Las verrugas de Venus (III)

octubre 31, 2007

Ahora sí, entramos de lleno a la quevediana imitación:

A UNA DAMA EXTREMADAMENTE PÁLIDA

Ilustración: Rafael Barajas, El Fisgón


Si el blanco es el color de la pureza,
químicamente pura te declaro.
Parece tu pellejo, de tan claro,
anuncio comercial de mayonesa.
Un hecho es tu belleza,
un hecho de pigmentos muy avaro.

Si algún hombre insolente
observa fijamente
tu formidable piel alabastrina,
sufre desprendimiento de retina.
Juego de sol y nieve, tu conquista
ha de emprenderse a riesgo de la vista.

Víctimas del error, ciertos señores,
dicen que no te inmutas tú con nada
y algunos piensan que eres descarada
pues jamás se te suben los colores.
Tiene la culpa Dios —¡el muy travieso!—
que en ti no puso barro, sino yeso.

Hace tu piel indiscreciones serias
y tu composición no disimula
pues es muy evidente que circula
no sangre, sino leche, en tus arterias.
El Cupido divino
que me flechó, seguro que era albino.

Divina transparencia:
yo te querré hasta el fin, y no me importa
que, de colores corta,
a mis ojos lastime tu presencia.
Y si agoto las rimas y me estanco,
te seguiré cantando en verso blanco.


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Almejas

octubre 30, 2007


Los españoles recibieron ayer por la mañana un regalo precioso: en una década la esperanza de vida se les incrementó más de dos años, para situarse en 80.23. Eso dijo el Instituto Nacional de Estadística, que concedió existencias promedio de 83.48 a las mujeres, y de 77 años menos 15 días a los hombres. Tal vez la desaparición de ETA, el fin de las misiones militares a países como Afganistán y la prohibición de las pamplonadas contribuirían, así fuera por disminución de los ataques cardiacos, a sumar unos días a estos indicadores espléndidos. No está nada mal, si se considera que un español nacido en 1900 tenía derecho a permanecer en este mundo, en promedio, 35 años. Gonzalo Queipo de Llano, José Sanjurjo, Emilio Mola y Francisco Franco, incidieron, y mucho, en esa insoportable brevedad del ser, pues la guerra que emprendieron en 1936 provocó, en el trienio siguiente, que uno de cada 50 españoles (medio millón) ingresara a la estadística de manera precoz. Pero eso ya pasó y de algo tenía que servir la democracia, la integración a la Unión Europea y la proliferación de transnacionales bancarias y energéticas con sus negocios más jugosos aquí que allá.

No es ironía ni envidia: según datos de nuestro INEGI, la longevidad de los mexicanos (o su capacidad de sobrevivir a la economía) ha tenido un incremento tan espectacular, o más, que la española: de 1930 a la fecha, la esperanza media de vida pasa, en este lado del Atlántico, de 33 y 34.7 (hombres y mujeres), a 72.6 y 77.4, respectivamente, en el año 2006. Aquí la guadaña no era operada por alzados fascistas, sino por enfermedades contagiosas y materno-infantiles. Es significativa la diferencia entre Baja California y el Distrito Federal, con existencias promedio de 75.5 años, y Chiapas, Veracruz y Guerrero, en donde la vida dura 24 meses menos. Hay que tomar estos números con alguna cautela porque la institución que los emite fue convertida –y quién sabe si haya intenciones de devolverla a su función original— en el principal centro de producción alquímica de Foxilandia: recientemente, Julio Boltvinik y Araceli Damián hicieron ver que si los números del INEGI sobre reducción de pobreza fueran ciertos, los campesinos mexicanos vivirían como los suizos.

El panorama global no deja, por cierto, mucho margen al optimismo: el paso de un suazilandés por este planeta globalizado dura menos de la mitad (33 años) que el de un japonés (82), y el abismo sigue creciendo. O Dios se desempeña con una indolencia inaudita o la economía mundial es extremadamente canalla.

Como sea. Por primera vez en la historia, los españoles han sobrepasado el umbral de longevidad de los loros y los elefantes; si no hay un exceso de silicón en los datos, los mexicanos se aproximan a esas marcas.

