la injuria y al manoseo directo contra aquella pendejuela reformista. Entonces la chava y su galán demostraron que no eran marxistas ni científicos, sino vulgares nacos, y con una escandalizante falta de método, le pusieron al alcoholizado profesor unos chingadazos que le hicieron perder el equilibrio. El especialista trastabilló y fue a caer sentado sobre su tornamesa finísimo. El aparato estaba tan bien construido que su motor, antes de fallecer bajo el peso del teórico, logró girar unos segundos más.

El científico social dio algunas vueltas sobre su propio eje y alcanzó a preguntarse si aquella sensación de que el mundo giraba a su alrededor era causada por el golpe, por el mareo de la borrachera o por el derrumbamiento total y definitivo del Modo de Producción de nuestro tiempo.


El regreso de la xiuhcóatl

mayo 17, 2007
Huitzilopochtli con la xiuhcóatl en la mano

  • Deidad de muchos nombres
  • Fusil que no fue fusil

El dios del fuego de los aztecas, dice Silvia Limón Olvera, es “una deidad polisémica, según se ve por la gran cantidad de nombres con los que se le designa en las fuentes documentales” y “sus diferentes apelativos indican que estuvo relacionado con diversos aspectos de la naturaleza y con determinados conceptos cosmológicos: sus múltiples denominaciones permiten localizarlo en los tres sectores del cosmos: el cielo o ilhícatl, la tierra o tlaltícpac y el inframundo o mictlan.” Cuántas advocaciones: el andrógino Ometeotl, que reúne los cuatro elementos; el viejo Huehuetéotl; Xiuhtecutli, Señor de la Turquesa, Chantico, la del fuego doméstico y, de algún modo, el mismo Huitzilopochtli, quien se sirve de ese elemento como arma de guerra y destrucción. Oigamos a León Portilla:

Y el llamado Tochancalqui
puso fuego a la serpiente hecha de teas llamada Xiuhcóatl,
que obedecía a Huitzilopochtli.
Luego con ella hirió a Coyolxauhqui,
le cortó la cabeza,
la cual vino a quedar abandonada
en la ladera de Coatépetl.

Esta “serpiente hecha de teas” aparece con mayúscula o minúscula en diversas fuentes y no me queda claro si era instrumento, deidad o bicho mitológico, o tal vez las tres cosas. Reproduzco una cédula del Museo del Templo Mayor: “Ser mitológico complejo y de origen confuso; se le relacionaba con el culto a Xiuhtecuhtli, dios del fuego y Señor del año; era objeto ritual en ceremonias sagradas como la del Fuego Nuevo, representada en forma de zahumador; por otro lado era el arma con la que Huitzilopochtli decapitó a Coyolxauhqui en el cerro de Coatepec. La cabeza de Xiuhcóatl que observa usted fue encontrada en el año de 1901, en la casa del Marqués del Apartado, en las calles de Argentina y Donceles. La monumentalidad de esta escultura y la fuerza de su expresión dan cuenta de la importancia que esta serpiente fantástica tenía para los mexicas. En la parte posterior lleva grabada la fecha 4 caña, nombre del fuego”. Angel María Garibay dice que las xiuhcóatl eran varias (en cuyo caso el nombre va con minúscula inicial), que habitaban la primera capa celeste y que de ellas salían las señales del cielo y los cometas. Sahagún las describe como flechas de plumas rojas (cuezalin), “venerable pluma roja” o “venerable llama”, y cuezalin era también el nombre de las plumas coloradas de la cola de los papagayos. Limón Olvera: “Dichas plumas estaban unidas al concepto de fecundidad y regeneración, facultades que se atribuían al dios del fuego. Por ello, las plumas rojas fueron usadas por las doncellas en brazos y piernas, tanto en ceremonias relacionadas con la fertilidad de los campos como en el rito del matrimonio.”

