Loros, monos y humanos

abril 30, 2007

  • Alex, un perico prodigio
  • Los bonobos, cogelones y pacifistas
Hace unos siete años Ricardo Gómez publicó La selva de los números, un libro didáctico y divertido que pretende introducir a los niños en el pensamiento matemático un poco a la manera en que los viejos fabulistas enseñaban moral y sentido común. La protagonista es Tuga, un quelonio que descubre los números y emprende un viaje para difundir su hallazgo entre los habitantes de la jungla. Quién sabe si el autor estaba al tanto de una historia que escuché o leí no se dónde, pero varias veces, sobre el loro de la escuela de Arriaga. Iba más o menos así: una maestra rural tenía en su escuela, situada en algún lugar del municipio de Arriaga, en el Soconusco chiapaneco, un perico de lengua negra. Para quienes no lo sepan, y para disgusto de la Sociedad Protectora de Animales: no es necesaria la jaula para mantener en cautiverio a un pájaro de esos; basta con recortarle de vez en cuando, con unas tijeras, las plumas más largas de las alas, y listo: desprovisto de su medio natural de transporte aéreo, y obligado a viajar a pie, un loro no llegará muy lejos. Pero por alguna circunstancia desconocida a nuestra profesora se le olvidó podar al plumífero y un buen día éste voló hacia la libertad y al encuentro con sus congéneres. Años después del suceso, los viajeros que se internaban por la jungla de la costa se sorprendían al escuchar a los psitácidos de la región cantar en las copas de los árboles cosas como “tres por cuatro, doce”, “Colón descubrió América”, “cuáles son los cinco sentidos”, “Marta Godínez, presente”, y muchas otras frases aprendidas por el prófugo durante su estancia en la primaria y luego diseminadas en sus correrías.

Durante mucho tiempo pensé que la historia era falsa de necesidad porque, a contrapelo de las apariencias, adiestrar a un perico para que repita palabras es difícil, aunque no tanto como convencer a Monseñor para que explore, sin culpas pero sin dañar a nadie, su propia sexualidad. Me parecía que el asunto era una representación simbólica de ese espíritu mecanicista que impera en las aulas de educación elemental en las que los menores se ven obligados a aprender cosas “como pericos”, es decir, sin preocuparse demasiado por conectar la lengua al cerebro. Pero esa idea común podría ser injusta, de acuerdo con las investigaciones de Irene Pepperberg, de la Universidad de Arizona, quien lleva décadas estudiando loros grises y sostiene que tras la capacidad de esos animales para emitir palabras se esconden capacidades cognitivas y comunicativas mucho más amplias de lo que suele pensarse. En ese tiempo, Irene ha conseguido que un yaco llamado Alex haya ido más allá de la identificación verbal de objetos concretos, se muestre capaz de nombrar y combinar categorías abstractas como color, número, forma y material, y utilice correctamente las expresiones “sí”, “no”, “quiero” y “no quiero”.

Tal vez la vida de laboratorio y la convivencia con su mentora hayan convertido a Alex en el Stephen Hawking de los pericos, es decir, en un sujeto tan excepcionalmente brillante entre los individuos de su especie como lo es entre nosotros el gran paralítico. Y dice el profesor Donald Broom, de la Facultad de Veterinaria de la Universidad de Cambridge: “Cuanto más observamos las capacidades cognoscitivas de los animales, más avanzados nos parecen, y el paso más grande parecen haberlo dado los loros”.



Por lo demás, el mes pasado el doctor Antonio Maura, también de Cambridge, informó que había observado a monos capuchinos enseñarles a sus congéneres técnicas de percusión de piedras. La idea de los micos consiste en hacer ruido para espantar a los depredadores y alertar al resto de la manada. Según el científico, que realizó sus observaciones en el norte de Brasil, este medio de comunicación resulta novedoso en la especie, cuyos especímenes suelen golpear objetos de manera innata pero sólo para romper nueces y frutas de cáscara dura. En el grupo de capuchinos estudiado, en cambio, la técnica les fue enseñada a ejemplares que fueron liberados en la zona tras haber sido criados en cautiverio. Como quien dice, técnicamente estos simios están ya tras las pistas de la rotativa y de la banda ancha.