En junio, en el zoológico de Australia, falleció Harriet, una tortuga gigante de las islas Galápagos que perteneció a Charles Darwin y que tenía unos 175 años. Poco antes, en Calcuta, exhaló su último suspiro Adwaita, otro quelonio monumental que fue obsequiado al general inglés Robert Clive en 1775; hagan cuentas. Pero la fugacidad de la vida humana –a pesar de la democracia y la penicilina— se pondera con más claridad frente a una almeja descubierta hace unos días en las costas de Islandia por científicos galeses. La vida de este bicho puede datarse con precisión porque ostenta en su concha anillos anuales de crecimiento, tan precisos y confiables como los que se ven en el corte transversal de un árbol: 410 años. Durante su existencia el molusco pudo abarcar sucesos tan distantes entre sí como los montajes originales de Shakespeare y la ejecución de Saddam Hussein. Pero, para bien o para mal, a las almejas no les interesan las noticias, ni el teatro, ni ingresar a la Unión Europea, ni falsificar cifras sobre pobreza, y nadie les ha comunicado el angustioso peligro que los platos de paella representan para su especie. Pensándolo bien, tal vez esa falta de obligaciones y de tensiones explique, al menos en parte, su longevidad: padecen mucho menos estrés que el que sufren los mosquitos, los venados y los ministros del Interior, y su ocupación básica en este mundo es aspirar y expulsar agua salada a través de las valvas. El problema es que en el bando humano son muy pocos los que se interesarían por vivir cuatro siglos de una manera tan aburrida.


Las verrugas de Venus (II)

octubre 29, 2007

Exhumado en 2007, este texto de 1988 adquiere una significación entonces insospechada: hace dos décadas no se había puesto de moda el fenómeno delictivo de la pedofilia, acaso porque la pornografía infantil era inexistente o marginal. Es probable que ya existiera la explotación sexual de menores asociada a los servicios turísticos, pero de eso se sabía poco. Sin embargo, el abuso y la violación de niñas y niños era ya, como lo es ahora y como lo ha sido siempre, una práctica frecuente y estaba –igual que hoy en día– mayoritariamente a cargo de padres, tíos, hermanos, profesores y confesores. Es un tanto irresponsable la alharaca que arman las autoridades con respecto a los gravísimos peligros que acechan a los niños en Internet, habida cuenta que son mucho mayores las probabilidades de que sufran una agresión sexual (o muchas) en el hogar, en los grupos de catecismo, en la escuela y en los pasillos del edificio. Pero eso es otra historia.

QUÉJASE DE LO CONTRARIO QUE EN EL ANTERIOR

Ilustración: Rafael Barajas, El Fisgón

Infeliz robacunas: ¿qué señales

de amor habrate dado ese mocoso
que intercambias de modo tan morboso
mis pantalones, ay, por sus pañales?
Adúltera: con falta de criterio
cometes infanterio, no adulterio.

Suerte que no medraste en el pasado:
Herodes pudo haberte vuelto viuda
o al Niño Dios, perversa testaruda
en su pesebre habrías fornicado
(con lo cual de pasada, y de seguro,
a Roma le jodías el futuro).

Sé que detestas el imperialismo
porque a los Niños Héroes dio muerte.
Niño perdido” es mucha mala suerte
y en “niño envuelto” ves canibalismo.
Un inocuo manual de pediatría
en tus estantes es pornografía.

Confundes con libido y con pasiones
los primarios instintos maternales;
resultado: las partes genitales
cual pila bautismal te las supones
y así, cuando consumas la conquista
de un infante, te crees Juan Bautista.

Tal vez supongas tú que estoy ardido
pero aventajo a mi rival, señora,
en biografía y más que en una hora:
a diferencia de él, yo ya he nacido
y si en duelo apostamos nuestra vida
por arma escojo el espermaticida.

Si tu amado babea
no me vengas con que es por tus encantos.
No por amor a ti le vienen llantos.
¿Sueña contigo? No: la cama mea.
Es un juego, el amor, de toma y daca
y en él te toca ahora limpiar caca.