Las xiuhcóatl no se apersonaron en el Anáhuac cuando más falta hicieron –es decir, cuando habrían debido enfrentarse a los arcabuces de los conquistadores–, fueron olvidadas y junto con su dueño, el temible Huichilobos, descansaron durante mucho tiempo en las vitrinas de los museos y en los textos de los historiadores. Ahora están de regreso. Se les vio desfilar en gran número a un costado del Templo Mayor el pasado 16 de septiembre, en manos de guerreros de rostro pintado. Dice una nota de Allan Wall fechada el 12 de marzo: “El año pasado, el desfile militar del Día de la Independencia fue una oportunidad para exhibir el nuevo fusil de asalto FX-05, ‘xiuhcóatl’. En la ocasión, soldados del Grupo Aeromóvil de Fuerzas Especiales, GAFE, lo llevaban. Fue diseñado y manufacturado en México por la Dirección general de Industria Militar del Ejército. El arma irá siendo introducida de manera gradual en las unidades del Ejército, en reemplazo de la que se usa actualmente, el G-3, fabricado en el país bajo licencia de la empresa alemana Heckler and Koch.”

El G-3

El diseño del arma incluye miras telescópica, de rayo láser y mecánica, cañón con sistema de enfriamiento y culata ajustable, así como un selector para fuego automático o semiautomático. Usa la munición de 5.56 x 45 milímetros de la OTAN y tiene una cadencia de fuego de 700-750 disparos por minuto. Buena parte del rifle está hecha por polímero reforzado con fibra de carbono y viene en verde oscuro o color arena. El mecanismo interior está hecho con acero inoxidable de alta resistencia. El proyectil alcanza una velocidad de 920 metros por segundo y tiene un alcance efectivo de 800 metros.

Logo del arma

Poco después Heckler and Koch advirtió que el FX-05 xiuhcóatl podía ser una copia pirata del nuevo modelo de la empresa, el G36 y amenazó con llevar el caso a tribunales internacionales. El asunto provocó la remoción del general Alfredo Oropeza, hasta entonces titular de la Dirección General de Industria Militar del Ejército, y quien era considerado candidato a ocupar la Secretario de la Defensa Nacional en el gobierno de Felipe Calderón. Las autoridades castrenses detuvieron la producción del rifle (se habían fabricado ya unas 500 piezas) y, en febrero de este año, en la capital mexicana, representantes de la firma alemana se reunieron con funcionarios de la Sedena para analizar las similitudes y diferencias de las dos armas.
Tras una detallada inspección, la empresa reconoció que el fusil mexicano no era un fusil de su producto y se desistió de toda acción legal ulterior. Actualmente, la producción del xiuhcóatl se desarrolla normalmente en las fábricas mexicanas de armamento. Allan Wall concluyó su nota así: “En la medida en que el Ejército Mexicano desempeña un papel clave en la guerra del gobierno contra los cárteles de la droga, es probable que el FX-05 sea muy usado en el futuro”.

Hay que saludar la capacidad y la inventiva de los ingenieros militares mexicanos. Pero tal vez sería preferible honrar de otra manera a las cuezalin prehispánicas. A fin de cuentas las plumas rojas y ardientes no sólo le servían de arma al dios guerrero, sino que también eran usadas por las doncellas para decorarse los brazos y las piernas en ceremonias de nupcias y fertilidad. Acaso tendría más sentido una pulsera o un brazalete o un liguero xiuhcóatl que un rifle de asalto con ese nombre. Creo que sería buena idea dejar que Huitzilopochtli descansara, con todos sus bártulos, en la paz de los museos. No vaya a ser que un día de éstos, después de revivir las xiuhcóatl, empecemos a erigir de nuevo los Tzompantli y llenemos las plazas del país con esos ábacos espantosos que no van a darse abasto para contar a los muertos.

