La muerte de Shakespeare

A diferencia de la narración de unos posts más abajo, ésta no es cómica, sino trágica o, si así les parece, tragicómica. Hace unos años Payán leyó el manuscrito y me dio un par de ideas que me permitieron mejorarlo mucho. Luego Héctor Díaz-Polanco lo publicó en la revista Memoria y de allí lo tomo prestado.

Para casi toda la gente la mención del escritor inglés evoca verdades profundas del alma humana, intrigas sórdidas en la corte y urdimbres de amor sin salida. A mí me recuerda más bien un punto breve y trágico en el que se cruzaron la guerra fría, el totalitarismo, la fauna tropical guatemalteca y la insensatez humana. Disculpen la irreverencia; es que conocí a Shakespeare en vivo mucho antes de leer una obra de Shakespeare, y por eso el nombre no me trae a la mente al cisne de Avon sino al perico de mi papá. Era un ejemplar soberbio de los habladores de cabeza amarilla y lengua negra, vivía en una estaca, la estaca estaba clavada a un pilar del corredor, un largo corredor de plafones de madera machihembrada que empezaba en el zaguán, pasaba por tres patios interiores y recorría todo el largo de la casa, hasta llegar al huerto y al gallinero; la casa estaba en el centro de la ciudad, la ciudad era la capital de Guatemala y Guatemala era un país ínfimo –lo sigue siendo— en el que se enfrentaban una dictadura militar cruel y estúpida y una guerrilla de adolescentes. Mi padre simpatizaba con la segunda.

Estaba fresca la Revolución Cubana, la experiencia parecía repetible y la iconografía rebelde fascinaba a los intelectuales jóvenes de Centroamérica. Pero no se podía jugar con la ceguera represiva del gobierno: la posesión de un libro de Marx, una cita verbal de Lenin o una foto de Mao podían terminar en un arresto, en una sesión de tortura, en una desaparición forzada y/o en una ejecución extrajudicial. Y como en aquella atmósfera de desconfianza no se podía hablar con nadie ni se podía dar, sin correr graves riesgos, rienda suelta a las pasiones revolucionarias, mi padre dio en platicarle a Shakespeare sus sueños socialistas . Y no sólo eso: también le enseñó los acordes del himno cubano y las primeras estrofas de La Internacional. Shakespeare, como buen hablador de cabeza amarilla, aprendió rápido toda aquella retórica subversiva. De su pico robusto empezaron a brotar, con aire de jingle de comercial, “un fantasma recorre Europa”, “arriba, pobres de la Tierra”, “adelante, cubanos” y otras frases entonces memorables. Cuarenta años después, o tempora, o mores, muchos ambientalistas habrían considerado políticamente incorrecta, si no es que delictiva, la manipulación ideológica de individuos pertenecientes a especies en extinción. Pero en aquellos tiempos todo era más simple y la ética social de mi padre y sus amigos se reducía a unos cuantos puntos: ayudar al prójimo, ver que los endecasílabos estuvieran bien hechos, hacer la Revolución y hacer travesuras, siempre que el último de esos preceptos no contradijera demasiado a los anteriores.

El problema era que la transformación social no iba a lograrse recitando el Manifiesto Comunista y entonando cantos de lucha, sino a balazos, y resultó inevitable que los muchachos de la insurgencia empezaran a pedirnos pequeños favores. Más temprano que tarde, el hueco formado por la madera del plafón y la teja de dos aguas de mi casa se convirtió en una espléndida bodega clandestina de armas.

En su afán por aniquilar la estructura de los rebeldes en la ciudad, las patrullas del Ejército se ayudaban con delaciones, pero también daban palos de ciego: no era infrecuente que realizaran capturas callejeras al azar o que allanaran residencias seleccionadas con el método científico de Tin Marín; el exigirles que mostraran una orden judicial habría sido, en aquellas circunstancias, tan atinado como sugerirles que se pusieran desodorante.