A propósito de monos: hace un par de meses hice referencia a los hallazgos recientes en torno a la capacidad de algunos primates superiores de fabricar y adaptar herramientas en función de necesidades específicas, dato que constituye todo un gancho al hígado para el orgullo de los Homo sapiens. Y no es el único: está sólidamente documentado que entre los bonobos, especie de chimpancés que habita en el África central, son corrientes la comunicación simbólica, el altruismo, la compasión, la paciencia y el uso de hierbas medicinales. Ah, y también son comunes entre estos gráciles chimpancés prácticas tales como los besos de lengua, el sexo oral en todas las posiciones imaginables y en todas las combinaciones posibles (hembra-hembra, hembra-macho, macho-macho), así como los contactos genitales en parejas de machos y en ayuntamientos hembra-hembra (tribadismo).

Estos primates de alegres costumbres constituyen otro dolor de cabeza para El Vaticano: no podrá decirse que los hábitos sexuales de estos animalitos del Señor sean contra Natura.
Lo más importante: Richard Wrangham y Dale Peterson afirman que, como los hippies, los bonobos usan el sexo como mecanismo de reconciliación y prevención y superación de pleitos y que, posiblemente por ello, son una “de las especies más pacíficas y no agresivas de mamíferos que hoy día viven en la Tierra. Nos muestran que la danza evolutiva de la violencia no es inexorable”. Tal vez habría que convencer a Bush, a Cheney y a Condoleezza de que pasen unas vacaciones de verano entre una manada de bonobos. Estos lamentables ejemplares humanos podrían aprender allí los beneficios terapéuticos de la cogienda y atemperar por ese medio su desbocada belicosidad.

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Guernica en el corazón

abril 27, 2007

  • Mentiras de las derechas

  • Actualidad de los aéreos carniceros

“Bilbao, 27 de abril.- Guernica, la ciudad más antigua de los vascos y centro de sus tradiciones culturales, quedó completamente destruida en la tarde de ayer a consecuencia de ataques aéreos de los insurgentes. El bombardeo de esta ciudad desprovista de defensas, alejada de los frentes, duró tres horas y cuarto. Durante este tiempo, una poderosa flota de aeroplanos no dejó de descargar sobre la ciudad bombas que pesaban hasta mil libras y, según se ha calculado, más de tres mil proyectiles incendiarios de aluminio de dos libras. Los cazas, entre tanto, se lanzaban en picado sobre el centro de la ciudad para disparar, en vuelo rasante, sus ametralladoras contra aquellos civiles que habían buscado refugio en los campos.”

Así empieza la nota del sudafricano George Steer publicada en la edición de The Times del 28 de abril de 1937. El suceso fue confirmado por los sobrevivientes, por sacerdotes vascos que notificaron al Papa y, más tarde, por los historiadores. Pero José Vasconcelos prefirió hacerse eco de la versión miserablemente falsa propalada por el franquismo: “La verdad es que una bomba de los franquistas cayó por accidente en la ciudad produciendo algunos daños, pero provocando la salida de la guarnición republicana, y fueron los izquierdistas al salir de la población los que la incendiaron y causaron destrozos”. “Sin duda –disculpaba años más tarde el asturiano Indalecio Prieto al oaxaqueño Vasconcelos– ignoraba que en Nuremberg había confesado la verdad –la verdad verdadera, y perdónese el pleonasmo– el mariscal [Hermann] Goering. […] Las audaces afirmaciones del señor Vasconcelos me han causado pena porque atentan contra su crédito de historiador”. Ciertamente, la verdad histórica sobre Guernica fue sistemáticamente distorsionada por los círculos conservadores de Europa y del mundo durante muchos años, y hasta la fecha los franquistas se lavan las manos, atribuyen al régimen nazi la responsabilidad de la masacre y la minimizan, comparándola con las atrocidades aliadas perpetradas en Dresde, Hiroshima y Nagasaki.

El 29 de abril de 1937, cuatro días después del crimen, el entonces presidente del gobierno vasco, José Antonio Aguirre, clamaba: “Ante la inaudita desaprensión de los elementos rebeldes, afirmando somos nosotros quienes incendiamos nuestros pueblos, elevo ante el mundo la protesta más enérgica y encendida, apelando al testimonio de periodistas y representaciones consulares que, con terror, han contemplado hasta dónde llegan los instintos de destrucción de los mercenarios al servicio de los facciosos españoles. Ante Dios y ante la Historia, que a todos nos ha de juzgar, afirmo que durante tres horas y media los aviones alemanes bombardearon con saña desconocida la población civil e indefensa de la histórica villa de Guernica, reducida a cenizas, persiguiendo con fuego de ametralladoras mujeres y niños, que han perecido en gran número, huyendo los demás alocados por el terror. Pregunto al mundo civilizado si se puede permitir el exterminio de un pueblo.”