El Tzompantli


Una de dos

mayo 16, 2007

En su discurso inaugural de la V Conferencia Episcopal de América Latina y el Caribe (Celam), Benedicto XVI dijo que “el anuncio de Jesús y de su Evangelio no supuso, en ningún momento, una alienación de las culturas precolombinas, ni fue una imposición de una cultura extraña”; por el contrario, “las auténticas culturas no están cerradas en sí mismas ni petrificadas en un determinado punto de la historia, sino que están abiertas, más aún, buscan el encuentro con otras culturas, esperan alcanzar la universalidad en el encuentro y el diálogo con otras formas de vida y con los elementos que puedan llevar a una nueva síntesis en la que se respete siempre la diversidad de las expresiones y de su realización cultural concreta”. Más aún: la catequización de los antiguos habitantes de América les “ha significado conocer y acoger a Cristo, el Dios desconocido que sus antepasados, sin saberlo, buscaban en sus ricas tradiciones religiosas”. Lo que son las cosas: nadie antes de esto habría sospechado la influencia hermenéutica de Walt Disney en el pensamiento de Joseph Ratzinger.

Sería necio ignorar los aportes positivos de curas y laicos españoles a la conformación de las actuales naciones y culturas latinoamericanas, o empeñarse en las visiones idílicas y bobaliconas de las sociedades precolombinas como sitios de paz, amor y armonía con el Cosmos y Natura. No: cuando los europeos aparecieron en el Caribe y las costas orientales de México, Mesoamérica era en muchos sentidos un mundo violento, oscuro y espantoso, más horrible incluso que la España medieval.

Pero la evangelización no puede desligarse de la conquista sanguinaria e impositiva. Bartolomé de las Casas, Bernardino de Sahagún y otros defensores luminosos de la humanidad de los indios son la otra cara de la moneda en la sistemática destrucción de las culturas nativas. “Para hacer las iglesias comenzaron a echar mano de sus tecoallis para sacar de ellos piedra y madera, y de esta manera quedaron desollados y derribados; y los ídolos de piedra, de los cuales había infinitos, no sólo escaparon quebrados y hechos pedazos, pero vinieron a servir de cimiento para las iglesias” (Motolinía, III, 3, 64). Y es que lo que el Papa llama ahora “ricas tradiciones religiosas” era visto por la mayor parte de los evangelizadores como hechicería y cultos diabólicos que era necesario extirpar.

“Golpear a los naturales por parte de frailes no era cosa rara” (Mariano Monterrosa) y los golpes eran lo de menos: fray Martín de Valencia achicharró, por idólatras, a cuatro príncipes tlaxcaltecas; en 1530 Nuño de Guzmán acusó de lo mismo al cacique tarasco Caltzontzin y lo asesinó; en 1562 el animal de Diego de Landa realizó en Maní un auto de fe en el que quemó a más de 150 mayas y 43 códices; 13 años más tarde Juan de Zumárraga repitió en Texcoco la chamusquina: varios caciques que se resistían a aceptar el catolicismo murieron en la hoguera, la cual fue aderezada con una montaña de documentos mexicas; los agustinos esclavizaban a los naturales para obligarlos a construir sus conventos y el piadoso Pedro de Gante revelaba, en una carta a Felipe II, su método catequizador: “…se juntaron luego, pocos más o menos, mil muchachos, los cuales teníamos encerrados en nuestra casa de día y de noche, y no les permitíamos ninguna conversación”. Y cómo olvidar el célebre informe Contra Idolorum Cultores (1639), redactado por Pedro Sánchez de Aguilar, para reivindicar el derecho de los obispos a encarcelar y azotar indios reacios a adoptar la fe de sus conquistadores. Son sólo algunos ejemplos del “encuentro de culturas”.

La imposición de la nueva fe se realizaba en una forma tan bárbara que en dos ocasiones (1540 y 1570) se le ordenó desde Madrid a la Inquisición de Nueva España que se abstuviera de perseguir a los conquistados “por ser ellos muy nuevos en el cristianismo” y de concentrarse en perseguir herejías de procedencia occidental. De otra forma, el virreinato habría echado al fuego a la mayor parte de su mano de obra.

Ahora sale este pontífice con que todo era “respeto a la diversidad de las expresiones” y “enriquecimiento cultural”. Una de dos: o Joseph Ratzinger es ignorante o es mentiroso, y en cualquier caso su presencia en el trono de Pedro es una gran tragedia para la Iglesia Católica.

