La fe del adversario (VI)

Doliente, acaso no,
presente en todo caso,
duelo de piedra y piedra de molino,
un espejo es el mármol, un trabajo
que refiere, que evoca y que devora.
Olas ya no hay para lamer la costa:
el agua que erosiona y que perfora
la piedra, ya no está: se ha mal secado,
se ha disipado, amancebado toda
con el aire, la tierra, la ceniza
que recuerda los huesos.

Y ya lo ven: pesadumbre les traigo;
sombreros de pesares, de alas negras,
aleteantes negruras desde un pozo
muy hondo.

Ojos fugaces, como gente que escapa de un incendio,
dientes vedados, como los diamantes,
piernas secretas, cual pilares
de templo consagrado al rito druida.

Viajo privado de palabras,
somnoliento,
sintiéndome un gigante lleno de aire,
creyendo que estoy solo.
Regreso,
vuelvo al futuro y al pasado, confundo
los tiempos de los verbos. El Tiempo
es el más confuso aeropuerto.
Me rindo.

Me duermo.

Un ventanal anónimo es el tiempo.
El tiempo es una tarde de cárcel o de escuela
con nubarrones grises a la espalda,
con calambres de vientre
y ganas de encerrarse
en mujer, en avión, en tumba, en cueva.

El tiempo nos espera.

* * *

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