20 de noviembre: de los plomazos a los chiflidos

María Petrona Mori, madre de Porfirio Díaz, hacia 1854 (Wikipedia)

Las palabras “Revolución Mexicana” traen a la mente imágenes gloriosas, libros de texto, nombres de calles, fotos oxidadas de Casasola, museos, trenes rellenos de Adelitas, películas y corridos. Uno piensa en lejanos momentos que fueron luminosos para el país, tras la larga noche del Porfiriato. Uno recuerda los artículos 3°, 27 y 123 constitucionales, el reparto agrario, el Seguro Social, los murales de Bellas Artes, las bases de una política exterior soberana.

La memoria organiza una ensalada de nombres: Madero, Zapata, Villa, Obregón, los Flores Magón, Genovevo de la O, Felipe Ángeles… Rara vez, en cambio, se piensa que los máximos y verdaderos instigadores de la Revolución Mexicana fueron José Yves Limantour y Porfirio Díaz.

Este último empezó como héroe de la República, en tiempos de la Intervención Francesa, pasó por una época de político chillón (lloró de vergüenza en la tribuna del Congreso a fines de 1874 cuando no pudo pronunciar decentemente un discurso y volvió a llorar dos años más tarde, cuando, rebelado contra el presidente Lerdo de Tejada, fue derrotado por Mariano Escobedo en Icamole, Nuevo León) y acabó de dictador entreguista y asesino. Todo (su facilidad para las lágrimas y su carácter despiadado) se explica por la expresión facial de su mamá, doña María Petrona Mori, una mujer que de seguro era admirable (cuando murió su marido, ella sola sacó adelante a sus hijos) pero cuya mirada podía hacer que hasta un adulto se cagara del susto, y cuantimás un escuincle oaxaqueño al que le faltaba mucho para llegar a general.

Por mucho que haya permeado en nosotros la imagen de los hombres alborozados que decidían irse a “la bola”, no habría que olvidar que los revolucionarios no fueron a ponerse en el camino de las balas sólo por ganas de echar desmadre, sino porque no les dejaron otro camino. No se lo dejó Díaz a Madero, no se lo dejó Madero a Zapata, no se lo dejaron a Villa Carranza y Obregón.

Evocamos el bronce, los avances logrados, el desquite del pueblo, pero olvidamos con frecuencia que eso que llamamos La Revolución Mexicana fue una larga y espantosa pesadilla para quienes la vivieron: muerte, destrucción, desplazamientos, hambre, inestabilidad, incertidumbre. Tampoco habría que olvidar que el júbilo de una dictadura derrumbada fue previo a los largos años de violencia en que se vio sumido el país, primero por efecto de la contrarrevolución del espurio Victoriano Huerta, y después porque los caudillos menos revolucionarios se dedicaron a matar a los que lo eran más.

En realidad, lo que festejamos el 20 de noviembre no es la sustitución de un autócrata (Díaz) por un incauto (Madero), ni la carnicería que siguió tras el asesinato vil del segundo, sino el final de todo ese horror y su legado bueno. El régimen posrevolucionario se colgó de esa fecha porque no hay ninguna precisa para el término de la Revolución: ésta no tuvo ceremonia de clausura ni cierre definido (hay que recordar que cuando Zapata y Villa fueron asesinados ya estaba vigente la Constitución actual) y la violencia armada se perpetuó hasta bien entrado el Siglo XX en forma de alzamientos esporádicos de caudillos insumisos y bajo el manto o la sotana de la Guerra Cristera.

Carranza, Obregón, Calles y demás caciques norteños que triunfaron sobre las huestes populares de Villa y de Zapata, se robaron algunas banderas de los derrotados porque, después de siete (o diez, o doce) años de combates, pillajes y paredones de fusilamiento, y con el país hecho pedazos, éste no habría aceptado un simple regreso a la vieja paz porfiriana. Los nuevos jefes necesitaban agregar legitimidad (por más que en aquellos tiempos la palabreja no estuviera de moda) a su poderío militar y, así fuera en medio de traiciones, intrigas, corruptelas y chingaderas mayúsculas, dieron paso a la construcción de un régimen más justo, más moderno y, con todo y todo, menos antidemocrático y excluyente que la dictadura porfiriana. Al término de la lucha armada, la vida política de la República dio márgenes de acción a constructores de la Nación como Narciso Bassols, Francisco J. Múgica, Heriberto Jara y, desde luego, el general Lázaro Cárdenas del Río, y también a figuras tan contrastantes como el jacobino Tomás Garrido Canabal, asesino de curas nomás porque sí, y el brillante José Vasconcelos, quien al paso de los años se volvió un poquito nazi, y a quien se atribuye la frase “en Sonora termina la civilización y comienza la carne asada”.

Nuestra noción de la Revolución Mexicana se confunde también con los frutos –algunos muy tardíos— de las luchas armadas que tuvieron lugar entre 1910 y 1918, por lo menos: garantías individuales, obra educativa y cultural, derechos colectivos de las comunidades, ejidos, conquistas laborales, seguro social, expropiación petrolera, diplomacia independiente, carreteras, aeropuertos, refinerías, hidroeléctricas, es decir, todo lo que se desarrolló a partir de los acuerdos que permitieron poner fin, poco a poco, a las confrontaciones violentas.

Todo eso empezó a terminarse a partir de 1982, cuando llegó a la Presidencia Miguel de la Madrid, el primer tecnócrata desde tiempos de los “científicos” de Porfirio Díaz, y la regresión se aceleró y tomó rumbo definido cuando Carlos Salinas de Gortari fue impuesto como jefe del Ejecutivo federal, en 1988, mediante un fraude electoral tan escandaloso como el de 2006. De Salinas a Zedillo, de Zedillo a Fox, de Fox a Calderón, el descuartizamiento de la Nación ha mantenido un rumbo firme, claro y coherente: el país se mueve hacia un porfiriato con Internet y satélites, la sociedad vuelve a ser chusma a ojos de los poderosos, se reinstala el poder de las sotanas y las casacas militares, el país pierde su soberanía y las hordas policiales vuelven a romperles la cabeza a los disidentes, a los inconformes, a los obreros en huelga, a las comunidades rebeldes. Los inversionistas (extranjeros o mexicanos, pero preferiblemente extranjeros) se reparten la zalea de la propiedad otrora pública y uno se pregunta cuánto falta para que el grupo en el poder acabe instigando una nueva Revolución Mexicana.

El proceso parece indetenible, y quién sabe si sea más fácil contener al grupo gobernante que tumbarlo. Felipe Calderón tiene aspiraciones de Porfirio, pero las tragedias de la historia se repiten como farsa y nadie en su sano juicio pensaría, hoy, en procurar una repetición del ciclo de violencia que tuvo lugar en la segunda década del siglo pasado; el desafío actual es conseguir que los neoporfiristas que desgobiernan se larguen del poder, y lograrlo no con plomazos sino con chiflidos.

Ma. del Carmen Hinojosa Rodríguez, mamá de Felipe Calderón, en 2007

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