Roma Deplorabilis

  • El apogeo de la Pornocracia
  • El horror de Juan XIII y la luz de Silvestre II

La Iglesia Católica hace cosas muy curiosas. Por ejemplo: se asume en femenino como Santa Madre y tiene por patrona máxima a María, pero ha marginado, discriminado y humillado a las mujeres a lo largo de dos milenios. A fines del primero, éstas se hicieron con el poder en Roma y, dada la misoginia estructural de la institución, no tuvieron más remedio que ejercerlo por vías torcidas. Fue en el siglo X de nuestra era, en un periodo que se conoce como la Pornocracia, o gobierno de prostitutas, aunque las detentadoras del mando real no eran trabajadoras sexuales sino madres, hijas o amantes (o dos de las tres cosas combinadas) de quienes ostentaban el poder formal. Se había perdido en la Ciudad Eterna todo sentido de mesura y contención, y los mandamientos quinto y sexto eran regularmente quebrantados por los integrantes de la élite y las crónicas de la época son un enredijo sobre quién cogía con quién y cuál envenenaba a cuál.

Teodora de Toscana incita a su marido, el senador Teofilacto, para que deponga y asesine al antipapa Cristóbal y al antecesor de éste, León V, a fin de que Sergio de Túsculo, amante de la propia Teodora, pueda acceder al Papado con el nombre de Sergio III. El nuevo pontífice toma por concubina a Marozia, hija de Teodora y (dicen las malas lenguas) del que posteriormente llegaría al Papado con el nombre de Juan X. Marozia y Sergio III engendran al futuro Juan XI, tras de lo cual la amante del pontífice se casa con Alberico I de Spoleto, con quien procrea a Alberico II. A la muerte de Sergio ascienden al trono papal los también amantes de Teodora Anastasio III (abril de 911 – junio de 913) y Landon (agosto de 913 – febrero de 914).

El último de esa dinastía sexual, Juan X, asesina al primer Alberico. Marozia se agencia al marqués Guido de Toscana como segundo consorte y da su apoyo al hermanastro de éste, Hugo de Arlés, quien aspira al trono de Italia. Guido es azuzado por su nueva esposa y marcha sobre Roma, a la cabeza de un ejército y aprehende al Papa, quien muere en prisión. Su sucesor, León VI, es asesinado por órdenes de Marozia, y el sucesor del sucesor, Esteban VII, muere a manos de no se sabe quién. En 929 fallece Guido, Marozia cásase con Hugo de Arlés, quien está casado con otra, y para anular esa unión incómoda, la nueva pareja coloca en el solio pontificio a Juan XI (hijo, recuérdese, de Marozia y Sergio III), quien deja sin efecto el antiguo matrimonio de su nuevo padrastro. Las terceras nupcias de la mujer provocan, sin embargo, la molestia de su otro hijo, Alberico II, el cual expulsa de Roma a Hugo de Arlés y enjaula a su madre y a su hermanastro Papa, el cual, como su antecesor, fallece en la cárcel, en tanto que Marozia permanece en ella hasta 954, año de la muerte de Alberico II. Juan XI es remplazado por León VII, hermanastro de Alberico, y media entre éste y Hugo de Arlés; como resultado de la gestión, acuerda el matrimonio entre su hermanastro y la hija del padrastro de éste, Alda. En los años siguientes, Alberico II coloca al frente de la Iglesia a Esteban VIII, quien, en un pleito, pierde la nariz y las orejas; a Marino II; a Agapito II, quien dura en el cargo nueve años (una proeza) y a Octaviano, su hijo y rival, quien asume como Juan XII.

Este pontífice llegó al cargo en plena adolescencia y se cocía aparte: era más que crápula y cuando empezó su Papado “monasterios enteros dedicaron días y noches a orar por su pronto fallecimiento”. Era partidario de tener sexo con cuanto ser viviente se cruzara en su camino, y una vez el emperador Otón lo reprendió: “Santidad, los clérigos y los seglares os acusan de homicidio, perjurio, sacrilegio, incesto con vuestros familiares, y de invocar a Júpiter, Venus y otros demonios, como si fuerais un pagano.” Se ventiló el asunto en un sínodo que halló culpable al Papa de haber “inventado pecados desconocidos desde la creación del mundo”, de incestar con mami, de tener un harem en el palacio de Letrán, de jugarse las ofrendas de los peregrinos, de decir misa sin haber comulgado, de copular con una interminable lista de señoras, incluidas su madre, dos de sus hermanas, una sobrina y la antigua amante de su padre, así como de haber arrancado los ojos a su director espiritual y castrado a un cardenal, provocándole la muerte. Parece ser que fue el primer Papa que ejerció abiertamente su bisexualidad: le gustaban los adolescentes musculosos, cosa que no tendría nada de malo si no les hubiera entregado, como premios por sus proezas sexuales, cálices de oro y hasta obispados. El 14 de mayo de 964, Día de Matías Apóstol, fue descubierto en plena cópula por un marido engañado y murió de un martillazo en mitad de la nuca.

Otón I y Juan XII

Lo remplazó León VIII. Oficialmente, la Pornocracia había terminado con la caída de Juan XI y el encarcelamiento de Marozia (936).Pero en las décadas siguientes ocurrieron estos hechos: León VIII (963-965) murió de una apoplejía durante un acto sexual; Benedicto V (964) violó a una muchacha, huyó de Roma, llevándose consigo el tesoro papal, y falleció desterrado en Hamburgo; Juan XIII (965-972) fue asesinado por un marido cornudo; Benedicto VI (973-974) fue encarcelado y ahorcado por órdenes de Bonifacio VII, antipapa (974 y 984-985), quien a su vez fue asesinado en 985 y su cadáver fue mutilado y arrastrado por las calles; Benedicto VII (974-983) recibió más de cien puñaladas de la mano de un esposo engañado; Juan XIV (983) falleció de hambre en una prisión; Juan XV (985-996), hijo de un sacerdote llamado León, fue acusado por el pueblo de corrupto y nepótico; Gregorio V (996-999), primer pontífice alemán, era primo de Otón III y murió asesinado por los partidarios de Crescencio II; Benedicto IX (1032-1044, 1045 y 1047-1048) fue Papa tres veces, la primera cuando tenía 12 años, y en una ocasión intentó renunciar al cargo para “vivir en completa desgracia y pecado con otro hombre”; a la postre consiguió transferirle la investidura pontificia a Gregorio VI a cambio mil 500 libras de oro, pero luego intentó despojar a su comprador de aquello que previamente le había vendido.

Al parecer, en todo ese periodo el único Papa dotado de equilibrio mental y ético fue el occitano Gerbert d’Aurillac, Silvestre II (999-1003), quien había vivido en Córdoba, donde se relacionó con sabios árabes. Gramático, astronómo y matemático, y llamado por sus contemporáneos “luz de la Iglesia y esperanza del Siglo”, introdujo el sistema decimal y el uso del cero y el astrolabio, y se le atribuyen inventos como un reloj de engranes, un ábaco para cálculos complejos y un monocorde musical. Leyó sin prejuicios El Corán y la Cábala, se interesó por textos sufís, alquímicos y astrológicos y fue, quiere la leyenda, precursor de la robótica: construyó unas cabezas parlantes de oro puro que “respondían a las consultas que se les hacían”. Por añadidura, D’Aurillac fue un político hábil y ecuménico que supo granjearse la amistad de muchos gobernantes europeos. Enfrentó con éxito una circunstancia excepcional: el cambio de milenio, que provocó toda suerte de especulaciones y terrores sobre el Fin del Mundo.

Silvestre II

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