En los hechos, la respuesta del “mundo civilizado” a la pregunta de Aguirre fue un rotundo “sí”: sí se permitía el exterminio, y podía llevarse incluso a extremos industriales hasta entonces inconcebibles, como ocurrió en los años siguientes en Europa y en buena parte del resto del planeta. Interrogado en Nuremberg, Goering, que era comandante de la aviación militar alemana (Luftwaffe) cuando se perpetró el bombardeo, confesó que la localidad vasca había sido “una especie de banco de pruebas”. Y cuando sus captores le recordaron las muertes de mujeres y de niños, el nazi respondió: “es lamentable; pero en aquel tiempo estas experiencias no podían hacerse en otra parte”. Entonces, la hicieron en Guernica, con la demostrada complicidad de Franco, Mola y demás generalotes sublevados contra la República. Era lunes, día de mercado, y las calles del pueblo estaban repletas. “Cerca de las cuatro de la tarde los centinelas avistaron los aviones Heinkel 51, Heinkel 111 y Junker 52 que se acercaban cargados de muerte. Los aviones ligeros se dedicaron a lanzar bombas rompedoras, las que abrían los edificios, para que después fueran las pequeñas bombas incendiarias de fósforo las que ahogaran en llamas el pueblo. Pero no paró ahí el horror: les turnaron más aeroplanos que ametrallaban a quienes trataban de huir del infierno campo a través o hacia la ría. Los refugios no protegieron lo suficiente. Uno de ellos, situado en la calle Andra Mari, fue una trampa mortal para medio centenar de personas. Curiosamente, el puente de Errenteria, teórico objetivo de tanta destrucción, permaneció intacto. […] Lo que pocas horas antes era un pueblo de cinco mil habitantes, se había convertido en una pira.” El famoso roble, símbolo de la libertad de los vascos, se salvó de milagro de la destrucción y se mantuvo fiel al elogio que le prodigara, siglos antes, Tirso de Molina:

El árbol de Guernica ha conservado
la antigüedad que ilustra a sus mayores,
sin que tiranos le hayan deshojado
ni haga sombra a confesos ni a traidores.

Las lecciones extraídas por la Luftwaffe en Guernica siguen siendo útiles hoy en día para los estrategas estadunidenses que ordenan el bombardeo de civiles en Bagdad. Algunos revisionistas modernos como César Vidal, siguen empeñados en calificar de irrelevante lo ocurrido hace 70 años en la población vizcaína. Otros, carentes de la suficiente impudicia para negar la infamia, se conforman con sostener que el célebre cuadro de Picasso no tiene nada que ver con la destrucción del poblado homónimo, recordada no sólo por la pintura del malagueño sino también por los versos de Miguel Hernández:

Que vienen, vienen, vienen,
los lentos, lentos, lentos,
los ávidos, los fúnebres,
los aéreos carniceros.

Que asaltan las palomas,
sin hiel. Que van sedientos
de sangre, sangre, sangre,
de cuerpos, cuerpos, cuerpos.

Que vienen, vienen, vienen,
con sed de cementerio
dejando atrás un rastro
de muertos, muertos, muertos.

Que nadie, nadie, nadie
lo olvide ni un momento.
Que no es posible el crimen.
Que no es posible esto.

Que tierra nuestra quieran.
Que tierra les daremos
es un hoyo, a puñados
que queden satisfechos.


