Algo sobre las narcas

  • Casos de empoderamiento
  • Camelia la Texana se hizo monja

Madre Academia aún no acepta el término empoderamiento (del inglés empowerment) y la verdad es que sin él está frita la comprensión de las sociedades contemporáneas. Wikipedia, más alivianada, admite que el uso de este anglicismo es discutible, aunque no enlista más alternativa que “fortalecimiento” –una palabra la mar de inexacta— o “dar/otorgar poder”, conjunto verbal que nos deja sin sustantivo. La almendra del asunto, en todo caso, es la ganancia de autonomía, por parte de personas y o grupos organizados, en la toma de decisiones, y el ejercicio de un control sobre sus vidas basado en la información, la participación inclusiva, la responsabilidad y el desarrollo de capacidades.

Será políticamente incorrecto, pero no hay mejor palabra para referirse al caso de la celebérrima Sandra Ávila Beltrán, La Reina del Pacífico, a quien las autoridades de ambos lados del Río Bravo imputan delitos de delincuencia organizada y lavado de dinero. Si son ciertos los cargos, la señora ha experimentado un empoderamiento acaso comparable con el que gozó Marta Sahagún, aunque una y otra operen en ramos económicos distintos. Algo dirá del descrédito de las instituciones y de la ley el hecho de que la Primera Dama de la Caridad sea ahora motivo del escarnio y el desprecio mientras que la otra, para colmo guapa, y más joven, despierte entre el público una admiración apenas reprimida. Ms. Según (así le decía el ex vocero) está ahogada en lujos y rencores, La Reina se encuentra alojada en un reclusorio y aquí no hay nada que asociar con Robin Hood o Robina Hooda (personaje inventado por la célebre escritora hindú Rabina Gran Tagora) porque ninguna de ellas le quitó a los ricos para darle a los pobres: sus víctimas pudieron ser, respectivamente, el erario público y los bolsillos (o las neuronas) de los adictos, y las únicas beneficiarias fueron ellas mismas. En todo caso, y sin ignorar que el narco es un horror, no deja de ser muy bonito que Ávila Beltrán haya logrado abrirse paso en un mundo predominantemente machista, como ha de serlo el de los negocios (especialmente cuando son ilícitos) hasta el punto de convertirse en personaje de corridos presuntamente compuestos bajo encargo, como La fiesta en la sierra de Los Tucanes de Tijuana:

La fiesta estaba en su punto / y la banda retumbaba, / ya no esperaban a nadie, / todos en la fiesta estaban, / cuando se escuchó un zumbido / y un boludo aterrizaba. / el Señor les dio la orden / de que nadie disparara. // Se baja una bella dama / con cuerno y camuflageada, / de inmediato el festejado / supo de quién se trataba: / era la famosa Reina / del Pacífico y sus playas, / esa grande del negocio, / una dama muy pesada.

 

 

Hace unos meses la Procuraduría General de la República (PGR) –a ver si consigue comprobarle algo a la susodicha y no hace, a destiempo, uno más de sus ridículos foxistas— echó a andar la especie de que las mujeres encabezaban la lista de los delincuentes más buscados, noción que fue alegremente reproducida por varios medios. Al nombre de La Reina se sumaban otros dos: Rosa María Sánchez Guerrero, a la que la procuraduría hidalguense busca por fraude, y Ana Cristina Monje Aguirre o Linda Pánuco Olson, al parecer salvadoreña, acusada de homicidio calificado en Baja California Sur. Lo cierto es que ayer, a cinco días de la detención de Ávila Beltrán, su nombre y su foto seguían apareciendo en el listado, junto con las otras dos, pero muy lejos de los primeros lugares: ocupaban los sitios 106, 281 y 296 de una lista “ordenada” no por apellido sino por nombre, empezando por un presunto homicida poblano que carece de él y seguido por “Apatzingán, prófugos del CERESO de”.

