El lugar común sigue siendo Gutenberg

Alguien —no sé quién— leyó esto en mi nombre, en abril
pasado, en una presentación de la revista
Blancomóvil,
la criatura imposible, la prueba del movimiento perpetuo,
el barco de Fitzcarraldo de Eduardo Mosches. Yo andaba
de aeropuerto en aeropuerto y envié por email mi
participación. Tal vez tenga algún sentido ponerlo aquí,
cinco meses después, y sin mayores datos. O no.


Algo habrá de decirles el hecho de que yo esté escribiendo esto en una sala del aeropuerto, que el próximo párrafo tal vez sea compuesto ya a bordo del avión y que el conjunto de estas letras encuentre su camino hasta los oídos de ustedes por medio de enlaces de servidores. Bien: todo esto es anticuado. La computación móvil huele a naftalina y el correo electrónico podría equivocar el destinatario y llegarle no a Eduardo Mosches sino a Pancho Villa. Lo de hoy es la banda ancha, el video en tiempo real, la tele conferencia inalámbrica, la reducción de cada ser humano, o de cada ser de este planeta, a mónada digital. Monada digital, para las presentes.

Buenas noches, y gracias por leer en voz alta y por escuchar estos apuntes. Lamento estar presente sólo a medias en la presentación de este número de la ya infaltable Blancomóvil dedicado a explorar los cruces entre literatura y tecnologías de la información. “Literatura virtual”, dice el volante que nos convoca aquí, como si pudiera haber una literatura no virtual o una virtualidad no literaria: la literatura requiere de mecanismos de emulación de realidades que vienen, la mayor parte de las veces, ínter construidos incluso en los modelos más básicos de cerebros humanos. Por su parte, la virtualidad necesita de programadores dotados de una mínima capacidad narrativa. La construcción de personajes es, en lo fundamental, una tarea análoga a la codificación de algoritmos de operación autónoma y requiere, para ser fructífera, la inversión de una buena dosis de inteligencia artificial, aunque el autor o la autora no conozcan por ese nombre a la aptitud correspondiente. Al igual que la informática, las artes gráficas no habrían podido prosperar en ausencia de literatura.

Tal vez el dato sustancial esté en otro lado: salvo en algunas tribus profundas de hackers y chavos injertados en celulares, el idioma conserva, o no, su dignidad en medio de los frenéticos y aburridos parpadeos electrónicos que lo simbolizan. Detrás de esta letra A hay un código numérico, de la misma manera que las capitulares de la Biblia de Gutenberg se fundamentan en un manchón de tinta, y en los textos sobre la modernidad escritos en los años setenta del siglo pasado la gente sigue maravillándose de que un autor pueda comunicarse, por ese medio, con tantos y tan distantes y tan tardíos lectores.

La nueva cuna tecnológica introduce algunos acentos colectivos e interactivos, otorga a los párrafos y a los versos cierta inmediatez de vértigo, reduce la distancia entre la mente del autor y el texto final. El palimpsesto de la pantalla permite entradas y salidas en falso, ensayos ante el espejo, soliloquios que no necesitan ser discretamente incinerados porque basta con un teclazo asesino para mandarlos a la inexistencia. La convergencia –quienes no hayan escuchado esa palabra, y no me refiero al partido político, váyanse acostumbrando— restituye la ilustración, ya no en litografía y punta seca sino en jpg, gif animado y flash, agrega animación, video y foros.

Ya me veo filmándome o grabándome mientras leo estas líneas en voz alta para empeñarme a fondo en el uso de la banda ancha y el triple play. Pero no: el lugar común sigue siendo Gutenberg y el texto leído, escrito, declamado, aunque cambie de lecho, preserva intacta su dignidad. Tal vez el mayor mérito literario de las nuevas tecnologías no resida en las novelas en blog escritas a ene manos, ni la trepidante interacción y la multimedia, ni los usos y costumbres de la programación compleja que permite eliminar las redundancias y afinar los adjetivos, sino el poner en nuestras manos la más enorme biblioteca que en el mundo ha sido. Me atrevo a suponer que el tejido mundial de computadoras le hace bien a la literatura más por la vía de los lectores que por medio de los autores.

No sé qué piensen ustedes, Eduardo, Geney, Bernardo, Francesca, o ustedes que están allá enfrente, pero tengo la impresión de que lo que Natura Non Da, Windows Vista Non lo otorga: a los escribidores la computadora nos hace más comodinos y fofos, pero no mejores. Nos permite un acceso potencial a más lectores en más latitudes, pero no nos pone una musa en las rodillas; vaya, ni siquiera nos da la limosna ínfima de una buena metáfora. Y cuando digo “comodinos y fofos”, no puedo dejar de sentir un nudo en la garganta al imaginar la condición física que hubo de requerir Cervantes, tullido y todo, para escribir lo que escribió a puritita pluma de ganso, e incluso el músculo que necesitó García Márquez para vencer los resortes de una máquina de escribir mecánica a lo largo de muchos centenares de cuartillas, o las angustias tecnológicas de Mallarmé para lograr con los medios de su tiempo la composición tipográfica de Un golpe de dados, algo que hoy resulta una enchilada.

Ah, se me olvidaba: como ingeniero en sistemas, Gutenberg era un tipo que entendía más que el promedio, y los autores de antaño eran más dados a mancharse con tinta que los actuales a vérselas con la instalación de memoria adicional. Digo, es un decir, pero sabrán a lo que me refiero. Con un poco menos de suerte, si el tecnógrafo de Maguncia hubiera tenido el gusto torpe y la cultura escasa, tal vez hoy seguiríamos enfrascados, y no precisamente por oscurantistas, en el proceso de negociar un Tratado Mundial de Prohibición de la Imprenta. ¿Les suena exagerado? Piensen en la televisión, y en los deseos legítimos pero secretos de mucha gente sensata y pensante de hacerle un favor a la especie, otro a la ética y uno más a la estética, y dinamitar todos los transmisores de TV que existen en el mundo. Y es que la gente sensata y pensante desdeñó la producción televisiva, se conformó con bautizarla –“la caja idiota”— y hoy, gracias al purismo, tenemos una gigantesca montaña de basura transitando por las ondas hertzianas y circulando por los cables. Ya se ve venir en Internet y en las interfases más difundidas. Antes que sea demasiado tarde, las potencias de la desmesura, la verosimilitud y la belleza, pilares inexcusables del oficio literario, tendrían que ser involucrados en la construcción y consolidación del territorio digital. O sea que el lugar común sigue siendo Gutenberg, y muchas gracias por su paciencia.

Foto: Eduardo Abel Giménez

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