Cuando aparecieron por nuestro barrio no fue seguramente consecuencia de un chivatazo, y menos de una investigación. Como quiera que haya sido, una mañana la cuadra de la casa amaneció bloqueada por dos transportes militares. El rumor de espanto procedente de la calle pasó del zaguán a la sala, de la sala al jardín de enfrente, de allí al comedor, luego a la cocina y al patio de lavado, y acabó rebotando en las macetas del huerto de mi abuela: “están cateando”. Florecieron entre mis padres, mis abuelos, mi nana y un tío que andaba de paso (ahora que lo pienso, es posible que aquel hombre, cuya pista se me perdió unos meses después del episodio, ni siquiera fuera pariente nuestro sino un militante clandestino refugiado en la casa), cálculos frenéticos y cuchicheos reconfortantes: tal vez los soldados no se fijaran en nuestra residencia, y en caso contrario las armas estaban muy bien escondidas, no había problema, sólo era cosa de aguantar los nervios y poner nuestras mejores caras de tontos mientras los uniformados revolvían un poco nuestras pertenencias. Pero cuando los ánimos empezaban a calmarse, a mi padre se le torció la cara y se puso pálido. “Shakespeare”, musitó. Los adultos se voltearon a ver unos a otros con gestos demudados y yo alcancé a entender que estábamos en problemas. Tras unos segundos de un silencio en el que casi podía escucharse el zumbido de las neuronas trabajando a todo vapor, mi abuelo levantó los hombros y se dirigió a mi nana con voz de entierro: “Llévate al perico a la parte de atrás y haz de cuenta que es una gallina”.

Ella apretó los labios, fijó la vista en el piso y asintió con la cabeza. De inmediato, aquella orden críptica me desencadenó la imagen de la tragedia. Mi nana era la encargada, cuando se requería, de matar a las aves de corral y el sacrificio se realizaba siempre en el huerto trasero. El sentido de la frase de mi abuelo me resultaba evidente, por más que en ese momento no comprendiera la relación entre el inminente cateo y la necesidad de ajusticiar a Shakespeare. De cualquier forma, la gravedad en las caras de los adultos no daba margen para inconformarse ante aquella sentencia de muerte.

En otras circunstancias, los miembros de mi familia se habrían preocupado por apartarme de la ejecución, pero en aquellos momentos no había tiempo para prevenir traumas infantiles y nadie se ocupó de mí. Acompañé en silencio a mi nana cuando se subió en una silla para alcanzar al loro, que nos veía desde su estaca sin entender nada, la seguí por el corredor y cuando llegamos al huerto me quedé unos pasos atrás de ella. La mujer acarició al perico y esperó unos momentos el milagro de que los soldados pasaran de largo por la puerta de nuestra casa, pero no tardaron en escucharse los golpes impacientes en la aldaba del portón. Mi nana tomó al loro por las alas con una mano, le puso la otra alrededor del pescuezo e hizo un movimiento rápido como si exprimiera un trapeador. Oí un “crac” casi imperceptible y luego, una voz rasposa que gritaba en la entrada de la casa: ¡Ésta es una operación de cateo, señores! ¡Concéntrense en el patio!

La inspección duró unos cuarenta minutos, y en ese lapso los rasos en tropel rompieron las macetas de mi abuela, destriparon los muebles de la sala y los colchones de los dormitorios, hurgaron un poco en las ollas de la cocina y golpearon las paredes con las culatas de sus rifles en busca de oquedades secretas. A ninguno de ellos se le ocurrió despanzurrar el plafón de madera machihembrada del corredor ni pedirle documentos de identidad a mi presunto tío. Tampoco repararon en el cadáver aún tibio de un hablador de cabeza amarilla que yacía, con la lengua afuera del pico, en un rincón del huerto. Al final de la diligencia el sargento que los comandaba cambió el tono de voz y le pidió a mi nana, en forma querendona y comedida, algo de beber para sus hombres, a quienes se les desató la sed con tanto polvo que levantaron. La mujer, sin poder aguantarse el llanto, les sirvió unos vasos de agua. El militar llamó aparte a mi padre para preguntarle el motivo de las lágrimas.

“No es nada –dijo mi progenitor, marinado en culpas—. Es que se nos acaba de morir un animalito que queríamos mucho”.

Los uniformados partieron en busca de nuevos sillones que despanzurrar y de candidatos más meritorios que nosotros para la desparición, el tormento y el rellenado de fosas clandestinas. Cuando se cerró la puerta a las espaldas del último soldado, los miembros de la familia nos congregamos en silencio en torno al cadáver de Shakespeare. Mi abuelo lo tomó en el hueco de sus manos y lo fue pasando, lentamente, frente a cada uno de nosotros. Mi padre se retiró en dirección a la cocina, volvió unos instantes después, empuñando un cucharón de servir sopa, se arrodilló en la tierra húmeda del huerto y empezó a cavar con el instrumento una pequeña tumba ovalada. A los demás se nos escurrieron de los ojos unos lagrimones espesos, lentos y siempre silenciosos. Mi abuelo depositó el pequeño bulto de plumas verdes y amarillas en su última morada y mi padre se puso a echarle encima cucharadas despaciosas de tierra fresca. No tuvimos que ponernos de acuerdo para murmurar, todos a un mismo ritmo fúnebre, los acordes de La Internacional.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: