Con uno basta

agosto 31, 2007

El Instituto Federal Electoral (IFE) estableció ocho nuevos “candados” (medidas de seguridad) en las credenciales para votar, con el propósito de “evitar su falsificación y mal uso”. Más valdría preocuparse por la falsificación y el mal uso de las votaciones: poner, por ejemplo, un candado para impedir que un mamarracho enloquecido como éste de aquí abajo, ladrón de sufragios y engendro de la Gordillo, vuelva a ocupar la presidencia de la institución electoral.



Canto a mí mismo

agosto 30, 2007

El Poeta

  • Sueño de una tarde de septiembre
  • Whitman y El Ciudadano

El Ciudadano se hizo una imagen mental de la montaña de datos optimistas que contenía su Informe de Gobierno: escuelas, hospitales, carreteras, exportaciones, salarios, precios, crecimiento, normalización de la vida política, ensanchamiento de la democracia, avances en materia de derechos humanos, resultados espectaculares en el combate a la delincuencia organizada, decomisos sin precedentes de armas, drogas y mercancía pirata, medidas para reactivar el agro, acciones contundentes a favor de las zonas marginadas, programas de protección para los emigrantes y los inmigrantes, reformas visionarias a importantes instituciones del Estado, erradicación de prácticas corruptas en las dependencias públicas, recuperación del liderazgo internacional y de la armonía en las relaciones exteriores… El recuento era propicio para secretar una generosa cantidad de endorfinas. El Ciudadano disfrutó la sensación de bienestar generada por aquel río de cifras que lo envolvía como una frazada en el frío de la Sierra Tarahumara, como la exhalación de un aire acondicionado en la primavera de la Tierra Caliente, como una cápsula a prueba de insultos en el barullo del Congreso. Cuánto le habría gustado leer en ese momento, para complementar el canto de los números, lo siguiente:

Así como soy existo. ¡Miradme! / Esto es bastante. / Si nadie me ve, no me importa, / y si todos me ven, no me importa tampoco. / Un mundo me ve, / el mas grande de todos los mundos: Yo. / Si llego a mi destino ahora mismo, / lo aceptaré con alegría, / y si no llego hasta que transcurran diez millones de siglos, esperaré… / esperaré alegremente también. / Mi pie está empotrado y enraizado sobre granito / y me río de lo que tú llamas disolución / porque conozco la amplitud del tiempo.

De pronto, un recuerdo de juventud se infiltró en la ensoñación presidencial. Evocó el enojo y la fatiga que le causaban, en lo remotos tiempos estudiantiles, los mensajes presidenciales del primero de septiembre, más feos y rimbombantes que un discurso de papá de quinceañera, “tejidos con la más exquisita demagogia” y en los cuales se prometía “redención social y bonhomía”. Pensó en la imposibilidad de pronunciar aquellas piezas oratorias sin hacer a un lado congruencia e integridad, sobre el obligado desdoblamiento de personalidad y la tergiversación y recomposición de realidades (aquí se toman prestadas frases de Eva Salgado y de Rebeca Barriga, autoras, respectivamente, de El discurso del poder y de su reseña, y dejo el resto de las referencias en navegaciones.blogspot.com). Desde su época de estudiante, El Ciudadano se había sentido parte de una sociedad que, como dice Monsiváis, no era registrada por la atmósfera retórica del mundo oficial, “y cuya sordera ante los eslogans típicos iba en aumento”. Pensó con tristeza que el texto que tenía enfrente estaba amasado con la misma pasta lexicográfica que los informes de, por ejemplo, Díaz Ordaz: financiamiento, inversión, créditos, sector, plantas, reservas, tasa, incremento, aumento, crecimiento, programa, producción, infraestructura, capacitación, agricultura, transporte, desarrollo, planeación, favorecer, debemos, hemos, hospitales, expansión, gobernar, Ejército.

Nuestro personaje ignoraba casi todo lo relacionado con la épica, la lírica y la dramática. En eso y en otras cosas se parecía a sus antecesores; el inmediato, por ejemplo, había pasado de la vida campirana a la gerencial, y de ésta a la presidencial, sin toparse nunca en su camino con uno de esos objetos obsoletos y populistas denominados libros. Las carencias del Ciudadano no eran tan ostensibles e irremediables, y recordó algo que había leído años antes, Canto a mí mismo, atraído por su parcial homonimia con el que creyó autor –León Felipe Camino, que era sólo el traductor— y sintió que ese título describía a cabalidad el mamotreto que tenía por delante y que debía entregar esa tarde al Poder Legislativo, como se viene haciendo desde tiempos de Guadalupe Victoria, quien estrenó el género. No sabía que el poema original es obra de un gringo del siglo antepasado, hipócrita, excelso y probablemente gay, llamado Walter Whitman, ni que el trascendentalismo de Song of Myself es muy diferente al afán de trascendencia que caracteriza las alocuciones presidenciales, afán muy parecido, en cambio, al impulso que lleva a un adolescente a escribir a punta de navaja “aquí estuvo El Pecas”, o cosas similares, en la corteza de los árboles. Me celebro a mí mismo y me canto a mí mismo.

Canto a sí mismo

El Ciudadano volvió al presente y observó con fastidio el adobe optimista que descansaba sobre su escritorio y pasó lista a las muchas cosas omitidas en el documento: la fabricación de delitos a dirigentes sociales, la viejita que murió de una gastritis no atendida, los ínfimos resultados de la guerra contra las drogas, las escuelas públicas con goteras y cuarteaduras en los muros, la turbiedad de la prueba “Enlace”, el incremento del desempleo, la carestía en los productos de primera necesidad, los conflictos laborales y agrarios en todo el mapa nacional, la imposibilidad de las reformas, las sospechas generalizadas por la manera en que su gobierno había manipulado una suma millonaria decomisada a un empresario farmacéutico que resultó ser narco, la persistencia de la corrupción en casi todas las esferas gubernamentales, la irritación creciente del empresariado por la falta de rumbo claro en las decisiones económicas, la desconsiderada arrogancia del gobierno del país vecino (“pero si les digo que sí a todo, y ni así…”), el chantaje consistente y perenne de los desplazados del poder, los pleitos cada vez más desbordados en su partido y en su círculo inmediato, la desastrosa herencia de un antecesor que lo odiaba sin ambigüedades, la vida entre lambiscones dignos de toda su desconfianza, los gritos y las injurias repetidos en cada lugar público que visitaba, la desatención de los hijos, en la que incurre sin remedio todo jefe de Estado…

De pronto, la suma de estas incomodidades desembocó, en la imaginación del Ciudadano, en una causa grave constitucional y en vía de escape rápido. En ese momento se dio cuenta que los únicos vítores no inducidos a los que podría hacerse merecedor provendrían de su salida voluntaria del cargo que desempeñaba y por el cual había luchado toda su vida. Reflexionó un momento sobre su paisano Pascual Ortiz Rubio, quien llegó a la Presidencia tras una elección muy disputada que dejó dudas sobre la veracidad de los resultados oficiales y renunció al puesto dos años después de asumirlo. Se imaginó de nuevo libre de obligaciones aplastantes, a salvo de dilemas irresolubles, ajeno a la inmundicia irremediable que prolifera en el poder. Vio cómo se recomponía la clase política, despejada de agravios perdurables, concibió su propia felicidad y la del país, imaginó a la Nación viviendo el alborozo de lo imprevisto. “Lo que tendría que hacer –se dijo— es agregar a los anexos de este tomo una carta de renuncia”.

Pero en ese momento, alabado sea Dios, uno de sus confiables colaboradores entró al despacho y le informó que todo estaba listo, que la oposición había renunciado a serlo y hasta a parecerlo, y El Ciudadano se olvidó de sus tentaciones, retomó la compostura y, como lo hicieron cada año todos sus antecesores desde Guadalupe Victoria, partió a entregar un mamotreto en el que se anunciaba por escrito el advenimiento de una nación feliz.


¿Comentarios?

agosto 30, 2007

Rubí Oceguera vs. Vieux Diop

agosto 29, 2007

Hay duelos musicales memorables, como la piqueria que sostuvieron Mile Zuleta y Lorenzo Morales, Moralito, en Valledupar, allá por 1938, y que dio origen a La gota fría, luego difundida por Carlos Vives.

Ahora me acuerdo de este otro, que tuvo lugar en el Parque México, en una noche de primavera de 1999, entre el zapateado jarocho de la veracruzana Rubí Oceguera y el tambor mandingo del senegalés Vieux Diop:


Goodbye, Gonzales

agosto 28, 2007

Alberto Gonzales tiene tras de sí una historia impresionante de éxito y de superación personal. Nieto de indocumentados mexicanos, hijo de albañil y segundo de ocho hermanos, se graduó con honores en el bachillerato, ingresó a la aviación militar y luego de dos años de lavar fuselajes consiguió ingresar a la Academia de la Fuerza Aérea. Luego curso una licenciatura en Ciencias Políticas y después, un doctorado en Derecho en Harvard.

Tiempos felices: el nombramiento

Se sacó la lotería cuando conoció a George W. Bush, quien, como gobernador de Texas, lo hizo su consejero, su secretario de estado y su hombre en el tribunal supremo estatal. Gonzales sirvió a su amo con lealtad absoluta: en 1996, por ejemplo, consiguió que el gobernador fuera eximido de presentarse ante un jurado por manejar borracho y logró desaparecer el expediente de un arresto que sufrió su patrón en Maine, dos décadas antes, por confundir la botella con el volante. Este hispanic exitoso revisó las peticiones de clemencia de todos los ejecutados en Texas durante la gubernatura de Bush –150 en total, 148 hombres y dos mujeres— y en ningún caso registró circunstancias que habrían debido ser suficientes para detener las sentencias. Uno de los casos más terribles es el de Terry Washington, un hombre que al momento de ser sometido a la inyección venenosa tenía la capacidad expresiva de un niño de siete años. O el de Carl Johnson, cuyo defensor de oficio se quedó dormido en la sesión en la que el acusado fue condenado a muerte.

