Aduanas para nada

 

Antigua Aduana, Centro Histórico, Ciudad de México. Foto: José Luis Parella

  • Dos mil armas de fuego al día
  • Las 30 toneladas de Los Arriola

Dice la nota en La Jornada: “México y Estados Unidos firmaron ayer un plan estratégico aduanero para combatir el terrorismo, el contrabando de armas de fuego, narcóticos, el fraude aduanero y otros delitos. El secretario de Hacienda, Agustín Carstens, afirmó durante el acto que los dos países se comprometieron a luchar contra los ilícitos que dañan la economía y ponen en peligro la seguridad.” Antonio Garza, embajador de Estados Unidos en México, dijo que el acuerdo ayudaría a prevenir el terrorismo. Lo de menos es que los comunicados de prensa emitidos por ambas partes parezcan referirse a dos convenios distintos. Dejemos de lado la paranoia estadunidense que alucina hordas de talibanes y mujaidines al sur del Río Bravo, pese a que, en toda la historia, el único ataque a Estados Unidos procedente del lado mexicano ha sido el de Pancho Villa sobre Columbus, en 1916. El punto es que en vez de medidas de fortalecimiento y cooperación, tal vez habría que pensar en órdenes de clausura definitiva para las aduanas de ambos países.

Miren: en febrero de este año empresarios y sindicalistas de la industria textil denunciaron que en el último sexenio cerraron en México más de 500 empresas y se perdieron 300 mil puestos laborales por el ingreso de productos de contrabando. Un documento de 2005 elaborado por el Centro de Estudios Sociales y de Opinión Pública de la Cámara de Diputados y firmado por Sara María Ochoa León dice que entre 2001 y 2005 las empresas quebradas fueron dos mil, y las plazas perdidas, 400 mil.

Mientras ese sector económico se iba por el caño, el gobierno anunciaba acciones de nombres rimbombantes: Programa Nacional de Combate a la Corrupción y fomento a la Transparencia y el Desarrollo Administrativo, en 2000; establecimiento de la Comisión Intersecretarial de Transparencia y Combate a la Corrupción, ese mismo año; Convenio de Concertación de Acciones para la Transparencia en el Sector Aduanero, en 2003; Programa Anticorrupción en las Aduanas del País, en 2004; Programa Operativo para la Transparencia y el Combate a la Corrupción, en 2005… Todo, se decía, para frenar el contrabando.

Las fábulas de Aduanalandia

Pero la mitad del mercado minorista de ropa (que oscila entre 15 y 17 mil millones de dólares) sigue copado por mercancía de procedencia ilegal: fayuca, robo y piratería. Digamos que la mitad de la mitad, unos cuatro mil millones de dólares, sea ropa que ingresa ilegalmente al país. Con cuatro mil millones de dólares se puede comprar una montaña de tela y muchas albercas de botones que requieren para su traslado de muchos camiones y contenedores, y para su internación al país, de un ejército de empleados públicos corruptos, dispuestos a hacerse de la vista gorda.

O tomen el caso del azúcar y de las frutas, de las que se introducen anualmente a México 300 mil toneladas al año. Para transportar eso no basta con las bolsas del mandado: se requiere de 85 mil 714 viajes de camiones de 3 y media toneladas; un volumen que, en todo caso, pasa como si nada por las garitas y por los puertos del país.

Ahora piensen en el tráfico de armas de Estados Unidos a México. Por supuesto, el gobierno del país vecino no tiene un interés apreciable en controlar ese flujo de armamento porque a fin de cuentas forma parte de sus exportaciones. Aquí tendría que ser distinto, pero no lo es: según un informe de la Comisión de Defensa Nacional de la Cámara de Diputados, diariamente pasan por las frronteras mexicanas unas dos mil armas de fuego, lo que hace 730 mil al año, cuatro millones 380 mil durante el sexenio foxista, medio millón de rifles y pistolas en lo que va de la administración calderonista.

Un reportaje de El Universal indica que en el gobierno anterior fueron decomisadas ocho mil 88 armas, menos de dos de cada mil de las que llegaron a territorio nacional. En su reporte más reciente de embargos de mercancía (del 9 al 15 de julio de 2007), la Administración General de Aduanas registra que en nueve de éstas fueron decomisadas casi ocho millones de prendas de vestir, dos tractocamiones, un remolque, cuatro automóviles, cien mil juguetes, relojes, llantas, estéreos, “una placa de aluminio en forma de rampa” y un número indeterminado de dispositivos Bluetooth: casi tres millones de pesotes. Y para que vean la transparencia, en la aduana de Sonoyta, por ejemplo, el total de lo embargado (siete millones 987 mil 506 prendas de vestir, 96 mil 480 juguetes y un vehículo) fue valorado, en conjunto, en 965 mil 212 pesos: a menos de 12 centavos cada objeto, incluido el coche. Al parecer, esa semana, cuando habrían debido ingresar al país 14 mil armas de fuego, los traficantes tomaron vacaciones, porque no se reporta la confiscación de un solo cartucho, así fuera de salva, o bien decidieron prescindir de los amables servicios de los vistas aduanales y tiraron su mercancía en paracaídas directamente sobre las residencias de sus clientes.

Más relatos heroicos

Para qué hablar de la droga. Nadie tiene una idea precisa de cuánta ingresa a territorio mexicano y de allí a Estados Unidos, pero ha de ser mucha: en febrero de 2006 el régimen foxista daba brinquitos de felicidad porque logró capturar a un capo relativamente menor, Oscar Arriola Márquez, del cártel de Los Arriola, “quien mensualmente introducía a Estados Unidos 2.5 toneladas de cocaína”. Pero antes de mandarla al país vecino tenía que meterla a México, porque aquí no se produce: la llamada “cocaína mexicana” es una droga sintética a base de metanfetaminas. Dicen que Amado Carrillo, El Señor de los Cielos, andaba tratando de montar un laboratorio en el país para no tener que comprar la droga a los colombianos, y que para eso había reclutado a muy buenos científicos, pero en esas lo sorprendió una dosis excesiva de Dormicum. Pero volvamos al punto: una tonelada es igual a mil kilos, es decir, unas 33 maletas cargadas al peso máximo que permiten las aerolíneas. Arriola Márquez, que no era de los empresarios más notables en su giro, introducía a México cada año el volumen equivalente a mil valijas de las grandes.¿Y por dónde entraba toda esa cocaína?

Otra pregunta inquietante es: ¿Por dónde salía? Quiero decir: el abasto de drogas al mercado estadunidense no se ha reducido en forma sustancial y eso quiere decir que los aduaneros gringos están tan metidos en cosas raras como sus colegas mexicanos, porque los cientos o los miles de toneladas de esupefacientes ilícitos que ingresan al país vecino no llegan como las nubes, ni por telepatía, ni por conexiones de banda ancha. Así que ya podrán anunciarnos, unos y otros, en el afán de tomarnos el pelo, tantos convenios bilaterales como bultos de cocaína transitan por sus manos.

Tengo para mí que la seguridad, la salud y la economía de los dos países no estarían mucho peor de lo que están si en cada aduana se instalaran clubes de ajedrez, templos mormones, salones de baile o gimnasios con aparatos de spinning. Lo que es seguro es que habría –en ambos– menos corrupción.

Aduana de Tampico. Foto de Juan Lara López

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