Todo puede esperarse de la eficiencia de la PGR, incluso que La Reina del Pacífico salga libre por falta de pruebas. De hecho, “la única prueba que hasta hoy sostiene la aprehensión es una llamada que se efectuó en 2001 desde el buque Macel, en el puerto de Manzanillo, Colima, en el cual se transportaban casi 10 toneladas de cocaína procedentes de Colombia”, llamada hecha por un tripulante del barco a un teléfono celular para informar que el cargamento había llegado a territorio mexicano. Contestó una persona a la que el emisor identificó como ‘Beltrán’”, dice una nota de ayer de La Jornada. El 6 de noviembre de 2005 El Universal informó que el Sexto Tribunal Colegiado le había otorgado un amparo contra una imputación de la PGR basada en ese mismo dato. La ahora detenida argumentó en ese entonces, por medio de sus abogados, que la llamada telefónica había sido hecha desde Mazatlán, cuando el aparato telefónico decomisado en el barco se encontraba ya a disposición de las autoridades. “La PGR analizó las llamadas hechas durante tres meses desde la casa que habitaba en Jalisco la Reina del Pacífico y, según con lo asentado en la documentación del citado amparo, ninguna de esas llamadas la relacionaba con los hechos del buque Macel”, apuntaba la nota.

El problema es que, ya que se había puesto de moda meter las manos al fuego por la inocencia de Fox, Felipe Calderón implantó una nueva tendencia: arriesgar las extremidades por la culpabilidad de los sospechosos. El martes pasado, en Chetumal, dio por comprobados los cargos contra Ávila Beltrán y su pareja, el colombiano Juan Diego Espinosa Ramírez, El Tigre. Y si ahora la dependencia que dirige Medina Mora sale con la misma acusación endeble que esgrimió hace cinco años Rafael Macedo de la Concha, La Reina del Pacífico puede dejar al gobierno en el rey de los ridículos.

Dice Doris Gómora Culberth que “tanto en la Mafia Italiana, como en los carteles de México y Colombia las mujeres que están comenzando a operar como jefes, cuentan con carreras universitarias, son cultas, propias al hablar, bien vestidas pero mantienen un bajo perfil con el que todavía se abren paso en el crimen organizado para negociar. Poderosas por su propio derecho de vivir en la organización son seguras, apasionadas por amor, rebeldes, líderes natas, espiritualmente fuertes, protectoras de sus familias, herederas del puesto, consejeras, hermosas, frías, vengativas. A diferencia de la época en que sus esposas o hermanos operaron las organizaciones del crimen organizado, las mujeres al frente de estos grupos son más insistentes en el empleo de la venganza y la violencia como factor de solución de diferencias.”

El año pasado un tal “Comandante Apolo”, jefe la Unidad de Fuerzas Especiales en Sinaloa, “le puso números a lo que ya era una percepción general: la participación de la mujer en el narcotráfico va en rafagueante aumento. El policía de élite contrastó que en 2005 de 326 personas detenidas en relación con el narco el 15 por ciento fueron mujeres, y en lo que va de este año de 247 capturados, el 25 por ciento pertenece al llamado “sexo débil”, según síntesis de prensa del gobierno de ese estado. Arturo Pérez Reverte, entrevistado en 2003 a propósito de las semejanzas entre Sandra Ávila y Teresa Mendoza, personaje protagonista de su novela La Reina del Sur, señaló: “Si una mujer pasa las pruebas elementales, puede llegar a tener mucho más coraje, mucha más capacidad, mucha más resistencia frente a la adversidad, mucha más decisión y mucho más valor que un hombre, aunque se diga lo contrario. Y una mujer tiene una gran capacidad de organización. Así que no me sorprende en absoluto lo de esta mujer, porque el mundo del narco es muy elemental y se basa mucho en el sota-caballo-rey… La mujer tiene una cabeza más compleja que la del hombre, así que no me extraña en absoluto que Sandra Ávila haya sido capaz de ser un factor aglutinante o de organización, porque las mujeres tienen una serenidad de juicio, una lucidez de la que el hombre carece porcentualmente”.

Se ha dicho que la narca más célebre, Camelia la Texana, no es más que un personaje de corrido, llevado después al cine. Pero hace unos años TV Azteca se sacó de quién sabe dónde a una tamaulipeca llamada Agustina Ramírez, quien afirma haber inspirado el personaje a Los Tigres del Norte: “Yo nunca conocí al tal Emilio [Varela, el coprotagonista de la canción], jamás llevaba drogas así como ellos dicen, sí vendía drogas pero no como ellos lo sacan, lo único que ellos hablan de verdad, es que de Camelia nunca se supo nada”. “Fue bautizada con el apodo de Camelia por tener un nombre que la distinguiera entre los narcos, y La Texana porque usaba un sombrero texano”. Hoy en día, dicen, la vida de Agustina Ramírez “está entregada al Señor”, y no propiamente al señor Varela, y han de pensar algunos que cómo es posible que una peligrosa terminal acabe convertida en monja, Dios mío, ya no hay moral.

Agustina, la presunta ex Camelia

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