Murió El Caníbal

Murió El Caníbal. En su celda
amaneció colgado
sin su blindada coherencia,
sin su hablar correcto y persuasivo
de vendedor de muebles
y sin esa maldita compostura
con la que hablaba de sus crímenes
como si hubieran sido ajenos,
como si él fuera el policía
que termina un reporte,
toma su saco del perchero,
pasa lista a sus llaves
y se larga a su casa a tomar sopa.

Y como si esa sopa
no hubiera sido sangre
de una madre soltera, ilusionada
ante un galán muy guapo
que la corteja con poemas
y con gestos precisos y correctos
anticipa los cortes en tejidos
que no habrían debido ser cortados.

Murió El Caníbal. Fracasó su intento
de no hacer el ridículo
en circunstancia alguna. Lo mataron
los otros reos, o se hartó de pronto
de una vida que pudo ser montaje,
cartón, luz efectista,
de no ser por los restos de su cena.

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