 

Historial delictivo de George W. Bush

 

Con esa vasta experiencia de matarife, Gonzales se mudó a Washington, siempre al lado de Bush, luego que los republicanos se robaron la elección presidencial de 2000 y pusieron al texano en la Casa Blanca. Tras los atentados del 11 de septiembre de 2001, y en su calidad de consejero legal del presidente, el hijo del albañil mexicano redactó la Orden Ejecutiva 13233, que recortó severamente la libertad de información y tiñó de opacidad toda la esfera presidencial. En enero de 2002 compuso un célebre memorándum en el que cuestionaba la validez de la Convención de Ginebra en la “guerra contra el terrorismo” lanzada por Washington. La almendra de su razonamiento era que las disposiciones de ese instrumento internacional que prohibían las ofensas a la dignidad y el trato inhumano a los prisioneros eran demasiado ambiguas y ponían en riesgo a los militares estadunidenses de ser procesados bajo los términos del Acta de Crímenes de Guerra de 1996. Para entonces, los torturaderos de Guantánamo y Abu Ghraib funcionaban a plena capacidad. Discurrió entonces a favor de los tormentos light y forjó el argumento estrella del actual gobierno estadunidense para legitimar sus masivas violaciones a los derechos humanos en el mundo: la tortura era una práctica aceptable siempre y cuando no se le llame tortura. Gonzales fue, además, un operador central para la aprobación del “Acta Patriótica”, un conjunto de disposiciones que otorga facultades discrecionales y excepcionales al Poder Ejecutivo y borra buena parte de las garantías individuales y las libertades tradicionales del sistema judicial estadunidense.

 

 

Memorándum secreto: ¡Que viva la tortura!

 

El descendiente de indocumentados no llegó a ser secretario de Justicia a pesar de ese historial abominable, sino precisamente gracias a él: es que las opiniones y los actos del sirviente son reflejo fiel de los deseos del amo. En enero de 2005, poco antes de que el Capitolio aprobara su nombramiento, Brian J. Foley escribió que el mayor pecado de Gonzales no era su respaldo a la tortura, sino “su intento de dar al presidente el poder de encarcelar a los estadunidenses en régimen de incomunicación y por tiempo indefinido”.

 

 

Tiempos amargos: la renuncia

 

Gonzales fue el brazo ejecutor de Bush para destruir el sistema legal de Estados Unidos y cumplió el encargo con eficiencia, prontitud y lealtad absoluta. En materia de arrasamiento de las libertades, garantías y derechos fundamentales, la oposición demócrata se tragó todos los sapos. Gonzales podía ser matarife, perjuro, entusiasta de la tortura y encubridor de su jefe, pero no se le perdonó el manejo faccioso que hizo Gonzales de los movimientos de personal en la secretaría de Justicia: a la clase política le resultó intolerable que despidiera a fiscales imparciales y que prefiriera a los incondicionales de Bush y del Partido Republicano. Por eso le dijeron: “Goodbye, Gonzales”.


Ni la burla

agosto 27, 2007
Una primaria rural


Hay un asunto que a todos nos importa: que el dinero que es para la educación vaya a la educación.”

Elba Esther Gordillo, propietaria del Sindicato Nacional de Trabajadores de la Educación (SNTE)

Una de las residencias de Elba Esther Gordillo


Un millón de años antes de Cristo

agosto 26, 2007


Cuando era niño vi esta película con reverencia y espanto, como si fuera una de las grandes gestas de la Humanidad. Anoche volví a verla y me topé con una de las grandes simas de la historia del cine.

La compré porque quise compartir con Clara las emociones que me había provocado, pero desde un primer momento el bodrio empezó a caerse a pedazos ante nuestros ojos. Cuando aparece la iguana gigantesca, Clara pregunta:

–¿Así pensaban que eran los dinosaurios cuando tú eras chiquito?
–No –admito–. Nadie pensó nunca que hubiera dinosaurios como ese. Pero además…
–… cuando aparecieron los humanos los dinosaurios ya se habían extinguido –interrumpe ella, cerrando toda posibilidad de verosimilitud a lo que queda de la película, que es, a esas alturas, la mayor parte.

Lo que sigue es una carnicería: Raquel Welch es antipática, su novio cavernícola (John Richardson) se la pasa pelando los ojos como si tuviera en todas las tomas a un asistente de producción pellizcándole el perineo, los animales exhiben látex y el cartón-piedra de la escenografía no deja concentrarse en la trama, la cual parece haber sido escrita por un hippie sin talento y, desde luego, carente de la más puta idea de geología, paleontología y prehistoria.

Y mientras en la pantalla algo que se esforzaba por parecer pterodáctilo trataba de comerse a la Welch, nosotros devorábamos unas quesadillas que nos quedaron igual de buenísimas. Nunca nos habíamos divertido tanto despedazando una película.