Las verrugas de Venus (III)

Ahora sí, entramos de lleno a la quevediana imitación:

A UNA DAMA EXTREMADAMENTE PÁLIDA

Ilustración: Rafael Barajas, El Fisgón


Si el blanco es el color de la pureza,
químicamente pura te declaro.
Parece tu pellejo, de tan claro,
anuncio comercial de mayonesa.
Un hecho es tu belleza,
un hecho de pigmentos muy avaro.

Si algún hombre insolente
observa fijamente
tu formidable piel alabastrina,
sufre desprendimiento de retina.
Juego de sol y nieve, tu conquista
ha de emprenderse a riesgo de la vista.

Víctimas del error, ciertos señores,
dicen que no te inmutas tú con nada
y algunos piensan que eres descarada
pues jamás se te suben los colores.
Tiene la culpa Dios —¡el muy travieso!—
que en ti no puso barro, sino yeso.

Hace tu piel indiscreciones serias
y tu composición no disimula
pues es muy evidente que circula
no sangre, sino leche, en tus arterias.
El Cupido divino
que me flechó, seguro que era albino.

Divina transparencia:
yo te querré hasta el fin, y no me importa
que, de colores corta,
a mis ojos lastime tu presencia.
Y si agoto las rimas y me estanco,
te seguiré cantando en verso blanco.


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