Yeltsin

abril 25, 2007

La imagen era más que una alegoría: se le recuerda trepado en un tanque con el edificio del Parlamento como telón de fondo, mientras leía una proclama contra el intento de golpe de Estado que protagonizaron algunos cuadros del viejo régimen soviético en agosto de 1991. Boris Yeltsin era ya presidente de la Federación Rusa, pero el objetivo principal de la intentona era la presidencia soviética, ejercida por ese entonces por Mijail Gorbachov. A los golpistas les salió el tiro por la culata. En vez de quitar del poder al impulsor de la perestroika, el episodio hizo posible que Yeltsin concentrara en Moscú el poder real que quedaba en el menguante imperio y que cuatro meses más tarde acordara su liquidación con los caciques de las otras 15 repúblicas soviéticas.
Se decía demócrata, pero en 1993, cuando el Congreso se mostró reacio a acatar sus órdenes, no tuvo reparos para ordenar el bombardeo criminal del mismo edificio que había servido de escenografía para su hazaña de dos años antes. Más de 150 personas -entre ellas, muchos parlamentarios opositores- murieron en el ataque y la democracia se quedó, desde entonces y hasta la fecha, como rehén del Kremlin.
Yeltsin no perdió el tiempo. En cuestión de meses, la desregulación salvaje, la desarticulación de las viejas instituciones de bienestar y el reparto de las propiedades estatales entre capitales privados que actuaron en condiciones de pillaje generaron en toda Rusia una catástrofe social de magnitudes no vistas desde la Segunda Guerra Mundial. Las ciudades se poblaron de mendigos, de desempleados, de gente sin casa, de jubilados famélicos y de héroes de guerra que cambiaban sus medallas por raciones de comida. El gobierno “democrático” heredó del despotismo zarista y del estalinismo el desprecio absoluto por las necesidades elementales de la población.
La guerra económica contra las mayorías rusas se vio acompañada por la guerra simple contra los chechenos, luego de que éstos hicieron con respecto a Rusia lo mismo que había hecho Rusia con respecto a la extinta URSS: declarar su independencia. Después de una campaña contrainsurgente como todas (es decir, con ejecuciones extrajudiciales, torturas y desapariciones, asesinatos en masa), en el verano de 1995 las tropas de Moscú cercaron Grozny y la aviación y la artillería lanzaron centenares de toneladas de explosivos sobre la ciudad sitiada. Se calcula que unos 25 mil civiles murieron en esos días en los que se repitió, en escala menor, el genocidio realizado por Stalin contra los pueblos caucásicos tras la derrota de Alemania. Pese a todo, Yeltsin no consiguió doblegar a los independentistas y hubo de declarar un alto al fuego y aceptar el inicio de conversaciones de paz. Habían caído cerca 73 mil chechenos y unos 5 mil 500 efectivos rusos.
Si una virtud ostentaba el difunto era la de conocer los remordimientos. Los tuvo por haber vulnerado el desarrollo democrático y confesó haber sentido vergüenza por el bombardeo del recinto parlamentario. Adimitió que no podía quitarse de encima “la responsabilidad por el dolor de tantas madres y padres” que perdieron a sus hijos en la guerra contra Chechenia. Esa característica lo honra y lo diferencia de los matones occidentales (Bush, Blair, Aznar) que andan por ahí, muy quitados de la pena y con una sonrisa de oreja a oreja mientras en Irak ocurre, por culpa de ellos, una de las peores masacres de la historia. Sería bueno que los aspirantes a gobernar un país fueran obligados a pasar por pruebas que investigaran su capacidad de sentirse culpables y de ponerse en el lugar de los demás.

La pistola de Cho

abril 24, 2007

  • Invento del ingeniero Gaston Glock
  • Los problemas sociales de un inmigrante

Para abordar un vuelo doméstico en cualquier lugar del mundo se ha vuelto imprescindible pasar por una suerte de Papanicolau espiritual o de tacto prostático simbólico: debes quitarte los zapatos y el cinturón, dejar tu marcapasos y los rellenos metálicos de tus muelas en una bandeja y demostrarle al oficial de turno que tu computadora es una computadora y no un amasijo de explosivos camuflados. Hay que mirarlo a los ojos para que se convenza de que no eres un suicida saudita dispuesto a llevarse por delante a un centenar de víctimas inocentes sino un turista que llevó a su hija de paseo. Resulta conveniente no olvidar un penny o un quarter en la bolsa del pantalón, porque el escándalo del arco detector de metales puede colocarte ante la necesidad de nuevas rondas de ultrasonidos y radiografías. Las revisiones se hacen más o menos acuciosas en función de los humores del indicador de alerta, que saltan del amarillo ya rutinario al púrpura intenso cuando Bush mete una pata novedosa o cuando sus colaboradores cercanos son pillados en nuevas corruptelas. Hasta ahora los dispositivos de seguridad han funcionado bien y al parecer los terroristas son tan tontos que siguen soñando con repetir su horrible hazaña del 11 de septiembre de 2001 y no han pensado en métodos más sencillos para atacar a la población civil de Estados Unidos. Por ejemplo, cualquiera de sus militantes con residencia legal en ese país (que de seguro los hay) habría podido invertir 571 dólares en la adquisición de una pistola automática Glock de 9 milímetros, un par de cargadores de alta capacidad y un par de cajas de cartuchos y matar a una treintena de personas en cualquier sitio público de la Unión Americana.

