Geografías exageradas

Arriba: Timbu; abajo: Shangri-Lá
  • De Timbu a Timbuctú
  • ¿Cómo llego a la Cochinchina?

Hiperbórea es, en la mitología grecorromana, la residencia invernal de Apolo. Esas tierras en las que el sol no se oculta nunca, podrían evocar las andanzas de algún extraviado por las regiones árticas, aunque en éstas es el verano, y no el invierno, el que se caracteriza por los días larguísimos. Ha de ser difícil conciliar el sueño bajo esa luz terca y constante. Si la muerte y el sueño se parecen un poco, algo en común tendrán los insomnes y los inmortales. Tal vez por eso los antiguos griegos dieron en considerar que los hiperbóreos gozaban de vida eterna, aunque esa condición no los hiciera particularmente civilizados. Contaba el borracho Sileno que fueron los primeros en ser visitados por habitantes de un continente ignoto situado al otro lado del mar y que los extranjeros se asustaron tanto por el primitivismo de los hiperbóreos que regresaron a su lugar de origen y no regresaron jamás.

Hiperbórea no existe y lo más probable es que Sileno, para pesar de los briagos, tampoco haya existido nunca, aunque algunos afirman que el filósofo Sócrates se parecía tanto a las representaciones de ese personaje mitológico que habría podido ser su reencarnación. En cambio, en su novela Horizontes perdidos (1933), el muy corpóreo James Hilton, habitante de tumba conocida, se basó en el pequeño reino budista de Bután, situado en la cordillera del Himalaya entre India y China, para situar allí la mítica Sambhala de las tradiciones hinduístas. Muy exagerada por la fantasía de Hilton, la capital butanesa, Timbu, se convirtió en Shangri-La, donde el tiempo se detiene entre la paz y la frescura. En Bután no existen semáforos, está prohibido fumar cualquier sustancia, incluido el tabaco, su ciudad principal no llega a los 75 mil habitantes y de ello se infiere que en esa nación el estrés debe ser más bien escaso. El nombre de Shangri-La se ha popularizado tanto que hoy miles de balnearios tercermundistas de medio pelo se llaman de ese modo.

Sileno y Sócrates


Por ahora dejaré fuera de esta geografía exagerada a La Atlántida, a Macondo y a Comala; omitiré El Dorado, Cibola, Quivira, nombres de ciudades inexistentes en cuya búsqueda perecieron, ahogados o flechados por indios, innumerables exploradores. El más embustero de ellos fue un fray Marcos de Niza, quien fue a contarle al virrey Antonio de Mendoza que en el territorio de Nuevo México había descubierto una ciudad más grande que Tenochtitlan, en la que la gente comía en vajillas de oro y decoraba sus casas con turquesas, perlas gigantes y esmeraldas.

En cambio, cuando a uno lo mandan a la Cochinchina, en realidad lo están enviando a una región vietnamita que se ubica entre Camboya, el mar de China y el golfo de Tailandia. En ella se ubican el célebre delta del Mekong y Ciudad Ho Chi Minh, antes Saigón (púdrete, Nixon), y fue bautizada Cochinchine por los franceses en 1787. Su población más antigua es de origen malayo-polinesio, fue habitada por hindúes, se la disputaron khmers y vietnamitas, fue gobernada por chinos y en 1858, tras el asesinato de unos misioneros europeos, España y Francia organizaron una expedición de castigo que culminó con la ocupación, por parte de las fuerzas francesas, de las ciudades de Saigón y Da Nang.

Timbuctú es otro de los sitios que, de tan lejanos, se vuelven casi imaginarios en el habla española aunque, pensándolo bien, no está tan lejos: queda en las costas occidentales de África, en Malí concretamente, aguas arriba del Níger con respecto a la capital del país, Bamako. Entre otros contrastados fragmentos sobre esa ciudad prohibida, Laetitia recoge este viejo proverbio malinés: “El oro viene del sur; la sal, del norte, y el dinero, del país del hombre blanco; pero los cuentos maravillosos y la palabra de Dios sólo se encuentran en Timbuctú”. Las construcciones viejas de la ciudad son de madera y pisón, que es lodo cimbrado con argamasa, y durante siglos estuvieron prohibidas a la vista de los no mahometanos. A los primeros europeos que conocieron la urbe no les fue nada bien: el explorador escocés Alexander Gordon Laing, llego a la ciudad en 1826, fue expulsado de ella y murió asesinado en el desierto próximo. Luego el marinero francés Paul Jubert sobrevivió a un naufragio en las costas de Senegal, fue hecho prisionero, conducido a Timbuctú y vendido allí en calidad de esclavo; falleció un tiempo después en Marruecos.

