Las y los Papas

Juana: figura vilipendiada

  • Venus en el Trono de Pedro
  • Origen mítico de la Silla Gestatoria

Podría empezar así: Eloísa nació en Maguncia en 822, hija de un fraile inglés. Para estar junto a su amado, que era monje, se disfrazó de hombre, se hizo llamar Johannes Anglicus e ingresó al monasterio. Allí empezó una carrera que la llevaría a Atenas y a Constantinopla, donde destacó por sus conocimientos; llegó a Roma en 848, enseñó el Trivium y el Quadrivium y causó buena impresión entre los romanos. Fue nombrada secretario para Asuntos Internacionales por León IV y a la muerte de éste, en 855 (a los 33 años, oh), fue elegida Papa por unanimidad y ascendió al Trono de Pedro con el nombre de Juan VIII.

O bien, así: en la Polonia del siglo X, azotada por las invasiones y la peste, la penuria era tan grave que sólo los curas y los niños conseguían algunas limosnas. En esa circunstancia, Juana, mujer pobre de algo más de 20 años y marcadas inclinaciones religiosas, no tenía más posibilidad de sobrevivencia que el ejercicio de la prostitución. En vez de eso, tomó el hábito religioso de un sacerdote muerto por la peste y con ese disfraz se dedicó a mendigar. Pronto cayó en la cuenta que su buena oratoria sacra le dejaba buenos beneficios y empezó a predicar con éxito en las plazas. Adquirió fama y en poco tiempo se organizaron peregrinaciones de pueblos vecinos que acudían a escuchar al falso religioso, quien logró construir su propia iglesia y posteriormente fue nombrado obispo. No pasaron muchos años antes de que fuera llevado a Roma y elegido Papa como Benedicto III.

La historia sigue de esta forma: durante dos años, siete meses y cuatro días, ejerció el pontificado con gran sabiduría, confirió órdenes a prelados, sacerdotes y diáconos; consagró altares, administró sacramentos, compuso prefacios para misas, puso con sus propias manos la corona imperial sobre la cabeza de Luis II de Occidente y dirigió hábilmente la política de la Iglesia. Pero la pontífice se enamoró perdidamente de un individuo que pudo ser camarero, capellán, cardenal romano o el mismísimo Lamberto de Sajonia; fue correspondida en secreto y resultó embarazada. Al principio pudo ocultar su estado, pero con el correr de los meses hubo de evitar las apariciones públicas. Tras varias semanas de ausencia de las ceremonias oficiales, el pueblo romano empezó a murmurar. Juana sabía que el nacimiento de su criatura estaba próximo, pero se vio obligada a asistir a la procesión de Corpus Christi, ocultando el enorme vientre bajo los hábitos papales. Seis cardenales cargaban el anda de Juana, la cual sobresalía de la muchedumbre como un navío blanco; al llegar cerca de la basílica de San Clemente los dolores de parto fueron tan grandes que la pontífice cayó entre gritos y al cabo de unos momentos apareció, de entre las vestiduras pontificias ensangrentadas, un recién nacido.

El oso de Corpus Christi

Ahora escojan uno de estos finales: A) La gente de Roma le ató los pies a la cola de un caballo que la arrastró a lo largo de media legua mientras la muchedumbre la apedreaba. Fue inhumada en el sitio de su muerte y en su lápida se escribió: Petre, Pater Patrum, Papisse Prodito Partum (Pedro, padre de padres, propició el parto de la Papisa). B) Murió al dar a luz, su bebé fue ahogado por los sacerdotes y ambos fueron enterrados en el sitio del alumbramiento. Sobre la tumba fue puesta una capilla con una estatua de la Papisa en hábitos sacerdotales y con un niño en brazos. Las ruinas de la edificación todavía podían verse en el siglo XV. Hacia 1600, en la galería de bustos papales de la Catedral de Siena, fue colocada una representación en mármol rubricada por esta leyenda: Johannes VIII, femina et anglia (Juan VIII, mujer e inglesa). C) Ella y su hijo fueron encerrados hasta el fin de sus días en un convento o castillo papal, o bien ella murió sola y su pequeño llegó a ser obispo de Ostia. D) Volvió a la pobreza absoluta de la que había salido y murió en la mendicidad.

Supuesto final trágico

Trato de sintetizar las múltiples ramificaciones y posibilidades de una historia que se sustenta en el Chronicon Pontificum et Imperatum de Martín de Opava, llamado El Polaco, en la Chronica Universalis Mettensis de Jean de Mailly, y en más de 500 documentos que hacen referencias a Juana, entre ellos textos de Platina, Petrarca y Bocaccio. Pero es probable que el relato sea falso de cabo a rabo. El verdadero Juan VIII (872-882) dejó tras de sí una documentación abundante y poco cuestionable. León IV fue sucedido en el cargo por Benedicto III (de septiembre de 855 a abril de 858), quien hubo de convivir en Roma con Anastasio III, antipapa. Tal vez el alto clero inventó al tercer Benito (el Papa 104) para encubrir la presencia de una mujer en el solio de Pedro y enterró a una ternera muerta o el cadáver de un mendigo anónimo bajo su lápida en la Basílica de San Pedro; sin embargo, la existencia de Benedicto III está confirmada por monedas y documentos de la época, y en ninguna parte se menciona que hubiera sido mujer. De Mailly, por su parte, sitúa a la Papisa en las postrimerías del siglo XII, después de Víctor III, pero en esas fechas Juana tampoco cabe en el calendario.

Se ha sugerido que la leyenda procede del apodo del Juan VIII histórico (872 a 882), a quien sus opositores le decían Papisa porque lo consideraban débil –el machismo no se inventó el mes pasado– ante la Iglesia de Constantinopla. La explicación más aceptada es que Juana representa, en la imaginación popular, el dominio de facto que las mujeres (Marozia, las dos Teodoras) ejercieron en Roma durante la Pornocracia. Pero esas cortesanas, como las de apellidos Medici y Borgia que les sucedieron siglos más tarde, fueron figuras perversas y oscuras, fanáticas de la conjura y el veneno. Juana, en cambio, está libre de pecados, salvo dos (ser mujer y ocultarlo), y su único error es haber transgredido el dogma sin sustento de la masculinidad obligatoria para el alto clero. Fuera de esas verdaderas pecatas minutas, Juana fue, según el relato, una Papisa eficaz y bondadosa. Es dable suponer que por medio de esta leyenda el imaginario colectivo de la Edad Media europea lanzaba una pulla hiriente a los misóginos falócratas del Vaticano.

Quiere la conseja que la Silla Gestatoria (mueble en el que los pontífices eran, hasta tiempos recientes, llevados en hombros) tenía un hueco en el asiento y que fue instaurada tras el episodio de Corpus Christi. Cuando un nuevo Papa resultaba electo, era sentado en ella y los integrantes del cónclave pasaban, uno por uno, metían la mano por debajo para certificar al tacto los cojones de Su Santidad y, tras el examen, cada verificador debía anunciar en voz alta: testiculum habet et bene pendebant, lo que en bajo latín pasó a decirse duos habet et bene pendentes, es decir, “tiene dos, y bien colgados”. El Trono de Pedro debe seguir macerándose en testosterona por los siglos de los siglos, amén. Fuera real o imaginario el hoyo del asiento, el fugaz Juan Pablo I (agosto-septiembre de 1978), quien tal vez soportaba mal las cosquillas, abolió el uso de la Silla Gestatoria, y sus sucesores se han cuidado de restablecerlo. Querida Juana:

Por más que tu polémica existencia
a los historiadores no les cuadre,
fuiste predicador y Santo Padre
y el clero te siguió con obediencia.

Como se te olvidó pedir licencia
unas semanas antes de ser madre,
en plena procesión se armó el desmadre
cuando, al parir, se reveló tu esencia.

Existas o no existas, dulce Juana,
amante, madre, gobernante, cura,
rosa de travestida eucaristía,

anuncias una Iglesia más humana,
más dispuesta al amor, y en tu figura
se reconcilian Venus y María.

2 respuestas a Las y los Papas

  1. Anonymous dice:

    Muy intereante y noticioso. Ver aqui una divertida cronica sobre la silla gestatoria del gran escritor peruano Gregorio Martinez:
    http://www.peru21.com/Comunidad/Columnistas/Html/2005-05-15/gMartinez0306866.html

  2. Pedro Miguel dice:

    Se agradece el dato, pero el link está incompleto😦

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