Hay varios modelos de estas armas de origen austriaco: G17 (standard), G17C (con compensador de gases), G19 (compacta), G26 (subcompacta), G34 (tiro práctico) y G17L (de competencia), y su uso se ha extendido entre corporaciones policiales de muchos países (Austria, Bélgica, Holanda, Noruega, Inglaterra, Estados Unidos, Nueva Zelanda…) debido a su confiabilidad, sencillez y avanzados mecanismos de seguridad. Se estima que Glock provee el 60 por ciento de las armas de mano empleadas por las agencias de seguridad pública estadunidenses y la empresa sostiene que ha vendido dos y medio millones de estos aparatos en alrededor de 100 países. En los años ochenta del siglo pasado las escuadras de Glock, primeras en incorporar polímeros de alta tecnología en su fundición, se hicieron famosas porque supuestamente resultaban “invisibles” a los rayos x y a los detectores de metales. Se les llamó “pistolas de plástico” o “de cerámica”, cosa que sólo existe en las películas de James Bond. Y por supuesto, un individuo que lleve consigo una de las piezas diseñadas por el honesto ingeniero Gaston Glock no tiene la menor posibilidad de abordar una aeronave comercial en un aeropuerto de Estados Unidos. En cambio, para adquirir el arma en cualquier armería del estado de Virginia es suficiente con presentar una tarjeta de crédito y una identificación oficial y responder “no” en todos los casos en un cuestionario de 16 puntos que son, básicamente, otras tantas variaciones sobre una misma pregunta: ¿es usted un asesino?

El 13 de diciembre de 2005 un juez ordenó a Cho Seung-Hui que se sometiera a una evaluación en Carilion St. Albans, un hospital siquiátrico privado. El chico, que por entonces tenía 21 años, había estado molestando a algunas de sus compañeras de universidad: usaba el teléfono celular para fotografiarles las piernas bajo los pupitres y las hostigaba con llamadas telefónicas y correos electrónicos. Ninguna de las afectadas presentó cargos contra el inmigrante coreano, pero éste fue detenido y temporalmente suspendido de la universidad. Los especialistas de la clínica establecieron que el muchacho era un peligro potencial para sí mismo y para los demás y que presentaba tendencias suicidas. Un perito siquiátrico llamado Paul M. Barnett permitió que Cho fuera sometido a tratamiento afuera del hospital, y un día después el paciente estaba de regreso en su habitación de la residencia estudiantil. En los años siguientes nadie volvió a reparar en él hasta que pasó lo que pasó. Ahora los medios estadunidenses realizan frenéticos ejercicios de hermenéutica en el paquete de videos y textos delirantes con que Cho rindió homenaje póstumo a MSNBC en busca de claves ocultas que permitan entender lo sucedido el lunes 16 de abril en el campus de la Universidad Tecnológica de Virginia. Los periodistas se refocilan en la reproducción de las interpretaciones de siquiatras, sicólogos y grafólogos. Nadie acierta a relacionar al inmigrante apocado y gris con esa cara de conejo furioso y armado hasta los dientes que aparece en el “manifiesto multimedia”, como bautizaron los creativos comunicadores de NBC a la rabieta videograbada de Cho.


Pero tal vez no haya tanto misterio ni nos encontremos ante un caso de conversión jekyliana. Si alguien quiere asomarse a lo que la cursilería mediática llama “los entrsijos de un alma atormentada”, consulte la pieza teatral Richard McBeef, escrita por Cho como trabajo escolar, y juzgue por sí mismo. Este navegador piensa que, en su caso, bastó con el desprecio racista que el joven coreano padeció por parte de los sectores de la sociedad estadunidense con los que le tocó no convivir, combinado con la histeria bélica que se respira en ciertos ambientes de esa misma sociedad y con la frustración sistemática del rechazo y la marginación. Por ahora, esos componentes han resultado más eficaces, en la espantosa tarea de exterminar civiles, que los resentimientos históricos contra Occidente que florecen en algunos rincones oscuros del mundo islámico. Tal vez Estados Unidos tenga más motivos para temer a sus propios locos que a los no menos insanos terroristas internacionales. Y si las autoridades se empeñan en buscar cómplices, éstos se encuentran a la vista: “Cho tuvo un vendedor que puso el arma en su mano y se embolsó el dinero del chico. Glock también recibió las monedas del asesino. Los fabricantes de armas comparten religiosamente una parte de sus ganancias con sus amigos de Washington. Esta historia no es sobre control de armas o sobre el derecho a portarlas, sino sobre un grupo de conspiradores que arrojaron dos instrumentos mortales en las manos de alguien que no habría debido tener acceso ni a una cuchara de plástico”: Greg Palast.


