Reporte


Siempre sí posteo. A las 10:30, cuando ingresé al Zócalo, los claros y las zonas ralas me alarmaron. La plaza distaba mucho de estar llena, y eso que su espacio utilizable se encuentra reducido en un tercio por la instalación de un pabellón de no sé qué. “Ahora sí ya nos quedamos solos”, pensé, con un poquito de amargura, aunque viéndole el lado bueno a la perspectiva: si para la próxima venimos sólo unos 300 gatos, habrá espacio de sobra para extender catres y escuchar al Peje tumbados en ellos, bronceándonos al sol, para desquitar tantísimas horas de pie y apretujados que hemos vivido en este espacio.
Sin ninguna dificultad pude dar una vuelta completa al espacio disponible de la plaza, pero cuando volví a mi punto de partida (frente al Ayuntamiento) ya costaba moverse. Tal vez es que en estos años hemos ganado experiencia y habilidad para entrar con rapidez a la plaza y llenar los claros. En todo caso, no hubo esas angustiosas solidificaciones de carne humana que presencié el año pasado, cuando la asistencia era tal que uno quedaba prácticamente ensamblado con las personas a su alrededor, pero el Zócalo se llenó.
Esta vez prácticamente no hubo zumbido de helicópteros. Sólo uno de la Policía, ya bien empezado el mitin, y el aburrimiento de los ocupantes de la aeronave se percibía desde el suelo: un vuelo rutinario para informar a la superioridad que no pasó nada, que esto no es la toma del Palacio de Invierno –por más que los chicos del “Partido Comunista de México” hayan colgado unas enormes caras de Marx, Engels, Lenin y Stalin en un rincón de la plaza– y que muchos comercios del Primer Cuadro abrieron sus cortinas metálicas y apostaron por el mercadeo de muchedumbres. Ya avanzado el discurso del orador principal otro pájaro rotatorio se dio un par de vueltas rutinarias por encima de nuestras cabezas: morralla para alguno de esos noticieros radiales o televisivos que por norma dicen mentiras.
Los diez minutos o más de campanazos desde Catedral fueron una ostensible provocación de ese alto clero que cogobierna y que, por ello, goza de impunidad total para sus canalladas.
Yo estaba del otro lado del Zócalo y no alcancé a ver la incursión de manifestantes en la iglesia, pero sí percibí la indignación causada por el barullo eclesiástico. Estaba en uso de la palabra doña Rosario Ibarra, y cuando se dio cuenta que el escándalo no era una piadosa llamada a misa sino desatadas ganas de joder, se preguntó: “Esas campanas, ¿estarán saludando a la Convención Nacional Democrática o pretenderán que nos callemos?” La admirable mujer se desgañitó y logró imponer su voz –al menos, la que le llegaba al sector sur del Zócalo, en el que yo me encontraba– al griterío de bronce procedente del campanario.
El Peje habló bien y con mucha sustancia, cargó las baterías de la multitud y recibió de ésta la energía para seguir haciéndola de presidente legítimo (chamba ingrata y dura si las hay) de aquí al 18 de marzo, y lo que dijo rebasa el sentido de este post. No percibí euforia, pero tampoco tristeza en la multitud. Tengo la impresión de que este movimiento ha empezado a establecer su propia normalidad y sus propias rutinas (aunque la CND sea un caos) y que los asistentes acudimos al Zócalo con la tranquilidad de estar haciendo lo que nos toca para cambiar al país, y que salimos de allí con la actitud cotidiana de quien abandona la sala de juntas tras una reunión profesional. A fin de cuentas, Calderón se ostenta como el Presidente del empleo y vaya que nos ha dado a todos un montón de trabajo: el trabajo de echarlo del cargo a punta de expresiones de repudio.

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