Cosas de Pepe


Otro personaje centroamericano curiosito, por decir lo menos, es José Batres Montúfar, nacido en San Salvador en 1809 y muerto en Guatemala 35 años después. En ese lapso a nuestros ojos breve, fue militar, fue político, fue ingeniero agrimensor y fue poeta, y sobre su desempeño de este último oficio existen opiniones encontradas. Lo alabaron Menéndez y Pelayo, Juan Valera y el crítico francés Boris de Tannenberg, y lo execró Leopoldo Alas, Clarín.

Lo cierto es que, del multicitado Bécquer a Espronceda, el romanticismo no fue precisamente el mejor momento de la poesía iberoamericana, y Pepe Batres estaba por época y por temperamento inexorablemente afiliado a tal corriente.

Pero vayamos al chisme: nuestro personaje participó en la expedición a Nicaragua que organizó y dirigió el inglés John Baily para realizar un reconocimiento previo a la apertura de un canal interoceánico que, a la postré acabó siendo construido en Panamá. En el viaje murió el hermano de Pepe, Juan, lo que dio motivo a unos versos más raros que buenos, escritos en dodecasílabos (cito de memoria, y tal vez mal, porque Google casi no conoce a Batres Montúfar):

De fieras poblado, de selvas cubierto
que han visto serenas cien siglos pasar,
allá en Nicaragua se extiende un desierto.
¿Su historia? ¡Ninguna! ¿Su límite? ¡El mar!

Para colmo de males, a su retorno a Guatemala, Pepe se encontró con una noticia horrible (al menos, para él): Luisa Meany, su novia de toda la vida, se había casado con otro cabrón. Eso lo llevó a perpetrar su cosa más conocida, el Yo pienso en ti:

Yo pienso en ti, tú vives en mi mente
sola, fija, sin tregua, a toda hora,
aunque tal vez el rostro indiferente
no deje reflejar sobre mi frente
la llama que en silencio me devora.

En mi lóbrega y yerta fantasía
brilla tu imagen apacible y pura,
como el rayo de luz que el sol envía
a través de una bóveda sombría
al roto marmol de una sepultura.

Callado, inerte, en estupor profundo,
mi corazón se embarga y se enajena,
y allá en su centro brilla moribundo
cuando entre el vano estrépito del mundo
la melodía de tu nombre suena.

Sin luchas, sin afán y sin lamento,
sin agitarme en ciego frenesí,
sin proferir un sólo, un leve acento,
las largas horas de la noche cuento
¡y pienso en ti!

Después se reivindicó con el ejercicio del género jocoserio y, en particular, con Las falsas apariencias, en donde, a lo que puede verse, tomó el asunto por el lado divertido:

Si me dicen que el sol, que por el cielo
describir un gran círculo se mira,
camina en torno de él con raudo vuelo,
como sé que la tierra es la que gira
sobre sus mismos polos, sin recelo,
digo que lo que dicen es mentira,
aunque la vista así lo represente.
¿Por qué? –Porque el discurso lo desmiente.
Si sumerjo en un líquido una caña,
y la veo quebrada desde afuera,
entonces digo que la vista engaña,
porque sé que la caña estaba entera.
Si encuentro al regresar de la campaña
a mi mujer con un galán cualquiera
en alguna no lícita entrevista,
digo también que me engañó la vista.

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