El inodoro de Terminator

abril 20, 2007

A 1era vista parece el excusado que usaba Schwarzenegger cuando filmaba la célebre película. Pero no: es un vil motor, común y corriente.


Algunas cosas extrañas

abril 19, 2007

El ex pastor Ted Haggard

  • Ted Haggard, converso sexual

  • Ecos de la ejecución de Saddam

Para cuando lean esto es posible que el autor haya sido expulsado del Reino Mágico de Disney por vomitar encima del Pato Donald o que se lo haya comido un lagarto en los Everglades de Florida. Así que escribo por anticipado y aprovecho para hacer referencia a algunas de las rarezas o atrocidades que me habría gustado comentar en lo que va del año pero para las cuales no ha habido espacio.

La curiosa “sanación” del predicador estadunidense Ted Haggard: casado, 50 años, cinco hijos; hasta noviembre pasado, líder de la Iglesia de la Nueva Vida, presidente de la Asociación Nacional de Evangélicos de su país, asesor de la Casa Blanca, homófobo radical y detractor furibundo de los matrimonios gay. Haggard se vio en problemas cuando apareció por ahí un trabajador sexual llamado Mike Jones, quien reveló que durante tres años el ilustre personaje le había porporcionado una iguala mensual por sus servicios y le había comprado metanfetaminas. Jones aportó como pruebas mensajes telefónicos grabados en su contestadora en los que se escuchan cosas que es mejor dejar en la intimidad, y dijo haberse sentido decepcionado cuando se enteró de que un cliente suyo que se hacía llamar “Art” era un influyente pastor que en público denostaba a los homosexuales. Acorralado, Haggard aceptó su doble vida, adujo que llevaba mucho tiempo luchando contra “fuerzas oscuras”, deploró su “inmoralidad sexual” y se definió como defraudador y mentiroso. Fue echado de todos sus cargos y se recluyó en un dudoso centro terapeútico de Arizona para someterse a un “programa de 12 pasos” con el objeto de superar lo que fue calificado en su círculo como “adicción sexual”. Luego de tres meses de silencio, el religioso emergió en febrero pasado asegurando que Jesús le había ayudado a tener un rencuentro consigo mismo, anunció que él y su esposa pensaban estudiar la carrera de sicología y dijo haberse vuelto “completamente heterosexual”. Su antiguo proveedor de servicios no está tan seguro: “Me cuesta creer que se haya ‘recuperado’ en tres semanas, cuando hemos practicado sexo oral durante tres años”, comentó. Imaginen la clase de carniceros sicológicos que han de medrar en el establecimiento en donde el religioso “se curó” la homosexualidad. Y pobre hombre el tal Haggard, que no consigue aceptarse a sí mismo. La monumental hipocresía es su pecado, no lo que ha venido haciendo en el clóset, y éste, su infierno terrenal.

Emile Vicale tiene muy mal gusto: la firma que preside y que lleva su apellido produce, entre otras porquerías, muñecos con los rasgos (dizque) de personajes relevantes de la escena mundial. En julio de 2003 lanzó a la venta una cosa que representaba al hijo mayor de Saddam Hussein, Uday, muerto y despedazado. Cuando el papá fue ejecutado en la horca Vicale no perdió un segundo y presentó su nuevo producto: un Saddamcito con un lazo alrededor del cuello. A Emile Vicale, presidente de la compañía, la idea le parece “genial”, pero yo no logro verle la gracia. Por cierto: en los días posteriores a la muerte del ex dictador iraquí murieron cuatro niños que quisieron imitar, en sus juegos, la ejecución, con cuyas imágenes fuimos generosamente bombardeados por los medios electrónicos. Los fallecimientos ocurrieron en Turquía, India, Pakistán y Estados Unidos.