Te la pelas, Bush

mayo 14, 2007

“La destrucción completa de la raza humana parece una tarea casi imposible. Para hacer que la vida inteligente se extinga permanentemente en este planeta, sería necesario:

  1. Matar a todo ser humano; si sobreviviese un solo grupo de cincuenta personas de ambos sexos en algún lugar, la operación sería fútil. Nuestra civilización podría entonces volver a su estado anterior en sólo medio millón de años.
  2. Matar a todos los monos y simios del mundo. Las ramas de cualquiera de sus especies podrían con el tiempo (unos pocos millones de años) evolucionar hacia una potente civilización tecnológica.
  3. Matar a todas las ardillas, tupayas y todos los demás mamíferos trepadores. Se cree que nuestros ante pasados han sido animales de este tipo hace unos 70 millones de años.
    Destruir todos los árboles y toda la vida vegetal, y estancar de algún modo los océanos para privar a toda especie superviviente de oxígeno.
  4. Repetir la última operación cada millón de años. Una vez que la vida vegetal se hubiera restablecido a sí misma, le seguiría pronto una atmósfera de oxígeno que puede originar la vida. A la larga, por lo tanto, el mundo parece ser casi indestructible como habitat para la vida por un tiempo muy largo.”

    Adrian Berry
    Los próximos diez mil años
    Alianza Editorial, Madrid, 1977, p. 43.


Pedro Mir y Las Mariposas

mayo 13, 2007
El poeta
  • El más odioso crimen de Trujillo
  • Adiós, querido René Poitevin

No es aniversario de nacimiento o muerte, ni nada: simplemente es domingo y quise recordar a Pedro Mir, enormidad poética del Caribe que cubrió con su vida (1913-2000) la mayor parte del Siglo XX y cuya obra germinó de manera discreta pero irremediable en mentes, corazones y plumas del continente. Cuando lo conocí en los primeros años setenta, en México, me cagoteó por hablar de cosas de las que no tenía la menor idea y me impresionó la capacidad de aquel hombre menudo y antiquísimo para dormir la siesta con corbata y sin perder las rayas de un perfecto planchado en el pantalón. “Es que en Dominicana nadie sale a la calle con una arruga en la ropa”, me ilustró hace poco Héctor Díaz-Polanco cuando le platiqué la anécdota.

Las Antillas son una mezcla de matriz y de licuadora en la que se fusionan los destinos. Mir nació en san Pedro de Macorís, región cañera: Un hijo del Caribe, / precisamente antillano. / Producto primitivo de una ingenua / criatura borinqueña / y un obrero cubano. En 1941 se doctoró en Derecho en la Universidad de Santo Domingo, trabajó como contador e hizo activismo contra la dictadura casi eterna (1930-1961) de Rafael Leónidas Trujillo, por lo que tuvo que abandonar el país. Como en muchos otros casos, el exilio resultó benéfico para su producción literaria. En La Habana publicó su primer poemario, Hay un país en el mundo (1949) y luego anduvo por México y por la Guatemala de Jacobo Árbenz, en donde dio a la imprenta el Contracanto a Walt Whitman (1952). Volvió a la Dominicana en 1963, tuvo que salir de nuevo dos años después y regresó ya de manera definitiva en 1968. Fue profesor de Derecho, de Contabilidad, de Historia y de Estética. En 1969 publicó la que, a juicio de este navegante –quien en materia de literatura se declara simple grumete– es su poema más elevado: Amén de mariposas.

