Esta noche

En este 2007 se nos fueron Ryszard Kapuscinski, Ali Farka Touré, Fontanarrosa, Marcel Marceau, Eva Forest. Con esas muertes el mundo ha perdido lucidez, sonido, risa, silencio y compromiso. Habrá que trabajar muy duro para remendar los respectivos huecos en el tejido humano que, visto al detalle, es una red que vive para repararse, para colmar ausencias, para seguir siendo posible con todo y sus agujeros. En el fondo de las luchas sociales, de los saltos tecnológicos, de las creaciones pertinentes, de las exploraciones amorosas, hay casi siempre una persona difunta que impulsa como un resorte a quienes todavía no le dan alcance en la tierra de la nada. El que no pudo es, si no garantía, cuando menos esperanza de que otros podrán: quiero caminar hasta donde tú no llegaste, quiero llegar al río que te fue desconocido, quiero amar como tú no pudiste hacerlo. Tal es nuestra humilde forma de dar al fallecido una continuidad más estructurada que la de sus moléculas al viento. La muerte es el abono de los vivos. Con la admisión de nuestro afecto por ellos –un puente al que le fue amputada una de las orillas– nos distanciamos de las cosas inanimadas y desafiamos al Universo: tú, masa inimaginable de partículas; tú, residencia de lo que es y ha sido; tú, padre y madre; tú, mapa informe y monstruoso y manchado, lleno de peligros, de abismales gelideces, de calores fulminantes y de radiaciones letales, no tienes soberanía alguna sobre mis querencias. No hay mayor acto de rebeldía ante el cosmos establecido que el acto gratuito de adornar las tumbas con cempasúchiles, con crisantemos, con frías rosas o, mejor aún, con una floración insignificante salida de la tierra para tributo de quienes están en ella.

Esta vez los senderos de pétalos de la ofrenda que hizo Clara no sólo conducen a nuestros muertos familiares y a los asturianos de líneas abajo, invitados a convivir y a conmorir, sino también al periodista polaco, al músico maliense, al monero argentino, al mimo francés, a la activista española. Por su conducto las flores llegarán a los que han caído en las guerras; a las mujeres asesinadas por serlo; a quienes no pudieron derrotar a las epidemias; a los que se les pasó la mano con alguna sustancia; a las bajas de la guerra estúpida contra las drogas; a los mineros y petroleros que se siguen muriendo todos los días en todo el mundo en accidentes laborales que tal vez no eran tan inevitables como nos habían dicho; a los migrantes incinerados por el sol del desierto, ahogados en el mar, asfixiados en contenendores; a los que no pudieron encontrar amor en la piel humana o razón en la existencia. Los esperamos a todos esta noche con el corazón puesto en la ofrenda.

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