El lugar era la puerta de entrada al Sahara y allí, en el aire seco, los camelleros tuaregs, fundadores de la ciudad en tiempos de la dinastía Mandinga, se reunían para organizar las caravanas. La ciudad data del siglo X de esta era y alcanzó su máximo esplendor entre el XIV y el XV, cuando llegó a contar con cien mil habitantes de todas las procedencias: beréberes, árabes, bambas, mauritanos y tuaregs, organizada cada etnia en un barrio propio. Lo más célebre de Timbuctú es la Mezquita Sankore, posteriormente convertida en universidad islámica. Recientemente Paul Auster dio el nombre de la ciudad a una novela que narra, vista con los ojos de un perro (Mister Bones), la agonía del vagabundo Willy G. Christmas, quien se prepara a partir a un Paraíso que se llama igual que la vieja población tuareg, la cual fue declarada por la UNESCO Patrimonio de la Humanidad (1988).

Muchedumbres en Katmandú

Otra ciudad que evoca aventuras espirituales o carnales es Katmandú, la abrumada capital nepalesa| de quien el viajero Enric Cardona dice que “provoca odio o amor a primera vista; caótica por sí misma, es imposible controlarla con el mapa, la brújula o la guía; las calles carecen de nombres y en ellas se despliegan una infinidad de casas newaris de ladrillo rojo y ventanas finamente talladas en madera”. Coincide con él Natalia Benosilio, quien cuenta así su experiencia: “La llegada a Katmandú fue caótica como lo es toda esta fascinante ciudad asiática. Al atravesar el portal de salida del aeropuerto, una lluvia de ansiosos, bulliciosos e insistentes nepaleses, nos atacaron ofreciéndonos toda clase de servicios, desde hoteles, transportes, etc. Primero, nos pareció graciosa la situación (…) luego, nuestras caras se fueron transformando y la ira comenzó a invadirnos, ya que estas personas parecían no comprender la palabra ‘no’. Finalmente, intervino la policía y con métodos poco didácticos, como son los macanazos, logró alejarlos de nosotros”. Cardona dice: “Parece como si aquí no hubiera pasado el tiempo y la gente siguiera viviendo al estilo de la Edad Media”. Se equivoca, porque según el doctor Joshi, director del Centro de Investigación de Zoonosis e Higiene de Alimentos de Nepal, “hay un alto grado de contaminación del agua en los cinco ríos del valle de Katmandú y también del aire, a causa de los vehículos automotores y las industrias”. Algo de esa contaminación se le deberá al auge turístico de la ciudad, detonado por los orientalismos hippies de los años sesenta del siglo pasado.

Algo extraño ha de pasar con las toponimias agudas terminadas en u: acabemos el periplo en Xanadú, extinta capital veraniega del imperio de Kublai Kan, descrita por Marco Polo y convertida en sinónimo de localidad opulenta gracias, en buena medida, al poema en el que S. T. Coleridge (me quedo mil veces con Wordsworth) habla de cúpulas señeras, millas y millas de tierras feraces, abundosos árboles de incienso y no sé qué más. Esa imagen fastuosa fue reforzada por Orson Welles, quien bautizó Xanadú el palacio del Ciudadano Kane, y por Lee Falk y Phil Davis, autores del comic Mandrake el Mago, quien se suponía originario de esa ciudad difunta.

Dejo a Timbuctú en grado de me gustaría, aunque no iré nunca a Timbu ni a Katmandú ni a la Cochinchina. Encuentro que dentro de las paredes de una habitación es dable realizar viajes portentosos y que se puede vivir las más emocionantes aventuras en un corazón próximo. Pero allá cada quien.

Timbuctú: vida cotidiana

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