Mas por cobrar tu amor, perversa mía,
soy capaz de comprarme una sonaja
o de hacerme soldado en la más baja
graduación del sector de infantería.
Y más aun: de ahora en adelante
mis requiebros serán da-gú de infante
y voy a referirte mis amores
usando nada más versos menores.


Las verrugas de Venus (I)

octubre 29, 2007

Los que en 1988 enfrentaban una usurpación, hoy, ante una nueva presidencia espuria, en vez de hacerle frente le dan el trasero. Cómo han cambiado los tiempos a ciertas personas, pero eso no viene al caso. En diciembre de aquel año, El Fisgón, Miguel Luna y el que postea, publicaron un humilde regalo navideño titulado Las verrugas de Venus, que pretendía ser, además, un modesto homenaje a Quevedo con motivo de nada en particular.

Uno de esos textos –el primero, en el orden del librito– apareció el año pasado aquí y en el papel. Ya no tiene caso que se presenten en esa secuencia; además, alguna mano hay que meterles y acaso algún fragmento habrá que agregarles.

Visto a la distancia, tal vez lo que sigue resulte algo más Bataille que Quevedo. Aunque me horroriza un poquito, a lo hecho, pecho, y ya ni modo. Se titulaba “Sobre un rival en edad provecta”, pero hoy es pecado de lesa corrección política burlarse de los rivales de amores por su edad avanzada, y además el nuevo título se corresponde mejor con el contenido.

QUÉJASE DE SER TRAICIONADO

 

CON UNO QUE PRONTO SERÁ CADÁVER

Ilustración: Rafael Barajas, El Fisgón

Entiendo que mi vida es, por contraste
con la del nuevo amor que tienes, breve:
él, siglos sobre el mundo lleva nueve;
amor buscabas, prehistoria hallaste.
Comprendo que te hartaran mis defectos
pero los vivos somos imperfectos.

El “hasta que la muerte los separe”
en ustedes es cosa consumada.
Reza, para sentirte penetrada,
que pronto el rigor mortis se la pare.
A tu sicoanalista me anticipo:
lo tuyo es necrofilia más que Edipo.

Me tienes por cobarde
pues, desplazado, no lo reto a duelo.
Es que es muy cruel matar al bisabuelo
y además, ya es muy tarde:
ya lo mató la Muerte, mentacata.
Tendría yo que usar bala de plata.

Los gusanos en él aposentados
Pueden mudarse a ti, mujer traidora,
y como prueba firme que te adora,
zopilotes tendrás por entenados.
Tú, la que se horroriza de ladillas,
vas a ser infestada de polillas.

Con él te echaste un polvo, me presumes,
y eres muy literal, pues ha concluido
su vida, y hoy en polvo convertido,
bien consumatum est, te lo consumes.
Cuidado, presuntuosa:
como el sida, la muerte es contagiosa.

Creyendo que el asunto te prestigia,
vas de luna de miel por el Estigia.

¡Habrase visto cosa más impura

que la ensalada que haces con tu amigo!
Tú con él me traicionas, y él, contigo,
le pone cuernos a su sepultura.


Geografías exageradas

octubre 25, 2007
Arriba: Timbu; abajo: Shangri-Lá
  • De Timbu a Timbuctú
  • ¿Cómo llego a la Cochinchina?

Hiperbórea es, en la mitología grecorromana, la residencia invernal de Apolo. Esas tierras en las que el sol no se oculta nunca, podrían evocar las andanzas de algún extraviado por las regiones árticas, aunque en éstas es el verano, y no el invierno, el que se caracteriza por los días larguísimos. Ha de ser difícil conciliar el sueño bajo esa luz terca y constante. Si la muerte y el sueño se parecen un poco, algo en común tendrán los insomnes y los inmortales. Tal vez por eso los antiguos griegos dieron en considerar que los hiperbóreos gozaban de vida eterna, aunque esa condición no los hiciera particularmente civilizados. Contaba el borracho Sileno que fueron los primeros en ser visitados por habitantes de un continente ignoto situado al otro lado del mar y que los extranjeros se asustaron tanto por el primitivismo de los hiperbóreos que regresaron a su lugar de origen y no regresaron jamás.

Hiperbórea no existe y lo más probable es que Sileno, para pesar de los briagos, tampoco haya existido nunca, aunque algunos afirman que el filósofo Sócrates se parecía tanto a las representaciones de ese personaje mitológico que habría podido ser su reencarnación. En cambio, en su novela Horizontes perdidos (1933), el muy corpóreo James Hilton, habitante de tumba conocida, se basó en el pequeño reino budista de Bután, situado en la cordillera del Himalaya entre India y China, para situar allí la mítica Sambhala de las tradiciones hinduístas. Muy exagerada por la fantasía de Hilton, la capital butanesa, Timbu, se convirtió en Shangri-La, donde el tiempo se detiene entre la paz y la frescura. En Bután no existen semáforos, está prohibido fumar cualquier sustancia, incluido el tabaco, su ciudad principal no llega a los 75 mil habitantes y de ello se infiere que en esa nación el estrés debe ser más bien escaso. El nombre de Shangri-La se ha popularizado tanto que hoy miles de balnearios tercermundistas de medio pelo se llaman de ese modo.

Sileno y Sócrates


Por ahora dejaré fuera de esta geografía exagerada a La Atlántida, a Macondo y a Comala; omitiré El Dorado, Cibola, Quivira, nombres de ciudades inexistentes en cuya búsqueda perecieron, ahogados o flechados por indios, innumerables exploradores. El más embustero de ellos fue un fray Marcos de Niza, quien fue a contarle al virrey Antonio de Mendoza que en el territorio de Nuevo México había descubierto una ciudad más grande que Tenochtitlan, en la que la gente comía en vajillas de oro y decoraba sus casas con turquesas, perlas gigantes y esmeraldas.

En cambio, cuando a uno lo mandan a la Cochinchina, en realidad lo están enviando a una región vietnamita que se ubica entre Camboya, el mar de China y el golfo de Tailandia. En ella se ubican el célebre delta del Mekong y Ciudad Ho Chi Minh, antes Saigón (púdrete, Nixon), y fue bautizada Cochinchine por los franceses en 1787. Su población más antigua es de origen malayo-polinesio, fue habitada por hindúes, se la disputaron khmers y vietnamitas, fue gobernada por chinos y en 1858, tras el asesinato de unos misioneros europeos, España y Francia organizaron una expedición de castigo que culminó con la ocupación, por parte de las fuerzas francesas, de las ciudades de Saigón y Da Nang.

Timbuctú es otro de los sitios que, de tan lejanos, se vuelven casi imaginarios en el habla española aunque, pensándolo bien, no está tan lejos: queda en las costas occidentales de África, en Malí concretamente, aguas arriba del Níger con respecto a la capital del país, Bamako. Entre otros contrastados fragmentos sobre esa ciudad prohibida, Laetitia recoge este viejo proverbio malinés: “El oro viene del sur; la sal, del norte, y el dinero, del país del hombre blanco; pero los cuentos maravillosos y la palabra de Dios sólo se encuentran en Timbuctú”. Las construcciones viejas de la ciudad son de madera y pisón, que es lodo cimbrado con argamasa, y durante siglos estuvieron prohibidas a la vista de los no mahometanos. A los primeros europeos que conocieron la urbe no les fue nada bien: el explorador escocés Alexander Gordon Laing, llego a la ciudad en 1826, fue expulsado de ella y murió asesinado en el desierto próximo. Luego el marinero francés Paul Jubert sobrevivió a un naufragio en las costas de Senegal, fue hecho prisionero, conducido a Timbuctú y vendido allí en calidad de esclavo; falleció un tiempo después en Marruecos.

El lugar era la puerta de entrada al Sahara y allí, en el aire seco, los camelleros tuaregs, fundadores de la ciudad en tiempos de la dinastía Mandinga, se reunían para organizar las caravanas. La ciudad data del siglo X de esta era y alcanzó su máximo esplendor entre el XIV y el XV, cuando llegó a contar con cien mil habitantes de todas las procedencias: beréberes, árabes, bambas, mauritanos y tuaregs, organizada cada etnia en un barrio propio. Lo más célebre de Timbuctú es la Mezquita Sankore, posteriormente convertida en universidad islámica. Recientemente Paul Auster dio el nombre de la ciudad a una novela que narra, vista con los ojos de un perro (Mister Bones), la agonía del vagabundo Willy G. Christmas, quien se prepara a partir a un Paraíso que se llama igual que la vieja población tuareg, la cual fue declarada por la UNESCO Patrimonio de la Humanidad (1988).

Muchedumbres en Katmandú

Otra ciudad que evoca aventuras espirituales o carnales es Katmandú, la abrumada capital nepalesa| de quien el viajero Enric Cardona dice que “provoca odio o amor a primera vista; caótica por sí misma, es imposible controlarla con el mapa, la brújula o la guía; las calles carecen de nombres y en ellas se despliegan una infinidad de casas newaris de ladrillo rojo y ventanas finamente talladas en madera”. Coincide con él Natalia Benosilio, quien cuenta así su experiencia: “La llegada a Katmandú fue caótica como lo es toda esta fascinante ciudad asiática. Al atravesar el portal de salida del aeropuerto, una lluvia de ansiosos, bulliciosos e insistentes nepaleses, nos atacaron ofreciéndonos toda clase de servicios, desde hoteles, transportes, etc. Primero, nos pareció graciosa la situación (…) luego, nuestras caras se fueron transformando y la ira comenzó a invadirnos, ya que estas personas parecían no comprender la palabra ‘no’. Finalmente, intervino la policía y con métodos poco didácticos, como son los macanazos, logró alejarlos de nosotros”. Cardona dice: “Parece como si aquí no hubiera pasado el tiempo y la gente siguiera viviendo al estilo de la Edad Media”. Se equivoca, porque según el doctor Joshi, director del Centro de Investigación de Zoonosis e Higiene de Alimentos de Nepal, “hay un alto grado de contaminación del agua en los cinco ríos del valle de Katmandú y también del aire, a causa de los vehículos automotores y las industrias”. Algo de esa contaminación se le deberá al auge turístico de la ciudad, detonado por los orientalismos hippies de los años sesenta del siglo pasado.

Algo extraño ha de pasar con las toponimias agudas terminadas en u: acabemos el periplo en Xanadú, extinta capital veraniega del imperio de Kublai Kan, descrita por Marco Polo y convertida en sinónimo de localidad opulenta gracias, en buena medida, al poema en el que S. T. Coleridge (me quedo mil veces con Wordsworth) habla de cúpulas señeras, millas y millas de tierras feraces, abundosos árboles de incienso y no sé qué más. Esa imagen fastuosa fue reforzada por Orson Welles, quien bautizó Xanadú el palacio del Ciudadano Kane, y por Lee Falk y Phil Davis, autores del comic Mandrake el Mago, quien se suponía originario de esa ciudad difunta.

Dejo a Timbuctú en grado de me gustaría, aunque no iré nunca a Timbu ni a Katmandú ni a la Cochinchina. Encuentro que dentro de las paredes de una habitación es dable realizar viajes portentosos y que se puede vivir las más emocionantes aventuras en un corazón próximo. Pero allá cada quien.

Timbuctú: vida cotidiana

Beck y otras cosas

octubre 24, 2007
El locutor

Glenn Beck no necesita de mayores presentaciones. Este cristiano renacido se manifiesta a favor de la tortura moderada, cree necesario incrementar el número de tropas de su país en Irak, considera que el calentamiento global es un embuste digno de Goebbels y piensa que la Casa Blanca es blandengue en la persecución de mexicanos indocumentados. Beck es un típico producto del dolor y el resentimiento: hijo y hermano de suicidas (su madre se quitó la vida cuando él tenía 13 años), con un pasado rebosante de alcohol y drogas, y padre de una adolescente con severas discapacidades, se entiende que haya terminado refugiándose, como el propio George W., en un patrioterismo racista y de gatillo fácil y en un integrismo cristiano que le otorga un servicio de banda ancha para comunicarse con el Señor. Lo más alarmante no es que existan mentalidades como la de Glenn, sino que su programa radial sea transmitido por 267 estaciones y ocupe el tercer sitio en las preferencias de la audiencia, y que al locutor se le defina con el suave eufemismo de “neoconservador”. La ultraderecha republicana ha causado estragos en la conciencia estadunidense.

