Nuestro caníbal

José Luis Calva Zepeda, presunto asesino antropófago

Puede ser únicamente un episodio aislado de la nota roja: el señor que mata a sus novias, destaza los cadáveres y se los come. La colonia Guerrero del Distrito Federal se hermana con Milwaukee y con Rostov. ¿Qué motiva a individuos como Jeffrey Dahmer, Andrei Chikatilo o los hermanos Otis y Henry Lee Lucas Toole, al homicidio con propósito de ingesta? De seguro no es el hambre. Dicen los enterados que los mueve un desbordado afán de poder y control, de apropiación última de la víctima. Sus acciones conjuntan tres prácticas abominables: el asesinato, la profanación del cadáver y la deglución de carne humana, que es tabú hasta cuando se realiza por supervivencia. De ser cierta la narración policiaca, el caso del presunto serial de la Guerrero se agravaría por la forma más extrema del engaño y la traición amorosa.

Esta historia no le funciona a nadie como espejo. En lo individual, no hay forma de reconocerse en acciones tan desalmadas y abominables como seducir con engaños a una joven madre soltera, despojarla de su dinero, matarla, descuartizarla y devorarle pedazos. Pero tal vez la simbología no le sea tan ajena a la actual circunstancia nacional. Si se empieza por la contundente misoginia criminal del caso, el país no está muy lejos de parecerse al posible caníbal. Padecemos una epidemia –tres lustros ya— de feminicidios que no sólo se limitan a Ciudad Juárez y que tienen, entre sus víctimas mayoritarias, a jóvenes mujeres asalariadas y casi siempre desprotegidas; un índice vergonzoso de agresiones sexuales que tiene a las mujeres como blancos principales, que va desde el hostigamiento verbal o manual en las calles hasta la violación agravada, y que está presente en hogares, escuelas, oficinas, cuarteles, iglesias y seminarios, y una violencia de género estructural y omnipresente.

Por lo demás, la antropofagia literal viene a representar de manera precisa a una economía que fundamenta sus menguados atributos de productividad, rentabilidad y competitividad en la sobreexplotación inmisericorde de la carne humana: salarios de hambre, seguridad laboral inexistente o casi, servicios ínfimos de salud, educación y transporte. Ahí esta el caso reciente, y no es el único, de Pasta de Conchos, en donde una de las bocas de una empresa voraz se tragó de un golpe a 65 trabajadores. En las grandes plantaciones del noroeste las condiciones de semiesclavitud de los jornaleros agrícolas sirve de abono a los tomates que nos comemos y a los que exportamos, y la economía vomita a la población que de plano le sobra hacia el otro lado del Río Bravo.

Metáfora de la metáfora, el grupo burocrático y empresarial que gobierna canibaliza desde hace mucho los bienes nacionales; se tragó los ferrocarriles y ahora se brinda un banquete –buen provecho, secretario Carstens— con lo que queda de Pemex, con la CFE, con Aeroméxico. Los ayer candidatos y hoy funcionarios se encaraman al poder por medio de promesas amorosas al electorado (¿seguridad? ¿presidente del empleo?) no mucho menos falsas que las que pudo haber formulado a sus novias el presunto asesino de la Guerrero, y las instituciones cifran su subsistencia en la masticación de su propia credibilidad y de su propio prestigio: el IFE y el tribunal electoral no sobreviven si les arrancan otros filetes tan sustanciosos como los que perdieron en 2006.

No hay que apresurarse tanto en la abominación. Tal vez el posible caníbal de la colonia Guerrero represente el estado que guarda la República con una fidelidad mayor a la que estamos dispuestos a reconocer.


2 respuestas a Nuestro caníbal

  1. kasandra dice:

    El artículo es estupendo. Como siempre tú. Pero la foto me parece recordar que es un hoaks.

  2. Pedro Miguel dice:

    Gracias, querida. De la foto: si no es falsa, entonces Internet es un escándalo. Me pareció, con todo, que resultaría expresiva.

    Besos no caníbales.

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