¿Para qué?

A propósito de juguetes: la diseñadora canadiense Heather Kelley presentó Lapis, un prototipo de videojuego concebido para adiestrar a ambos sexos en el manejo de afectos y sensaciones placenteras a fin de facilitar el orgasmo femenino. Se trata de la imagen de un conejo (pues sí) que “vive” en la pantalla del aparato Nintendo DS, dotado de pantalla sensible al tacto. Es la misma idea de los arqueológicos tamagochis y aplicada ahora en los iDog: una mascota virtual que se alimenta con sonidos, apapachos y rozamientos en cantidad y variedad suficientes para que empiece a volar en la pequeña pantalla. “Pero Lapis es una criatura impredecible, necesita estímulos variados y a veces no bastará ninguna cantidad de estímulos.”

El conejo Lapis

Pero la tecnología moderna no lo es todo. Hace 28 mil años alguien tallaba penes de piedra en el sur del actual territorio francés, según puede inferirse del descubrimiento realizado hace no mucho en la región del Jura por Nicholas Conard, de la universidad alemana de Tubingia. En contraste con la abundancia de las Venus paleolíticas, con sus atributos sexuales muy acentuados, las representaciones de genitales masculinos del periodo de las glaciaciones son más bien escasas (será por el frío, que todo lo encoge), por lo que el hallazgo resulta de gran importancia para comprender la vida de los Sapiens cuando los Neanderthales todavía les hacían sombra. Según Conard, el falo, “además de ser una representación simbólica, también se utilizó para cortar lajas de piedra”, y no descartan que haya sido empleado también como “ayuda sexual”. Zas: el consolador más viejo del mundo. Ahora va a resultar que en la era de las cavernas Europa se hallaba en pleno auge de la pornografía, como lo sugiere el cibernauta Javier.

El descubrimiento

Y para terminar con el mismo asunto: hay alarma en la industria pornográfica estadunidense por la irrupción del video de alta definición (HD). Los productores, que usan y abusan del close-up, han caído en la cuenta que la HD resalta las imperfecciones, los granos, las espinillas, las cicatrices, la celulitis y los descuidos en la depilación y el afeitado, y que, así aderezadas, las escenas ya no se ven tan atractivas.

Topsy, Mary y Neruda

abril 13, 2007

  • Elefantas ejecutadas

  • Espesa bestia pura, animal santo

Una de las obsesiones tecnológicas de los estadunidenses (no sólo de ellos) ha sido la realización de viajes espaciales tripulados; otra, más antigua, la producción y operación de sillas eléctricas. En febrero pasado navegamos hasta Cabo Cañaveral, en Florida, para evocar a los gloriosos chimpancés que antecedieron a los humanos en el pilotaje de las cápsulas Mercury. Ahora vengo a enterarme de que en las ejecuciones por corriente eléctrica hubo también animales pioneros. Tal vez ya hayan leído por ahí ese lado de la historia, que va más o menos como sigue.

A fines del siglo antepasado los inventores Thomas Alva Edison y George Westinghouse protagonizaban una competencia feroz por los millones de dólares que representaba el mercado de abasto eléctrico para las grandes ciudades estadunidenses. El primero propugnaba la utilización de la corriente directa de baja tensión conducida por cables subterráneos, en tanto el segundo defendía el sistema alterno de alta tensión. En una ocasión, el dentista Albert Southwick presenció, en una calle de Búfalo, Nueva York, el horrible accidente de un trabajador de Westinghouse que tocó los dos polos de un transformador y quedó achicharrado al instante. Como buen dentista, Southwick se la pasaba cavilando sobre procedimientos indoloros, supuso que el electrocutado no había tenido tiempo de sufrir y se le ocurrió que la electricidad podía ser un buen método para ejecutar delincuentes. La idea llegó al gobernador del estado, David B. Hill, quien andaba tras formas de ajusticiamiento menos horrendas que la horca, y éste a su vez la presentó a la legislatura.