De los asuntos situados al sur del Río Bravo: Beck suele decir al aire que la canción Tequila (The Champs, 1958) es el verdadero himno nacional de México, se regocija con chistes sobre una refinería que produce “mexanol”, un combustible fabricado con cuerpos de trabajadores migrantes, y se toma el trabajo de explicarle a Felipe Calderón, mapa en mano, que Estados Unidos y México son dos países distintos y que el panista no tiene, en consecuencia, ningún derecho para reclamarle nada a la nación vecina por los maltratos que sufren los extranjeros ilegales en territorio estadunidense. De esto último no hay por qué escandalizarse: es sólo un canalla mediático que se insolenta ante un gobernante impuesto y débil que de cuando en cuando, y para cubrir algunas apariencias, emite reclamos carentes de credibilidad y de autoridad moral a sus socios estadunidenses, quienes, por lo demás, no lo toman muy en serio que digamos.

En un artículo reciente publicado por la revista Sinpermiso, George Lakoff y Sam Ferguson proponen abordar el flujo migratorio de México hacia Estados Unidos como un asunto salarial, como un problema de derechos civiles y como una crisis humanitaria. “Los inmigrantes indocumentados permiten a los empleadores pagar bajos salarios, lo que a su vez permite la oferta de bienes de consumo baratos que encontramos en WalMart y McDonalds; son parte del movimiento hacia el estilo de vida barato, donde los empleadores y consumidores pueden ahorrarse dólares fácilmente, a pesar del costo humano”. Adicionalmente, “los millones de personas que viven aquí y que han entrado ilegalmente son estadunidenses a todos los efectos; trabajan aquí; pagan impuestos aquí; sus hijos van aquí a la escuela; la mayoría de ellos está asimilada dentro del sistema estadunidense, pero son forzados a vivir en las sombras y en la clandestinidad por su estatus legal. Se les niegan derechos civiles básicos.”

Y lo más esclarecedor: “Tal vez el problema puede ser mejor entendido como una crisis humanitaria. ¿Pueden las migraciones y desplazamientos masivos de personas desde sus hogares, a una tasa de 800 mil personas al año, ser considerada como otra cosa? Una cantidad desconocida de personas han muerto atravesando las condiciones extremas del desierto de Arizona y Nuevo México; los pueblos han sido despoblados y se han perdido formas de vida tradicionales en las zonas rurales de México; muchos padres se sienten forzados a dejar a sus familias en su intento por mantener a sus hijos. Como una crisis humanitaria, la solución debe incluir a la ONU o la OEA.”

Para terminar: hace ya una década, don Fernando Lázaro Carreter tronó, y con razón, contra el desafortunado oxímoron crisis o catástrofe “humanitaria”, que se puso de moda con la desastrosa situación que imperaba por esos años en Ruanda, y acusó a los “atropellados comunicadores mal avenidos con el idioma español” de “ignorar cuadrupedalmente que lo humanitario es lo que ‘mira o se refiere al bien del género humano’, y más esencialmente, lo que se siente o se hace por humanidad”. El extinto académico dijo entonces que lo que tenía lugar en el país africano era “una catástrofe humana. Pero la tentación de alargar los vocablos, distorsionando su significado, atrae a los malhablados como a las moscas un flan”.

El filólogo


El Capitán, en mi barrio

octubre 24, 2007

Carlos Payán:
Periodismo y sociedad

Conferencia del director fundador de La Jornada

Miércoles 24 de octubre, 7 de la tarde,
en el local del Campo Xóchitl
(ex módulo de RTP, sobre Corregidora)
Círculo de Estudios Por la Restauración de la República