Amarren a sus perros

La tarde del domingo 23 de octubre de 2005, cuando empezaban a conocerse los resultados de la elección interna de Acción Nacional en Michoacán para designar al candidato presidencial de ese partido, llegaron a los teléfonos celulares de los principales colaboradores de Santiago Creel mensajes de texto sin firma que decían: “¿Así o más?”, en clara referencia a la abrumadora derrota sufrida por el ex secretario de Gobernación (Alberto Nájar, Masiosare, La Jornada, 6/11/05). En efecto, su rival, Felipe Calderón, había logrado en su estado natal el 72 por ciento de los votos en esos comicios realizados bajo un cúmulo de sospechas cuyos fundamentos fueron popularmente bautizados “el cochinero azul”: “acarreo de votantes, coacción y compra del voto con mecanismos como la operación cochinita y el reparto de despensas” que, a la postre, la dirigencia panista minimizó como “problemas de coordinación y negligencia” (Claudia Herrera Beltrán, La Jornada, 23/10/05). Unos días antes, Juan Camilo Mouriño, a la sazón coordinador de la campaña del michoacano, descartó que su jefe fuera a pagar factura alguna porque “no nos hemos unido a la maestra” (30/10/05).

El estilo es el hombre. Esos tres detalles tempranos dan el tono de lo ocurrido en el curso del año siguiente y de lo que ha venido ocurriendo desde entonces. Unos meses después de que Calderón amarrara, en el comicio michoacano, la nominación presidencial de su partido, el mezquino mensaje “¿Así o más?” se transformó en un bombardeo de mentiras, insultos, desinformación y difamación contra su rival, y buena parte de esa campaña sucia se llevó a cabo por medio de mensajes de correo electrónico, presentaciones de Power Point y comentarios en páginas y blogs. Como se documentó en su momento, no poco de esa basura salió de computadoras ubicadas en oficinas públicas del gobierno federal. “El cochinero azul” fue precedente de un “haiga sido como haiga sido”, reconocido motu proprio, que muchos sabemos cómo fue: el documental de Luis Mandoki, Fraude México 2006, todavía en cartelera a pesar de las conjuras contra la cinta, explica con nitidez ese “cómo”. La negación de lo cierto y la afirmación de lo falso se han mantenido, corregidas y aumentadas con respecto al foxismo, como pilares del discurso oficial.

En días recientes, a raíz de la incursión del 18 de noviembre a Catedral por parte de un grupo de exaltados vociferantes, algunos de los que opinaron en público que tal episodio se había originado en una provocación no muy ajena a los estilos del calderonismo ahora gobernante, recibieron en su correo electrónico y/o en sus blogs –es el caso del que firma–, además de divergencias y coincidencias razonadas, una catarata de mensajes y comentarios anónimos sin ningún sustento conceptual, que parecen fabricados en serie y que van del insulto a secas a exhortaciones al linchamiento, aderezadas, en algunos casos, con vivas al fascismo y otras lindezas.

Sin duda, es muy improbable que el jefe del Ejecutivo federal se ponga a aporrear teclados y a urdir seudónimos internéticos para hostigar a detractores, pero es posible que ahora, como ocurrió hace dos años, y como sucedió antes de los comicios de 2006, alguien en el círculo presidencial instigue esa clase de andanadas.

Parece del todo inútil presentar denuncias penales por estas acciones, entre otras razones porque desde el sexenio pasado la Procuraduría General de la República está convertida en instrumento de los caprichos presidenciales y en tapadera de las pifias del poder federal. Si algo faltaba para perder cualquier vestigio de confianza en ese dependencia, basta con leer la reacción de José Luis Santiago Vasconcelos ante la denuncia presentada recientemente por Andrés Manuel López Obrador contra Calderón, Fox, Zedillo y Salinas por el pésimo manejo del sistema hidroeléctrico en el sureste de México: la querella interpuesta fue, dijo Santiago, “extremadamente amoral (sic), políticamente reprobable” y “socialmente muy desagradable”.

Tripulados o no, concertados o no, algunos exaltados de la derecha nacional envenenan la vida pública del país más de lo que ya está, y con ello le hacen un flaco favor a su liderazgo, el cual se enfrenta, desde una presidencia impugnada y atrás de las vallas del Estado Mayor Presidencial, a un país fracturado y polarizado. Por eso, si el calderonismo quiere evitar una descomposición política mayor y seguir haciendo como que gobierna de aquí a 2012, no estaría mal que amarrara a sus perros.

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