Edison y Westinghouse

Por aquellos tiempos, el inventor y merolico Harold P. Brown se ganaba la vida de pueblo en pueblo con un espectáculo atroz: el asesinato de perros, liebres, caballos, vacas, gatos y primates con un dispositivo de electrocución conectado a la corriente de Westinghouse. Edison contrató de inmediato al sujeto para que publicitara los peligros letales del producto rival al suyo. El y su nuevo empleado consiguieron que la dirección de prisiones de Nueva York adquiriera generadores Westinghouse para alimentar el nuevo invento humanitario, que había sido legalizado en 1888. Por razones de imagen, el competidor de Edison hizo cuanto pudo para evitar la implantación del sistema y advirtió que el método era “inhumano y antinatural, equivalente a quemar vivas” a las víctimas, pero no logró impedir el inicio de las primeras ejecuciones judiciales en el estado.

Topsy, la elefanta

Lo cierto es que Edison siguió electrocutando animales y que uno de ellos fue la elefanta multihomicida Topsy, ejecutada a los 28 años de edad en el Luna Park, Coney Island, el 4 de enero de 1903, en presencia de unas mil 500 personas. Previamente le suministraron medio kilo de cianuro de potasio untado en zanahorias, le colocaron electrodos en el cuello y en las patas y le enviaron una corriente de 6 mil voltios. La bestia humeó y se derrumbó en dos o tres segundos. Topsy había asesinado a tres cuidadores al hilo y los propietarios del Luna Park ya habían tenido la idea de ahorcar al bicho y de vender boletos para el espectáculo, pero los protectores de animales se oponían. Entonces apareció Edison, quien propuso electrocutarla, cosa que fue aceptable. El propio inventor filmó la muerte de Topsy; las escenas pueden verse aquí.

La ejecución


Ello no impidió que 13 años después, en la localidad ferrocarrilera de Erwin, Tennessee, otra animala de cinco toneladas fuera ahorcada ante 2 mil 500 personas. Hasta entonces, Mary había llevado una vida ejemplar en el circo de Charlie Sparks, donde tocaba música de órgano y hacía volar pelotas con un bat de beisbol. Pero una noche la atención de Mary fue atraída por una sandía que alguien había dejado en el suelo. La bestia se dirigió a la fruta, un domador bisoño quiso disuadirla de un garrotazo en una oreja, Mary se sintió injustamente agredida, levantó al humano con su trompa, lo estrelló contra el suelo y le aplastó la cabeza con las patas. La función fue suspendida porque el espectáculo no estaba en el guión, la policía arrestó al animal en cuanto éste se tranquilizó y Sparks hubo de enfrentar una dura disyuntiva: o sacrificaba a la elefanta o no volvería a presentarse en Tennessee. Al estudiar los posibles métodos de ejecución se dio cuenta de que, dado el insuficiente abasto eléctrico local, no podía repetir el procedimiento de Edison; desmembrar al animal atándolo a trenes que avanzaran en sentidos opuestos o machacarlo entre dos locomotoras resultaba demasiado cruel; entonces optó por la vieja horca. La ejecución tuvo lugar la tarde del 13 de septiembre de 1916 en el patio de trenes de Clinchfield. Las patas de Mary fueron encadenadas a los rieles para permitir a los cirqueros que rodearan el cuello de la bestia con una pesada cadena, enganchada a su vez a una grúa ferrocarrilera. La grúa tiró hacia arriba, pero nadie se había acordado de desatar las extremidades de Mary, cuyos huesos y ligamentos crujieron y se rompieron por la tensión. Le liberaron las patas, volvieron a activar la grúa, la paquiderma se alzó en el aire, la cadena se rompió y el animal cayó al suelo, todavía vivo. Finalmente los verdugos consiguieron una cadena más gorda y la elefanta asesina colgó durante media hora.

El público

He recordado, en memoria de Topsy y de Mary, la Oda al elefante, de Neruda, que me hizo conocer mi hermano Cristóbal, y cuya primera estrofa dice así:
Espesa bestia pura, / San elefante, / animal santo / del bosque sempiterno, / todo materia / fuerte, / fina / y equilibrada, / cuero / de talabartería planetaria, / marfil / compacto, / satinado, / sereno / como / la carne de la luna, / ojos mínimos / para mirar, no para ser / mirados, / y trompa / tocadora, / corneta / del contacto, / manguera / del animal / gozoso / en su frescura, / máquina movediza, / teléfono del bosque, / y así / pasa tranquilo / y bamboleante / con su vieja envoltura, / con su ropaje / de árbol arrugado, / su pantalón / caído / y su colita. // No nos equivoquemos. / La dulce y grande bestia de la selva / no es el clown, / sino el padre, / el padre en la luz verde, / es el antiguo / y puro / progenitor terrestre.