El texto es un vértigo interior en torno al asesinato de las célebres hermanas Patria, Minerva y María Teresa Mirabal, tres jóvenes y hermosas mujeres de la burguesía dominicana conocidas como Las Mariposas. Trujillo se empeñó en hacer su amante a Minerva, y el rechazo de ésta generó una feroz persecución contra toda la familia. En vez de amilanarse, las Mirabal iniciaron una tenaz labor de oposición al tirano, quien las encarceló y torturó, junto con sus maridos, pero a los pocos meses el clamor internacional obligó a la dictadura a liberarlas, no así a sus esposos. El 25 de noviembre de 1960 viajaron de Salcedo a Puerto Plata para visitarlos en la cárcel. De regreso, ya de noche, el jeep en que viajaban fue interceptado en la carretera por esbirros del dictador, quienes las asesinaron a garrotazos, junto con el chofer del vehículo, Rufino de la Cruz, y arrojaron sus cuerpos en un barranco.

Cuando supe que habían caído las tres hermanas Mirabal
me dije:
la sociedad establecida ha muerto.

(Lapislázuli a cuento de todo emblema ruidoso
mentís en A referido a un imperio en agonía
y cuanto ha sido conocido desde entonces
me dije
y cuanto ha sido comprendido desde entonces
me dije
es que la sociedad establecida ha muerto)

Comprendí
que muchas unidades navales alrededor del mundo
inician su naufragio
en medio de la espuma
pensadora
y que grandes ejércitos reconocidos en el planeta
comienzan a derramarse
en el regazo de la duda
pesarosa

Es que
hay columnas de mármol impetuoso no rendidas al tiempo
y pirámides absolutas erigidas sobre las civilizaciones
que no pueden resistir la muerte de ciertas mariposas.

Así fue. El crimen generó una ola de furia nacional que culminó, en mayo de 1961, con el ajusticiamiento de Trujillo por un comando popular. Años más tarde, en memoria de las hermanas Mirabal, la ONU declaró el 25 de noviembre Día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra la Mujer. En 1995 Julia Alvarez publicó la novela histórica El tiempo de las Mariposas, y en la película homónima (MGM, 2001) Salma Hayek interpretó a Minerva y, con su actuación horrible, asesinó a garrotazos la paciencia de los espectadores.

Las Mariposas

Pedro Mir es el poeta nacional de su país y una voz fundamental en la poesía continental, pero en el resto de América Latina sigue siendo mal conocido. En 1971 Siglo XXI publicó en México, con prólogo de Jaime Labastida, un recuento de su poesía: Viaje a la muchedumbre, pero el pequeño volumen no ha vuelto a reeditarse. Por fortuna, hay varios sitios en la red en los que puede leerse –y hasta escucharse, en voz del autor– algunas de sus cosas. La poesía de contenido social (que es la principal en la obra del dominicano) está muy desprestigiada, y con motivos. Pero tal vez el desconocimiento no sea ajeno al juicio agudo del propio poeta sobre una forma particularmente vergonzosa de discriminación entre latinoamericanos:

“Ser antillano no es igual que ser parisiense. Hay matices, un argentino tiene un lugar que nunca puede aspirar a ocupar un dominicano […] Las pequeñas Islas del Caribe son islas de esclavos que han sido siempre de más baja categoría de los nutrientes de los grandes imperios, no pueden de ninguna manera entrar en el mercado de la gran literatura, ni del gran arte […] Yo no estoy llorando por la herida, porque […] he sido afortunado, he escrito un par de poemas que no mueren, que resisten a morir.”

Y sí. Su entrada al mundo de la poesía comenzó de esta forma:

Hay
un país en el mundo
colocado
en el mismo trayecto del sol.
Oriundo de la noche,
colocado
en un inverosímil archipiélago
de azúcar y de alcohol.
Sencillamente liviano,
como un ala de murciélago
apoyado en la brisa.
Sencillamente claro,
como el rastro del beso en las solteras
antiguas o el día en los tejados.
Sencillamente frutal. Fluvial. Y material.
Y sin embargo,
sencillamente tórrido y pateado
como una adolescente en las caderas.
Sencillamente triste y oprimido.
Sencillamente agreste y despoblado.


Nota muy triste: René Poitevin se nos murió el miércoles 9 en su natal Guatemala. Científico social, académico, articulista, promotor de programas de desarrollo y hombre bondadoso y recto, René va a hacernos muchísima falta.

René Poitevin